Archivo por meses: junio 2014

Los enigmáticos pobladores de la cueva de Arago

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Reconstrucción del valle de Arago durante el Pleistoceno Medio, según una ilustración del Museo de Tautavel.

Se cumplen 50 años del inicio de las excavaciones sistemáticas en la cueva de Arago, próxima a la pequeña localidad francesa de Tautavel. La cueva de Arago se encuentra en un valle perdido a los pies de los Pirineos. Nunca podré olvidar mi primera visita al valle donde se abre el gran portalón de la cueva de Arago. Era primavera y no tuve duda de que ese lugar fue un verdadero paraíso para nuestros ancestros durante cientos sino miles de años. Para llegar al valle hay que dejar la autopista principal que sube desde Cataluña hacia Monpellier bordeando la costa. A la altura de Perpignan se toma una carretera secundaria poco transitada hacia el interior. Después de atravesar un pequeño puerto de montaña de peligrosas curvas se penetra en el valle de Arago, en cuyo horizonte se recortan los picos nevados del macizo del Canigó.

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Excavaciones en la cueva de Arago.

Los directores de las excavaciones, profesores Henry y Marie Antoinette de Lumley (que comenzaron a trabajar en este lugar cuando habían cumplido treinta años), han organizado un congreso para celebrar medio siglo de espectaculares descubrimientos en la cueva de Arago. Durante la última semana de junio asistiremos a un coloquio, en el que tendremos ocasión de saludar a viejos colegas y escuchar y debatir ponencias de gran interés. La presencia de la cueva en el valle ha favorecido el turismo de calidad y la estancia en Tautavel es sumamente tranquila y placentera.

La cueva de Arago, con una cronología que cubre una parte importante del Pleistoceno Medio (200.000-600.000 años), representa uno de los yacimientos más importantes de Europa. Durante los últimos 50 años se han recuperado unos 250 restos fósiles humanos, una inmensa colección de utensilios líticos y miles de restos fósiles de diferentes especies de vertebrados. Durante los años 1970 y 1980 se consideraba que la especie humana hallada en la cueva de Arago representaba una subespecie de Homo erectus. Esta hipótesis se propuso sobre todo por el aspecto tan primitivo de los humanos que vivieron en el valle. Cuando finalmente los investigadores se convencieron de que Homo erectus nunca estuvo en Europa, incluyeron los fósiles humanos de la cueva de Arago en la especie Homo heidelbergensis.

Sea como fuere, los humanos  que vivieron en este valle tienen sus propias particularidades, como sucede con cada uno de los fósiles humanos encontrados en Europa. Las condiciones climáticas del continente durante el Pleistoceno Medio favorecieron el aislamiento de muchas poblaciones, que se fueron diferenciando unas de otras hasta completar un escenario difícil de comprender. En cualquier caso, los fósiles del valle de Arago tienen algunas similitudes con los Neandertales, que nos hacen pensar en algún tipo de relación filogenética con estos humanos del Pleistoceno Superior.

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Reconstrucción de un hominino de la cueva de Arago, realizada con restos fósiles de individuos diferentes.

Los importantes descubrimientos en la cueva de Arago, sin embargo, no han tenido la repercusión que se merecen en el ámbito científico. La política de sus descubridores es muy particular, que sigue una tradición centenaria de la ciencia francesa. Sólo después de 50 años comenzarán a publicarse en grandes volúmenes enciclopédicos el compendio de conocimientos que están proporcionando las excavaciones sistemáticas en la cueva de Arago. Aunque no han faltado publicaciones sobre los hallazgos en este lugar, es ahora cuando tendremos ocasión de debatir a fondo el papel de la población que vivió en este valle perdido del sur de Francia hace 450.000 años. Con motivo del 50 aniversario del inicio de las excavaciones se presentará el primer volumen de los 10 ó 12 que se irán publicando en los próximos meses.

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Nariz: un signo de distinción

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De la película “Cyrano de Bergerac”

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Reconstrucción del género Paranthropus

Si nos preguntan acerca de las diferencias corporales entre los humanos y otros primates pensaremos enseguida en la postura erguida y la locomoción bípeda, las proporciones de los miembros, el tamaño del cerebro o en la cantidad de pelo que cubre nuestro cuerpo. Muy probablemente nos olvidaremos de mencionar la nariz, que destaca como un rasgo muy llamativo y nos otorga una gran personalidad. Quienes se modifican la nariz mediante cirugía plástica por una cuestión estética quizá ganen en belleza, pero pierden esa parte de su personalidad. Y ya sabemos que la belleza no tiene que ver solo con el aspecto externo.

Los dos huesos nasales se articulan con el hueso frontal y con la apófisis frontal del maxilar. Los huesos nasales sirven de soporte a la parte superior de la nariz y a los cartílagos que conforman este resalte facial de nuestra anatomía. Durante los cuatro primeros millones de años de la genealogía humana los huesos del esqueleto facial tenían un tamaño relativamente grande en comparación con los huesos que protegen el cerebro. Los huesos faciales se proyectaban hacia delante y nos conferían un aspecto similar al de los chimpancés. Sin embargo, los huesos nasales no tenían esa misma proyección y adoptaban una disposición vertical.

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Reconstrucción de Homo georgicus

Los australopitecos, los parántropos y hasta los primeros representantes del género Homo (Homo habilis y Homo georgicus, por ejemplo) no tenían una nariz como la que fuimos desarrollando durante el Pleistoceno. En nuestra especie, los huesos nasales sobresalen en la cara y soportan el arranque de una nariz de tamaño generoso. Como es buen sabido, los pueblos orientales tienen una cara más plana y la nariz no es prominente, mientras que los occidentales llamamos la atención por tener narices sobresalientes y de aspecto muy variado.

Hace aproximadamente un millón y medio de años se produjo una reducción muy significativa del esqueleto facial y del aparato masticador en consonancia con el cambio de dieta. La cara se fue reduciendo y acabó por ubicarse por debajo de un neurocráneo cada vez más desarrollado. Poco a poco, la proyección más destacada de la cara será la apófisis frontal del maxilar y los huesos nasales, con el consiguiente desarrollo de la nariz (sin olvidar, por supuesto, la presencia del mentón).

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Reconstrucción de Homo neanderthalensis

Los neandertales también podían presumir de buenas narices. El perfil de estos humanos resultaba aún más llamativo y exótico que el nuestro, porque todo el maxilar se proyectaba hacia delante (prognatismo mediofacial) en una configuración muy particular de esta especie, que además carecía de mentón. La belleza es un concepto muy relativo. Quizá a nosotros nos parece que los chimpancés no son atractivos. Pero, ¿qué pensarán ellos de nosotros, con ese saliente tan extraño y carnoso en la cara?

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Liderazgos y jerarquías

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Todos los mamíferos sociales necesitan un líder. En las manadas de lobos siempre encontramos un guía al que todos siguen en sus cacerías. Los rebaños de elefantes confían en su líder para defender el grupo y buscar alimento. El macho alfa de los grupos de chimpancés es imprescindible para dirigir el grupo, etc., etc. No cabe duda de que los homininos, como primates sociales, siempre hemos seguido a un líder. Su responsabilidad como jefe de la tribu era fundamental en la supervivencia de los componentes de los grupos. Por supuesto, la estructura jerárquica de nuestros ancestros ha llegado intacta a las escasas tribus  de cazadores y recolectores que quedan en el planeta. Su estudio nos explica perfectamente el comportamiento jerárquico de las especies del Pleistoceno. Con grupos de poco más de 30 individuos, en el mejor de los casos, el liderazgo suele resolverse con relativa facilidad. Los individuos más capaces (no necesariamente los más fuertes) asumen el papel de liderar y asumir las decisiones.

La llegada del Neolítico, con su notable incremento demográfico, representó  una nueva dimensión en el aspecto de la jerarquía. No hemos perdido ni un ápice la imperiosa necesidad de disponer de líderes para dirigir grupos cada vez más numerosos. La formación de los primeros núcleos urbanos en antiguas civilizaciones y mucho más tarde la vida moderna ha terminado por complicarnos la vida en este asunto. Nuestro ADN de primates sociales demanda la jerarquía y la existencia de dirigentes como una necesidad vital. Es por ello que se han establecido modelos complejos para liderar sociedades complejas.

El asunto puede resolverse mediante el concurso de líderes naturales, que conducen  grupos muy numerosos de manera justa y equitativa o de un modo cruel y por la fuerza (dictadores). Estos últimos siempre se encuentran en una situación inestable, amenazados por otros líderes dispuestos a todo para arrebatarles sus privilegios. No es sino un reflejo de nuestros pasado remoto. Además, la cultura ha potenciado la apetencia por el poder. Es por ello que los dictadores se rodean de individuos de confianza, dispuestos de perpetuar el poder de su líder a cambio de una serie de prebendas. Aún así, el dictador nunca puede bajar la guardia. Las dictaduras representan una aberración del liderazgo natural de nuestro remoto pasado, porque carecen de la equidad universal necesaria para defender y proteger a todos y cada uno de los miembros del grupo.

trabajadoresAsí que los humanos hemos buscado fórmulas más equitativas y justas para la complejísima tarea de liderar poblaciones humanas formadas por millones de individuos. La democracia nació en sociedades de tamaño asequible, que permitía ensayar el modelo con relativa facilidad. La superpoblación del planeta ha planteado un serio problema a las sociedades que desean la democracia. Es impensable que todos los ciudadanos dediquemos nuestro tiempo a legislar y gobernar. Es por ello que delegamos esa facultad en individuos y grupos que nos representan. Por circunstancias que bien conocemos, el nexo de unión entre lo ciudadanos y sus representantes termina por debilitarse y casi por desaparecer. Ese nexo se reduce a un día cada cierto tiempo, en el que depositamos nuestro voto en un recipiente. Ahí se acaba todo. El liderazgo y el poder tienen una dimensión que no se puede soslayar. Por eso nacieron los grupos de poder (partidos políticos). A ellos se les encarga la tarea de liderar y tomar decisiones para el bien común de millones de individuos.

Los medios de comunicación nos ofrecen en directo lecciones de antropología sobre el liderazgo y la jerarquía de los primates humanos. Algunos individuos pugnan por el conseguir el liderazgo absoluto o una cierta cota de poder en cada uno de esos partidos políticos. Los casos patéticos, por cierto, son abundantes. No deja de ser interesante como aprendizaje para conocer mejor la naturaleza humana, pero resulta lamentable constatar la distancia insalvable entre esos grupos y la inmensa mayoría. El interés de los individuos de esos grupos suele prevalecer sobre los intereses de esa inmensa mayoría.

No estoy descubriendo nada nuevo, sino describiendo una realidad que todos y todas conocemos muy bien. Es posible que algún día encontremos algo mejor, pero difícilmente eliminaremos de nuestro ADN la jerarquía y la necesidad de liderazgos. Así pues, reflexionemos como conciliar el hecho de ser millones de individuos con la necesidad de una direccionalidad justa y equitativa.

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