Archivo por meses: septiembre 2014

Quién no se considere un primate, que levante la mano

cerebroHace algún tiempo varios científicos fuimos reclutados para escribir en un diario, que tuvo una vida breve. La crisis se lo llevó por delante en pocos años. Recuerdo muy bien el lema de la sección, que se publicaba todos los días: “la ciencia es la única noticia”. Al menos, aquella experiencia terminó en buena amistad entre todos los participantes y coincidimos en que el lema podía sonar algo pretencioso. Sin embargo, también estábamos de acuerdo en que todas las noticias, por alejadas que parecieran del ámbito de la ciencia, podían analizarse mediante argumentos, reflexiones y datos científicos.

Las noticias relacionadas con los procesos de secesión y la independencia de territorios han ocupado portadas y amplios reportajes desde que nacieron los medios de comunicación escrita, allá por el siglo XVIII. La historia está repleta de sucesos similares a los que conocemos en la actualidad, y hubieran sido también noticia de mucho impacto caso de haber existido medios para informar a toda la sociedad. Detrás de estos procesos, tengan o no el éxito deseado, se pueden realizar análisis de todo tipo. Las valoraciones pueden enfocarse desde el punto de vista de la economía, la sociología o la política. Esos análisis siempre llevarán un componente científico, porque todo lo que sucede tiene algún tipo de explicación.

¿Y que nos enseña la biología? Nuestro cerebro de primate tiene un tamaño tres veces superior al de los chimpancés, nuestros parientes vivos más próximos en términos filogenéticos. Nuestras respectivas genealogías se independizaron (valga también el término en este caso) hace unos seis millones de años. Desde entonces, el cerebro humano ha crecido mucho en tamaño y complejidad. Pero no todas sus partes se han desarrollado en la misma proporción. Unas se han cuadriplicado, otras han permanecido con el mismo tamaño durante esos seis millones de años y otras, en fin, han perdido protagonismo. La complejidad también se ha modificado, aunque este factor es mucho más difícil de cuantificar.

No es un secreto que los humanos actuales planificamos a largo plazo, organizamos eventos complejos, utilizamos la información guardada durante años para tomar decisiones, nos anticipamos a los acontecimientos o conseguimos una notable capacidad de concentración para realizar tareas complicadas. Estas funciones nos diferencian claramente de cualquier otro primate y suelen asociarse a determinadas regiones del neocórtex cerebral. Sin embargo, no es menos cierto que tenemos reacciones de pánico irracional, instinto de conservación de la vida, explosiones de violencia por nimiedades, etc., etc., por no mencionar que diferentes partes de nuestro cerebro controlan de manera involuntaria los latidos del corazón, la respiración o la digestión, por poner algunos ejemplos. Numerosas regiones del sistema límbico han permanecido con el mismo volumen y posiblemente con la misma complejidad que la que tuvo el antepasado que compartimos con los chimpancés.

En nuestro repertorio de comportamiento esencial y compartido con el de la mayoría de las especies de primates está la territorialidad, que ya he comentado en otras ocasiones. Podemos pensar que ese comportamiento tiene componentes elevados y nobles, como corresponde a un primate con un cerebro privilegiado. Pero nos equivocamos si pensamos así. Nuestros deseos territoriales siguen siendo tan básicos como los de los chimpancés. Esos deseos se contrastan en el lóbulo frontal con otro tipo de información, y podemos llegar a creer que se trata de un pensamiento meditado y evaluado propio de seres superiores. Somos primates territoriales y se lo hacemos saber cada día a nuestro vecino, a nuestro compañero de trabajo y, en general, a quién se atreva a invadir aquello que consideramos de nuestra propiedad. Puro instinto de conservación que, como cualquier otro tipo de comportamiento, nos ha permitido llegar hasta el punto en el que nos encontramos.

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Sexo en piedra. Erotismo y sexualidad

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Representaciones fálicas del Paleolítico Superior. Exposición “Sexo en Piedra”, de Javier Angulo y Marcos García.

¿En que momento de nuestra historia evolutiva la sexualidad tuvo continuidad durante todo el año?, ¿cuándo surgió el erotismo, como un paso más del comportamiento de cortejo que precede al acto sexual en otras especies?, ¿cuándo hemos desligado la erótica sexual de la reproducción?

Son preguntas sin respuesta, que han sido objeto de especulación en varias teorías sobre la evolución sexual de nuestros ancestros. Sin embargo, el registro arqueológico del Plioceno y del Pleistoceno Inferior y Medio no nos ayuda a responder a estas cuestiones. Tenemos que llegar hasta el Pleistoceno Superior y a épocas relativamente recientes (unos 30.000 años) para encontrar claras evidencias de erotismo, desde luego siempre ligadas a nuestra propia especie. Cuando nos encontramos con esas evidencias (grabados, pintura y esculturas) aparecen en todo su esplendor Este hecho puede llegar a plantear que el erotismo es más antiguo de lo que suponemos. Solo la socialización masiva de un hecho cultural deja pruebas en abundancia.

Javier Angulo (doctor en Medicina y especialista en urología) y Marcos García (doctor en Prehistoria y experto en arte paleolítico) trabajaron juntos hace ya algunos años en la investigación del erotismo en nuestra especie. Fruto de ese trabajo fue la publicación en 2005 de un libro titulado “Sexo en Piedra” y de una exposición sobre la misma temática. La Fundación Atapuerca ha recuperado los elementos de una exposición siempre vigente, para llenar una sala del Centro de Recepción de Visitantes de Atapuerca, en Burgos.

Las investigaciones de Javier Angulo y Marcos García nos ayudan a desmitificar hechos tan comunes y naturales como el erotismo o la homosexualidad, que estuvieron presentes sin tapujos en la llamada Edad de Piedra. La mayoría de las culturas “modernas” se han empeñado en esconder y convertir en reprobable y censurable lo que un día fue uno de los mayores descubrimientos de Homo sapiens y quién sabe si también de otras especies, como los neandertales.

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¿Cuánto tiempo coexistimos con los neandertales?

neandertal

Imagen de la reconstrucción de un neandertal

La geocronología es un ámbito científico tan esencial para la arqueología o la paleoantropología, que ninguna hipótesis sobre nuestra historia evolutiva puede carecer de un soporte temporal. El tiempo, ese concepto abstracto que apenas podemos procesar con nuestra “privilegiada” mente, puede al menos ser cuantificado por los expertos. Cuantos más ceros tenga la cifra temporal que manejamos más difícil será comprender el significado de esa cifra. Si nos dicen que nuestro planeta se formó hace 4.567.000.000 años (4.567 millones de años) nuestra mente será incapaz de procesar y aún menos de comprender un lapso temporal tan abrumador. Ni los propios expertos, que manejan a diario tales cifras, pueden asimilar sus propios datos.

Me parecía interesante comenzar con esta breve introducción, aunque en las siguientes líneas hablaré de un cifra de tiempo mucho más modesta, casi asequible. También quiero romper una lanza a favor de los geocronólogos, que para muchos no son sino meros técnicos que facilitan datos temporales. Se trataría así como de un ciencia auxiliar de la arqueología. Nada más lejos de la realidad. Desde que comencé a trabajar en esto de la evolución humana, allá por el año 1979, he sido testigo de los impresionantes avances de la geocronología. Los científicos en este ámbito son expertos en física, química y geología y dedican su tiempo a conocer mejor el mundo submicroscópico de las partículas que nos rodean, y las que rodearon a los seres vivos del pasado. Con ese trabajo se han ido mejorando métodos de datación. Dentro de algunos años veremos como el error de esos métodos se va reduciendo y se obtienen cifras cada vez más precisas.

laboratorio

El Dr. Higham (en el centro) en su laboratorio de la Universidad de Oxford.

El investigador Tom Higham, que trabaja en la Unidad de Radiocarbono del Laboratorio de Arqueología de la Universidad de Oxford es uno de esos científicos empeñados en mejorar los resultados. Este investigador y los miembros de su equipo han dedicado varios años a tomar muestras de 40 yacimientos situados en la enorme franja que ocuparon los neandertales desde el actual estado de Rusia hasta el estrecho de Gibraltar. El conocido método del Carbono 14 (C14) tiene muchas limitaciones, por lo que en los últimos años se ha trabajado para conseguir mejorar sus prestaciones y precisión mediante un acelerador de partículas (AMS), que mide los isótopos del carbono en muestras muy pequeñas.

Los resultados de Tom Higham y su equipo acaban de publicarse en la revista Nature por dos razones. En primer lugar, el número de yacimientos analizados es abrumador. En segundo lugar, la precisión de los datos es sobresaliente. La tecnología musteriense (y tal vez la tecnología chatelperroniense), empleada por los neandertales desapareció hace entre 41.030 y 39.260 años, con un precisión del 95.4%. Ese 4.6% que resta hasta el 100% puede implicar la persistencia de algunos grupos de neandertales en lugares como la cueva de Gorham, en Gibraltar, como ha sido propuesto en repetidas ocasiones. Sin embargo, la casi completa desaparición de los neandertales sucedió en la mayor parte de Eurasia en el suspiro que representan 1.770 años. En términos geológicos esto es una minucia casi despreciable. En términos humanos representa casi toda la historia de la Era Cristiana.

Los resultados de Higham van más allá al obtener que las poblaciones humanas modernas llegadas al continente europeo coexistimos con los neandertales entre 2.600 y 5.400 años. De nuevo, la cifra es comparativamente despreciable en términos geológicos, pero muy significativa en términos humanos. Son muchas generaciones de coexistencia (o convivencia, según lo miremos) ¿Qué sucedió en ese tiempo? Ya no cabe duda de que los humanos modernos y los neandertales tuvimos contactos sexuales, aunque fueran esporádicos. Así parecen demostrarlo los análisis genéticos. Esos contactos físicos podrían implicar una cierta convivencia o no. Quizá simplemente nos repartimos los territorios de caza, puesto que desde el punto de vista demográfico cabíamos todos sin mayores problemas. Por descontado, la hipótesis de un brusco reemplazamiento de los neandertales queda totalmente descartado con el trabajo de Tom Higham.

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