Archivo por meses: Marzo 2014

El mito de la estatura

Reflex.79

Esqueletos de un neandertal (izquierda) y de un humano moderno

La estatura de nuestros ancestros ha sido siempre motivo de curiosidad e interés para los expertos. No es sencillo llegar a determinar la estatura de una especie que vivió hace cuatro o cinco millones años, sencillamente por que la información que nos ha llegado en forma de huesos fosilizados es muy escasa. La posibilidad de estimar con precisión la estatura de una especie es excepcional. Es más, como mucho se puede llegar a determinar la estatura de un individuo y no de la población. Un dato individual nos vale de poco. Para llegar a conocer ese dato los expertos han de recurrir a algoritmos matemáticos complejos, que se aplican a las dimensiones de cualquier hueso del cuerpo mínimamente relacionado con la estatura. Si disponemos de un fémur o una tibia completos tendremos mucho ganado. Pero esto no suele suceder. En general tenemos que conformarnos con trozos de estos dos huesos o con otros, que permiten la estimación de la estatura con un margen más amplio de error. Un ejemplo es el calcáneo, que se articula con el astrágalo y el cuboides y forma el talón del pie. Este es el primer punto de apoyo en la marcha bípeda y recibe todo el peso del cuerpo. De ahí que su tamaño tenga una cierta relación con la estatura.

Tenemos poca información sobre la estatura o el peso de las especies más antiguas de nuestra genealogía. Conocemos algunas de estas especies gracias a un simple puñado de fósiles (Ardipithecus kadabba, por ejemplo). Con evidencias tan escasas apenas podemos hacernos una idea aproximada de su talla o de su envergadura. Y todo ello sin olvidar que la diferencia de peso y estatura entre machos y hembras pudo ser mayor que la de nuestra especie. Ese “dimorfismo sexual”, muy marcado por ejemplo en los gorilas, pudo ser del mismo rango que el de los chimpancés. Los machos de Pan troglodytes son entre un 15 y un 30 por ciento más voluminosos que las hembras. En este caso solo hablamos de peso, porque los chimpancés no son bípedos. Sin embargo, las cifras nos pueden dar una idea de la diferencia que pudo existir en la talla y el peso de los machos y hembras de especies primitivas de nuestro linaje.

Con todo ello, los expertos consideran que las hembras de los primeros homininos superaban con dificultad los 100 centímetros de estatura. En conjunto, el promedio de machos y hembras de los ardipitecos o de los australopitecos pudo estar en torno a 110-120 centímetros, la estatura de un niño actual de unos cinco años. Parece que los parántropos fueron un poco más altos, pero nunca se han estimado estaturas superiores a los 130-140 centímetros hasta bien entrado el Pleistoceno. Es más, los datos que se conocen de la especie Homo habilis sugieren que nuestros primeros antepasados fueron tan bajitos como los australopitecos.

Con anterioridad a los hallazgos en el yacimiento de Dmanisi, en la República caucásica de Georgia, se consideraba que la primera expansión del género Homo fuera de África había sucedido hace aproximadamente un millón de años. Esa hazaña se habría conseguido, entre otras cosas, gracias a nuestra capacidad para recorrer largas distancias mediante una gran zancada propia de seres de elevada estatura. Cuando supimos que la antigüedad del yacimiento de Dmanisi era de 1.800.000 años nos preguntamos enseguida por la estatura de los homininos encontrados en este lugar. Gracias a la magnífica conservación de los fósiles de Dmanisi se pudo averiguar con relativa facilidad que dos de aquellos humanos tendrían unos 150 centímetros de estatura, una cifra que ya está comprendida en el rango de las poblaciones de nuestra especie. Si la media de la población era también de ese orden, estaríamos hablando de humanos de baja estatura. Muchos de ellos no pasarían de los 140 centímetros, aunque otros llegasen a los 160. En otras palabras, la estatura de los humanos de Dmanisi no tuvo que ver con su expansión fuera del continente africano. Un mito derribado por las evidencias del registro fósil.

Con la excepción de Homo habilis, las especies del género Homo han tenido estaturas comprendidas dentro de nuestro rango de variación. Quizá nos sorprenda saber que los machos de especies que vivieron hace un millón de años alcanzaban con frecuencia 175 centímetros de estatura. Es el caso de la especie Homo antecessor. Así que los humanos actuales no podemos presumir de estatura elevada en relación a nuestros lejanos antepasados. Cierto es que en nuestra especie existen individuos de estatura muy elevada, por encima de los dos metros, e individuos bajitos, por debajo de los 150 centímetros. El hecho de que seamos una especie cosmopolita nos confiere esta singularidad. Pero lo importante es el promedio, que no parece ser significativamente mayor que el de nuestros ancestros del último millón de años. Otro mito que se desvanece. No podemos olvidar que la estatura es un carácter biológico notablemente influido por cuestiones ambientales y en particular por la calidad de la dieta, el clima o la altitud. Es muy probable que las especies del pasado no tuvieran una variación tan exagerada, sencillamente porque solo podían vivir en determinadas altitudes y latitudes y en equilibrio con su medio. Salvo excepciones, los factores ambientales no habrían influido de manara tan dramática en su estatura como sucede en la actualidad. Por ese motivo, las poblaciones de cualquier especie del género Homo seguramente tuvieron una estatura mucho menos variable que la nuestra.

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¿Cilindro, diábolo o campana?

esqueletos

Esqueleto de Homo sapiens comparado con el de Australopithecus sediba y el de un chimpancé.

Hace poco más cinco años tuvo mucha repercusión en los medios la clasificación de los morfotipos femeninos presentada por el Ministerio de Sanidad y Consumo. De entrada, resultaba cuando menos curioso que el Ministerio solo se fijara en las mujeres, cuando nosotros también tenemos una notable variación constitucional. Por supuesto, no se trataba ni muchísimo menos del primer trabajo antropométrico de la forma del cuerpo femenino. Esta clasificación no era sino una simplificación de otras previas muy similares. Ninguna es perfecta, porque la variación corporal de la mujer española y la de todas las mujeres del mundo no es cualitativa sino cuantitativa. Pero en realidad se trataba de simplificar la confección de la ropa femenina, y los morfotipos cilindro, diábolo y campana se hicieron muy populares, dando lugar a chanzas, chirigotas, chistes fáciles y no pocos complejos entre las mujeres que se miraban al espejo buscando la forma ideal presentada por el ministro de turno.

Esta anécdota me ha recordado que los homininos hemos tenido formas corporales dispares a lo largo de la evolución. Por supuesto, todo el mundo sabe que la estatura ha cambiado con el paso del tiempo (hablaré de ello en otro post). Quizá también sea de todos conocido que la proporción de los miembros superiores e inferiores ha experimentado cambios muy notables. Recordemos que los ardipitecos, australopitecos, parántropos y los primeros representantes del género Homo tuvieron las extremidades superiores relativamente más largas que las de las especies posteriores, a la par que extremidades inferiores relativamente más cortas. Todo ello en relación con su capacidad de trepar con enorme facilidad. La bipedestación ya estaba perfectamente conseguida, pero aquellos homininos no perdieron la capacidad de refugiarse en los árboles con extrema agilidad. Seguramente más de uno salvó su vida gracias a esa cualidad. La cintura escapular tenía una forma muy particular en consonancia con su capacidad para trepar. Su aspecto da la impresión de estar encogidos de hombros de manera permanente, con la clavícula inclinada hacia el cuello. La caja torácica tenía una forma de campana muy característica, estrecha en su parte superior y muy ancha en la inferior.

El primero humano con unas proporciones similares a las nuestras está representado en el registro fósil por el ejemplar KNM-WT 15.000, que algunos incluyen en la especie Homo ergaster y otro prefieren incluirlo en Homo erectus. Su vida transcurrió en las sabanas africanas, hace aproximadamente 1.600.000 años. En aquella época al menos una especie del género Homo había dejado definitivamente el amparo de los bosques y se atrevía a recorrer las amplias sabanas de África. Podemos afirmar que Homo ergaster ya tenía un cuerpo de tipo moderno. Sin embargo, esta especie conservó una característica primitiva. Su pelvis era relativamente más ancha que la de Homo sapiens. Es más, todas las especies de nuestra genealogía, excepto nosotros, tuvieron una cadera muy ancha. En consonancia con este detalle anatómico la caja torácica tuvo siempre la forma de campana de sus ancestros. Por el contrario y con independencia del morfotipo que nos asigne el Ministerio correspondiente, los humanos actuales tenemos una caja torácica cilíndrica, prácticamente con la misma anchura en su parte superior y en su parte inferior.

En Homo sapiens hemos reducido la anchura de la cadera y la caja torácica ha tenido que adaptarse a esta reducción. De ahí su forma cilíndrica. Con este cambio también se redujo nuestra fortaleza corporal. Tenemos un cuerpo más estrecho, aunque no por ello menos musculado si hacemos el ejercicio adecuado. El canal del parto también se redujo en su dimensión latero-medial, mientras que la antero-posterior se mantuvo en el mismo rango. El parto de las especies de Homo seguramente fue asistido por otras hembras, gracias a nuestro marcado carácter social. Ese comportamiento, el menor tamaño del cerebro de los recién nacidos y la relativa gran anchura de la cadera pudo facilitar el alumbramiento de los bebés de las especies de Homo anteriores a la nuestra. En la actualidad tenemos no pocas dificultades para dar a luz. El cerebro del recién nacido llega a tener hasta 400 centímetros cúbicos y el canal del parto es más estrecho. La asistencia médica ha eliminado los problemas obstétricos en los países más avanzados, pero no así en los lugares más pobres del planeta. A pesar de todo, el crecimiento demográfico de nuestra especie ha sido imparable.

Si la reducción de la anchura de la pelvis ha incrementado la dificultad para dar a luz la pregunta es inevitable: ¿qué hemos ganado con este cambio anatómico?, ¿porqué somos más estrechos que todos nuestros antepasados? La respuesta está sin duda en la considerable disminución del gasto energético que utilizamos en los desplazamientos y que empleamos en otras funciones, como el mantenimiento de un cerebro de gran tamaño y más complejo. La reducción de la distancia entre los acetábulos y la cabeza del fémur (el lugar por donde se transmite todo el peso del cuerpo) y el centro de gravedad del cuerpo también aminora la cantidad de energía necesaria para cada paso o zancada que damos.

En definitiva, la morfología externa del cuerpo femenino (y también del masculino) tiene sus variaciones, que pueden clasificarse por simple curiosidad científica o en función de ciertos intereses. Sin embargo, la forma general del tronco sigue una pautas que son exclusivas de nuestra especie y muy diferentes a las de nuestros antepasados. Que no nos importe tanto la forma externa que tenga nuestro cuerpo como mantener una buena forma física.

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Hablando con los neandertales

australopithecusUna de las mayores preocupaciones de los expertos y de las personas interesadas en evolución humana es el lenguaje ¿Somos los únicos hablantes de la genealogía humana? Algunos piensan que si. Ninguna otra especie anterior a la nuestra habría sido capaz de articular sonidos enlazados en frases con un cierto sentido y con capacidad para comunicar mensajes cifrados más o menos complejos. ¿Se trata quizá de un pensamiento propio de la soberbia de nos caracteriza?, ¿o tal vez existen datos científicos en contra de un lenguaje articulado en otras especies de homininos?

A decir verdad, el estudio del lenguaje ha resultado siempre un asunto muy complicado. Ninguna de las líneas de trabajo basadas en investigaciones anatómicas ha ofrecido pruebas ni a favor ni en contra. Nadie sabe como pudo funcionar el cerebro de Homo habilis o de Homo erectus. Apenas nos quedan sus cráneos huecos, que solo permiten conocer la forma que tuvo el cerebro. Pero poco más. Aunque pudiésemos demostrar que esos cerebros tuvieron áreas de Broca y Wernicke bien desarrolladas y conectadas, nunca será posible averiguar si funcionaban igual que en Homo sapiens. Recordemos que el tracto vocal y cualquier otra estructura anatómica relacionada con el habla no son sino meros instrumentos del cerebro para comunicarnos mediante el lenguaje. El trabajo de construir el lenguaje, de transmitirlo y entenderlo es cosa del cerebro y su sede principal está en estas áreas, descritas por Paul Pierre Broca y Karl Wernicke en los años sesenta del siglo XIX.

En otra ocasión he escrito sobre los trabajos de mi compañero en el proyecto Atapuerca, Ignacio Martínez Mendizábal. Ignacio se cansó de trabajar infructuosamente con las estructuras anatómicas relacionadas con el habla conservadas en los cráneos de Atapuerca y decidió centrar su atención en el oído. Junto a expertos en ingeniería acústica Ignacio Martínez pudo demostrar que los humanos de las Sima de los Huesos (450.000 años de antigüedad) tenían un sistema auditivo exactamente igual al nuestro. La audiometría virtual de aquellos humanos se superpone a la nuestra y se aleja claramente de la que tienen los chimpancés. Su “banda ancha” les habría permitido escuchar y discernir frases complejas. Ignacio no demostró que aquellos humanos hablasen, pero sentenció que estaban preparados para escucharnos a nosotros ¿Por qué no admitir que sus adaptaciones auditivas estaban diseñadas para entenderse entre ellos con su propio lenguaje?

Uno de los “argumentos anatómicos” utilizados de manera clásica ha sido el hueso hioides. Este hueso impar, medio, simétrico y con forma de herradura está situado en la parte anterior del cuello, por debajo de la lengua y por encima del cartílago tiroides. El hueso hioides es uno de los instrumentos que utiliza el cerebro para poder articular las palabras, puesto que permite los movimientos de la lengua mediante músculos apropiados. La hipótesis de partida es: si la forma de este hueso es similar a la nuestra en alguna especie del pasado entonces es posible que esa especie pudiese hablar. En mi opinión, la hipótesis no es muy robusta puesto que se trata tan solo de un elemento más del conjunto anatómico que posibilita el lenguaje. Pero no es poca cosa disponer de ese dato.

Hace años se especuló con la posibilidad de que los neandertales pudiesen hablar y tuvieran un lenguaje propio. El hueso hioides encontrado en 1989 junto a parte del esqueleto de un neandertal en el yacimiento de Kebara (Israel) fue utilizado como evidencia para demostrar que los neandertales hablaban. El estudio anatómico de este hueso, de 60.000 años de antigüedad, demostró sus similitudes con el de Homo sapiens. Pero los datos no convencieron a todos. Un estudio reciente mediante técnicas más complejas de imagen 3D, conducido por un equipo de la Universidad de Nueva Inglaterra, concluye que el hueso hioides de Kebara es indistinguible del nuestro.

Pienso que este nuevo estudio seguirá sin convencer a los escépticos, porque el habla suele asociarse a una mente capaz de elaborar ideas complejas o de practicar el arte. Pero no se discute si los neandertales o los humanos de la Sima de los Huesos de Atapuerca podían ir a la Universidad y realizar una tesis doctoral. La cuestión es mucho más simple. Se trata de averiguar si aquellos humanos eran capaces de transmitir por medio de un lenguaje diferente del nuestro ideas sencillas de su vida cotidiana. Esas ideas estaría relacionadas con la localización de su comida, el peligro de los predadores o de posibles grupos enemigos, la proximidad de una tormenta, etc. Nada que no se pudiera expresar mediante construcciones sencillas transmitidas por razonamientos de la mente. Si los chimpancés son capaces de aprender el lenguaje de los sordomudos para comunicarse con nosotros ¿qué podemos esperar de especies tan cercanas a nosotros como los neandertales?

En mi humilde opinión, aquellos humanos pudieron hablar y antes que ellos lo hicieron otras especies de la genealogía humana. Estoy convencido de que si tuviésemos la oportunidad de hacer un viaje en el tiempo mantendríamos una conversación con los neandertales después de aprender su lengua. Como nos explican las investigaciones en paleogenética, Homo sapiens hibridó con Homo neanderthalensis. Cierto es que para mantener relaciones sexuales hacen falta pocas palabras. Pero a buen seguro no se trató solo de sexo. Seguro que también hubo un cierto romanticismo y para ello se requiere algo de conversación. La teoría de que somos únicos en aspectos como el lenguaje tiene un componente ideológico muy poco relacionado con la verdadera ciencia.

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