Archivo por meses: noviembre 2016

Humanos peludos

Solemos interesarnos sobre el momento de nuestra evolución en el que perdimos el pelaje. Los homininos más antiguos, aquellos que vivieron hace entre 6 y 4 millones años, tendrían el cuerpo cubierto con una capa espesa de pelo similar a la de gorilas y chimpancés. Casi con seguridad podríamos decir lo mismo de los australopitecos, de cronología más reciente, y de los parántropos. En un trabajo ya clásico de 1984, Peter Wheeler defendió que la postura erguida y la bipedestación fuera del amparo de la sombra que ofrecían los bosques cerrados de África nos condujo a perder la mayor parte del pelo. La incidencia de los rayos solares del mediodía fue decisivo en esa adaptación. Mantuvimos al menos el pelo de la cabeza como un sistema de protección para evitar el sobre-calentamiento del cerebro. Muchas especies que viven en sabanas tropicales han desarrollado adaptaciones para evitar el calentamiento excesivo del cerebro, un órgano especialmente sensible a los cambios de temperatura. Cuando no se desarrolla algún tipo de adaptación, los animales buscan las pocas sombras que se encuentran en estos parajes.

En fecha mucho más reciente (2011) los investigadores Ruxton y Wilkinson explicaban en la prestigiosa revista PNAS que el modelo de Wheeler ignoraba la cantidad de energía generada durante la actividad diaria. Mientras que los chimpancés apenas dedican entre el 7 y el 27% de su tiempo en la búsqueda de alimento o en otros menesteres, en la sabana hay que ser muy activos para conseguir alimento. Así que la ventaja de perder el pelo y refrigerarse mediante la sudoración parece insuficiente. Algo parece fallar en el razonamiento de Wheeler ¿O quizá no?

Los investigadores Tomás Dávid-Barret y Robin Dunbar acaban de publicar un extenso trabajo en la revista Journal of Human Evolution, en el que revisan esta cuestión. Sus investigaciones incluyen un modelo matemático muy complejo, cuya comprensión requiere tiempo y paciencia. Quienes tengan interés en leer con atención el desarrollo del trabajo de estos autores, pueden descargar el archivo de manera gratuita (número 94 [2016], págs. 72-82). Es uno de los pocos trabajos a los que se puede acceder, porque los autores ya han abonado el coste a la editorial para el acceso libre.

Resumiendo, Dávid-Barret y Dunbar han investigado todos los yacimientos de australopitecos y primeros representantes del género Homo. Estos homininos ya se habían adaptado a vivir en regiones casi desnudas de vegetación por lo que, de acuerdo con la hipótesis de Wheeler, habrían perdido su pelaje. Dávid-Barret y Dunbar se han fijado en la posición geográfica y en la altitud de los hábitats de estos homininos. Estos datos son de particular importancia para estudiar la biología de los australopitecos y los primeros Homo, y en los que otros autores no habían reparado. La actividad tectónica de África durante los últimos tres millones de años ha sido muy activa y las regiones donde vivieron los australopitecos estaban situadas hasta 1000 metros más altos que en la actualidad. Esta hecho supone que el clima de aquellos territorios era más frio de lo que es hoy en día. Si la temperatura era más baja que en la actualidad es posible que los australopitecos y los primeros Homo no perdieran su pelaje, a pesar de vivir en regiones abiertas. La altitud de estas regiones implicaba descensos importantes de la temperatura durante la noche.

Dávid-Barret y Dunbar piensan que la pérdida de pelo estuvo asociada a la posibilidad de vivir en regiones más bajas y cercanas a la costa. Este hecho sucedió en aquellas especies que pudieron adaptarse a vivir en zonas con mayor temperatura e insolación. En este razonamiento Dávid-Barret y Dunbar están de acuerdo con la hipótesis de Peter Wheeler, solo que este autor no tuvo en cuenta la tectónica de África. Hace unos dos millones de años alguna especie del género Homo se aproximó tanto al borde del continente africano como para llegar al nivel del mar. De manera inadvertida esa especie pudo pasar las fronteras geopolíticas de África y colonizar un nuevo continente. Algo que nunca pudieron hacer los australopitecos, aunque algunos haya defendido tal posibilidad.

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Hominino de Dmanisi (1,8 millones de años), según Mauricio Antón.

Si Dávid-Barret y Dunbar están en lo cierto, la cuestión de que solo los miembros del género Homo fueran capaces de adentrarse en Eurasia quedaría zanjada. Solo ellos habrían perdido el pelaje que nos diferencia de los simios y de nuestros ancestros del Plioceno. En las imágenes que acompañan al texto podemos ver la reconstrucción de uno de los homininos del yacimiento de Dmanisi (República de Georgia, 1,8 millones de años). Mauricio Antón publicó este dibujo hace unos años en la portada de National Geographic. Mauricio quería demostrar con ello que los primeros eurasiáticos conocidos tenían un cráneo muy arcaico. El pelaje contribuía a remarcar su aspecto primitivo. Una segunda reconstrucción realizada por la artista Elizabeth Daynes mantuvo el aspecto primitivo de la cara y el neurocráneo de estos homininos (como no podía ser de otra manera), pero decidió que no tendrían pelo en el cuerpo. Si Dávid-Barret y Dunbar están acertados en su razonamiento, la reconstrucción de Elizabeth Daynes sería más correcta.

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Macho y hembra del grupo de homininos, según la reconstrucción de Elizabeth Daynés.

José María Bermúdez de Castro

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Navegantes del pasado

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Cueva de Jerimalai en el extremo norte de la isla de Timor. Fuente: bradshwfoundation.com.

La cueva de Jerimalai se localiza en el extremo norte la isla de Timor. El yacimiento que rellena la cueva ha sido fuente de hallazgos muy importantes en los últimos años. La isla de Timor representa uno de los “puentes” del Pleistoceno Superior entre los continentes de Sunda (formado por la mayoría de las islas de Indonesia) y Sahul (Australia, Tasmania y Nueva Guinea) cuando el nivel del mar llegó a descender más de 100 metros durante las épocas glaciares más frías. La isla de Timor fue uno de los pasos obligados entre Sunda y Sahul para los miembros de nuestra especie. El mar de Timor separa las costas de esta isla de la costa norte de Australia. Tiene cerca de 400 millas marinas y su profundidad máxima supera los 3.000 metros. Es por ello que nuestros antepasados tuvieron que conocer perfectamente métodos relativamente complejos para la navegación en épocas tan remotas para colonizar Australia hace 50.000 años.

En 2011, la revista Science publicó un artículo liderado por Sue O´Connor (Universidad Nacional de Australia), en el que se describía el registro arqueológico del yacimiento de Jerimalai. Se clasificaron hasta 22 especies de peces pelágicos, destacando sobre todo los restos de atunes. También se localizaron anzuelos fabricados a partir de conchas de moluscos, de unos 20.000 años de antigüedad, que explicaban la capacidad de los antiguos miembros de nuestra especie para pescar en alta mar. Aunque en yacimientos de especies como el Homo erectus o el Homo ergaster no se encuentren restos fósiles de peces, estoy convencido de que la pesca pudo formar parte del repertorio cultural de estas especies. Ya sabemos que el registro arqueológico tiene sus limitaciones y solo podemos trabajar con las evidencias. Así que nos quedaremos en el terreno de la especulación, aún sabiendo que el consumo de pescado es esencial en la construcción de un cerebro tan desarrollado como el de las especies del género Homo.

Volviendo a la isla de Timor y al yacimiento de Jerimalai, los expertos de la Universidad Nacional de Australia han vuelto a publicar hallazgos sorprendentes. Michelle Langley y sus colegas nos explican en la revista Journal of Human Evolution el descubrimiento de conchas del género Nautilus, trabajadas, perforadas y pintadas con el objetivo de constituir algún tipo de ornamento corporal. La pintura está muy deteriorada, pero se conservan restos de pigmento rojo, basado en ocre (óxidos de hierro) posiblemente emulsionados con algún tipo de resina.

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Fragmentos de concha del género Nautilus, preparadas, perforadas y pintadas. Fuente: Journal of Human Evolution

Ya no sorprende el hecho de que nuestros antepasados se adornaran el cuerpo hace más de 50.000 años, como lo hicieron los neandertales. Se conocen muchas evidencias de la capacidad simbólica de los adornos corporales en el Pleistoceno Superior. El caso que nos ocupa es interesante, por la rareza de adornos realizados a partir de una especie endémica de gran belleza ornamental por su concha anacarada. Pero lo más sorprendente, sin duda, es la capacidad de las antiguas poblaciones de nuestra especie para navegar en alta mar. La captura de miembros del género Nautilus, un molusco pelágico, precisa artilugios para su captura a más de 200 metros de profundidad.

Por cierto, resulta sorprendente que sus vecinos de la isla de Flores, con los que pudieron tener contacto (dada la proximidad de las dos islas), tuvieran un cerebro tan pequeños y hayan sido catalogados como una especie diferente a la nuestra.

José María Bermúdez de Castro

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Monos “habilis”: ¿cómo definir la tecnología?

Tradicionalmente y de una manera muy simple se define la tecnología como la capacidad para transformar la materia prima en nuestro provecho. Siguiendo esta idea tan sencilla, las herramientas de piedra más antiguas que se conocen en la actualidad proceden de varios yacimientos africanos, como Lomekwi-3 (Kenia) y Gona (Etiopía), datados de 3,3 y 2,7 millones de años, respectivamente. La manufactura de estas herramientas es muy sencilla. Los homininos que las fabricaron tan solo tenían que golpear un canto apropiado para obtener un filo cortante. En esa acción de apariencia tan simple reside la idea de que ese filo tenía una utilidad. Sin duda, un avance sustancial de la mente de los homininos.

This image made available by the journal Nature shows examples of flaked stones made by wild capuchin monkeys in Brazil. Scale bar at center is 5 cm (1.9 inches). (Tomos Proffitt, Angeliki Theodoropoulou via AP)

Percutores de piedra con borde afilado, preparados por los monos capuchinos del Parque Nacional de Serra Capivara, en Brasil. Fuente: Nature.

La revista Nature acaba de publicar el estudio de un equipo liderado por Tomos Proffitt (Universidad de Oxford) y Lydia Luncz (Universidad de Sao Paolo). Ese trabajo explica las observaciones realizadas sobre el comportamiento de ciertos monos capuchinos (Sapajus libidinosus) del Parque Nacional de Serra da Capivara en Brasil. Se trata de un género de primates platirrinos endémicos de Brasil y emparentados con las especies del género Cebus. Estos primates golpean de manera deliberada los cantos de cuarcita de un conglomerado del parque donde residen para obtener herramientas con filos cortantes. Con tales instrumentos golpean determinados alimentos, excavan o, incluso, realizan exhibiciones de carácter sexual. Cuando una de las herramientas se rompe de manera natural, su aspecto parece ser el resultado de una secuencia más compleja de reducción del canto.

El resultado de estas acciones repetidas de manera sistemática es realmente sorprendente, porque los objetos podrían pasar por herramientas fabricadas por homininos en algún lugar de África. Si se hubieran hallado en algún yacimiento del Plioceno de ese continente ningún experto dudaría en atribuirlas a la acción deliberada de los homininos.

Proffit, Luncz y sus colegas nos recuerdan que los chimpancés y los bonobos utilizan piedras para golpear frutos secos. Ocasionalmente los percutores se rompen y aparecen filos cortantes. Sin embargo, estos primates no dejan acumulaciones de objetos similares a los hallados en el este de África y atribuidos a los homininos. Por el momento, la comparación con bonobos y chimpancés era una manera satisfactoria de contrastar las habilidades de nuestros ancestros. Pero ahora podemos comprobar las capacidades de unos monos de América de sur con los que nadie contaba.

Los monos capuchinos no pesan más de cuatro kilogramos, aunque su cerebro da muestras de encerrar una mente ingeniosa. Si aplicamos la definición de tecnología, estos monos brasileños no solo usan, sino que fabrican herramientas de manera sistemática ¿Qué hacer pues ante semejante hallazgo?, ¿cuál es el límite que podemos fijar ahora para aceptar sin ambigüedades los yacimientos arqueológicos con herramientas? Muy posiblemente los arqueólogos no estarán dispuestos a ceder. Se trata de una convergencia cultural inesperada. Pero ¿tenemos que redefinir la tecnología de la genealogía humana? Sin duda, este hallazgo invita a la reflexión.

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Ejemplar de Sapajus libidinosus percutiendo con una herramienta de piedra. Fuente: Nature.

Con gran sutileza, los autores de este nuevo trabajo en Nature advierten sobre la necesidad de buscar criterios para distinguir los yacimientos africanos con verdaderas herramientas fabricadas de manera intencionada, de aquellos otros en los que puede haber piedras rotas por un uso similar al que realizan bonobos y chimpancés. Pero se dejan de sutilezas cuando finalmente concluyen que los inicios de la tecnología no son exclusivos de la genealogía humana.

Es evidente que la diferencia entre yacimientos de homininos con y sin herramientas es indiscutible. Aquellos ancestros que alteraban de manera deliberada la materia prima mostraban una nueva capacidad, que se socializó hace entre 3 y 2 millones de años. En mi modesta opinión tenemos dos alternativas: 1- reconocer que la tecnología (en su forma más arcaica) es un carácter compartido con otros primates, y 2- redefinir la tecnología para diferenciarnos así de tan molestos competidores. No sería extraño que la cultura de los monos capuchinos de Brasil pueda encontrarse en otras especies endémicas de las vastísimas regiones de América del sur.

Ya sabemos que herramientas como las halladas en los yacimientos africanos de entre dos y tres millones de años se clasifican de manera genérica en el Modo 1 (según la terminología de Grahame Clark de 1977). Pero los expertos están de acuerdo en reconocer una amplia variabilidad en el Modo 1, que experimentó una evolución sustancial durante los más de dos millones de años en los que se elaboró tanto en África como en Eurasia. La llamada “arqueología cognitiva” ha de ser capaz de inferir diferencias mentales entre la simple percusión de las piedras (como hacen los monos capuchinos) y la intencionalidad de establecer secuencias técnicas complejas dirigidas a la obtención de herramientas más sofisticadas.

En cualquier caso, no dejaremos de ser primates reflexionando sobre nosotros mismos y comprobando una vez más que no existen límites entre lo humano y lo no-humano.

José María Bermúdez de Castro

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