La singularidad del mentón en Homo sapiens

Los caracteres que nos diferencian de otras especies del género Homo son contados. Entre ellos está el mentón. Este rasgo de la mandíbula confiere una personalidad muy clara al perfil de Homo sapiens. Algunos hallazgos controvertidos en la frontera temporal de nuestra especie y la de sus antecesoras han podido resolverse gracias a la presencia/ausencia de mentón en la mandíbula. Este rasgo anatómico es exclusivo de Homo sapiens. Aunque pueda determinarse que el ADN nuclear extraído de una mandíbula fósil contiene un pequeño porcentaje de genes de otra especie, como el caso bien conocido de la mandíbula de Pestera cu Oase (50.000 años), que explicamos en el post anterior, la presencia de un mentón bien desarrollado permite incluir este espécimen en Homo sapiens. Lo mismo podemos decir de la mandíbula de Zhiren (China), con una antigüedad de alrededor de 100.000 años. Es posible que el propietario de esta mandíbula fuera un mestizo entre algún sapiens y algún miembro de Homo erectus o de alguna especie relacionada, como sugieren los autores de su estudio en la revista PNAS. Pero la presencia de mentón en la mandíbula de Zhiren hubiera inclinado a cualquier especialista a incluir este espécimen en nuestra especie.

Se conocen ejemplares muy antiguos, como las mandíbulas del yacimiento de Dmanisi (1,8 millones de años) o la mandíbula ATE9-1 del yacimiento de la Sima del Elefante (sierra de Atapuerca), con una antigüedad de 1,2 millones de años, en las que se aprecia un esbozo del llamado mentum osseum. Se trata de un pequeño abultamiento situado en la parte exterior de la sínfisis mandibular, que podría considerarse como el preludio de la parte más prominente de nuestro mentón. Si esto no fuera correcto, se trataría de estructuras convergentes. Aunque tratándose de especies tan próximas a la nuestra podemos imaginar que esas especies ya están esbozando el mentón, que terminó por desarrollarse plenamente en Homo sapiens.

Vista frontal el mentón de una mandíbula humana masculina, en la que se observan las fosas laterales muy marcadas, el triángulo mentoniano y un desarrollo inusual del borde inferior de la sínfisis. La región alveolar también se deprime por reabsorción ósea, ensalzando la proyección del mentón. Imagen del autor.

En nuestra especie, el mentum osseum (o tuber sympheseos) suele estar muy desarrollado y ocupa la parte central del abultamiento del mentón. Lo normal es que este carácter esté acompañado por otros dos abultamientos laterales. El conjunto tiene una forma homogénea de aspecto triangular (triángulo mentoniano). Desde el vértice superior de ese triángulo suele formarse una elevación de hueso en forma de cresta (cresta central), que se dirige hacia la región alveolar (donde se alojan las raíces de los incisivos). A ambos lados de los tubérculos laterales el hueso se reabsorbe y forma dos fosas, en ocasiones muy manifiestas, como vemos en la figura que acompaña a este post. La región alveolar también experimenta una reabsorción durante la vida, ensalzando aún más si cabe la proyección del triángulo mentoniano en vista lateral. Esta reabsorción recibe el nombre técnico de incurvatio mandibulae. Por último, la parte basal de la mandíbula en la región de la sínfisis suele engrosarse, uniéndose al triangulo mentoniano en su proyección hacia fuera. El triángulo mentoniano y ese engrosamiento forma lo que suele denominarse la “T invertida”.

Todas estas estructuras óseas tienen una gran variabilidad en los seres humanos. Suelen estar más desarrolladas en el sexo masculino, contribuyendo así a exhibir un mentón más pronunciado. Las mujeres, en cambio, tienden a tener barbillas de contorno más suave, aunque el mentón puede estar tan desarrollado como en los varones.

José María Bermúdez de Castro

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