Archivo por meses: diciembre 2013

El Corredor Levantino

navidad

La Navidad es tiempo de encuentros, celebraciones y regalos. También es tiempo para recordar acontecimientos importantes sucedidos hace unos 2.000 años antes del presente en cierta región del planeta. En la actualidad, esa región es fuente de graves conflictos armados. Esos conflictos, protagonizados cada vez por distintos contendientes, parecen perderse en la noche de los tiempos. Pero vamos por partes.

Desde el punto de vista geológico el llamado Corredor Levantino es una franja de territorio limitada al sur por zonas desérticas (Sinaí y Néguev) pertenecientes a la gran franja desértica del Sáhara, al norte por los montes Tauro, en la península de Anatolia, al oeste por el mar Mediterráneo y al este por los desiertos donde se ubican países como Siria y Jordania. Desde el punto de vista climático, este territorio tiene temperaturas suaves, precipitaciones escasas en el sur, que aumentan hacia el norte. En consecuencia, se observa una clara gradación norte-sur en la humedad y la vegetación. Durante las épocas interglaciares, el Corredor Levantino ha tenido un aspecto muy parecido al que conocemos hoy en día. En cambio, durante las fases glaciales, las precipitaciones aumentaban y toda la región se llenaba de bosques frondosos. El Corredor Levantino ha sido una ruta de dispersión en ambas direcciones para plantas y animales. En lo que refiere a los últimos dos millones de años, la dirección preferente ha sido de sur a norte, y los humanos hemos sido protagonistas de varios movimientos de población. El primero de ellos ocurrió hace unos dos millones de años, cuando colonizamos por primera vez los territorios de Eurasia.

Las investigaciones sobre las migraciones de las especies de mamíferos a través del Corredor Levantino han sido constantes desde hace años. Sin embargo, todos los expertos están de acuerdo en que esos movimientos migratorios fueron puntuales e interesaron a pocas especies. Es posible que las poblaciones del género Homo se movieran por el Corredor Levantino en las dos direcciones, pero es casi seguro que estas migraciones sucedieron también solo en contadas ocasiones durante en el último millón y medio de años. Las condiciones climáticas de los ciclos glaciales e interglaciares del Pleistoceno permitieron el rápido crecimiento de una barrera geográfica formidable entre África y Eurasia, formada por el gran desierto que recorre esta región del planeta desde la costa atlántica de África hasta la costa oeste de la península de Arabia. A pesar de esa barrera, y cuando las circunstancias ambientales lo permitían, el Corredor Levantino se tornaba en un verdadero cruce de caminos entre África y Eurasia, que tuvo una influencia decisiva en la expansión de nuestra propia especie hace unos 100.000 años. Aunque cada día existen más evidencias del paso de Homo sapiens por el estrecho de Bab-el Mandeb, al sur de la península de Arabia y entre los actuales países de Djibouti y Yemen, no cabe duda de la influencia del Corredor Levantino en nuestra expansión por todo el planeta.

Las evidencias más antiguas sobre la presencia de homininos en el Corredor Levantino datan de hace aproximadamente 1,5 millones de años, como las halladas en el yacimiento de Ubeidiya o en el de de Gesher Benot Ya´aqov (800.000 años), ambos en Israel, por poner solo un par de ejemplos de lugares antiguos de gran interés para la evolución humana. No obstante, si algún día cesan los conflictos en la región y sigue el interés por nuestros orígenes estoy convencido de que se encontrarán yacimientos aún más antiguos.

El Corredor Levantino es un ejemplo muy interesante, no solo de sucesos históricos recientes, sino también de acontecimientos cruciales para el devenir del género Homo Como dije más arriba, se trata de un zona de paso y de un cruce de caminos, dos circunstancias que conllevan conflicto y violencia, pero también intercambio de culturas. Por ejemplo, hace un par de años tuve ocasión de visitar el yacimiento de Qesem, situado a pocos kilómetros de Tel-Aviv. Buena parte de este yacimiento se salvó por los pelos de la construcción de una autopista y su antigüedad máxima se cifra en unos 400.000 años. La visita al yacimiento es un infierno de ruido de vehículos pasando a toda velocidad por la autopista; pero merece la pena comprobar como los humanos de aquel tiempo y lugar mantuvieron sus hogueras encendidas durante años, al estilo de lo que mucho más tarde hicieron los neandertales y los sapiens más arcaicos. La tecnología que se conserva en los niveles arqueológicos de Qesem recuerda a la que realizó el llamado Hombre de Cro-Magnon hace 30.000 años. Estas evidencias solo admiten una interpretación: el cruce de culturas y el intercambio de ideas son el motor que nos hace progresar a enorme velocidad. El aislamiento de muchos grupos humanos en África y Eurasia (como los ya famosos Denisovanos) ofrece muestras inequívocas de retraso tecnológico. Ese aislamiento puede ser beneficioso para vivir en tranquilidad, mientras que lo contrario es origen de conflictividad, pero también de riqueza cultural y tecnológica.

En definitiva, cuando llega la Navidad y me envían postales con imágenes de aquellas tierras, no puedo dejar de pensar en lo que la región supuso para la humanidad hace muchísimo antes de los 2.014 años de nuestro calendario.

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Corrupción

Reflex.56El término “corrupción” tiene varios significados, pero la primera idea que a todos nos viene a la mente es la de cierto tipo de comportamiento reprobable por la mayoría. Se trata de conseguir para uno mismo lo que no le corresponde mediante el abuso del poder y de una situación privilegiada, en detrimento del bien común. Si nos detenemos en otros significados, como la alteración de la pureza de determinados materiales, podríamos quedarnos con la idea de que corrupción representa una degradación de la moral establecida por la mayoría para el equilibrio y la justicia social.

La corrupción suele asociarse al “vil metal” y a la “cosa pública”, puesto que los casos más llamativos y mediáticos suelen están relacionados con ciertos servidores civiles (para entendernos, la clase política). Sin embargo, no podemos olvidar la corrupción en el deporte (dopaje), la literatura (plagio) o en la propia ciencia (falsificación de datos), por poner solo algunos ejemplos de oficios bien valorados por los ciudadanos. En definitiva, parece que nadie se libra de la posibilidad de caer en corrupción, de acuerdo con las normas establecidas. Así pues, resulta obligado preguntarnos si la corrupción es consustancial al ser humano.

Desde hace varios años dedico parte de mi tiempo libre a reflexionar sobre los caracteres que definen nuestro comportamiento. No es un tema sencillo, porque la primera tarea consiste en desligar el elevado nivel cultural de Homo sapiens de los posibles rasgos que definen nuestra forma de proceder. La cultura magnifica la mayoría de esos rasgos, excepto aquellos comportamientos instintivos, en los que la información que llega al cerebro se procesa en los distintos centros del sistema límbico. Un ejemplo muy claro es la parálisis ante un miedo real o ficticio o la necesidad de huir ante un peligro inminente, sin importar las consecuencias (avalanchas humanas).

Los expertos en etología de los primates, y en particular los estudiosos del comportamiento de los chimpancés, saben mucho de estas cuestiones. Por ejemplo, los experimentos con la especie Pan troglodytes (el chimpancé común) sugieren la existencia de comportamientos que conllevan el engaño, el robo y el chantaje. El objetivo no es sino conseguir el mejor bocado. Eso es todo, pero es mucho. A los chimpancés nos les interesa el dinero o la fama, sino una buena comida. Si trasladamos este tipo de comportamiento a un primate con un cerebro mucho más grande y complejo, obtenemos la respuesta deseada y que no quisiéramos escuchar: los humanos somos primates con una altísima capacidad para el engaño, el robo y el chantaje. En definitiva, todos somos potencialmente capaces de caer en la corrupción. Por descontado, algunos desarrollan mucho más que otros esas capacidades. Los más inteligentes e influyentes suelen pasar inadvertidos y/o se “marchan de rositas”. No cabe duda de que hemos evolucionado una barbaridad.

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Ardi

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La imagen muestra a una hembra de Ardipithecus con su cría. Dibujo de Eduardo Sáiz.

Las investigaciones sobre el genoma de los chimpancés y el de nuestra propia especie confirman que compartimos con ellos un antecesor común. Dicho de otro modo, los chimpancés son los primates vivos filogenéticamente más próximos a los humanos actuales. Las estimaciones de los expertos sitúan el momento de la separación entre la genealogía de los chimpancés y la genealogía humana hace entre 5 y 7 millones de años. La horquilla es ciertamente muy amplia, pero también es muy complicado para los expertos evaluar las diferencias (1,5% de las regiones genómicas comparables) y traducirlas a valores de tiempo.

El registro fósil tampoco ayuda demasiado a precisar la fecha de divergencia. En ese tiempo (finales del Mioceno), todo el continente africano era un auténtico vergel, donde el clima cálido y la humedad reciclaban la materia orgánica con la misma velocidad que hoy en día sucede en las selvas tropicales. La probabilidad de que los huesos de un primate o de cualquier otro vertebrado terminaran por convertirse en fósiles era muy pequeña. Apenas contamos con un puñado de restos fosilizados de simios antropoideos de esa época, atribuidos a varias especies. Los descubridores de tales hallazgos se atribuyen la gloria de haber hallado el antecesor común, pero los datos que ofrecen cada pequeña muestra de fósiles es demasiado escasa como para estar seguro de ello.

Si duda, el registro más completo procede del este de África, en las tierras que en la actualidad pertenecen al estado de Etiopía. Se trata de unos de los países más pobres del planeta, pero el más rico en yacimientos con información para el estudio de la evolución humana. Curiosa paradoja. En los años 1990 del siglo XX comenzaron a encontrarse restos fósiles de dos especies atribuidas a un nuevo género: Ardipithecus Una de las especies, Ardipithecus kadabba vivió en la llamada depresión de Afar (región media del río Awash) hace entre 5 y 6 millones de años. La otra especie, Ardipithecus ramidus, es más reciente y parece ser descendiente de la primera. La cronología de esta última especie se estima entre 4,5 y 4,1 millones de años y su hallazgo produjo un gran revuelo y no menos polémicas. Pero, ¿qué hallazgo en evolución humana no está exento de debate?

ardiEl conjunto más importante de restos de Ardipithecus ramidus perteneció a una hembra, apodada Ardi, cuya estatura era poco mayor de 120 centímetros, pesaba unos 50 kilogramos y su cerebro apenas llegaba a los 300 centímetros cúbicos. La vida de Ardi transcurrió en bosques cerrados, con una dieta omnívora similar a las de los chimpancés, en la que abundarían frutos, semillas y otros alimentos de origen vegetal. Los restos óseos de sus manos y pies estaban perfectamente adaptados a trepar con enorme facilidad. El primer dedo era bastante más corto que los demás y estaba separado de los demás para realizar la pinza de presión y sujetarse con fuerza a las ramas. Gracias al hallazgo de buena parte de la pelvis, se sabe que Ardi también caminaba erguida por el suelo buscando alimento. Los caninos de los ardipitecos se había reducido a tal punto que apenas destacaban del resto de dientes anteriores. Ese detalle anatómico sugiere que el conflicto entre los machos estaba en franca regresión y que aquella especie posiblemente gozaba de una notable cohesión social en sus grupos.

Si ciertamente se confirma en el futuro que los ardipitecos formaron parte directa de nuestra genealogía, cabe especular con una inquietante posibilidad. Es muy posible que los chimpancés actuales sean más inteligentes que aquellos primeros representantes del linaje humano. Al menos, el cerebro de los chimpancés (y en particular el de los bonobos) es un 50% mayor que el de los ardipitecos. Ya sabemos que la inteligencia no es solo cuestión de tamaño, así que se trata solo de una especulación y una sugerencia provocadora.

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