Archivo por meses: octubre 2014

Higiene bucal en nuestros antepasados del Pleistoceno

Segundo molar inferior permanente (AT-11) de la Sima de los Huesos de la sierra de Atapuerca con un profundo surco de desgaste anómalo a nivel del cuello, justo en le borde inferior del esmalte.

Segundo molar inferior permanente (AT-11) de la Sima de los Huesos de la sierra de Atapuerca con un profundo surco de desgaste anómalo a nivel del cuello, justo en le borde inferior del esmalte.

En 1981 Juan Luís Arsuaga, un servidor y nuestra común directora de tesis doctoral, la profesora Pilar-Julia Pérez, formábamos un equipo muy peculiar, con muchas más ganas e ilusiones que medios para trabajar sobre nuestro pasado. Aquel año el Profesor Emiliano Aguirre nos encargó el estudio de unas extrañas marcas presentes en dos de los dientes humanos fósiles encontrados en 1976 por su entonces alumno de doctorado Trinidad de Torres en el yacimiento de la Sima de los Huesos de la sierra de Atapuerca. Aquel encargo fue el primer contacto serio con las investigaciones de Atapuerca, de las que oficialmente aún no formábamos parte.

Ni que decir tiene que nos tomamos muy en serio ese trabajo y dedicamos meses a rebuscar en la bibliografía, que no era mucha. Con tesón y recurriendo a los medios disponibles en aquella época, conseguimos que nos enviaran varios trabajos antiguos desde el Museo de Historia Natural de París. Uno de aquellos trabajos estaba firmado en 1911 por un tal H. Siffre, odontólogo francés que había observado unas marcas similares en un diente del esqueleto neandertal del yacimiento de La Quina. Cuando recibimos aquel trabajo nos quedamos petrificados, porque Siffre había llegado a la misma conclusión que nosotros, ¡pero 70 años antes!. Siffre contaba en el Boletín de la Sociedad Prehistórica de Francia que aquel individuo neandertal se habría limpiado los dientes con algún tipo de palillo probablemente fabricado en hueso y lo había hecho de manera frecuente. Como consecuencia de ese hábito habrían quedado marcas en sus dientes, muy similares a las que nosotros habíamos estudiado en los dientes de Atapuerca. Como muchos otros investigadores han reconocido más tarde, aquella conclusión resultaba grotesca. Nosotros también estábamos preocupados por contar en alguna revista nuestra conclusión, a la que habíamos llegado después de observaciones de la superficie pulida de las marcas con uno de los primeros microscopios electrónicos instalado en España.

Las marcas se situaban en la dentina, justo al inicio de la raíz de los dientes y tenían un tamaño respetable. Los dientes con marcas estaban muy gastados y la raíz había quedado expuesta por reabsorción del hueso alveolar, permitiendo el paso de objetos finos entre los espacios interdentales. El sarro, muy frecuente en todos los dientes de poblaciones prehistóricas, quedaba justo por debajo de las marcas. Puesto que las bacterias causantes de la deposición de sarro provocan, entre otros síntomas, periodontitis apical, descalzamiento de los dientes y dolor, no podía extrañar que aquellos humanos del pasado trataran de paliar el dolor limpiando sus dientes con algún tipo de palillo. Así lo pensó Siffre en 1911 y así lo pensamos nosotros en 1981. Cuando comprobamos que otro investigador francés, E. Patte, había llegado a la misma conclusión en los años 1940 en su estudio de otro ejemplar neandertal respiramos aliviados. Al fin y al cabo éramos muy jóvenes, con poca experiencia y nos movíamos en un ambiente dominado por la ciencia anglosajona.

En 1982 publicamos el primer estudio en una revista británica de poca difusión, sin mayores consecuencias. Sin embrago, cuando en 1983 presentamos nuestras conclusiones en un congreso español de antropología se produjeron murmullos y sonrisas complacientes entre los asistentes. La pregunta final de un congresista en tono socarrón terminó por hundir nuestra moral. Por fortuna, llevábamos con nosotros réplicas de los dientes, que nos ayudaron a salir del paso.

Un año más tarde tuve oportunidad de estudiar el mismo fenómeno en los dientes de docenas de esqueletos pertenecientes a las poblaciones prehistóricas de las islas Canarias. Con estas observaciones nuestro diagnóstico quedó bien demostrado y fuera de toda duda. Nuestras publicaciones posteriores en revistas de mucho más peso, en las que se ofrecieron docenas de detalles en la variación de las marcas (dentro de la regularidad de todas ellas) terminaron por convencer a todos de que los humanos hemos usado palillos de dientes por motivos higiénicos desde hace bastante más de un millón de años en todas las poblaciones humanas del pasado. Hoy en día las publicaciones que se hacen eco de este fenómeno tan curioso se cuentan por docenas. Ya ni tan siquiera se discute la etiología de las marcas, sino que se dan por buenas las conclusiones anteriores y las marcas se describe sin más, para ir añadiendo información sobre esta práctica higiénica de nuestros antepasados.

Siempre digo a los estudiantes que comienzan conmigo el doctorado que no se cieguen con las publicaciones recientes. Una revisión de los trabajos más antiguos pueden dar pistas interesantes sobre su tema de investigación. En nuestro caso, un desconocido odontólogo francés acertó con su diagnóstico, aunque posiblemente también lo tacharon de visionario hace ya más de un siglo.

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¿Que sabemos del parto de nuestros antepasados?

parto

Reconstrucción digital de la pelvis neandertal C1 del yacimiento de Tabun (Israel).

Como vimos en el post anterior la evolución hacia Homo sapiens no ha sido precisamente un camino de rosas, porque el primer instante de nuestra vida fuera del útero materno es un verdadero “calvario”. Varios especialistas en este tema tan interesante, como Juan Luís Arsuaga, Robert Franciscus, Karen Rosemberg o Timophy Waeber, han discutido en sus investigaciones sobre la posibilidad de que las especies anteriores a la nuestra hayan tenido o no un parto con rotación. El canal del parto pudo ser rectilíneo, como sucede en los mamíferos cuadrúpedo, o experimentar un giro entre el estrecho superior (la entrada en el canal del parto) y el estrecho inferior (la salida del canal del parto) En Homo sapiens la forma de la entrada y de la salida del canal del parto es diferente y obliga a que la cabeza del recién nacido tenga que experimentar un giro complicado, que alarga el proceso.

El registro fósil no ayuda precisamente a llegar a un consenso en este tema tan interesante. Las únicas pelvis de australopitecinos, Sts 14 (Australopithecus africanus) y A.L. 288-1 (Australopithecus afarensis), están incompletas, pero tienen la ventaja de que muy probablemente pertenecieron a individuos femeninos. Recordemos que, por razones obvias, la forma de la pelvis y del canal del parto muestran el mayor dimorfismo sexual de todo el esqueleto.

A estos dos especímenes hemos de sumar la pelvis de Gona (Etiopía), con aproximadamente 1,2 millones de años de antigüedad, la Pelvis 1 de la Sima de los Huesos de Atapuerca (430.000 años), la pelvis incompleta de Jinniushan (China), de finales del Pleistoceno Medio, y las pelvis más o menos bien conservadas de los Neandertales, como la de Kebara y la de Tabun C1 (Israel). Con este registro tan pobre y considerando que alguno de estos ejemplares es claramente masculino (Pelvis 1 de Atapuerca) no es extraño encontrarnos con este debate.

En 2009, Timothy Weaber y Jean-Jaques Hublin realizaron una reconstrucción virtual por medios digitales de la pelvis neandertal de Tabun C1. Una vez realizada la reconstrucción mediante la recreación por imagen especular de las partes perdidas, estos autores lograron obtener la forma de los estrechos superior e inferior de la pelvis de Tabun C1. De manera sorprendente, la forma del canal del parto obtenida por estos autores en su reconstrucción es diferente a la de nuestra especie. Weaber y Hublin abrieron de este modo un debate sobre la posibilidad de que tanto los neandertales como las demás especies de homininos no tuvieran necesidad de un parto con rotación de la cabeza del feto.

Si tenemos en cuenta que las dimensiones de la pelvis de todos nuestros ancestros fueron relativamente más anchas con respecto a la cabeza de los recién nacidos es posible que Weaber y Hublin tengan razón. Queda mucho camino por delante y muchas pelvis fósiles por hallar para poder contrastar su hipótesis, pero es posible que seamos los únicos miembros de nuestra genealogía en sufrir durante el parto las consecuencias de disponer de un cerebro grande y complejo.

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El precio de tener un cerebro grande

caderas¿Qué precio tenemos que pagar por tener un cerebro grande y ser más inteligentes que otros primates? En principio podemos señalar el coste energético de mantener un cerebro de unos 1350 centímetros cúbicos, que consume nada menos que el 20 por ciento de la energía basal diaria. Este precio es muy alto, pero lo pagamos poco a poco a lo largo de nuestra vida, como si se tratara de una hipoteca. Sin embargo, los problemas más importantes se sufren en el momento del parto y el precio se abona en una única entrega. Las madres tienen que dar a luz a niños con una cabeza tan grande como la de un chimpancé adulto y los niños y niñas experimentamos el primer traumatismo de nuestra vida: lograr terminar con éxito el viaje desde el útero materno hasta el exterior.

La locomoción bípeda fue el rasgo que nos diferenció de la genealogía de los chimpancés hace unos seis millones de años. En ese momento la pelvis cambió de manera radical para poder afrontar el reto de mantenernos erguidos. Como vimos en posts anteriores, el cambio interesó especialmente a la forma del íleon y a la inserción de los glúteos. Durante algún tiempo los primeros homininos tuvieron la posibilidad de trepar con enorme facilidad. Ciertos aspectos de la forma del isquion y el pubis les permitió tener la suficiente flexión de la cadera, gracias a la acción de potentes músculos isquiotibiales. Pero pronto dejamos la protección de los bosques y tuvimos que caminar y correr por las sabanas de África. El bipedismo se perfeccionó, al tiempo que perdimos la capacidad de trepar con la facilidad de cualquier otra especie de primate arborícola. Fue entonces cuando tuvimos que afrontar los problemas de un parto diferente, porque la pelvis cambió totalmente su morfología.

En los mamíferos cuadrúpedos la pelvis es alargada y los tres huesos, íleon, isquion y pubis, se sitúan en planos aproximadamente paralelos, de manera que el feto sigue una trayectoria rectilínea en su camino hacia el exterior. Si el tamaño del cerebro del recién nacido es relativamente pequeña con respecto al canal del parto, el proceso no presentará problemas obstétricos relevantes. Sin embargo, nuestra postura bípeda implicó no solo una disminución del tamaño del isquion y el pubis, sino un cambio en la forma del recorrido que ha de seguir el feto durante su viaje desde el útero materno. El canal del parto dejó de tener una trayectoria rectilínea y adoptó otra muy diferente, con un giro muy característico. El parto de nuestra especie se produce en dos fases.

El primer escollo está formado por el anillo óseo que forman el borde inferior del íleon, el borde superior del cuerpo del pubis y el hueso sacro. Este anillo se denomina “estrecho superior” y su forma ha cambiado totalmente con respecto a la de otros vertebrados. En estos últimos el estrecho superior tiene forma alargada en sentido antero-posterior, mientras que en Homo sapiens la mayor anchura es transversal. En los chimpancés la cabeza del recién nacido es notablemente más pequeña que el diámetro del canal de parto y durante el alumbramiento se sitúa con la cara mirando hacia su madre. Este hecho es muy importante, porque la madre podrá limpiar a su cría recién nacida con gran facilidad. Las madres chimpancé prefieren la soledad de la noche para dar a luz. Se bastan por sí mismas. Nosotros hemos perdido esa ventaja.

En nuestra especie, la cabeza del recién nacido es muy grande con respecto al canal del parto. Es lo que se denomina desproporción céfalo-pélvica. En esas circunstancias, la posición de la cabeza tiene que ponerse de lado para adaptarse a la forma del estrecho superior. El segundo escollo que debemos de superar en el momento del parto es la presencia de las espinas ciáticas (o isquiáticas) del isquion, que a mitad del camino producen el estrechamiento del canal del parto. Esto no sucede en los animales cuadrúpedos, porque estas espinas no se desarrollan. A continuación el feto se encuentra con la necesidad de girar primero la cabeza y luego el resto del cuerpo para afrontar la salida de la pelvis a través del estrecho inferior, formada por el anillo óseo que forman las tuberosidades isquiáticas, la sínfisis púbica y el cóccix (la parte inferior del hueso sacro). La forma del estrecho inferior obliga a que la cabeza del feto tenga que girar hacia una posición sagital. La rotación de la cabeza, sin embargo, no termina en la misma posición que en los chimpancés, con la cara mirando hacia la madre, sino al revés, presentando el occipital y con la cara boca abajo. Si la madre interviene en ese momento las consecuencias podrían ser funestas para su hijo, al no controlar el esfuerzo que habría de realizar sobre su columna vertebral. Es por ello que el parto tiene que ser asistido por la comadrona o por personas habituadas a estos menesteres. En definitiva, nuestro parto se ha transformado en un acto social, frente a la soledad del parto en otros primates.

Si el parto se desarrolla con normalidad y sin mayores complicaciones, aún nos queda el último escollo, tal vez el más delicado y el que suele provocar los problemas más habituales en Homo sapiens. Se trata del paso del resto del cuerpo por el estrecho inferior, que puede provocar la llamada “distocia” de los hombros y que suele acabar en rotura de las clavículas. En la actualidad, y para evitar mayores problemas, se suele practicar una episiotomía para ampliar de manera artificial el espacio para el paso final de la cabeza y los hombros del recién nacido. Esta pequeña intervención quirúrgica no es peligrosa en hospitales bien equipados y evita roturas de clavículas o, en el peor de los casos, la muerte por asfixia del bebé debido el retraso en el proceso del parto, que está sufriendo una fuerte compresión del cordón umbilical. Las madres más afortunadas tienen un canal pélvico suficientemente ancho para que el parto se desarrolle con gran rapidez. Pero no es lo más común.

En el próximo post trataremos sobre la opinión de los expertos acerca de la rotación del parto en las especies anteriores a la nuestra.

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