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El día 22 de diciembre de 2015 se publicó el último post de ese año en la sección “Reflexiones de un primate”. En este post reflexionaba de manera crítica sobre la última filogenia de los homininos, presentada en la galería de la evolución humana del Museo de Historia Natural de Londres (MHNL). Aunque algunos comentarios fueron positivos, otros no lo fueron tanto. No se trataba en ningún caso de comentar de manera negativa el contenido del post, sino de incidir en la benevolencia con la que un servidor trataba este asunto. Por ejemplo, no le quito un ápice de razón a los comentarios publicados por PaleoFreak el día 9 de enero de 2016 y a los comentarios de este blog. En este blog se argumenta que el panel presentado en el MHNL ni es un árbol ni es una filogenia. No obstante, conviene volver a reflexionar sobre algunos aspectos dignos de tener en consideración. Seguro que estas reflexiones interesan a todos y arrojan algo de luz a esta cuestión. Vayamos por partes.

Ejemplo de filogenia humana. Publicada en: https://paginaspersonales.deusto.es/airibar/Musica/L&M/L&M_06.html#1

En primer lugar, los expertos en museología son muy reacios a complicar las visitas con profusión de datos sobre cualquier materia. Lo normal es que los visitantes de un museo temático moderno disfruten del espectáculo que ofrece la forma de exponer la información y se queden con algunos conceptos de interés. Los museos pretenden entretener y enseñar, pero en ningún caso ser exhaustivos con los datos que se conocen sobre cualquier temática. Es imposible aprender todo sobre cualquier ámbito de la cultura (pintura, escultura, ciencia, etc.). De ahí que, con toda probabilidad, en el Museo de Historia Natural de Londres no hayan pretendido exponer una de las posibles filogenias hipotéticas sobre la evolución humana, sino presentar de manera INFORMAL las especies más reconocidas publicadas hasta el momento (aunque ya sabemos que puede sobrar alguna y faltan otras). Dicho esto, un museo puede equivocarse y mostrar conceptos equivocados y obsoletos.

Por otro lado, tenemos que reconocer que se conoce muy poco sobre muchas de las especies de hominios publicadas y aceptadas por la comunidad científica. Es el caso de las más antiguas: Orrorin tugenensis, Sahelanthropus tchadensis, Australopithecus kadabba, y otras. Con los pocos datos conocidos sobre estas especies es IMPOSIBLE establecer hipótesis robustas sobre sus relaciones filogenéticas.

Otra cuestión no menos interesante es el hecho de que todas las especies de homininos se encuentran casi “un pañuelo temporal”. Si hablamos de trilobites, por ejemplo, hablamos de unos cuantos millones de años y una gran variabilidad para analizar. Si hablamos del género Homo, hablamos de poco más de un par de millones de años. El parecido entre muchas de las especies hace complicado encontrar caracteres distintivos con los que trabajar. De ahí los interminables debates sobre si diferenciar o no especies como Homo erectus y Homo ergaster.

Supongamos, por último, que nos encontramos un escenario ideal en el que cada grupo de fósiles tiene suficientes caracteres para analizar y que se llega a un consenso sobre la identidad de todas las especies. Bien. Ahora se trata de utilizar el método más adecuado para establecer una filogenia que satisfaga a todos y que podamos presentar con orgullo y de manera inequívoca en un museo. Utilicemos por ejemplo la cladística, un método ideado por Willi Henning en 1950. Los lectores y lectoras podrán encontrar fácilmente datos biográficos sobre este biólogo alemán y sobre su método para proponer relaciones entre especies. Pero antes de nada tenemos que explicar que este método (quizá el más fiable de todos) fue ideado por Henning para las especies vivas, no para las fósiles. Aún así, nos pondremos a ello.

Cuando se estudia a fondo el análisis cladístico nos encontramos con una montaña de problemas, que son difíciles de resolver. Como se trata de avanzar, solventaremos esos problemas de la mejor manera posible, sabiendo que podemos haber cometido algún error grave al asumir determinadas asunciones sobre los caracteres elegidos. Cuando finalmente le damos al “enter” de nuestro ordenador para obtener una filogenia, el programa informático diseñado ad-hoc nos dirá que existen varias soluciones ¿Cuál elegir? Cada solución es una hipótesis filogenética, que tendremos que contrastar con el registro fósil a medida que se vayan produciendo hallazgos en yacimientos paleontológicos.

En definitiva, la presentación de una filogenia dependerá de la disponibilidad de datos, del consenso sobre la identidad de las especies, de la habilidad y profesionalidad del investigador (que puede equivocarse) al elegir los caracteres a estudiar y de la cantidad de posibles soluciones que te ofrezca un programa informático diseñado por una mente humana (y, por tanto, falible). Por último, si nos decidimos por una filogenia ¿cuánto tiempo resistirá el paso del tiempo? Y lo que vale para los homininos vale también para los dinosaurios, los trilobites o las arqueas. Estoy totalmente de acuerdo en que lo que presentan los museos ni son árboles ni son filogenias. Pero apuesto a que si todos los museos del mundo presentaran una filogenia, todas ellas serían diferentes.