Archivo por meses: Abril 2015

Arqueología de la mente

A todos los que investigamos sobre la evolución humana nos gustaría averiguar como funcionaba la mente de nuestros ancestros. Cada vez sabemos más sobre el desarrollo y el funcionamiento cerebro de Homo sapiens. Las técnicas modernas, como las imágenes captadas por resonancia magnética, permiten averiguar aspectos de nuestro cerebro o el de ciertos primates inimaginables hace una docena de años. La anatomía y la fisiología del cerebro han ido desvelando sus secretos desde hace mucho tiempo. Ahora nos vamos acercando lentamente hacia un mejor conocimiento de la mente humana. Esta noticia es magnífica, porque únicamente nuestra capacidad para pensar y reflexionar de manera inteligente permitirá que Homo sapiens siga evolucionando durante mucho tiempo. Pero ¿qué sabemos de la mente de los australopitecos o de los antiguos representantes del género Homo?

l húmero ATD6-48 de Homo antecessor presenta evidentes pruebas de canibalismo. Fue partido por la mitad cuando aún estaba “fresco” (rotura helicoidal de la diáfisis), se aprecian numerosas marcas de corte para separar los paquetes musculares y faltan los epicóndilos lateral y medial, después de que el hueso fuera golpeado para romper los tendones que fijan los músculos al hueso.

El húmero ATD6-48 de Homo antecessor presenta evidentes pruebas de canibalismo. Fue partido por la mitad cuando aún estaba “fresco” (rotura helicoidal de la diáfisis), se aprecian numerosas marcas de corte para separar los paquetes musculares y faltan los epicóndilos lateral y medial, después de que el hueso fuera golpeado para romper los tendones que fijan los músculos al hueso.

Los lectores pueden imaginar perfectamente la respuesta. Puesto que solo disponemos de los huesos fosilizados que contenían el cerebro de aquellos “humanos” apenas seremos capaces de averiguar el tamaño y la forma de su cerebro. Nada podremos decir sobre sus pensamientos, sus sentimientos, sus decisiones o sus sueños. Sin embargo, nos queda una opción para saber algo sobre su mente: el registro arqueológico. Los yacimientos antiguos conservan objetos fabricados por mentes pensantes. Es más, utilizando el ingenio podemos inferir muchos aspectos del comportamiento de nuestros antepasados más remotos. Algunos arqueólogos, como el británico Steven Mithen (pionero en estas cuestiones), se lanzaron hace tiempo a investigar el registro arqueológico desde una perspectiva “biológica”. Mithen popularizó este nuevo aspecto de la evolución humana con el título de “arqueología de la mente”. En mi modesta opinión, esta es una manera muy inteligente de acercarse a la arqueología ¿Qué pueden decirnos los objetos hallados en un yacimiento sobre las capacidades cognitivas de Homo erectus o de cualquier otra especie?, ¿qué lecciones podemos aprender sobre su comportamiento? Pongamos un par de ejemplos.

El primer ejemplo me resulta muy familiar, porque se refiere a Homo antecessor. Los restos fósiles de esta especie tienen aproximadamente 840.000 años y fueron acumulados en la cueva de la Gran Dolina como consecuencia de varios eventos de canibalismo. Esta conclusión fue formulada tras una investigación pericial similar a la que podemos ver en series televisivas muy populares. Pero, ¿qué tipo de canibalismo se practicó hace tanto tiempo? Si hubiéramos llegado a la conclusión de que ese comportamiento tenía una base ritual hubiéramos inferido que la mente de Homo antecessor no era muy distinta de la nuestra. Sin embargo, toda la información arqueológica obtenida tras una investigación exhaustiva de cada centímetro cuadrado del yacimiento, del clima reinante en aquella época, de la vegetación, la fauna, etc. nos llevó a proponer que el canibalismo pudo tener lugar tras las correspondientes disputas territoriales y con el ánimo de aprovechar al máximo aquellos recursos, aunque fueran de sus semejantes.  Muy probablemente, la mente de Homo antecesor no concebía la repugnancia moral y simbólica que a todos nos produciría el hecho de comernos a otro ser humano. Por descontado, no podemos olvidar que la mente no es solo el resultado de reacciones bioquímicas. La educación que recibimos moldea nuestra mente, nuestra forma de pensar y actuar. Pero esa es otra historia.

Bifaz (Modo 2) conservado en el Museo de Hombre de París.

Bifaz (Modo 2) conservado en el Museo de Hombre de París.

Vemos otro ejemplo. Los objetos, como las herramientas de piedra, llevan un sello indeleble de la mente que los creó. Durante más de un millón de años todas las herramientas fueron fabricadas de una manera muy simple, con el objetivo de cumplir varias funciones fundamentales: golpear y romper, cortar y raspar. La mente que concebía estas herramientas tenía una capacidad de planificación a largo plazo muy limitada. Podemos decir que aquellas herramientas eran objetos de “usar y tirar”. Los chimpancés usan herramientas del mismo modo. El “salto mental” de nuestros ancestros consistió en modificar la materia prima para mejorar su funcionalidad. No es poca cosa, aunque fue necesario incrementar casi  un 30% el tamaño del cerebro para conseguir ese logro.

Alguna mente brillante de las antiguas poblaciones africanas concibió una nueva forma de fabricar las herramientas hace nada menos que 1.700.000 años, el achelense o Modo 2. Detrás de la tecnología achelense, que se extendió con cierta rapidez entre los clanes de homininos de África, estaba una mente capaz de planificar a largo plazo. Las herramientas se estandarizaron, una capacidad que Homo sapiens simplemente ha perfeccionado. Además, las herramientas achelenses tienden a la simetría. Muchas especies animales tenemos simetría bilateral y nosotros dominamos a la perfección este concepto surgido en la evolución de los seres vivos, pero ¿y nuestros antepasados?, ¿realmente fueron capaces de abstraer el concepto de simetría de la observación de la naturaleza? La propia versatilidad de las herramientas achelenses también nos explica mucho sobre la mente de Homo ergaster y de las especies que adoptaron más tarde esta tecnología. Sin duda, lo que se esconde tras un hallazgo arqueológico es mucho más que los propios objetos. Su investigación a fondo puede llegar a ser apasionante.

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Salvados por los pelos

El otro día, una amable lectora me preguntaba por la pilosidad corporal de las recreaciones de un macho y una hembra del yacimiento de Dmanisi (1.8 millones de años). La artista francesa que realizó estas recreaciones, Elizabeth Daynes, estuvo condicionada por la falta de información sobre las partes del cuerpo que no fosilizan y por el llamado criterio del “actualismo”. Elizabeth Daynes representa a los homininos del pasado condicionada por lo que ve en la humanidad actual. Aún así, nuestra amable lectora recordaba que la pilosidad de la mujer no se ha perdido, sino que se elimina por cuestiones culturales. Una moda que también ha sido adoptada por los hombres. Pareciera que la belleza consiste en carecer completamente de pelo en la mayor parte del cuerpo. Posiblemente es una cuestión pasajera. Las modas cambian.
hominido
Por supuesto, y salvo contadísimas excepciones (hipertricosis o síndrome del “hombre lobo”) los seres humanos hemos perdido la enorme cantidad y densidad de pelo que cubre por completo el cuerpo de los mamíferos. La fina vellosidad o lanugo del feto, que cubre su cuerpo durante una semanas, representa la distribución del pelo de otros mamíferos. El lanugo se pierde pronto, con los consiguientes e incómodos efectos en las madres gestantes, y nacemos prácticamente lampiños en la mayor parte del cuerpo. Al crecer, desarrollamos el cuero cabelludo, que protege la cabeza y el cerebro y una cierta pilosidad corporal más o menos abundante según los individuos y las poblaciones. Pero se trata de una pilosidad diferente a la de otros mamíferos, tanto en su distribución como en su abundancia.

Es lógico preguntarse por este cambio tan importante de nuestro aspecto físico. La imagen que abre este post fue realizada hace pocos años por Mauricio Antón, quizá nuestro artista más internacional en la reconstrucción de especies del pasado. Esta imagen, que representa a un humano de Dmanisi, fue portada de la revista “National Geographic” y supuso un grave disgusto para uno de los paleoantropólogos que ha llevado a cabo estudios de este grupo humano tan antiguo de la República de Georgia. Philip Rightmire siempre ha querido relacionar a los humanos de Dmanisi con poblaciones más recientes. Sin embargo, Mauricio Antón no solo es un gran artista, sino un consumado anatomista y un estudioso de la evolución. Es por ello que representó a un hominino de Dmanisi con el aspecto externo de cualquier otro primate, como los chimpancés. Casi dos millones de años de antigüedad es mucho tiempo y los humanos de entonces podían tener tanto pelo como cualquier otra especie de mamífero ¿Por qué no?

Siempre me he preguntado como las poblaciones del género Homo que colonizaron el hemisferio norte pudieron sobrevivir a las glaciaciones. Estos períodos tan fríos pudieron acabar con la existencia de muchas poblaciones de homininos, que habían llegado de África y se habían asentado en un continente todavía muy cálido. La acentuación del frío de las glaciaciones tuvo que conllevar cambios adaptativos fisiológicos en la poblaciones de Eurasia, aunque pudieran encontrar refugio en las penínsulas europeas y en sur de Asia. Sin el apoyo de avances culturales, como el fuego, aquellos humanos tuvieron que desarrollar una piel suficientemente grasa y una protección pilosa adecuadas a la situación sobrevenida con las glaciaciones. De no ser así quizá hoy no estaríamos escribiendo o leyendo este post. Quizá nos salvamos “por los pelos”. Es por ello que prefiero la reconstrucción de Mauricio Antón a la de Elizabeth Daynes, sabiendo que los dos artistas han tenido que emplear su imaginación para representar a nuestros ancestros. La pérdida definitiva de pelo abundante pudo ser una adaptación más reciente. Y todo ello sin olvidar lo que recordaba nuestra amable lectora: seguimos teniendo mucho pelo, aunque lo queramos esconder.

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El gran salto de la humanidad: el círculo que no se cierra

El enorme avance científico-técnico de los pueblos más desarrollados del planeta ha ocurrido en un suspiro, si lo comparamos con los seis millones de años de la genealogía humana. Los primeros miembros de Homo sapiens tenían un desarrollo tecnológico similar al de cualquier otra especie de hominino del pasado. Así permanecimos durante más de 100.000 años, hasta que iniciamos la expansión fuera de África. Quizá, en ese momento habíamos progresado algo en nuestra cultura. La socialización del arte y el simbolismo aún tardarían miles de años en llegar y la revolución del Neolítico, en la que siguen inmersos muchos pueblos de la Tierra, no cambió nuestra existencia hasta hace unos 8.000 años. El despegue definitivo de la humanidad hacia la conquista del espacio ha ocurrido durante la vida de muchos de los lectores.
mundo
¿Cómo explicar este salto cualitativo en tan poco tiempo? Genetistas, como Bruce Lahn, buscan la respuesta en los cambios del ADN. Puesto que nuestra evolución no se ha detenido es lógico pensar que hemos sufrido alteraciones de determinados genes, cuyo efecto positivo se extendió entre las poblaciones humanas del Pleistoceno Superior. Esos genes habrían interesado a la fisiología cerebral. La mejora de nuestras capacidades cognitivas podrían habernos ayudarnos a competir con éxito frente a otras especies. Aquellas mutaciones que mejoraron una mayor conectividad entre las neuronas, posibilitando una mayor adquisicón y almacenamiento de información, se habrían fijado en el genoma de las poblaciones de Homo sapiens. Las mentes pensantes, capaces de encontrar soluciones a los problemas que crea el entorno tienen mayores posibilidades de dejar descendientes. Por ejemplo, el notable desarrollo de la capacidad para el simbolismo nos hizo más fuertes como grupo. Además, posibles hibridaciones puntuales con otras especies, señaladas por los estudios del ADN antiguo, habrían favorecido la expansión de nuestra especie en el hemisferio norte.

Sin embargo, mediante estos hipotéticos cambios en el genoma los humanos tan solo llegamos a idear la agricultura y la ganadería. Los progresos que siguieron fueron favorecidos por un incremento demográfico, que aún no se ha detenido. Las mentes pensantes se encontraron en grupos cada vez más numerosos, que fueron creciendo de manera exponencial. De la tribu (unos 15-20 individuos) y el clan (reunión de varias tribus) llegamos a las primeras concentraciones urbanas. Surgieron nuevas necesidades y comenzó la especialización. Las civilizaciones aparecieron por doquier, aunque también desaparecieron. Es lo que nos cuenta la historia y lo que contará la historia de la época actual dentro de muchos años. En todo caso, lo importante es que la fuerte socialización fue origen de un sinfín de innovaciones producidas gracias al trabajo en grupo. Si hace 100 años las publicaciones científicas iban firmadas por un único autor, en la actualidad este hecho es excepcional. Lo habitual, y en particular cuando se trata de un trabajo que mueve hacia adelante las fronteras del conocimiento, es que los trabajos estén firmados por equipos de diez, quince o veinte científicos. Los consorcios de instituciones también son frecuentes. Con ello se logran notables avances en el campo de la ciencia. Las neuronas de diferentes individuos se conectan mediante una suerte de “wireless” y surgen las innovaciones. Además, el conocimiento se acumula en diversos soportes y llega a millones de individuos. Ese conocimiento es fuente de inspiración de nuevos avances.

En definitiva, los cambios en el ADN pudieron favorecer capacidades cognitivas y una mayor socialización. Ésta, a su vez, ha promovido el progreso en el conocimiento gracias al trabajo en grupos cada vez más numerosos. Pero no todo queda aquí, porque la evolución sigue su curso ¿Qué efecto genético puede estar teniendo en los seres humanos el nuevo medio creado por la revolución científico-técnica que vivimos? Lo sabrán las siguientes generaciones.

No quiero terminar sin reflexionar sobre otro hecho incuestionable. Las tres cuartas partes de la humanidad siguen viviendo en condiciones deplorables. Si la expansión de nuestra especie fue una forma de conseguir una cierta uniformidad cultural y económica de todas las poblaciones del planeta, 100.000 años más tarde hemos introducido nuevas formas de juego, que han potenciado la desigualdad dentro de límites muy peligrosos. Algunos humanos siguen viviendo de la caza y la recolección. Otros se encuentran en un nivel cutural similar al Neolítico. Otros viven en tiempos que nos recuerdan a los períodos que hemos estudiado en historia, como la época medieval. Finalmente otros (no necesariamente los más privilegiados) viven en lo más avanzado siglo del siglo XXI. El resultado de este “algoritmo”, en el que se relacionan las desigualdades genética, cultural y económica en un planeta cada vez más pequeño por efecto de las comunicaciones, es impredecible.

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