Archivo por meses: Diciembre 2014

El diseño inteligente

sixtina“Y el Hombre creó a Dios a su imagen y semejanza”
¡Lo de la imagen vaya y pase, pero lo de la semejanza……!

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Homo erectus: adaptabilidad y capacidad cognitiva

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Recreación de Homo erectus, de acuerdo con un modelo representado en el “Smithsonian Museum of Natural History”

La semana pasada causó un gran revuelo la publicación en la revista Nature de los grabados geométricos posiblemente realizados por un individuo de Homo erectus en la concha de una especie de bivalvo del género Pseudodon, muy común en el sudeste asiático. La consulta de esta revista semanal es casi de obligado cumplimiento para un científico, esperando siempre la publicación de alguna investigación relevante en su ámbito. La arqueóloga Josephine Joordens y un amplio equipo de investigadores nos contaron las pesquisas realizadas en la colección de conchas de esta especie, recuperadas por el propio Eugène Dubois a finales del siglo XIX en el yacimiento de Trinil y las investigaciones que se derivaron de sus observaciones en esta colección. Los grabados que presenta una de las conchas fue objeto primero de la curiosidad y más de tarde de la perplejidad. La datación del sedimento adherido a este espécimen confirmó que la antigüedad de las conchas podía ser algo superior a los 400.000 años. La conclusión de que la especie Homo erectus fue capaz de realizar grabados mucho antes de que lo hicieran los neandertales y los miembros de nuestra especie mereció la atención de los editores de Nature.

Al leer el trabajo original mi primera reflexión no se centró precisamente en la conclusión más llamativa y merecedora de una publicación tan relevante. Esa primera impresión me llevó en cambio a pensar en la capacidad de nuestros ancestros y de nosotros mismos de adaptarnos a cualquier situación en nuestra expansión por todo el planeta. Los posibles grabados observados por Josephine Joordens en una concha pudieron ser el resultado de una acción intencionada o accidental. No podemos negarle a los miembros de Homo erectus la capacidad para grabar un dibujo geométrico de manera consciente. Aunque la conclusión hubiera resultado más convincente si los grabados se repitieran en algunos de los más de 160 ejemplares de Pseudodon de la colección de Dubois. Es posible que algún miembro de una de los innumerables clanes que vivieron en aquellos territorios tuviese la capacidad individual de realizar incisiones en una concha o en cualquier otro objeto. Si fue así, nunca sabremos si esa acción tuvo una intención determinada o algún significado simbólico. Parece poco probable que esta conducta, si fue intencionada, se hubiera generalizado en Homo erectus. O quizá en el futuro se localicen más evidencias sobre las posibilidades imaginativas y de abstracción de Homo erectus en otros yacimientos ¿Porqué no?

Pero hasta entonces me quedo con la capacidad de adaptación de Homo erectus y de otras especies de homininos para sobrevivir en ambientes muy diferentes y de adecuar su dieta a los recursos disponibles. Esa capacidad se ha podido inferir en muchos casos de la utilización de cualquier materia prima para fabricar instrumentos, cuando faltan materiales adecuados como el sílex o la cuarcita. En el caso de la isla de Java, los bivalvos de Pseudodon no solo sirvieron de alimento sino también como útiles, de acuerdo con las observaciones de los arqueólogos. Los bivalvos se abrían practicando un orificio en el lugar de inserción del músculo que permite el cierre hermético de las dos conchas. De ese modo, las conchas no se rompían y quedaban disponibles para usos posteriores. Todo ello denota una más que notable habilidad y conocimiento adquirido de la anatomía y fisiología de estos moluscos. En realidad, la mayor hazaña de nuestros ancestros fue sobrevivir. Gracias a ello ahora somos capaces de escribir y de leer estas líneas.

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Grabados en una concha del género Pseudodon de la colección de Eugène Dubois, conservada en la Universidad de Leiden, Países Bajos.

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Nuestro posible precario pasado como carroñeros de las sabanas africanas

buitresLa transición de homininos casi exclusivamente vegetarianos a homininos con una dieta omnívora se produjo de manera progresiva. Cuando los cambios climáticos redujeron la cobertera vegetal que nos daba cobijo y alimento, fuimos poco a poco modificando nuestros hábitos.  Nuestra adaptación a la nueva dieta no debió de ser traumática. En primer lugar la transición fue muy lenta. Además, nuestro antepasado común con los chimpancés y los ancestros que nos precedieron durante el Mioceno seguramente incluían proteínas de origen animal en su menú diario. Pero, ¿como conseguir más cantidad de carne cuando escasea el alimento procedente de la plantas?

La hipótesis que plantearon algunos expertos, como Lewis Binford (1930-2011) o Richard Potts en los años ochenta del siglo XX ha sido objeto de fuertes debates. Para estos y otros investigadores, no parece posible que los pequeños habilis y otros primos hermanos de finales del Plioceno fueran capaces de cazar animales de gran talla, cuyos restos fósiles muestran indudables marcas de carnicería producidos con utensilios de piedra. Para estos y otros muchos expertos, nuestros primeros antepasados del género Homo tuvieron que acceder a los cadáveres matados por otros animales. En otras palabras, los habilinos fueron catalogados como carroñeros de las sabanas. Esta visión de nuestros antepasados ha permanecido como una hipótesis robusta durante años, apenas criticada por otros especialistas, como el español Manuel Domínguez.

El papel de los carroñeros no tiene “buena prensa”, a pesar de que buitres, alimoches, quebrantahuesos, hienas y multitud de pequeños organismos se encargan de limpiar el entorno de materia orgánica en putrefacción. Los buitres y las hienas representan el ejemplo mejor conocido por todos como carroñeros activos, que se nutren de cadáveres completos o devorados a medias por predadores. En el primer caso, los carroñeros pueden matar por si mismos aprovechando la debilidad por enfermedad o vejez de algún animal. En otros casos, los ojeadores del cielo estarán alerta de alguna presa parcialmente devorada, a la que acudirán los carroñeros. En todas las ocasiones, unos y otros participan de una rivalidad activa para conseguir algún bocado del animal caído.

elefantePuesto que muchos son incapaces  de imaginar a un pequeño grupo de habilinos disputando la comida a buitres y las hienas, se han propuesto variaciones de la hipótesis del “hominino carroñero”. Quién haya tenido ocasión de presenciar a una buena bandada de buitres en acción conoce por experiencia el peligro que conllevan estos animales en pleno festín. Así que algunos han optado por asignar un papel de carroñeros pasivos a nuestros antepasados. Esta hipótesis alternativa asume que nuestros ancestros estaba atentos a las matanzas de los tigres dientes de sable (Homotherium), cuyos enormes caninos les impedía devorar por completo a sus presas. El resto sería consumido por los pequeños habilinos y otras especies de nuestra genealogía. La clave reside en que los tigres dientes de sable posiblemente cazaban en bosques relativamente cerrados, donde sus presas no quedaban expuestas a la agudeza visual de los carroñeros del cielo.

Esta imaginativa hipótesis es difícil de demostrar, puesto que nadie puede comprobar que predador mató a una determinada presa. Tan solo podemos constatar que los homininos accedieron a vertebrados de gran tamaño. No es poca información, pero insuficiente para reforzar de manera clara la hipótesis anterior.

Sobre la posibilidad de que hubiéramos pugnado de manera activa por pequeñas cantidades de carne adheridas a los huesos de las presas tengo algunas dudas. Y no solo por la dificultad que entrañaría la lucha encarnizada por conseguir un bocado, sino porque mucha de la carne encontrada en las sabanas estaría en estado de descomposición. Como nos recuerda un artículo reciente en la revista Nature, los buitres tienen un aparato digestivo perfectamente adaptado para consumir carroña, a pesar de su alto contenido en bacterias de gran toxicidad, como el propio ántrax o las fusobacterias. Otros vertebrados y nosotros mismos podríamos morir con la ingesta de materia orgánica infectada por estos microorganismos.

Surge entonces una pregunta inevitable: ¿tuvimos los primeros representantes del género Homo este tipo de adaptaciones en el aparato digestivo? Y si es así, ¿porqué las perdimos? Resulta  ilógico pensar que nos adaptamos a comer carroña, para luego abandonar estos hábitos en cuanto tuvimos las habilidades cinegéticas correspondientes. En ciencia se dice que una hipótesis es poco parsimoniosa, cuando su formulación implica demasiadas complicaciones. La hipótesis del hominino carroñero parece poco parsimoniosa, sabiendo que existen alternativas con menos “pasos evolutivos”.

En mi opinión, no podemos descartar que nuestros antepasados tuvieron la fortuna de acceder a presas muertas de manera natural o a restos de animales cazados por otros predadores, pero todavía con carne y grasa en condiciones de cierta salubridad. Sin embargo, me resisto a pensar que fuéramos incapaces de cazar otros vertebrados, incluidos por ejemplo los especímenes juveniles, así como de enriquecer la dieta con multitud de invertebrados, que se añadirían con menor peligrosidad a nuestro menú. No encuentro razones lógicas en la necesidad de adaptar nuestro aparato digestivo para consumir materia orgánica en putrefacción, para perder enseguida esa capacidad cuando llegamos a compartir el “trono cinegético” con los grandes predadores del viejo mundo. Por supuesto, se trata solo de una reflexión, porque tanto la hipótesis del hominino carroñero como sus alternativas parecen difíciles de invalidar o reforzar con las evidencias del registro arqueológico.

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