Lo que la tierra esconde

Hace 35 años, cuando aterricé por primera vez en la sierra de Atapuerca, me dieron un destornillador, una brocha y un recogedor metálico. Eran las herramientas fundamentales que necesitaba durante mi estancia en la excavación. En aquella época, cada objeto encontrado se registraba a mano en una ficha de papel (que siempre se volaba con el viento), después de haber tomado sus coordenadas X e Y con un flexómetro y la profundidad mediante un artilugio muy ingenioso inventado por los arqueólogos. Se trataba del llamado “vinómetro”, un recipiente lleno de agua y vino (para dar color), que mediante vasos comunicantes nos daba esa profundidad con respecto a un punto 0. Otra ficha, esta vez cuadriculada, servía para dibujar a mano y con diferentes lápices de colores de una marca muy conocida los objetos encontrados. Las herramientas, los fósiles y las piedras de cierto tamaño se reconocían en la hoja cuadriculada mediante un código de colores. Toda esta información se juntaba en un gran plano del yacimiento, que se desplegaba por la noche bajo una bombilla de 125 vatios en la mesa de la cocina de la casa donde pernoctábamos. La memoria obligatoria de excavación tardaba unos cuatro o cinco meses en ser preparada para enviar al Departamento correspondiente de la Junta de Castilla y León.

Tampoco se puede decir que haya pasado tanto tiempo, pero ahora la información obtenida para cada objeto encontrado se graba en una PDA de campo (del inglés, personal digital assistant). Esa información se envía a un ordenador central vía wifi, desde todos y cada uno de los yacimientos. La información se vuelca más tarde en otro ordenador más potente, que de manera automática y mediante los programas adecuados, nos dará de inmediato imágenes tridimensionales de todo lo encontrado en un determinado nivel arqueológico. La memoria de excavación no solo se presentará en pocas semanas, sino que contendrá un listado y una información muy detallada de todos y cada uno de los elementos encontrados.

En la imagen aparecen las hábiles manos de la arqueóloga Marina Mosquera, que lleva casi 30 años excavando en la sierra de Atapuerca y en otros muchos yacimientos.

Pero, después de todo, ahí siguen el destornillador y la brocha. Es una paradoja muy interesante. La excavación sigue siendo un trabajo artesanal, en la que unas manos hábiles pueden recuperar los fósiles y las herramientas de piedra en las mejores condiciones. El romanticismo de la excavación no se ha perdido en absoluto por la llegada de la alta tecnología. Las personas que excavan no saben que pueden encontrar. Todavía no se han ideado detectores de la presencia de huesos fosilizados o de herramientas de sílex. La sorpresa de lo que se esconde en cada nivel fosilífero sigue siendo un aliciente. Y cuando aparece algo inesperado (o esperado con ansia) se produce la alegría incontenible de todo el grupo.

Me parece difícil que la artesanía deje su lugar a técnicas de excavación automáticas. Un robot jamás tendrá la sensibilidad de una persona entrenada para excavar, ni se perderá la parte más emocional del trabajo de campo. Y me parece difícil que eso suceda, porque las hipótesis y su correspondiente contraste seguirán perteneciendo al intelecto humano. La ciencia avanza de manera exponencial gracias en buena parte a la tecnología, pero será difícil que una máquina pueda igualar la perfecta combinación de las habilidades emocionales/racionales del pensamiento de nuestro cerebro. Veremos si el tiempo nos da la razón.

José María Bermúdez de Castro

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