Archivo por meses: Junio 2015

Burbuja taxonómica

A finales de mayo de este año la revista Nature dio a conocer la posible existencia de una nueva especie de homínido del Plioceno. Yohannes Haile-Selassie y sus colaboradores diagnosticaron la especie Australopithecus deyiremeda en base al hallazgo y descripción de un cierto número de restos fósiles encontrados en sedimentos de la región de Afar (Etiopía). Estos sedimentos tienen una antigüedad bien calibrada en un rango de 3,3-3,5 millones de años. Las dataciones en esta región, que ha sido explorada desde hace más de 40 años, son extremadamente fiables gracias a la presencia de capas de origen volcánico. La antigüedad de estas capas se puede determinar con mucha precisión mediante los isótopos del argón.
El conjunto de fósiles que conforman la nueva especie fueron hallados en diferentes campañas entre 2006 y 2013, todas ellas dirigidas por Haile-Selassie en la región de Woranso-Mille. La mayoría de estos fósiles proceden de la localidad de Burtele, y consisten en dientes y fragmentos de maxilar y mandíbula.

Restos de homínidos encontrados por Yohannes Haile-Selassie en la región de Afar (localidad de Burtele). Fuente: revista Nature.

Restos de homínidos encontrados por Yohannes Haile-Selassie en la región de Afar (localidad de Burtele). Fuente: revista Nature.

Cuando leemos con detenimiento la diagnosis diferencial de la nueva especie, basada en 14 restos fósiles, surgen muchas dudas sobre la magnitud de las diferencias de Australopithecus deyiremeda con otras especies de la misma antigüedad y de la misma región. Si bien parece claro que los restos de Burtele pueden distinguirse de los parántropos o de los ardipitecos, no sucede lo mismo cuando los autores reparan en las diferencias con Australopithecus afarensis. Esta última especie fue nombrada por Donald Johanson y Timothy White en la década de los años 1970. La mayoría de los restos fósiles de Australopithecus afarensis procedían de la región de Afar y su antigüedad está muy bien determinada entre 3,0 y cerca de 4,0 millones de años. La coincidencia es cuando menos digna de reflexión.

No puede pasar inadvertido el hecho de que en las tres últimas décadas el número nuevos géneros y especies nombrados en el este de África ha crecido de manera vertiginosa. Estamos ante una verdadera “burbuja taxonómica”, que en cualquier momento puede reventar. Demasiados nombres para la misma región del planeta y para un período relativamente corto en términos geológicos. Algunos de los intentos por ampliar el número de especies del género Homo para el lapso temporal de los dos últimos dos millones de años han sido abortados de manera contundente. Resulta muy complicado admitir la presencia de varias especies del género Homo en la misma región y en la misma época. Por ejemplo, no es fácil admitir la coexistencia en Europa de Homo cepranensis, Homo erectus, Homo heildelbergensis y Homo neanderthalensis durante la segunda mitad del Pleistoceno Medio. Pero el mismo argumento puede emplearse para el género Australopithecus. El propio nombre de la nueva especie “deyiremeda”, que procede de la lengua Afar, significa que estos homínidos están muy próximos (desde el punto de vista filogenético) a otros homínidos de la misma región. Quizá tan próximos, que Haile-Selassie y sus colaboradores podrían haberse ahorrado el esfuerzo de nombrar una nueva especie. Quizá sus argumentos serían más convincentes si el número de restos fuera más generoso y la colección contuviera fósiles de una parte significativa del esqueleto (pelvis, extremidades, etc.). Una mandíbula, un maxilar y unos cuantos dientes representan un bagaje muy pobre para una conclusión tan importante. Y todo ello sin dejar de reconocer el mérito que supone trabajar en una región tan inhóspita del planeta y el hallazgo de nuevos fósiles, que enriquecen nuestro conocimiento de la evolución humana.

Cuando se localizan por primera vez fósiles de homínidos en un determinado tiempo geológico y una cierta región estamos legitimados para nombrar una nueva especie, pero solo en el caso de que las diferencias con otros conjuntos de fósiles sean significativas. Así ha ido sucediendo en África durante todo el siglo XX. Pero esas diferencias cada vez van siendo menores. En estas circunstancias se hace imprescindible demostrar que los homínidos procedentes de un mismo tiempo y lugar tenían una forma de vida totalmente distinta. En caso contrario, la competencia hubiera eliminado a alguna de ellas en muy pocas generaciones. Quizá baste con demostrar diferencias en la dieta o en el hábitat. No es sencillo, sobre todo cuando las distinciones morfológicas son sutiles, como es el caso que nos ocupa.

En mi opinión, no tardará en llegar el día en que algún grupo de expertos en fósiles de homínidos africanos del Plioceno dediquen un proyecto a la revisión de todos los restos encontrados en las últimas décadas. Quizá entonces estos expertos tengan que “pinchar” la burbuja taxonómica, que no para de crecer.

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Nueva campaña en Atapuerca

El 15 de junio ha dado comienzo una nueva campaña de excavaciones en los yacimientos de la sierra de Atapuerca. Fieles a la cita anual, los componentes del equipo investigador, acompañados por un número creciente de estudiantes, dedicaremos 40 días a seguir desentrañando los enigmas que esconden los diferentes yacimientos de este singular complejo burgalés. Los alumnos de los dos másteres sobre arqueología y evolución humana, que se imparten en las universidades de Tarragona y Burgos, respectivamente, tendrán que completar su formación con el trabajo de campo. Un complemento perfecto a las clases teóricas recibidas durante el resto de año. También compartirán este tiempo con nosotros alumnas y alumnos de diferentes formaciones universitarias, sin olvidar a los profesionales de otros proyectos similares, con los que colaboramos desde hace años. La escuela está de nuevo abierta para quienes quieren aprender el método de obtención de datos en el campo.

Vista de la excavación del nivel TD10 en el yacimiento de la cueva de la Gran Dolina.

Vista de la excavación del nivel TD10 en el yacimiento de la cueva de la Gran Dolina.

En no pocas ocasiones tenemos que explicar que las excavaciones no representan solo una oportunidad para realizar hallazgos de interés. Detrás de este trabajo existe un proyecto científico teórico, elaborado a lo largo de docenas de años de experiencia. Las excavaciones permiten obtener información muy diversa índole (arqueología, geología, geocronología, paleoecología, etc.) absolutamente imprescindible para contrastar las hipótesis planteadas previamente. Además, esa información permite propone hipótesis alternativas en caso de que las previas queden descartadas por la evidencias empíricas, así como nuevos planteamientos para el futuro.

En definitiva, y aunque las excavaciones tienen su punto de romanticismo y aventura, que no se puede perder, la seriedad y el rigor del trabajo científico están por encima de todo. Las excavaciones tienen una vertiente social, muy digna de consideración. Se trata de un momento de encuentro de todos los miembros del equipo, en el que se debate sobre las investigaciones de cada grupo de investigación. No menos interesante es el encuentro con otro colegas y el diálogo de los profesionales con los estudiantes. La convivencia durante tantos días produce amistades duraderas y cada conversación sobre el desarrollo del trabajo o sobre cuestiones relacionadas con la arqueología y la evolución humana tiene un valor incalculable. Todos los años, los responsables dirigimos unas palabras a los novatos el primer día de campaña. Mi mensaje no ha variado nunca: “aprovechemos cada minuto para aprender todo lo posible”. El que escribe estas líneas tiene muchas campañas de campo a sus espaldas, pero nunca ha dejado de aprender cosas nuevas.

Por supuesto, los hallazgos importantes representan un aliciente extraordinario para todos. Si nos despojamos de la seriedad del trabajo profesional, tendremos que confesar la adición que supone realizar descubrimientos inesperados.  No estamos exentos de segregar oxitocina o dopamina, las sustancias que producen el placer de la recompensa por un logro determinado. En particular, los hallazgos de los primeros años de profesión quedan en la memoria para siempre y su recuerdo sigue produciendo sensaciones placenteras, por muchos años que hayan transcurrido.

La campaña de 2015 promete ser muy interesante. Es muy probable que el nivel TD10 de Gran Dolina quede prácticamente terminado. Este nivel ha proporcionado datos impresionantes para las investigaciones de la arqueología del Pleistoceno Medio durante más de 15 años. Cuando este nivel llegue a su fin se abre la puerta a una nueva excavación del nivel TD6 en pocos años, donde quizá esperan miles de restos fósiles de Homo antecessor. Tampoco hay que perder de vista el yacimiento de Galería, reabierto casi 12 años después de su primera fase. El hallazgo en 1995 de un fragmento craneal humano en uno de sus niveles, permite pensar en que el resto del esqueleto sigue aguardando a que demos con él. Quizá se encuentra en al fondo de la cavidad, donde algún carnívoro dio buena cuenta de aquel humano hace 400.000 años.

Nada se opone a que el yacimiento de la Sima del Elefante siga ofreciendo datos para profundizar en el tiempo la presencia de humanos en Europa. Con gran paciencia, los niveles más antiguos de la sierra de Atapuerca siguen abiertos a nuevos descubrimientos, como la mandíbula del nivel TE9. Es necesario encontrar más restos para determinar la especie a la que perteneció este fósil de 1,2 millones de años de antigüedad.

En fin, que se puede decir de la Sima de los Huesos, donde la posibilidad de incrementar la fabulosa colección de casi 7.000 restos humanos de una especie huérfana de nombre desde 2014 sigue intacta. No olvido los yacimientos más recientes del Holoceno, que por ser más recientes no dejan de tener una enorme importancia y están produciendo publicaciones de un gran valor científico. A lo largo de estas semanas y como cada año, informaré desde esta tribuna acerca de los hechos más sobresalientes de esta nueva campaña en la sierra de Atapuerca.

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Pescando fósiles humanos

Es frecuente que las redes de los pescadores recojan no solo peces y otros animales marinos, sino infinidad de artefactos que tiramos al mar. La red recuperada en 2008 por varios pescadores cerca de la costa de la isla de Taiwan contenía uno de los objetos más extraños jamás encontrados de ese modo: una mandíbula fósil humana. La mandíbula fue “pescada” a unas 15 millas de la costa de Taiwan, a poca profundidad y depositada junto a otros restos fósiles en un canal submarino denominado Penghu. Es por ello que la mandíbula ha sido bautizada como Penghu-1 por Chang Chun-Hsiang (Museo Nacional de Ciencias Naturales de Taiwan) y Yousuke Kaifu (Museo Nacional de Ciencias Naturales de Japón). Estos científicos, líderes de sendos equipos, han estudiado y publicado este notable ejemplar en 2015 en la revista “Nature Communications”.

Diferentes aspectos de la mandíbula Penghu-1. Fuente: Nature Communications.

Diferentes aspectos de la mandíbula Penghu-1. Fuente: Nature Communications.

La datación de un fósil pescado de las aguas no es nada sencillo, a pesar de los esfuerzos de Rainer Grün. Este investigador, que ha colaborado con Chang y Kaifu, es quizá el geocronólogo con mayores reconocimientos en su ámbito científico. Los restos fósiles de otros mamíferos localizados en el canal de Penghu pueden apuntar hacia una cronología no superior a 450.000 años, que no desentona con el aspecto tan primitivo de la mandíbula. No obstante, otros datos son más prudentes y no llegan a los 200.000 años de antigüedad. Este resto humano aún podría ser mucho más reciente. Habrá que esperar a que las investigaciones del yacimiento submarino nos den más información.
La profundidad entre la costa oeste de la isla de Taiwan y el continente es muy somera, por lo que todo apunta a un yacimiento formado durante los fuertes descensos del nivel del mar ocurridos en las épocas glaciares del Pleistoceno. Cuando esto sucedía las islas de Indonesia y otras islas (incluida Taiwan) quedaban unidas al continente eurasiático. Seguramente muchos yacimientos desaparecieron bajo las aguas en las épocas interglaciares, como la que vivimos en la actualidad.
Si la mandíbula Penghu-1 es mucho más reciente de lo que se puede sospechar por su aspecto, tendríamos un nuevo caso de persistencia de poblaciones primitivas en Asia, junto a los Denisovanos y a los humanos de la isla de Flores. La colonización del planeta por nuestra especie desde hace unos 100.000 años quizá no fue tan completa como podemos imaginar, y muchos grupos arcaicos persistieron hasta hace relativamente poco tiempo en islas y refugios continentales.

Los investigadores de Japón y Taiwan fueron muy prudentes en su valoración de la mandíbula, indicando sus rasgos arcaicos, pero sin pronunciarse sobre la asignación taxonómica de este ejemplar. Llama la atención la robustez y forma de la sínfisis, sin mentón y con una fuerte inclinación de su parte interna. El primer premolar es muy asimétrico y tiene dos raíces (rasgos primitivos del género Homo). También destaca la agenesia del tercer molar, muy frecuente en las poblaciones recientes y anecdótico en las del Pleistoceno.

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La profundidad del mar entre la isla de Taiwan y el continente no supera los 120 metros, por lo que muchos yacimientos pudieron quedar sumergidos por el ascenso del nivel del mar durante los períodos más cálidos del Pleistoceno. Fuente: Nature Communications.

Algunos paleontólogos consideran que esta mandíbula tendría que ser incluida en una nueva especie del género Homo. Sin embargo, sus propuestas han sido presentadas sin el rigor que exige la ciencia en estos casos. No obstante, de este caso tan peculiar se derivan conclusiones muy interesantes, que venimos planteando desde que comenzamos a trabajar con los fósiles de China. La ciencia occidental no ha tenido ocasión de trabajar de manera sistemática con el registro fósil humano de este país. Aunque en las últimas décadas varios científicos han destacado las diferencias entre los fósiles del Pleistoceno de Asia, todos han sido incluidos en la especie Homo erectus. Las diferencias que claramente se observan entre los fósiles de Indonesia y los de China e, incluso, dentro del propio territorio de este último país, han sido atribuidas a variaciones geográficas. La falta de buenas dataciones ha sido un hándicap importante, como sucede en otras regiones del planeta.

Sin embargo, los científicos de China o de Indonesia, por ejemplo, ya están presentando el registro fósil de Asia siguiendo métodos empleados por la ciencia occidental y reforzando sus planteamientos mediante colaboraciones con investigadores de otros países. El resultado nos va alejando poco a poco de la tradicional homogeneidad de la poblaciones del Pleistoceno de Asia, para presentarnos un modelo muy complejo, más acorde con el enorme territorio explorado. El tiempo de duración del Pleistoceno ha sido suficientemente amplio como para considerar que la colonización de Asia pudo ser tan compleja como la Europea, sino más, con sucesivas oleadas migratorias. Como sucede en todo el hemisferio norte, las barreras geográficas y las fuertes oscilaciones climáticas del ultimo millón de años generaron una diversidad en las poblaciones de Asia, que tendremos que ir reconociendo poco a poco. Tendremos que dejar atrás planteamientos evolutivos lineales e incluir en nuestros modelos factores climáticos y biogeográficos. Solo así podremos entender porque existen tantas diferencias entre los denisovanos, los homininos de Zhoukoudian o los de Xujiayao, por poner solo algunos ejemplos. La mandíbula recién estudiada en Taiwan viene a sumarse a tantos y tantos interrogantes. Algún día hablaré de la enorme diversidad que siempre se ha considerado en los yacimientos de la isla de Java y que se suma a la complejidad del registro fósil humano de Asia.

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