Archivo por meses: Enero 2015

Piltdown: “el primer inglés” (I)

Geological

En esta pintura de John Cooke de 1915 aparecen los principales personajes relacionados con el hallazgo de Piltdown. Sentado, con bata blanca, está representado sir Arthur Smith. A su derecha (izquierda de la imagen) Sir Grafton Elliot Smith señala con el dedo el ejemplar manejado por este último. También a la izquierda de la pintura, de pie y con bigote aparece Charles Dawson. Sir Arthur Smith Woodward está situado a la derecha de la imagen, de pie, con gafas y una barba blanca bien cuidada.

Corría el año 1912 y la paleoantropología estaba en sus comienzos. Los hallazgos de neandertales en Bélgica (yacimientos de Engis, 1829 y Spy, 1886), Gibraltar (1848), Francia (La Chapelle-aux-Saints, 1908, La Ferrasie, 1909, Le Moustier, 1909), Croacia (Krapina) y Alemania (cueva de Feldhofer, valle de Neander, 1856, Ehringsdorf, 1908) representaban casi todo lo conocido hasta entonces. Añadiremos los restos hallados en la isla de Java por Eugène Dubois a finales del siglo XIX y la mandíbula de Mauer, encontrada en 1907 cerca de la ciudad alemana de Heidelberg. En aquella época se desconocían las técnicas de datación y la interpretación de los pocos fósiles humanos eran muy diversas en un contexto evolutivo todavía por asimilar y comprender. No puede extrañar, por tanto, la historia que comenzó y creció en torno a los hallazgos realizados por Charles Dawson (1864-1916) en una cantera próxima a la pequeña localidad de Piltdown, en el este del condado de Sussex y no lejos de Londres.

Un obrero de la gravera de Piltdown encontró los primeros restos y se los entregó a Charles Dawson. La excavaciones de Dawson dieron como resultado el hallazgo de restos humanos y varios fósiles de vertebrados extinguidos. El color y el aspecto de los restos, además de la presencia de los fósiles de animales supuestamente del Pleistoceno o del Plioceno, ofrecían una cierta garantía de antigüedad. La noticia de este descubrimiento llegó enseguida a los despachos del “British Museum” de Londres. En aquella época, el responsable de todo lo relacionado con la evolución humana era el antropólogo sir Arthur Keith (1866-1955), que pronto se ocuparía de los hallazgos. También se implicaron el paleontólogo y conservador de geología del Museo Británico, sir Arthur Smith Woodward (1864-1944) y el arqueólogo y anatomista australiano afincado en el Reino Unido, sir Grafton Elliot Smith (1871-1937), que ocupaba su cargo en el “University College” de Londres y que no tenía demasiadas simpatías hacia los dos primeros.

Charles Dawson era uno de tantos aficionados a la paleontología y la arqueología, aunque contaba con un curriculum envidiable. Sus primeros hallazgos en Piltdown datan de 1908 y 1911, aunque los principales descubrimientos se realizaron en 1912. Los restos parecían importantes y Dawson se puso en contacto con sir Arthur Smith Woodward. Juntos visitaron el yacimiento y obtuvieron más restos, que se presentaron con gran alborozo en la Sociedad Geológica de Londres. No era para menos, porque otros países europeos llevaban la delantera en el estudio de fósiles humanos. El trabajo de reconstrucción fue llevado a cabo por sir Arthur Keith, como máximo experto del Reino Unido en antropología.

Se había obtenido algo menos de la mitad izquierda de un cráneo, un fragmento de un segundo cráneo humano, algún pequeño fragmento de la cara y restos de una mandíbula, que podía encajar con el cráneo. Faltaban los cóndilos articulares de la mandíbula, pero el hecho de haber encontrado los restos en el mismo yacimiento permitía pensar que habían pertenecido al mismo individuo. El trabajo no era sencillo y Sir Arthur Keith realizó una tarea de reconstrucción minuciosa y magnífica. En pocos meses llegaron los resultados. El aspecto del cráneo era sorprendente y ocupó, entre otras, portadas de diarios británicos y norteamericanos. Se había encontrado el perfecto eslabón perdido entre el Hombre y el Mono, que apoyaba la teoría de Charles Darwin. Atrás quedaba la idea primigenia de Eugène Dubois y su eslabón perdido de Java. La calota craneal de Dubois, tan aplanada y primitiva, no podía representar a un verdadero humano. El cráneo de Piltdown, en cambio, cumplía con el requisisto de tener un cerebro grande y seguramente una mente muy humana.

El cráneo era grande, tenia forma redondeada y seguramente había albergado un cerebro tan grande como el nuestro. La mandibula, en cambio, resultaba muy contradictoria. Su forma recordaba a la de los simios antropoideos. Los molares tenían cúspides aplanadas, en lugar de puntiagudas y la altura de la corona de los caninos era muy similar a la de los demás dientes (un rasgo humano). En cambio, la forma del canino y la del primer premolar era muy parecida a la de los simios. Se trataba de una perfecta combinación entre un neurocráneo moderno y una mandíbula “primitiva”. El resto humano merecía una denominación propia y fue bautizado por sir Arthur Keith con el nombre de Eoanthropus dawsoni.

Los restos fósiles de vertebrados que se encontraron en Piltdown certificaban la gran antigüedad del cráneo y parecían poner todo en su sitio. Habíamos evolucionado a partir de algún primate próximo a los simios antropoideos, pero la transición pudo ser muy rápida y enseguida llegamos a ser los que somos en la actualidad. Para los habitantes de principios del siglo XX el concepto de tiempo aún no tenía buenas referencias. Nosotros las tenemos gracias a las modernas técnicas de datación. Además, hemos ideado los calificativos de “tiempo geológico” y “tiempo evolutivo”. A pesar de todo, estos conceptos siguen siendo una pesada carga para nuestras mentes de primates. Con ello, trato de comprender (que no de justificar) todo lo que sucedió a primeros de siglo a propósito del hallazgo en la cantera de Sussex.

En esta historia, que continuaría hasta 1953, estuvo presente el antropólogo Pierre Theilard de Chardin (1881-1955), que acababa de ser ordenado sacerdote y que tuvo una enorme influencia en la paleoantropología mundial. Su presencia en los hallazgos de Piltdown no fue simplemente un mero trámite. Theilard se implicó y a él se debe el descubrimiento de un fragmento de colmillo de elefante. Theilard de Chardin fue una de los científicos con más peso en los hallazgos del yacimiento de Zhoukoudian durante los años 1930, que pusieron por primera vez en tela de juicio la autenticidad del cráneo de Piltdown. Lo veremos en el siguiente post. Sin embargo, tras su reconstrucción y primer estudio, el cráneo de Piltdown quedó encerrado en la caja fuerte del Museo Británico, expuesto únicamente a los ojos de los profesionales de esta institución durante más de cuarenta años. Sir Arthur Smith Woodward dedicó buena parte de su vida profesional a redactar su libro “El primer inglés”, para describir el fósil de Pildown.

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¿Qué sabemos de la violencia en el pasado?

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El Profesor Raymond Dart, en sus últimos años, junto a los originales del “niño de Taung” y un ejemplar de la publicación en la que se propone la especie Australopithecus africanus.

En su libro “African Genesis”, publicado en 1961, el escritor, dramaturgo y guionista norteamericano Robert Ardrey (1908-1980) popularizó la vieja y denostada teoría del simio asesino (“The Killer Ape”) postulada en los años 1950 por el Profesor Raymond Dart (1893-1988). Dart explicaba en sus publicaciones que la inusual cantidad de  fósiles de gazelas y antílopes encontrados junto a los restos de australopitecos representaban las armas habituales utilizadas por estos homininos. Un verdadero arsenal de armas fabricadas a partir de huesos, dientes y cornamentas, que los australopitecos blandían en sus luchas habituales con otros grupos. El consumo de carne de sus presas y de sus propios enemigos formaba parte de la hipótesis desarrollada por Raymond Dart. Sus conclusiones nunca pudieron ser demostradas. Sin embargo, sus ideas tenían mucha fuerza y persistieron en el imaginario popular.

Las dos guerras mundiales del siglo XX dejaron cicatrices muy profundas en las sociedades de entonces. Robert Ardrey nos explicaba en su obra que la agresión y la violencia habían constituido el motor fundamental de nuestra evolución. La caza de grandes presas exigía poseer estas cualidades, que se habrían fijado en la biología de nuestros ancestros durante el Plioceno. En aquellos años el registro fósil de homininos todavía era muy limitado y valía casi cualquier hipótesis. La pieza fundamental de la filmografía del cineasta Stanley Kubrik, “2001: A Space Odyssey” está muy influida por las ideas de Robert Ardrey.

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Imagen de la película “2001: una odisea en el espacio”

Durante los años 1960 la sociedad dio un giro de 180 grados. El idealismo pacifista del movimiento hippie surgió como respuesta a los nefastos episodios que marcaron el siglo XX. La prehistoria también estuvo influida por este movimiento. Además, durante los años 1970 los registros arqueológico y fósil se incrementaron de manera exponencial y dieron lugar a escenarios e hipótesis más realistas, a todas luces menos dramáticas que las dibujadas por Robert Ardrey. Los datos empíricos se han multiplicado y la evolución humana se investiga ahora bajo una óptica mucho más científica y objetiva. Se están estudiando los cambios biológicos y culturales que han sucedido a lo largo de los últimos cinco millones de años. Se intentan comprender los escenarios en los que surgió la postura erguida y la marcha bípeda, el incremento del tamaño y la forma del cerebro, el control de un lenguaje de tipo moderno, los cambios en la dieta, o la aparición de nuevas fases en el desarrollo. Estamos en una etapa mucho muy interesante, en la que la imaginación sigue y seguirá siendo fuente de creativida e innovación. Sin embargo, centenares de yacimientos ofrecen cada día los datos necesarios para contrastar nuestras hipótesis.

¿Qué sabemos sobre el comportamiento de nuestros ancestros con respecto a la violencia?, ¿podemos pensar en un mundo idílico, en el que los grupos de todas las especies se dedicaban a conseguir alimento y a reproducirse de manera pacífica?, ¿podemos en cambio inferir conductas violentas y agresivas del estudio de las especies de homínidos que nos han precedido?, ¿qué nos dicen los vestigios que obtenemos en el registro arqueológico? Yacimientos como los de Atapuerca ofrecen datos muy claros sobre prácticas reiteradas de canibalismo hace 850.000 años. En esta época, el canibalismo parece estar asociado a la territorialidad y la competencia por los recursos. Aunque se trata de las evidencias más antiguas que se conocen hasta el momento, estoy convencido de que se encontrarán datos convincentes sobre canibalismo o de violencia interespecífica en fechas todavía más lejanas en el tiempo. No se trata de volver a la hipótesis de Raymond Dart, tal y como la concibió este investigador. Pero no podemos engañarnos. Un cierto grado de violencia nos ha acompañado siempre en nuestra evolución. Podemos matizar esta frase explicando que la violencia ha sido la justa y necesaria para la supervivencia, como sucede hoy en día con los grupos de chimpancés en libertad que aún persisten en África.

En contraste con esta visión, la violencia sádica y gratuita y las agresiones injustificadas (ninguna se puede justificar) son desgraciadamente atributos propios de nuestra especie, que coexisten y compiten con el simbolismo, el arte, la solidaridad, la ciencia, el deporte, la política y todas las demás manifestaciones de la cultura que atesoramos los humanos. No parece tarea fácil erradicar la violencia de la humanidad, que está presente en nuestras vidas de manera cotidiana gracias a los diversos medios de comunicación. El brutal caso de París es un ejemplo más de la sinrazón en la que vive la humanidad. No obstante, al menos podemos hipotetizar que la violencia no ha sido el motor de nuestra evolución, sino un recurso más para la supervivencia. Apuesto más por la cultura y la hiper-socialización y espero no equivocarme.

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Homo erectus: entre el aburrimiento y la perplejidad

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El investigador Svante Pääbo destaca por sus avances en el campo de la paleogenética.

En 1950, el ornitólogo alemán Ernst Mayr (1904-2005) propuso agrupar la mayoría de los fósiles atribuidos al género Homo conocidos hasta entonces en la especie Homo erectus. Se trataba de un ejercicio de síntesis, que trataba de unificar un variopinto conjunto de nombre genéricos y específicos. El lío que se había formado con tantos nombres invitaba a una reflexión, que fue compartida por la gran mayoría de los expertos en paleoantropología. La influencia de Mayr ha llegado hasta nuestros días con una fuerza increíble. Tanto es así que muchos utilizan el taxón Homo erectus de manera casi dogmática. En el caso de los arqueólogos, poco o nada preocupados por cuestiones taxonómicas, el nombre específico de Homo erectus vale para cualquier hominino. Pero aún más preocupante es el caso de un buen número de paleoantropólogos. Como ejemplo, y a propósito del estudio de los cráneos del yacimiento de Dmanisi,  se ha llegado a proponer que todos los fósiles africanos del género Homo del Pleistoceno Inferior, incluidas las especies Homo habilis y Homo rudolfensis, tendrían que ser incluidas en Homo erectus. De este modo, Homo erectus cubriría una diversidad insólita para cualquier especie, además de una distribución geográfica y temporal de casi dos millones de años. Esta diversidad incluiría morfologías craneales muy diferentes, algunos con caras primitivas y otros con caras muy similares a la de Homo sapiens (Zhoukudian) o cerebros de un tamaño entre 600 y 1.200 centímetros cúbicos.

Para cualquier paleontólogo de vertebrados, esta forma de proceder resulta cuando menos sorprendente. Estos expertos sostienen que cada región del Viejo Mundo (África, Asia o Europa) tuvo su especie particular de ciervo, caballo, rinoceronte, ratón de campo, lagarto, rana, etc., durante distintas fases del Pleistoceno. Por descontado, los debates entre los paleontólogos por cuestiones taxonómicas están a la orden del día, pero todos están de acuerdo en diferenciar las poblaciones que vivieron en regiones alejadas por miles de kilómetros ¿Es que acaso los humanos éramos distintos?, ¿por qué nos empeñamos en distinguirnos de otras especies? La cultura, representada sobre todo por la tecnología de la herramientas de piedra, no llegó a distanciarnos de la naturaleza y de los ecosistemas a los que hemos pertenecido. Sencillamente, éramos una pieza más del equilibrio de esos ecosistemas.

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Aspectos lingual y occlusal del tercer molar humano de la cueva de Denisova, utilizado para obtener ADN

Por supuesto, otra buena parte de los expertos no está de acuerdo con incluir a tantos y tantos homininos en Homo erectus. La propuesta y la contrapropuesta se ha convertido en el debate más estéril, inútil y aburrido del ámbito de la prehistoria, dejando a un lado otros aspectos mucho más importantes sobre la paleobiología o sobre la dinámica de las poblaciones del pasado. Es más, cuando se estudian en detalle los fósiles de Homo erectus de China encontramos diferencias significativas entre ellos. Este hecho no viene sino a confirmar que la especie Homo erectus se ha observado con falta de criterio y desde una perspectiva muy general, sin tener en cuenta que África y Eurasia suman la nada despreciable cifra de 85.332.000 kilómetros cuadrados. Todo este inmenso territorio está repleto de barreras geográficas inexpugnables para nuestros ancestros. El aislamiento de las poblaciones durante miles de años debió de ser la norma, en contra de lo que la teoría multirregional preconizó durante años. El flujo genético entre las diferentes poblaciones del Pleistoceno no parece tan sencillo como se nos ha hecho creer. Podríamos llegar a un aburrido consenso taxonómico, pero nadie nos podrá convencer de que todas las poblaciones del Viejo Mundo estaban en contacto. Con un mapa encima de la mesa es sencillo viajar con la imaginación, como seguramente hicieron los defensores de la teoría multirregional. Pero los viajes reales son mucho más complejos que los virtuales y más si no tenemos más que nuestras piernas para movernos de un lado a otro.

Ahora que estamos cerca de conocer el ADN nuclear de los humanos de la Sima de los Huesos de Atapuerca, me viene a la memoria el análisis genético de dos restos fósiles hallados en el yacimiento de la cueva de Denisova, localizada en los montes Altái de Siberia. Recordemos que el estudio del ADN mitocondrial de los humanos de la Sima de los Huesos ha sorprendido por su estrecha relación con los restos de la cueva de Denisova. Todos esperábamos una mayor cercanía genética con los Neandertales.  Pero está no es ahora la cuestión, de la que quizá sepamos algo más en 2015, como nos anuncia el investigador Svante Pääbo cada vez que se le pregunta por este asunto.

La capa sedimentaria en la que aparecieron los dos restos de Denisova puede tener entre 50.000 y 30.000 años. Estos fósiles muestran relaciones genéticas no solo con los humanos de la Sima de los Huesos, sino con los neandertales y con Homo sapiens. Los dos restos, una falange y un tercer molar de aspecto muy arcaico, fueron sacrificados para obtener ADN. Pueden creerme, pero de no haberse llevado a cabo este análisis, los dos restos hubieran pasado inadvertidos y hubieran acabado, como todos los demás, en el cajón de Homo erectus. Sin embargo, gracias a la genética los expertos especulan con la necesidad de crear una nueva especie (los denisovanos), de la que ahora “no existe ni un solo fósil”, sino réplicas de silicona. Son las paradojas de la evolución humana, que no dejan de causarme perplejidad.

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