Archivo por meses: abril 2017

De nuevo, Pekín y sus grandes secretos

Durante la primera semana de abril hemos tenido ocasión de visitar una vez más a nuestros colegas los profesores Liu Wu, Xiuyie Wu y el Dr. Xing Song, del Instituto de Paleontología de Vertebrados y Paleoantropología (IVPP) de Pekín. Con ellos mantenemos una fructífera cooperación desde 2010, que ha dado como resultado la publicación de varios trabajos científicos sobre fósiles encontrados en el siglo XX y sobre homininos recuperados en fecha reciente. Esta colaboración nos ha permitido conocer de primera mano y estudiar fósiles originales de China, casi vedados a los científicos occidentales tras la segunda guerra mundial. En esta ocasión nos hemos acercado al presente, al estudiar de restos humanos de finales del Pleistoceno Superior del sur de China.

Como en ocasiones anteriores, aprovechamos la visita para compartir seminarios de trabajo con otros colegas de diferentes disciplinas (arqueología, paleogenética, palinología, etc.) y, en particular, con los estudiantes de doctorado. Este año, los organizadores prepararon el encuentro aprovechando la visita de todos los jueves del Profesor Wu Zinzhi, ya retirado. Una verdadera “institución” en el IVPP donde, a sus 89 años, sigue teniendo un cargo honorífico y su propio despacho.

Con el Profesor Wu Zinzhi y mi colega la Dra. María Martinón en el “Institut of Vertebrate Paleontology and Paleoanthropology (IVPP)” de la Academia de China, Pekín. Fotografía tomada por Laura Martín-Francés.

Conocí al Profesor Wu Zinzhi en 1992, año en el que organizamos una reunión científica internacional en el Castillo de la Mota (Valladolid), con el apoyo de la Junta de Castilla y León. El Profesor Emiliano Aguirre, que se había retirado de la carrera científica un año antes, nos ayudó a seleccionar a las “mejores cabezas” de las diferentes disciplinas relacionadas con la evolución humana. Conseguimos traer a España al Prof. Wu Zinzhi, que entonces contaba ya con 64 años. Puedo imaginar su aventura para conseguir el visado correspondiente y volar después haciendo escala en alguna ciudad europea. En la actualidad ya hay vuelos directos entre Madrid y Pekín de casi 12 horas de duración. Pero en aquellos años el viaje podía fácilmente acercarse a las 20 horas, después de interminables enlaces en diferentes aeropuertos europeos. Recuerdo que en mi primer viaje a Pekín, en 2004, el Prof. Wu Zinzhi me mostró los pocos ejemplares fósiles del yacimiento de Zhoukoudian que se salvaron en su fallido traslado a Estados Unidos durante la segunda guerra mundial.

Wu Zinzhi había colaborado con sus colegas Milford Wolpoff (también asistente a la reunión del Castillo de la Mota) y Alan Thorne en la elaboración de la teoría multirregional para explicar el origen de nuestra especie. Según estos tres científicos, la especie Homo erectus evolucionó tanto en África como en Eurasia hacia Homo sapiens, pasando por formas intermedias típicas de cada continente. Nuestra especie se habría forjado en lugares tan distantes del planeta, gracias a su permanente contacto genético. Las cosas han cambiado mucho, desde que se planteó el origen de Homo sapiens en África (teoría de la Eva Negra) y comenzaron a llegar los resultados del estudio del ADN en los fósiles. El conocimiento avanza a gran velocidad y las hipótesis de una época van dejando paso a las siguientes. He tenido la suerte de conocer el desarrollo de las teorías sobre el origen de nuestra especie y a sus artífices más destacados.

En la imagen que acompaña al texto la Dra. María Martinón (“University College” de Londres) y un servidor posamos con el Prof. Wu Zinzhi, tras escuchar nuestras hipótesis sobre la evolución humana en Eurasia. Lo que ahora proponemos no tiene ya nada que ver con la teoría multirregional, pero el Prof. Wu Zinzhi nos escuchó con respeto. Sabemos que nuestras hipótesis quedarán superadas por nuevos hallazgos y métodos de trabajo ahora impensables. El Prof. Wu Zinzhi defendió sus teorías con ilusión y firmeza, sin saber que 20 años más tarde se lograría el “milagro científico” de recuperar el ADN de muchos ejemplares fósiles. Este hecho y el estudio de un registro fósil cada vez más rico han cambiado de manera radical nuestra visión sobre la evolución de Homo sapiens.

José María Bermúdez de Castro

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El cráneo de Ceprano

Cuando pensamos que la evolución humana de Europa siguió un guión relativamente sencillo durante el Pleistoceno, es bueno acordarse del cráneo de Ceprano. Ese fósil nos pone los pies en el suelo y nos recuerda que aún nos queda mucho por aprender. El continente europeo fue colonizado hace aproximadamente un millón y medio de años. Eso es mucho tiempo. Ni tan siquiera sabemos la identidad de los primeros pobladores. El neurocráneo encontrado en la provincia de Fronisone cerca de la localidad de Ceprano, apenas a 100 kilómetros de Roma, podría habernos dado alguna pista sobre la identidad de los primeros colonos. Su hallazgo, realizado por Italo Bidittu en 1994, fue un golpe de suerte. Pero no todo fue dichoso. Los trozos del neurocráneo se encontraron fuera de contexto durante la construcción de una carretera local y la antigüedad de este fósil sigue siendo controvertida.

Réplica del cráneo de Ceprano (Italia). Foto del autor.

La primera publicación (Journal of Human Evolution) es de 1994. Si el cráneo hubiera sido hallado en un contexto claro y acompañado de buenas dataciones lo habríamos conocido en la portada de la revista Nature. Pero no fue así. Aquella primera publicación especulaba con una antigüedad en torno a los 900.000 años, asumiendo que el cráneo procedía de su remoción de un yacimiento arqueológico cercano. El aspecto tan primitivo del cráneo invitaba a pensar los autores de aquel primer trabajo no se equivocaban y que nos encontrábamos ante un representante de los primeros colonos de Europa. Su asignación taxonómica ha cambiado a medida que se realizaban nuevos estudios y nuevas dataciones en la zona. En primer lugar se atribuyó a la especie Homo erectus. Su extrema robustez, el grosor del diploe (las tres capas que forman el hueso del neurocráneo), ciertos caracteres del hueso occipital y la forma de la arcada superciliar casaban bien con la descripción de esta especie. A pesar de su tamaño, el cerebro de aquel cráneo habría tenido menos de 1.200 centímetros. El grosor del diploe exageraba las dimensiones del fósil, al tiempo que reducía su capacidad interna.

Algunos años más tarde, el paleoantropólogo italiano Giorgio Manzi sugirió que aquel fósil podría haber pertenecido a la especie Homo antecessor, descrita en 1997. La antigüedad de esta especie está muy bien calibrada entre 800.000 y 900.000 años, que coincidía muy bien con la posible fecha del cráneo de Ceprano. Francesco Mallegni no se conformó con esta atribución y propuso el nombre de Homo cepranensis, que no ha tenido ninguna repercusión. Por último, y a raíz de una datación mucho más reciente (430.000-380.000 años), las conclusiones de un nuevo estudio atribuyen este cráneo a la especie Homo heidelbergensis.

Cuando los expertos encuentren un método apropiado y fiable para datar los huesos fósiles sabremos la antigüedad del cráneo de Ceprano. Mientras llega ese momento, no podemos sino sorprendernos del aspecto tan arcaico de este cráneo. Esa es una realidad incuestionable, que tendrá su explicación. Cuando pensamos en Europa con la mente de un ciudadano del siglo XXI vemos un territorio que se nos antoja pequeño en relación al resto del continente eurasiático. Pero durante el Pleistoceno Europa era una inmensidad, en la que se sucedieron cambios climáticos extremos durante miles de años. Imposible saber que ocurrió con los grupos humanos que posiblemente fueron poblando en sucesivas etapas un territorio lleno de accidentes geográficos y de clima cambiante. Podemos imaginar un escenario en el que muchos grupos se extinguían y eran reemplazados por otros. Un escenario en que las penínsulas europeas jugaron un papel determinante como refugio de poblaciones aisladas durante milenios, pero suficientemente grandes como para evitar su extinción por agotamiento biológico. Un escenario en el que la mezcla genética entre grupos diferentes pudo ser también fuente de variabilidad. Sin esos ingredientes, difícilmente entenderemos la evolución humana de Europa que, en ningún caso, puede comprenderse como una secuencia lineal de especies y poblaciones, sino como una olla a presión en la entraban y salían los ingredientes que conformaron su población durante todo el Pleistoceno.

José María Bermúdez de Castro

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Homo calpicus: lo que pudo haber sido y no fue

La historia de las investigaciones sobre la evolución humana está repleta de anécdotas curiosas, pero nada comparable a los primeros acontecimientos de este ámbito de la paleontología. Es difícil imaginar que el segundo ejemplar de la especie Homo neanderthalensis fuera encontrado por un teniente de la marina británica (Royal Navy). El acontecimiento sucedió en 1848 en una cueva del Peñón de Gibraltar. El teniente Edmunt Flint, secretario de la Sociedad Científica de Gibraltar, presentó el fósil a sus colegas; pero todo se quedó en una curiosa anécdota, que quedó registrada en las actas de la Sociedad el 3 de marzo de 1848.

La cantera de Forbes fue realizada para obtener roca caliza y reforzar las defensas de la ciudad situada al pié del Peñón. Durante la extracción de la piedra apareció una cueva, donde Edmund Flint encontró un cráneo humano. El aspecto del cráneo era muy extraño para la época y los miembros de aquella sociedad científica fueron incapaces de comprender su significado. Lo mismo sucedía en Alemania, donde el esqueleto encontrado en 1856 en la cueva Feldhofer del valle de Neander era sometido a rigurosos exámenes. Las comunicaciones de entonces no permitían el rápido intercambio de información y la similitud entre los cráneos de Gibraltar y Alemania no pudo ser comprendida hasta mucho tiempo después.

Cráneo de la cantera de Forbes, Peñón de Gibraltar. Imagen del Museo de Historia Natural de Londres: www.nhm.ac.uk

El cráneo de Gibraltar permaneció en el olvido durante varios años, cogiendo polvo en el gabinete del teniente Edmund Flint. Ese olvidó terminó en 1864. Un año antes, el geólogo William King presentó en una reunión de la British Association for the Advancement of Science sus conclusiones sobre el estudio de los restos de la cueva Feldhofer del valle del Neander y de los primeros neandertales, encontrados en la cueva de Engis (Bélgica) en 1929. El nombre específico Homo neanderthalensis quedó registrado un año más tarde para la posteridad. A raíz de estos acontecimientos el cráneo de Gibraltar fue empaquetado y enviado a Londres. Con toda seguridad, el cráneo había sufrido un notable deterioro, simplemente por haber estado expuesto a la intemperie sin someterse a procesos de restauración y conservación.

El cráneo de Forbes fue estudiado a fondo, todavía con las dudas de muchos sobre su pertenencia a una humanidad diferente. No fue el caso del propio Charles Darwin, ni del Charles Lyell, que asistieron a la presentación oficial del cráneo en una nueva reunión de la mencionada sociedad británica en septiembre de 1864. En esa reunión se aceptó finalmente el nombre Homo neanderthalensis. Pero la historia pudo haber cambiado con la ocurrencia del antropólogo Hugh Falconer, que había propuesto de manera informal a otro colega (George Busk) el nombre de Homo calpicus. Recordemos que Calpe es el nombre en latín del Peñón de Gibraltar. William King había hecho los deberes con su detallado estudio de los fósiles de la cueva Feldhofer. Desde entonces conocemos a estos humanos como “Neandertales” ¿Cómo se habrían llamado si la historia hubiera seguido otro rumbo?, ¿tal vez Calpianos?

El cráneo de la cueva de Forbes pudo pertenecer a una mujer, cuyo desgaste dental sugería una edad en torno a los 40 años. Hoy en día sabemos que el desgaste dental de aquellos humanos no puede utilizarse para estimar la edad de muerte. En aquella época, los dientes se gastaban con gran rapidez y los jóvenes aparentaban más edad de la que en realidad tenían. La antigüedad del fallido Homo calpicus es difícil de saber con precisión. Se estima en un rango temporal de entre 40.000 y 50.000 años. El cráneo se recuperó sin el rigor que se exige en la actualidad, marcando con enorme precisión el lugar de cada hallazgo ¿Qué podía saber Edmund Flint de estas cuestiones? Quizá en Gibraltar sobrevivieron los últimos neandertales, antes de ser totalmente sustituidos por las poblaciones de Homo sapiens.

José María Bermúdez de Castro

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