Archivo por meses: enero 2017

El yacimiento neandertal de Vilafamés

Como anuncié a primeros de enero, quiero presentar en este blog un inventario de la mayoría de los yacimientos españoles del Pleistoceno Superior con restos neandertales. En este post presento un yacimiento localizado a las afueras de Vilafamés, en Castellón.

Vista panorámica de la localidad de Vilafamés (Castellón). Fuente: Los viajes de Bevi. La Bellota Viajera.

En los inicios de los años 1980s, cuando apenas comenzaba mi carrera como científico, contactó con nuestro grupo de trabajo en la Universidad Complutense de Madrid (UCM) el entonces director del Museo Arqueológico de Castellón Francesc Gusi. Tenía interés por el estudio de un par de restos fósiles aparecidos en una pequeña cueva del bonito pueblo de Vilafamés. Curiosamente, ni mi colega Juan Luis Arsuaga ni yo mismo, que realizábamos la tesis doctoral en el mismo Departamento de la UCM, sabíamos que el responsable de la excavación aquella cueva era Eudald Carbonell ¿Guiños del destino? Es posible.

Reproducción del húmero neandertal de Vilafamés. Foto del autor.

Los fósiles consistían en la mitad inferior de un húmero, que todavía tenía adheridos los restos de un sedimento carbonatado muy endurecido, y un pequeño fragmento de hueso coxal. Nos dijeron que podía tratarse de restos neandertales, aunque la cronología del yacimiento tan solo se había estimado mediante los fósiles de animales recuperados hasta entonces. Tuvimos ocasión de verlos por primera vez en 1982 en nuestra visita al Museo de Castellón. Francesc Gusi tenía noticias por nuestra directora común de tesis, la Dra. Pilar Julia Pérez, de que Juan Luis Arsuaga realizaba su tesis sobre la evolución de la pelvis, mientras que quién escribes estas líneas había desarrollado su trabajo final de carrera sobre la anatomía de los huesos largos humanos. Así que teníamos algo de experiencia para abordar el estudio. No era sencillo, porque en aquella época apenas había restos fósiles en España. La bibliografía disponible era muy limitada y se trataba de nuestra primera aproximación a un estudio de tanta responsabilidad.

Con la osadía que da la juventud nos pusimos manos a la obra, buscando información sobre otros fósiles neandertales. Finalmente fuimos capaces de redactar un trabajo muy digno, que se publicó en 1983 en una revista española. En aquella época los expertos en arqueología y paleontología de nuestro país todavía no se prodigaban en las revistas extranjeras. Aun estábamos en la prehistoria de la Prehistoria.

Ese mismo año, tras nuestra primera campaña de verano en la sierra de Atapuerca, visité el yacimiento de Vilafamés durante el mes de septiembre. Me recibieron con entusiasmo el propio Eudald Carbonell y su pequeño grupo de excavadores. Pude comprobar entonces las enormes dificultades que entrañaba la intervención de aquel lugar, con un sedimento tan endurecido por el carbonato cálcico, que solo podía excavarse mediante martillo y cincel. No es de extrañar que pronto se abandonara la excavación, que contaba con muy poco medios. Ni tan siquiera existen fotografías del yacimiento y de la excavación a disposición de la comunidad científica.

Andreu Ollé, un alumno aventajado del propio Eudald Carbonell, retomó la excavación hace poco tiempo y aparecieron nuevos restos fósiles, incluyendo un canino humano de leche. En los próximos meses comenzamos un estudio sistemático de todos los fósiles, que contempla la posibilidad de obtener ADN y de utilizar las técnicas más avanzadas de la actualidad para la investigación. Si todo va bien, en 2108 puede haber noticias científicas importantes de los fósiles de este yacimiento tan prometedor. Su actual responsable cuenta con un buen equipo y medios razonables. El yacimiento de Vilafamés puede ser fuente de nuevos descubrimientos sobre la población neandertal que habitó la península Ibérica durante el Pleistoceno Superior.

José María Bermúdez de Castro

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Adolescentes en peligro

Como padre y como científico tengo un interés muy especial en todo cuanto sucede durante la adolescencia. Los sucesos luctuosos relacionados con adolescentes nos llenan de tristeza y nos ponen en guardia. Saber lo que sucede en la mente de los adolescentes es fundamental para cuando menos intentar atajar estos problemas de tanto dramatismo para los padres.

No es la primera vez que escribo sobre esta cuestión. Daniel J. Miller y sus colegas nos contaron en 2012 en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences, USA (PNAS, por sus siglas en inglés) que la ralentización en la madurez cerebral hasta bien entrada la tercera década de la vida puede suponer la aparición de enfermedades como la esquizofrenia. También puede provocar el peligro físico que conlleva la inmadurez mental de los adolescentes durante un largo período de tiempo. Se sabe que los cambios cerebrales de la adolescencia están relacionados con la descarga hormonal propia de los chicos y chicas a esas edades. Durante este período se produce un incremento de las hormonas esteroides, también conocidas como hormonas sexuales y que incluye diversas sustancias de la familia de los andrógenos y los estrógenos, así como la progesterona. El aspecto físico de los adolescentes cambia con gran rapidez. Pero lo que no vemos es lo que sucede en su cerebro. Lo podemos adivinar, porque su comportamiento es muy peculiar. Sus acciones son voluntarias, por supuesto, pero están mediatizadas por cambios muy rápidos, complejos y de mucha intensidad en el cerebro El funcionamiento global de este órgano, lo que llamamos la mente, experimenta cambios cada vez mejor conocidos. A pesar de ello, es tremendamente complejo encauzar el comportamiento de los adolescentes.

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Durante la adolescencia se producen modificaciones en la cantidad de materia gris, según demuestran las imágenes obtenidas mediante resonancia magnética. Estas modificaciones reflejan cambios en el número de conexiones entre las ramificaciones cortas (dendritas) de las neuronas (sinapsis), la estructura del patrón de las dendritas, el número de células gliales que dan soporte y protección a las neuronas, el volumen circulatorio de la sangre y el grado mielinización, que provoca un incremento de hasta 100 veces la conducción de los impulsos nerviosos. Los expertos consideran que la disminución de la materia gris refleja, al menos en parte, la llamada “poda sináptica”. Aquellas sinapsis que fueron necesarias durante la infancia y la niñez se pierden y se producen en cambio nuevas conexiones entre la dendritas de las neuronas. Esta poda supone una reducción de las células gliales y de los requerimientos metabólicos del cerebro. El proceso de mielinización implica un incremento de sustancia blanca en detrimento de la sustancia gris, debido al color blanquecino de la mielina. Con esta información los expertos son capaces de interpretar los cambios en la proporción de sustancia gris frente a la sustancia blanca, cuando observan el cerebro mediante las imágenes correspondientes. El resultado de estos cambios conlleva un refinamiento en las conexiones que necesitará el adolescente en su etapa de adulto, necesario para una cognición emocional apropiada y saludable así como para su integración plena en la vida social de los adultos. En otras palabras, los profundos cambios en la adolescencia son imprescindibles para llegar a ser adultos, aunque muchos se queden tristemente por el camino.

Mientras llega ese momento la adolescencia es un período de cambio mental, en la que los chicos y chicas se reivindican. Han dejado atrás la niñez, cuando los padres tomábamos las todas decisiones que les afectaban. Este comportamiento es absolutamente normal y necesario. No tardarán en tener que tomar decisiones por sí mismos. Si conocemos lo que está sucediendo y lo asumimos tal vez aprendamos a encauzar las inquietudes de nuestros hijos

José María Bermúdez de Castro

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Humanos del pasado y dieta mediterránea

No es la primera vez que escribo sobre el yacimiento de Gesher Benot Ya´aqov, en Israel, ni creo que sea la última. Este lugar está activo y sigue proporcionando evidencias arqueológicas y paleontológicas de enorme interés. El yacimiento, que se conoce en el mundo académico por sus siglas, GBY, se encuentra situado en el pequeño valle de Hula, que cuenta con unos 196 kilómetros cuadrados y está rodeado por montes de baja altitud. En conjunto, este yacimiento pudo suponer una referencia para controlar un área de obtención de recursos de unos 1.500 kilómetros cuadrados. El yacimiento se sitúa al norte del valle del Jordán, no lejos de los altos del Golán. En el valle de Hula siempre hubo pequeños lagos, que propiciaron la presencia de grupos humanos durante milenios.

La cronología del yacimiento se estima en el entorno de los 780.000 años, una antigüedad muy similar a la del nivel TD6 del yacimiento de la cueva de la Gran Dolina, en la sierra de Atapuerca. De ahí el interés que tiene para nuestro equipo realizar un seguimiento de cuanto se localice en los diferentes niveles arqueológicos de este lugar del Corredor Levantino, cruce de caminos entre África y Eurasia. Esta circunstancia influyó sin duda en la cultura de los homininos que habitaron la región durante el Pleistoceno. Por ejemplo, en su día hablamos de las primeras evidencias bien contrastadas del uso sistemático del fuego en GBY, una innovación cultural que no se socializó en Europa hasta bien entrado el Pleistoceno Medio, hace unos 400.000 años.

En diciembre de 2016 tuvimos ocasión de conocer avances importantes en la investigación de GBY acerca de la dieta de los homininos que ocuparon esta región a finales del Pleistoceno Inferior. Las investigaciones fueron publicadas en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS) y lideradas por Yoel Melamed y Naama Goren-Inbar, que ha dirigido las excavaciones del yacimiento durante muchos años. Este trabajo resume los hallazgos de restos de restos de semillas, frutos y otros vegetales, admirablemente conservados en el yacimiento. El hallazgo pudiera parecer de escaso interés. Pero son contadísimos los lugares donde se conservan este tipo de evidencias, que nos hablan de un modo directo sobre la parte vegetariana de la dieta de nuestros ancestros.

Los restos óseos se conservan en la gran mayoría de los yacimientos arqueológicos, y todos sabemos que las proteínas y grasas procedentes de los cuerpos de los mamíferos formaban parte del menú de los homininos. Otras investigaciones sobre el tipo de dieta se han centrado en la marcas encontradas en los dientes, que nos hablan de la dureza, consistencia y naturaleza de los alimentos consumidos. Muy posiblemente estas marcas quedaron en los dientes cuando los homininos masticaban algún tipo de vegetales. Además, los estudios isotópicos del carbono en los fósiles nos cuentan la proporción de plantas consumidas en los bosques cerrados o en los ambientes más abiertos y secos de las sabanas. Pero se trata siempre de inferencias obtenidas de manera indirecta y con poca o ninguna precisión sobre las especies vegetales ingeridas. Podemos imaginar que la dieta de nuestros ancestros del Pleistoceno tuvo que ser variada, ya que somos omnívoros. Seguramente no despreciábamos el exquisito sabor de los huevos de las aves y no haríamos ningún asco si nos comíamos crudos diferentes especies de anfibios, aves, reptiles, pequeños mamíferos, insectos y, por supuesto, pescados de ríos y lagos. Pero, ¿qué sabemos de las plantas comestibles?

En muchas regiones de África, con climas apropiados, no había problemas para conseguir alimentos de todo tipo. Pero la adaptación a los territorios de Eurasia implicó la necesidad de consumir alimentos estacionales. Los frutos están disponibles durante el verano y el otoño, mientras que durante el invierno solo se puede consumir la carne y la grasa de los animales. La región del Corredor Levantino es privilegiada, porque nunca sufrió los rigores de la épocas glaciales del Pleistoceno y permitió a los homininos explorar nuevas posibilidades para la dieta desconocidas en África. En diferentes niveles de GBY se han localizado concentraciones inusuales de semillas, restos de frutos y de bulbos subterráneos. Lo normal es que tales restos orgánicos desaparezcan por el pH demasiado alcalino o ácido de los suelos.

En esta nueva publicación de PNAS, Melamed y el resto de los miembros de la investigación señalan la presencia en GBY de semillas de Quercus (bellotas), castañas de agua (Trapa natans), semillas de Nuphar luteum, un tipo de nenúfar que crece en lagunas de agua dulce y cuyas raíces son algo amargas, semillas de Botumus umbelatus (otra planta acuática), o semillas de Vitis sylvestris (la vid silvestre). Los investigadores han contabilizado hasta 55 especies diferentes, que se corresponden aproximadamente con el 20% de la flora de la región en la actualidad. Un total de seis especies ya no existen en la zona, en parte por el hecho de que los terrenos se utilizan ahora para el cultivo.

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Frutos de la especie Trapa natans.

El uso de hogares en GBY permite inferir que muchas de estas plantas pudieron ser cocinadas, enriqueciendo así tanto la digestibilidad de estas plantas como la posibilidad de obtener más calorías. En particular, los tubérculos subterráneos son demasiado fibrosos y la posibilidad de tostarlos en una brasas no solo potencia su sabor, sino que posibilita su digestibilidad. Como ejemplo, que mostramos en una imagen, la especie Trapa natans así como la nuez de los nenúfares Euryale ferox, contienen un 77% de hidratos de carbono, un 9,7% de proteínas y un 0,1% de grasas. En un alarde de imaginación muy sugerente, los autores del trabajo se preguntan por la cantidad de nutrientes conseguidos mediante una buena combinación de bellotas, aceitunas y cardo mariano (Sylibum marianum).

Todas estas evidencias nos confirman que la dieta de la gran mayoría de homininos que vivieron tanto en el Corredor levantino como en todo el Corredor Mediterráneo ha tenido siempre una dieta tan rica y sana como en la actualidad.

José María Bermúdez de Castro

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