Archivo por meses: junio 2013

El tamaño del cerebro

cerebroEl cerebro, ese universo todavía tan desconocido, no deja de maravillarnos y es objeto de un interés prioritario para la ciencia. Sobre su funcionamiento podemos hacer docenas de reflexiones. Mi predicción es que el futuro de la humanidad dependerá de cuanto aprendamos sobre los centenares de enigmas que todavía ignoramos sobre las funciones cerebrales. No puedo ocultar mi pasión sobre todo cuanto se va conociendo sobre las capacidades cognitivas del cerebro humano. Para empezar es interesante centrarse en algo aparentemente tan simple como la evolución de su volumen a lo largo de la genealogía humana.

Durante los cuatro primeros millones de años de nuestra evolución apenas se produjo un leve incremento del cerebro con respecto al ancestro común que compartimos con los chimpancés. Nuestros remotos antepasados apenas contaban unos 350-400 centímetros cúbicos de masa cerebral. Los parántropos, que persistieron en África hasta hace un millón de años y convivieron con varias especies del género Homo, llegaron a tener un cerebro de hasta 550 centímetros. Sin embargo, el aumento de su cerebro no respondió a algún tipo de adaptación peculiar, sino al crecimiento isométrico (proporcionado) de todo su organismo. Los parántropos llegaron a tener una estatura de 150 centímetros y su cerebro aumentó en consonancia con su tamaño corporal. El inicio del crecimiento exponencial, que supuso un aumento relativo del cerebro con respecto al resto del cuerpo, comenzó hace unos dos millones de años en el género Homo. La especie Homo habilis ya llegó a tener entre un 50 y un 60 por ciento más de volumen cerebral, con un cuerpo que apenas había crecido con respecto al de sus ancestros del género Australopithecus. En las especies Homo ergaster y Homo erectus el volumen del cerebro llegó a duplicarse, mientras que las especies recientes (Homo neanderthalensis y Homo sapiens) hemos multiplicado como mínimo por tres el volumen inicial. Nuestro coeficiente de encefalización, medido mediante la relación tamaño corporal/tamaño cerebral, se fue incrementando de manera ostensible y sufrió una aceleración exponencial hace aproximadamente un millón de años. Además, no todas las regiones han crecido por igual. Mientras que algunas de ellas han permanecido con el mismo volumen, el llamado necórtex cerebral fue creciendo hasta alcanzar un desarrollo espectacular en nuestra especie.

esquemaDurante varios millones de años, la curva del aumento del volumen del cerebro de los homininos tuvo una pendiente muy suave. Con la llegada del género Homo y la aparición de la tecnología, la curva ascendió de manera cada vez de más rápida y acabó por transformarse en exponencial. El planteamiento más simple e inmediato es establecer una correlación entre el incremento diferencial del volumen del cerebro y el aumento de la complejidad tecnológica. A mayor tamaño cerebral (y en particular del neocórtex) mayor inteligencia. Sin embargo, la tecnología solo ha experimentado un cambio drástico en los últimos tiempos y en particular durante los siglos XX y XXI.

Como explicaré en el siguiente post, la complejidad tecnológica ha seguido una curva totalmente distinta a la del cerebro. Este hecho prueba de manera fehaciente que no todo consiste en tener un cerebro grande, sino más complejo. Lo que si parece cierto es que, grosso modo, un cerebro de gran tamaño ha tenido ventajas adaptativas en nuestra evolución. La mejor prueba de ello es que en estos momentos yo escribo un texto y en pocos días otros humanos leerán estas líneas. ¡Estamos vivos y hemos llegado hasta el siglo XXI!. Y todo ello a pesar de que el coste energético que supone mantener un cerebro tan grande representa nada menos que el 20 por ciento de toda la energía que consumimos cuando permanecemos en reposo. Si dedicamos un gran esfuerzo a pensar o reflexionar y, en definitiva a trabajar con nuestras neuronas, ese gasto aún será mayor.

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El eslabón perdido

Charles-DarwinEl mito del llamado “eslabón perdido” nació hace aproximadamente hace 150 años. Por descontado, Charles Darwin fue sin querer el inspirador de este mito. Tras la publicación de sus obras maestras “El origen de las especies por medio de la selección natural”, en 1959, y “El origen del hombre y de la selección en relación al sexo”, en 1871, varios científicos reaccionaron muy positivamente y trataron de aportar su grano de arena a la recién nacida Teoría de la Evolución. Uno de los más activos e influyentes fue sin duda Ernst Haeckel. Su obra “Historia de la creación”, publicada en 1965, tuvo una enorme repercusión en el desarrollo de la teoría evolutiva, aunque varias de sus premisas fueran más tarde rebatidas por el progreso de la ciencia. Eugène Dubois
El médico holandés Eugène Dubois leyó con avidez todas estas obras y, en particular, quedó prendado de las conclusiones de Haeckel. En la mente de Dubois nació entonces la idea de la existencia de un ser de aspecto intermedio entre los humanos actuales y los grandes simios antropoideos. En aquellos años apenas se conocía un puñado de fósiles de la población neandertal, que todavía no podían interpretarse en el marco de la teoría de la evolución. Aún no existía un registro fósil como el actual ni métodos para medir el tiempo geológico con cierta precisión, que permitiera establecer la conexión entre los simios antropoideos y la humanidad actual a través de los seis o siete millones de años de la genealogía humana. Habría que buscar ese eslabón de la cadena evolutiva, que tal vez tendría un aspecto intermedio entre los grandes simios y los seres humanos. Por razones que solo el propio Dubois podría explicarnos, los gibones (familia de los hilobátidos) fueron los primates elegidos por este investigador para el origen de su filogenia particular de la humanidad. Estos primates viven en las islas de Indonesia, en un clima tropical que, según Dubois, tuvo que ser perfecto para el salto evolutivo hacia el ser humano. Dubois no se equivocaba en esta premisa. Nuestro ancestro común con los chimpancés vivió en un ambiente tropical. Sin embargo, Dubois prefirió pensar en Asia antes que en África.
Dubois se trasladó como médico militar a la isla de Sumatra acompañado de su familia. Su objetivo estaba claro. Podría alternar las obligaciones militares con la búsqueda de su eslabón perdido. Esta historia nos recuerda la arqueología aventurera de Indiana Jones, llevada al cine por Steven Spielberg y protagonizada por Harrison Ford. Una herida terminó con la carrera militar de Dubois, pero no con su enorme vocación y continuó su trabajo en la isla de Java. Hoy en día se conocen numerosos yacimientos de fósiles de homínidos en esta isla, pero el precursor de todos los hallazgos realizados durante el siglo XX fue Dubois.

Pithecanthropus-erectus

Restos de Pithecanthropus-erectus

En 1891, nuestro personaje encontró la parte superior de un cráneo fósil y un fémur de aspecto muy similar al de un humano actual, que demostraba una postura bípeda como la nuestra. Aunque faltaba el resto del cráneo, no había duda de que se trataba de los restos de un “ser primitivo”, que Dubois bautizó en 1894 como la nueva especie Pitecanthropus erectus (mono-hombre erguido). Dubois había encontrado por fin su eslabón perdido.
Los científicos de aquellos años reconocieron la autenticidad de aquellos fósiles, pero no confiaron demasiado en la teoría de Dubois. El tiempo les dio la razón. La evolución humana ha tenido un número increíble de linajes diferentes, que se han ido quedando por el camino. Nuestra evolución no ha sido lineal, sino muy compleja y ramificada. Sin embargo, Eugène Dubois ha pasado a la historia como el creador de un mito, que 150 años más tarde sigue formando parte de nuestra cultura popular y es fuente de inspiración de infinidad de anuncios publicitarios.

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La política de los chimpancés

Seguro que muchos lectores saben que los chimpancés practican la política. A su manera, claro está. En los grupos de la especie Pan troglodytes siempre existe el llamado macho alfa, que rige por un tiempo el destino de su tribu. Los machos beta y otros machos de menor jerarquía actúan bajo sus órdenes en la defensa del territorio o en la búsqueda de recursos. Todos ellos están emparentados debido a la particular biología social de esta especie, en la que los machos permanecen siempre en el mismo grupo, mientras que las hembras proceden de tribus vecinas. Así se evita la consanguinidad (endogamia), que tendría efectos negativos a corto plazo. La jerarquía, establecida de manera natural, es necesaria para el funcionamiento ordenado de esta especie.
politica
El macho alfa mantiene su estatus gracias a su poderío físico y su inteligencia, siempre a la espera de ser destronado por otro macho más joven. Para ello no basta solo con la fuerza, sino que los aspirantes emplean alianzas y coaliciones más o menos duraderas. En esta especie, y particularmente en los bonobos (Pan paniscus), el alto grado de sociabilidad e inteligencia son más valiosos que la fuerza bruta. Los expertos consideran que este comportamiento es una forma de hacer política. Puesto que compartimos un antecesor común con los chimpancés, nuestros ancestros debieron de actuar de un modo muy parecido. Podemos decir que la política se ha practicado desde siempre en la genealogía humana.

Nuestra especie ha llegado, por el momento, a la culminación de un comportamiento estratégico necesario para la supervivencia. Todos practicamos la política dentro del grupo social en el que nos ha tocado vivir. Y la “alta política”, la que rige los destinos de cada país, no es sino el reflejo de un comportamiento controlado por nuestros genes. Con independencia del sistema político de un país, las alianzas, coaliciones, prebendas, manipulaciones, prevaricaciones, conspiraciones, etc. son imprescindibles para conseguir y mantener el poder. Somos más inteligentes que los chimpancés y nuestra práctica de la política tiene muchos más recursos. Pero la esencia es la misma. Siempre hablamos de transparencia, pero en política esto es una quimera contraria a nuestra naturaleza. Pero no por ello hemos de renunciar a ella.

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