Archivo por meses: octubre 2013

Homo. La solución alternativa

Homo_habilis de Koobi Fora

Cráneo de Homo habilis del yacimiento de Koobi Fora (Kenia)

Como expliqué en el post anterior, las circunstancias ambientales en el norte y este África se deterioraron hace entre tres y dos millones de años. También vimos como los parántropos se adaptaron a consumir vegetales de consistencia dura y escaso valor nutritivo, que sin duda les obligaba a masticar durante la mayor parte de la jornada. Pero las sabanas ofrecían diferentes soluciones al problema de la dieta. Puesto que nuestros ancestros del Plioceno fueron omnívoros y podían digerir cualquier tipo de alimentos, uno de los linajes derivados de los australopitecos optó por consumir una mayor cantidad de carne y grasa de los animales de su entorno. Dicho así parece muy simple.

En el bosque cerrado, tanto los chimpancés como los primeros ancestros de la humanidad actual pudieron cazar monos y otros animales de tamaño asequible. Pero en campo abierto no parece sencillo dar caza a una gacela o a un antílope. Más si tenemos en cuenta que aquellos homininos no medían más de 130 ó 140 centímetros. Cierto es que los primeros representantes del género Homo eran tan sociales como los australopitecos. El trabajo en equipo resulta una ventaja indudable, que supimos aprovechar. También ya estábamos aprendiendo a transformar la materia prima para fabricar sencillas herramientas de piedra. Las marcas de aquellos primeros cuchillos aparecen en fósiles de mamíferos de gran tamaño ¿Cómo pudimos darles caza, si apenas podíamos correr a la mitad de la velocidad que alcanza cualquier herbívoro de las sabanas? No olvidemos que un primate bípedo no puede competir con un cuadrúpedo de su misma envergadura. Así que resulta impensable la posibilidad de que un grupo de homininos dieran caza a un antílope sano.habilis

Esta misma pregunta fue formulada por los expertos hace casi cuarenta años. Así surgió la hipótesis de que en sus primeros tiempos los presentantes del género Homo fueron carroñeros en una de las posibles modalidades: activos o pasivos. En el primer caso, habríamos tenido que pelearnos con buitres o hienas en campo abierto para conseguir un buen bocado. La segunda hipótesis está basada en el hecho de que los grandes predadores de aquellos tiempos, Machairodus y Homotherium (los llamados dientes de sable) cazaban en bosques no demasiado cerrados, donde las señales de la muerte podían pasar inadvertidas para los carroñeros aéreos. Además, estos predadores no podían aprovechar una buena parte de la carne de sus presas por la dificultad que les provocaba tener una caninos tan desarrollados. Así que los primitivos Homo tal vez pudieron aprovechar los restos de la caza de los dientes de sable, sin la necesidad de pelear con otros carroñeros. Sea como fuere, la idea de que fuimos carroñeros antes que grandes cazadores ha prevalecido entre los especialistas.

Un hecho muy importante asociado al desarrollo del linaje del género Homo fue el notable incremento de su cerebro. Desde los 350-400 centímetros cúbicos de los australopitecos se llegó hasta los 600-750 centímetros cúbicos. Se trata de un aumento más que notable, que necesita una explicación. La selección natural operó para que poco a poco nuestros antepasados del género Homo pudieran albergar más capacidades cognitivas en un cerebro más grande y más complejo, con el progresivo desarrollo del neocórtex cerebral. Como primera aproximación se nos ocurre relacionar ese incremento con el mayor consumo de carne. Pero esta relación no es directa. El mayor consumo de carne no nos hace más inteligentes, bien lo sabemos. Sin embargo, puesto que tuvimos que desarrollar nuevas estrategias para conseguir un alimento muy esquivo y peligroso, es muy probable que la selección natural operase en el sentido de favorecer a los individuos más astutos y con mayor capacidad para trabajar en grupo.

Por último, es importante evitar la tentación de pensar que la carne y la grasa de los animales fue la principal fuente de alimentación. En realidad fue una complemento cada vez más importante de la dieta, todavía basada en productos vegetales. Hemos sido y seguiremos siendo primates omnívoros. Hace unos dos millones de años salimos de la fronteras de lo que hoy día denominamos continente africano ¿Qué motivó ese primer éxodo y como afecto a nuestra alimentación? Seguiremos escribiendo sobre la dieta.

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Parántropos

parantropoHace entre tres y dos millones de años, la progresiva retirada de los bosques cerrados en el este de África y la aparición de enormes extensiones dominadas por la vegetación propia de las sabanas cambió el escenario evolutivo de la genealogía humana. El linaje de la especie Australopithecus afarensis persistió en las nuevas condiciones mediante profundas transformaciones evolutivas. Todos recordamos a “Lucy”, la pequeña hembra de Australopithecus afarensis, que durante un tiempo tuvo el honor de ser considerada como la madre de la humanidad. Todo parece indicar que no fue así, sino que la evolución de Australopithecus afarensis dio lugar hace unos 2,5 millones de años a la especie Paranthropus aethiopicus.

Los parántropos formaron una rama lateral, desgajada de tronco que condujo a los homininos hasta el presente. Sin embargo, los parántropos fueron un linaje longevo, que logró sobrevivir hasta hace un millón de años. Los expertos proponen que Paranthropus aethiopicus dio lugar a dos especies: Paranthropus robustus, en el sur de África, y Paranthropus boisei, en el este del continente africano.
Los parántropos alcanzaron una estatura de hasta 150 centímetros y un cerebro de 550 centímetros cúbicos. El incremento del tamaño del cerebro de los parántropos con respecto al de sus antepasados (350-400 centímetros cúbicos) fue llamativa. Sin embargo, este aumento se produjo de manera proporcional al incremento de su masa corporal. El índice de encefalización de los parántropos (tamaño corporal/tamaño cerebral) fue prácticamente idéntico al de los australopitecos. Podemos asumir, por tanto, que sus capacidades cognitivas también fueron similares. Por ejemplo, por el momento no ha podido demostrarse que unos y otros fueran capaces de alterar la forma de las rocas para producir utensilios de piedra.

Paranthropus-boisei-Nairobi

Craneo de parántropo boisei

Las especies Parathropus robustus y Paranthropus boisei tenían mandíbulas grandes y robustas, una cara muy plana sin prominencia nasal y dientes anteriores (incisivos y caninos) sorprendentemente pequeños. Los premolares y molares, sin embargo, tenían una superficie de masticación de gran complejidad topográfica, que duplicaba generosamente la extensión de nuestros dientes posteriores. En consonancia con su enorme mandíbula y  sus grandes premolares y molares, los músculos de la masticación alcanzaron un gran desarrollo. Los arcos cigomáticos tuvieron que crecer y arquearse para dejar paso a las masas musculares que movían las mandíbulas. Los músculos temporales necesitaron un complemento óseo en el cráneo para anclarse con firmeza y cumplir su función. Ese complemento se manifiesta en una cresta de hueso situada en lo alto del cráneo, siguiendo la línea sagital. Se trata de la misma solución anatómica adoptada por los gorilas, herbívoros por excelencia.

No cabe duda de que los parántropos se adaptaron a una dieta de productos vegetales de consistencia muy dura. La sabana ofrecía varias posibilidades de subsistencia y los parántropos optaron por una de ellas. Los expertos han averiguado que los parántropos del este de África tuvieron que consumir plantas crecidas en ambiente semiáridos, con poco valor nutritivo. Si bien siempre se consideró que los parántropos necesitaron su poderoso aparato masticador para triturar frutos secos y semillas de consistencia dura, ahora se nos presentan como los “parientes pobres”, condenados a pasar el día triturando gramíneas y otras plantas propias de las sabanas y de regiones escasas en vegetación.

Hace menos décadas los expertos averiguaron que el desarrollo de los parántropos era más rápido que el de sus ancestros, por lo que cabe suponer que su longevidad decreció de manera significativa. Entre otras razones, la necesidad de permanecer triturando hierbas o raíces durante horas les expuso al peligro de los depredadores de la sabanas. Aún así, y como decía al principio, los parántropos sobrevivieron durante un millón y medio de años. Quizá la progresiva desertización de África terminó por acabar con su despensa y ya no tuvieron capacidad para adaptarse a zonas prácticamente inhabitables para cualquier primate.

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Hijos de un cambio climático

Reflex.36Aunque la perspectiva del tiempo geológico se nos escapa a todos, lo cierto es que nuestro planeta ha pasado por una enorme diversidad de circunstancias ambientales, que han determinado profundos cambios en el clima a lo largo de sus más de 4.500 millones de años de existencia. Desde que se tiene constancia de vida en la Tierra (hace unos 3.500 millones de años) estos cambios han provocado extinciones masivas de la flora y de la fauna y sus correspondientes renovaciones en la biosfera. El registro fósil nos permite conocer estos cambios que, salvo excepciones, se produjeron de manera progresiva.
Nuestra genealogía apenas tiene unos seis millones de años de longevidad y, a pesar de ello, ha pasado y está pasando por notables modificaciones en el clima. Apenas nos percatamos de ello, porque estos cambios son inapreciables a lo largo de la corta vida de un ser humano. Si acaso, somos capaces de percibir el influjo en las condiciones climáticas propiciado por la intensa actividad industrial de los últimos cien años. Pero esta es otra cuestión.

Desde hace unos tres millones de años, debido a causas internas y externas al planeta todavía no perfectamente comprendidas por la ciencia, el clima de la Tierra se ha enfriado de manera paulatina. Además, se están produciendo oscilaciones climáticas cíclicas, que todos conocemos como períodos glaciales e interglaciares. El último millón de años del planeta ha sido testigo de una alternancia de épocas muy frías y cálidas, que han influido de manera dramática en la existencia y en la distribución geográfica de las especies. Los humanos no hemos sido ajenos a estos cambios.

Hasta la llegada de las glaciaciones de alta intensidad, los expertos han detectado oscilaciones climáticas con una periodicidad de 41.000 años, producidas por cambios en la oblicuidad del eje de la Tierra, con la correspondiente mayor o menor exposición de las regiones del hemisferio norte a los rayos solares. Estas oscilaciones implicaron cambios generales en la circulación de los vientos o de las borrascas, etc., que también afectaron al continente africano. A la postre, sus consecuencias fueron decisivas en el progresivo desarrollo del enorme desierto del Sáhara, que poco a poco se extendió de un lado al otro del continente y alcanzó la península de Arabia. Enormes regiones habitadas en otro tiempo por nuestros antepasados se convirtieron en zonas inhóspitas para la vida de las especies. Además, los cambios climáticos eliminaron las intricadas selvas africanas del este de África. En su lugar se desarrollaron enormes extensiones de sabanas y regiones semiáridas.

La genealogía humana sufrió las consecuencias de estos cambios. La diversidad de especies de homininos disminuyó de manera notable. Los ardipitecos y los australopitecos, habituados a vivir en hábitats cerrados, se extinguieron poco a poco. Pero dos linajes derivados del género Australopithecus fueron capaces de adaptarse a la nueva situación. El hecho de que estos dos linajes (géneros Paranthropus y Homo) tuvieran dietas y estilos de vida diferentes evitó su confrontación. Las especies de estos géneros convivieron en harmonía durante dos millones de años en hábitats similares. Hablaré de ellos en los próximos días.

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