Archivo por meses: marzo 2017

La Cova Negra de Valencia

Durante estas últimas semanas se han publicado trabajos muy interesantes, que no podía dejar de comentar en este blog. Pero es momento de seguir escribiendo sobre los yacimientos con restos neandertales de la península Ibérica. Entre ellos, y con todos los honores, está el que rellena una gran parte de la Cova Negra de Xátiva (Valencia). La Cova Negra se localiza entre la Serra de Creu y la cordillera de Solana. En la actualidad se alza a unos 150 metros sobre el nivel del mar y cuenta con la proximidad de las aguas del río Albaida. Un paraje extraordinario para la vida de nuestros ancestros. La cueva apenas tiene unos 20 metros de profundidad y parte de su visera se ha desprendido durante los últimos 50.000 años. Sin duda fue el abrigo perfecto en el que acampar y protegerse de los vientos del norte.

La primera excavación del yacimiento de la Cova Negra fue dirigida por Gonzalo Viñes entre 1928 y 1933. En esos años, el hallazgo de un parietal humano, junto con restos de diferentes especies de mamíferos marcó para siempre la importancia del lugar, que ha pasado por diferentes episodios de investigación. La fauna recuperada por Viñes incluía restos de elefantes (Palaeloxodon antiquus), al menos dos especies de rinoceronte (Dicerorhinis kirchbergensis y D. hemitoechuus), caballo (Equus caballus), así como restos de bóvidos, cérvidos, carnívoros (Panthera spelea y P. pardus), osos (Ursus arctos), zorros, linces, varias especies de aves, roedores, etc. He citado algunas especies, que son características del Pleistoceno Superior. Simplemente por ese motivo podemos inferir que la cueva fue visitada por los llamados neandertales clásicos.

Tras un largo período de inactividad, el yacimiento de la Cova Negra fue nuevamente excavado entre 1950 y 1957 bajo la dirección de Francisco Jordá. En este período se encontró un incisivo superior permanente humano, que daba todavía más valor al yacimiento. Pero tuvieron que pasar algunos años hasta que las excavaciones fueron abiertas de una vez más, esta vez bajo la dirección del catedrático de Prehistoria de la Universidad de Valencia, Valentín Villaverde. Desde entonces, las excavaciones han sido muy fructíferas, contando con los métodos y técnicas actuales de excavación. Durante este período, el número de restos humanos se ha incrementado, hasta completar un mínimo de siete individuos: dos adultos, un adolescente y cuatro infantiles, representados sobre todo por dientes y restos craneales.

VALENCIA 29 10 2013 VALENTIN VILLAVERDE BONILLA CATEDRATICO DE PREHISTORIA DE LA UNIVERSITAT DE VALENCIA FOTO MIGUEL LORENZO

Este yacimiento me trae muy buenos recuerdos, por la invitación que recibimos de Valentín Villaverde quienes componíamos en los años 1980s el primer equipo de paleoantropología del proyecto Atapuerca: Juan Luis Arsuaga, Ana Gracia, Ignacio Martínez, Antonio Rosas y quién escribe estas líneas. Se estaba reabriendo el yacimiento y parecía razonable realizar un estudio de los fósiles humanos. En 1973 la profesora Marie Antoinette de Lumley había publicado un extensa monografía, que incluía la mayor parte de los fósiles humanos del sur de Francia y de la costa mediterránea española. En esa monografía el parietal de Cova Negra había sido clasificado como “anteneandertal”, un nombre que sugería de manera informal una datación mucho más antigua del yacimiento de la Cova Negra. Valentín Villaverde no estaba de acuerdo con esa clasificación, a juzgar por las características de la industria lítica y de las especies de mamíferos recuperadas en el yacimiento. Valentín Villaverde estaba comenzando una nueva etapa en Cova Negra y quería hacerlos hacerlo con ideas claras y con una nueva valoración del registro recuperado en épocas anteriores. Aquel viaje a Valencia y el estudio que realizamos de los fósiles humanos permanece imborrable en nuestra memoria.

El estudio de los fósiles nos llevó a la conclusión de que habían pertenecido a la población neandertal y que parecían ser mucho más recientes de lo que se podía inferir del estudio de la profesora de Lumley. Todos los estudios y dataciones recientes han llegado a esta misma conclusión. Fue un buen trabajo en equipo, que culminó con la presentación de una ponencia en nuestro primer congreso internacional, celebrado en Turín en 1987. En aquellos años no era habitual que los españoles participáramos en congresos internacionales. Claro que las condiciones de nuestro viaje a Italia, tras un periplo de casi 20 horas en una vieja furgoneta, y nuestras comidas a base de bocadillos en un parque de Turín merecerían un capítulo aparte. Salir fuera de nuestro país no era sencillo, no solo por cuestiones económicas, sino porque todos los ámbitos científicos habían sufrido una ralentización durante varias décadas. Pertenecíamos a lo que llamamos, la “periferia de la Ciencia”, un calificativo que lamentablemente nos resistimos a perder.

José María Bermúdez de Castro

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Hace 400.000 años: cazando bisontes en las praderas de la meseta Norte

El yacimiento de la cueva de la Gran Dolina, en la sierra de Atapuerca, tiene varios niveles arqueológicos y paleontológicos de una enorme riqueza. El nivel 10 (TD10) es uno de ellos. Su espesor supera los dos metros en algunas secciones y se ha subdividido en varios tramos (o subunidades) con criterios arqueológicos y geológicos. La riqueza de este nivel es de tal calibre, que la excavación de sus casi 100 metros cuadrados de superficie se ha realizado de manera continuada desde 1993. Parte de la superficie ya se está terminando, pero algunas secciones aún se excavarán por lo menos durante cinco años más. Dos de las subunidades de TD10, TD10-1 y TD10-2, contenían tal cantidad de restos que su excavación necesitó una buena dosis de paciencia y profesionalidad. Los fragmentos de huesos de diferentes especies, mezclados con herramientas de piedra, se acumularon en grandes cantidades en algunos sectores cercanos a la entrada de la cueva. Considerando la inclinación del suelo de la cavidad durante la mayor parte de su larga historia de más de un millón de años, es muy posible que los restos se desplazaran algunos metros hasta los lugares más planos o cercanos a la pared de la cueva, formando verdaderos osarios. Las numerosas dataciones realizadas en TD10 son muy consistentes. Prácticamente todos los métodos empleados coinciden en el rango de entre 350.000 y 450.00 años.

Excavaciones en el nivel TD10 de Gran Dolina. Foto del autor

La acumulación de la subunidad TD10-2 es muy particular. Además de contener miles de herramientas fabricadas con un tecnología que ya estaba dejando atrás el achelense clásico ha proporcionado cerca de 25.000 fragmentos de huesos y dientes. Cuando se realizó la identificación de estos fragmentos resultó que la inmensa mayoría (22.532) pertenecían a un tipo de bisonte, que vivió en Europa durante buena parte del Pleistoceno Medio. Apenas un centenar de restos eran de caballos, ciervos y cabras, mientras que otro centenar pudieron atribuirse a panteras, lobos y otros cánidos. Muchos restos no se pudieron identificar debido a su grado de fragmentación ¿Cómo interpretar este registro tan sesgado, casi mono- específico?

Antes de responder a esa pregunta, es interesante mencionar un dato que ha llamado siempre la atención de los yacimientos de la sierra de Atapuerca: la ausencia del dominio del fuego durante el Pleistoceno Medio. Aunque no se hubieran encontrado los restos de las hogueras por una pura cuestión de azar, los restos óseos tendrían trazas de fuego caso de haber sido procesados en esas supuestas hogueras. La parte superior de cueva de la Gran Dolina tuvo un enorme portalón durante la segunda mitad del Pleistoceno Medio, donde los homininos acamparon y se protegieron. Es el lugar perfecto para haber encendido fuego. La ausencia de hogares puede responder a dos hipótesis: 1- el clima era tan favorable (incluso de noche) que los humanos de aquella región no utilizaron un elemento cultural bien extendido por Europa en aquel período; 2- la cultura del fuego tardó mucho en llegar hasta la península Ibérica.

Antonio Rodríguez-Hidalgo se encargó de estudiar el registro arqueológico de TD10-2 como parte sustancial de su tesis doctoral. La mayoría de los datos de ese trabajo acaban de publicarse en la revista Journal of Human Evolution. La cantidad de datos incluidos en este artículo es enorme y resulta imposible resumirlos en una página. Así que mencionaré la conclusión más importante. Los humanos que vivieron en la meseta Norte de la península Ibérica eran verdaderos expertos en la caza del bisonte. Por supuesto, esta es la respuesta inmediata que todos habríamos dado al conocer la información resumida de los datos del yacimiento. Lo más interesante es que el abatimiento de estos animales se producía mediante cacerías planificadas y perfectamente organizadas, como lo hicieron por ejemplo los aborígenes americanos hace tan solo unos pocos cientos de años. En el registro de TD10-2 no existe una selección de los bisontes por su edad, sino que aparecen individuos de corta edad, juveniles y adultos. Esa mortalidad es de tipo “catastrófico” y se explica por matanzas organizadas de grupos de bisontes, transportados después a la cueva. La identificación de la regiones anatómicas sugiere que se transportaron sobre todo las extremidades, las articulaciones de éstas con el resto del cuerpo (coxales y escápulas). Apenas se encuentran trozos de cráneos, mandíbulas, dientes o costillas. Es decir, las entrañas o el cerebro se solían consumir en el lugar de caza, y se transportaban fundamentalmente las partes más ricas en paquetes musculares. Este es un comportamiento muy común, inferido en otros muchos yacimientos.

En definitiva, seguimos desterrando la idea de que somos una especie muy particular, con habilidades exclusivas. Muchas de esas habilidades ya estaban presentes en humanos muy antiguos. Tan solo es necesario observar a los chimpancés en libertad para comprobar su comportamiento y sus capacidades, y llegar a la conclusión de no somos tan especiales como nos creemos. Hace 400.000 años Europa estaba colonizada por homininos de una especie distinta a la nuestra, cuyos grupos cooperaban de manera eficaz, planificaban y organizaban partidas de caza formadas por un cierto número de individuos. Eran capaces de abatir docenas de bisontes para disponer de su carne quizá durante semanas. Es evidente que la comunicación entre los grupos de un determinado territorio estaba fundamentada en algún tipo de lenguaje común.

Finalmente, los datos de TD10-2 sugieren que la estancia de los humanos en la cueva de Gran Dolina era estacional. Algunos carnívoros aprovecharon los restos que los humanos dejaban atrás al abandonar la cueva, quizá buscando regiones más cálidas durante los duros inviernos de la meseta Norte.

José María Bermúdez de Castro

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Nuevos estudios sobre Homo naledi

La especie Homo naledi fue descrita en 2015 por Lee Berger y otros muchos colegas tras el estudio de más de 1.500 restos fósiles obtenidos en la cámara Dinaledi de la cueva sudafricana de Rising Star. Este hallazgo estuvo envuelto en la polémica por la forma en la que los fósiles fueron recuperados. Seguramente los/las lectores/as recordarán el debate creado en relación al sistema que se utilizó para obtener los fósiles de la cueva. Quizá las prisas por conseguir la recuperación de los fósiles de un lugar de acceso muy complejo impidieron tener más datos sobre su antigüedad. De haberse tratado de restos fósiles de osos o de cualquier otra especie de mamífero, el hallazgo habría pasado inadvertido. Pero se trata de fósiles humanos y la cantidad y calidad de los restos ha llamado la atención de todos los expertos.

El investigador Lee Berger, líder de la exploración en la cámara Dinaledi, mantiene en su mano un ejemplar de la especie Homo dinaledi. Fuente: El Confidencial.

La cronología de Homo naledi permanece siendo una enigma. Por supuesto, sabemos que existe un programa en marcha para obtener fechas fiables, que todos esperamos con gran interés. El hecho de que en esta cámara, prácticamente inaccesible, solo se hayan encontrado restos humanos impide tener referencias sobre su contexto arqueológico y paleontológico. Por el momento, hemos de conformarnos con los estudios de la morfología de los fósiles, que podría ser muy engañosa. El hecho de que los restos representen diversas partes esqueléticas y que su número sea elevado permite estudios muy diversos y la posibilidad de contemplar escenarios razonables para la situación de esta especie en la filogenia humana. Algunos expertos apuestan por una cronología en torno a los dos millones de años, considerando las similitudes de los restos con los de Homo habilis, Homo rudolfensis y los representantes más primitivos de Homo ergaster, datados entre 2,0 y 1,5 millones de años. Veremos si aciertan. La morfología de los huesos es solo una aproximación, pero sabemos que podemos llevarnos sorpresas. Solo tenemos que recordar el caso de Homo floresiensis.

La revista Journal of Human Evolution acaba de publicar un conjunto de trabajos sumamente interesantes sobre la morfología de diferentes partes esqueléticas de Homo naledi. Uno de estos trabajos, liderado por Lauren Schroeder y Myra Laird, presenta un debate sobre la posición filogenética de esta especie en base a los estudios realizados en el cráneo y la mandíbula. El debate se basa en la forma del cráneo, realizada mediante análisis de “morfometría geométrica” una técnica de moda. Esta técnica no es sino una versión de una metodología publicada en 1917 (On Growth and Form) por un biólogo y matemático escocés, D´Arcy Wentworth Thompson (1860-1948). La idea de este científico fue muy mejorada gracias a las modernas técnicas digitales y a un desarrollo matemático más complejo. Este método fue primero utilizado en dos dimensiones, pero la enorme potencia de los ordenadores y la mejora de los algoritmos ya permite trabajar en tres dimensiones. Las bases metodológicas de la morfometría geométrica están íntimamente relacionadas con el uso de la fénetica, un método de investigación utilizado ampliamente en paleontología y zoología. La fenética tiene en cuenta con el mismo peso todos y cada uno de los caracteres que presentan las especies, sin importar su posible trayectoria evolutiva. Compara los ejemplares y observa las similitudes y diferencias en la forma de dichos ejemplares de manera gráfica y numérica. La fenética persigue identificar taxones (por ejemplo, especies o géneros), aunque no se ocupa de determinar su historia evolutiva. Este método tiene sus virtudes, pero también sus peligros. Por ejemplo, los restos fósiles de dos especies pueden tener formas similares, que pueden haber adquirido de manera independiente. Esas dos especies, sin ninguna relación de parentesco próximo, se agruparían de manera conjunta y tenderíamos a pensar (de manera errónea) que están muy relacionadas.

Los análisis mediante morfometría geométrica realizados por Lauren Schroeder, Myra Laird y sus colegas nos ilustran sobre la forma del neurocráneo y del cerebro de Homo naledi. A pesar de que el cerebro de esta especie es tan pequeño como el de los miembros del género Australopithecus, la forma del neurocráneo es muy similar a la de los ejemplares más antiguos de Homo ergaster. La forma del neurocráneo de Homo naledi parece ser incluso más “progresiva” que la de Homo habilis y, por descontado, que la de Australopithecus. En cambio, la mandíbula de Homo naledi se parece a la de Homo habilis y a la de los australopitecinos. Como suele ser habitual en nuestros antepasados, Homo naledi presenta un verdadero mosaico de rasgos de aspecto primitivo, junto con rasgos de aspecto más moderno.

Agradecemos este conjunto de estudios, que anticipan las conclusiones definitivas sobre la posición filogenética de Homo naledi. Pero esperamos impacientes datos geocronológicos fiables, que permitan ayudarnos tanto en la asignación correcta de estos fósiles al género Homo como en sus relaciones con otras especies de nuestra genealogía. Para ello, los investigadores necesitarán métodos de investigación diferentes.

José María Bermúdez de Castro

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