Archivo por meses: mayo 2016

¿Cómo explicar el súbito incremento del tamaño de nuestro cerebro en el Pleistoceno Inferior?

Hace poco más de dos millones de años el cerebro de las especies del género Homo experimentó un crecimiento exponencial. En muy poco tiempo los homininos pasamos de tener un cerebro de unos 400 centímetros cúbicos (c.c.) a superar fácilmente la cifra de 1.000 c.c. El promedio del volumen actual de nuestro cerebro (unos 1.350 c.c.) fue sobrepasado por numerosos individuos de las poblaciones europeas del Pleistoceno Medio, hace unos 400.000 años. A juzgar por los datos disponibles en la actualidad, los neandertales del Pleistoceno Superior llegaron incluso a superar el tamaño promedio de las poblaciones recientes de Homo sapiens ¿Cómo explicar este súbito incremento, cuando el tamaño del cerebro de los homininos se mantuvo inalterado durante cuatro millones de años en cifras similares a las de los chimpancés actuales?

pleistoceno

Por descontado, los genetistas tienen las claves para mostrarnos que variaciones de los genes responsables del incremento en el número de las neuronas del neocórtex cerebral pudieron experimentar una selección positiva. Sin esa base genética no puede explicarse el cambio. Pero resulta muy interesante preguntarse sobre las características del medio donde sucedió el espectacular incremento del cerebro. En primer lugar, conviene recordar que nuestro cerebro consume entre el 20 y el 25% de la energía que necesitamos para el metabolismo basal. En esas circunstancias, es evidente que los miembros de especies como Homo habilis, Homo rudolfensis y Homo ergaster (por citar las africanas) tuvieron que conseguir alimentos mucho más energéticos que los de sus predecesores, los australopitecos. En Homo ergaster el volumen del cerebro llegó a crecer hasta un 100% más que en los australopitecos. Y ese cambio sucedió en menos de medio millón de años.

Es muy interesante situar los yacimientos africanos del Pleistoceno Inferior donde se encuentran fósiles del género Homo. Todos ellos están asociados a las riberas de los grandes lagos del Valle del Rift o a los ríos que discurrían por vastas regiones del este de África. Parece una obviedad pensar que los humanos de entonces (como ha sucedido desde siempre) estuvieron condicionados por la presencia de agua dulce en su medio natural. No solamente necesitaban beber, sino que los mamíferos que consumían también estaban irremediablemente asociados al agua. No obstante, podemos reflexionar sobre una cuestión también muy obvia, que nos puede dar las claves sobre el incremento del tamaño del cerebro.

www.magazinedigital.com

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Aproximadamente el 60% de cerebro está formado por lípidos. Una parte sustancial de este componente está formado por ácidos grasos omega 3, de los que casi el 100% es DHA (ácido docosahexaenoico). Nuestro organismo es capaz de conseguir DHA en pequeñas cantidades, mediante la transformación del ácido alfa-linolénico. Pero la cantidad diaria necesaria y recomendable para nuestra salud procede de peces de agua dulce y marinos que, a su vez, lo obtienen del consumo de ciertas algas. La carne y los huevos también contienen DHA, pero en menor cantidad. Con esta información podemos especular que nuestros ancestros del Pleistoceno Inferior pudieron ser maestros en el arte de la pesca. Los yacimientos arqueológicos nos muestran los restos fosilizados de los mamíferos que descuartizaron con sus herramientas de piedra. Pero es más complicado encontrar evidencias del consumo de truchas o salmones. Así que nos queda la lógica de una hipótesis, que ganará en consistencia con el paso del tiempo. No me cabe duda de así será. Sabemos que los bonobos consumen algo de pescado ¿Tenemos alguna razón para dudar que las especies del género Homo fueran hábiles consiguiendo peces en las orillas de los lagos y los ríos?

Y como el mayor crecimiento del volumen del cerebro sucede en los primeros años de vida, las crías de especies como Homo ergaster únicamente tenían acceso al DHA mediante la lactancia (la leche materna es muy rica en DHA). En la actualidad podemos añadir este ácido graso a los preparados lácteos, supliendo en parte las enormes necesidades de los niños. El cerebro de nuestros hijos crece mucho más deprisa que cualquier otra parte del organismo durante los seis primeros años de vida. En el Pleistoceno Inferior los miembros de especies como Homo ergaster no tenían otra opción que la lactancia, para conseguir que el cerebro de sus hijos alcanzara valores de hasta 850 c.c. La fuente más segura y abundante de DHA para las madres tuvo que residir en la habilidad para conseguir los peces, que abundaban en los grandes lagos del Gran Valle del Rift y en los ríos que surcaban las sabanas del este de África.

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El origen de los europeos

 

Cráneo del yacimiento de Dolni Vestonice (Republica Checa) datado en unos 31.000 años y perteneciente a las primeras poblaciones de Homo sapiens llegadas a Europa. Fuente: www.newscientist.com.

Cráneo del yacimiento de Dolni Vestonice (Republica Checa) datado en unos 31.000 años y perteneciente a las primeras poblaciones de Homo sapiens llegadas a Europa. Fuente: www.newscientist.com.

En una época en la que se sigue debatiendo sobre la unidad y/o la independencia de las diversas naciones europeas la ciencia continua con su trabajo, casi siempre silencioso cuando no silenciado o ignorado. Se acaba de publicar en la revista Nature un trabajo de enorme importancia sobre nuestros orígenes. Entre otros muchos especialistas y responsables de restos antropológicos, llama la atención la firma conjunta de algunos de los mejores expertos en paleogenética, como Qiaomei Fu, David Caramelli, Ron Pinhasi, Johannes Krause, David Reich o Svante Pääbo, que cuentan con una impresionante base de datos sobre el genoma de la mayoría de las poblaciones recientes. Este ámbito de la ciencia moderna avanza de manera incontenible, con el perfeccionamiento de las técnicas de obtención del ADN antiguo y la mejora en los métodos de análisis. Pudiendo obtener ADN, las investigaciones realizadas mediante el estudio antropológico de los restos óseos de los últimos 40.000 años ya solo tienen un valor descriptivo y orientativo.

El trabajo de un equipo tan numeroso ha permitido reunir una base de datos extraordinaria de 51 restos esqueléticos de antiguos pobladores de Europa, algunos de yacimientos españoles (El Mirón y La Braña). Todos ellos asignados sin ambigüedades a nuestra especie y cubriendo un rango temporal de entre unos 45.000 y 7.000 años. Los resultados reflejan la compleja historia del poblamiento europeo por los miembros de Homo sapiens antes del establecimiento de la cultura neolítica.

Esos resultados nos hablan del papel crucial de las oscilaciones climáticas del Pleistoceno Superior y sugieren el mismo modelo que planteamos para todo el Pleistoceno. Desde la primera colonización del continente europeo, hace 1,5 millones de años, se han ido sucediendo oleadas de nuevos emigrantes seguramente procedentes del suroeste de Asia. Este territorio, que en términos geopolíticos se conoce como el Próximo Oriente, ha sido un lugar privilegiado para la biodiversidad especialmente durante las épocas más frías del Pleistoceno. En cambio, las condiciones glaciales del norte de Europa vetaron durante miles de años las posibilidades para la vida de los humanos. Las penínsulas del sur de Europa, que incrementaban su territorio habitable con los fuertes descensos del nivel del mar, actuaron entonces como zonas refugio.

Los últimos 40.000 años no fueron ajenos a este modelo, según confirman los estudios de la paleogenética. Las primeras poblaciones de nuestra especie, que fueron capaces de arrebatar el territorio a los Neandertales y aún de resistir el período más frío del Pleistoceno Superior hace entre 25.000 y 19.000 años antes del presente, terminaron prácticamente por desaparecer. Esas poblaciones llevaban en su genoma cerca de un 6% de herencia neandertal, fruto de su contacto con los Neandertales durante 60.000 años. Su historia es mucho más compleja que la de una residencia permanente. El registro arqueológico de esta época es muy complejo y su estudio ha sido fuente de intenso debate entre los expertos. Esta complejidad obedece sin duda a los movimientos de la población europea de entonces, empujada por los rigores climáticos.

Estudiando el ADN de restos esqueléticos de varios yacimientos los genetistas han sido capaces de detectar la llegada de una nueva población a Europa hace unos 14.000 años. El origen de estos nuevos europeos parece encontrarse también en el suroeste de Asia. De este territorio también llegaría la cultura neolítica hace unos 8.000 años, así como la mayoría de las lenguas que hoy en día se hablan en Europa (Reflexiones de un Primate, 26 de marzo de 2015). El genoma de los pobladores epipaleolíticos y mesolíticos de Europa lleva menos de un 2% de genes neandertales. Podría tratarse de una selección negativa sobre los alelos procedentes de la población Neandertal, como sugieren los firmante del artículo publicado en la revista Nature. Pero también es probable que la hibridación de esta antigua población con los Neandertales hubiera tenido una menor intensidad que la de los primero “sapiens” de Europa.

Las investigaciones de ADN antiguo nos confirman que todos los europeos tenemos un origen común y que 7.000 años (una minucia en comparación con la duración total de nuestra historia evolutiva) han sido suficientes para romper los lazos biológicos que nos unen, entre nosotros y con las poblaciones del Próximo Oriente. La fuerza centrífuga, que a toda costa tratamos de contrarrestar, solo se sustenta en la rica diversidad cultural que atesoramos.

José María Bermúdez de Castro

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La religión pudo ser la base de la cooperación entre humanos

 

"El triunfo de la civilización" de Jacques Reattu.

“El triunfo de la civilización” de Jacques Reattu.

Somos la especie de primate más social que nunca ha existido. Todas las especies de la genealogía humana han incluido la cooperación intragrupal en su repertorio de comportamiento. Sin embargo, las relaciones entre los grupos debieron seguir pautas como las que conocemos hoy en día en los chimpancés. El fuerte componente territorial seguramente impidió la unidad social de grupos muy numerosos. Es posible que el necesario intercambio genético fuera la única conexión entre grupos de una misma especie mediante conductas que aún están por investigar. Es también muy probable que la cohesión social entre grupos distintos naciera con nuestra especie. Y el simbolismo ha sido sin duda uno de los motores más importantes de esa cohesión social.

Entre otros muchos aspectos de nuestra vida, el simbolismo nos permite tener conductas religiosas mediante la representación de deidades de muy diversa índole. Hemos construido un complejo repertorio de ideas moralistas, que giran en torno a esas deidades. Su capacidad punitiva o favorecedora mueve nuestras voluntades. En febrero de este año Benjamin Grant Purzycki (Universidad de British Columbia, Canadá) y otros colegas de diversas instituciones publicaron un artículo en la revista Nature, en el que defienden la hipótesis del papel de la religión en la prosocialidad. Este último término se refiere a la conducta humana positiva, capaz de colaborar de manera altruista o no altruista con otros muchos miembros nuestra especie. Esa conducta ha posibilitado una red social de cooperación, que ha ido en aumento a medida que se incrementaban nuestra capacidad tecnológica.

Aunque los primatólogos reconocen que ciertos aspectos conductuales de los simios antropoideos pueden ser precursores de nuestra moralidad (ver, por ejemplo, Frans de Waal) es evidente que esta cualidad y el desarrollo consiguiente de las religiones tuvo una fuerte expansión durante el Neolítico. La posibilidad de obtener recursos mediante la agricultura y la domesticación de los animales conllevó el despegue demográfico. Así llegó la necesidad de una cooperación entre los grupos o el intercambio permanente de bienes. Purzycki y sus colegas han llevado a cabo un estudio etnográfico de comunidades muy diferentes y distantes, con religiones de características dispares. Su estudio consistió fundamentalmente en el análisis de entrevistas realizadas a melanesios de la isla Tanna, indígenas de las islas Yasawa (República de Fiji), brasileños de la ciudad de Pesqueiro, habitantes de las islas Mauricio, habitantes de Kyzy (Siberia), así como a miembros de la tribu de los Hadza (Tanzania). Las creencias religiosas de todos estos grupos incluyen el cristianismo, hinduismo y budismo, incluyendo el culto al sol y a sus ancestros.

El análisis de los resultados de Purzycki y sus colegas permite sostener la hipótesis del papel determinante de cualquier tipo de religión en la cooperación entre individuos, aunque no estén emparentados ni pertenezcan a clanes concretos. Las deidades de sus diferentes religiones son moralistas y tienen en común la posibilidad de conocer sus acciones y pensamientos para con los demás. Según Purzycki y sus colegas la capacidad punitiva de tales deidades castigos representaría un motor del incremento de la prosocialidad entre todas las sociedades humanas.

Estas conclusiones representan una hipótesis que, como todas, necesita ser apoyada por más datos para quedar reforzada. Por supuesto, no todos los sociólogos están de acuerdo con la idea de que la religión ha sido el motor de la cooperación. En fecha reciente, Jeroen Bruggeman (Universidad de Amsterdam) ha aportado argumentos para sugerir que la religión puede ser uno de los impulsores de la cooperación, pero no el único. Su respuesta a las investigaciones de Purzycki y sus colegas se ha publicado también en la propia revista Nature. Bruggeman nos recuerda las revoluciones de 1989 contra el régimen comunista de la Unión Soviética, que fueron posibles gracias a la estrecha cooperación de individuos que no practicaban ninguna religión. Para Bruggeman, la red social que nació en las sociedades de nuestra especie incluso antes del establecimiento de la cultura neolítica promovió la reputación de ciertos individuos. Estos líderes habrían sido capaces de promover el nacimiento de la cooperación estable entre grupos distantes.

Nos quedaremos pues con la idea de que, como afirman los primatólogos, nuestro genoma estaba preparado para transformar ciertas conductas sociales de los simios antropoideos en un comportamiento mucho más complejo. Este comportamiento implica la prosocialidad y la cooperación más o menos interesada incluso entre grandes naciones.

José María Bermúdez de Castro

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