Archivo por meses: septiembre 2017

Prado Vargas: descubriendo el patrimonio prehistórico de Burgos

Muy cerca del límite entre el norte de la provincia de Burgos y Cantabria se localiza la cueva de Prado Vargas. La encontramos a 500 metros de la pequeña villa de Cornejo, en la merindad de Sotoscuevas y no lejos de la entrada al famoso complejo cárstico de Ojo Guareña, uno de los más importantes de la península ibérica.

Como sucede con otros muchos yacimientos, el que alberga la cueva de Prado Vargas se conoció gracias a un hallazgo casual, no buscado por profesionales. La mayor curiosidad de este descubrimiento es que el primer protagonista de la historia del lugar fue el Dr. Trinidad de Torres,  bajo cuya dirección se localizó la primera mandíbula humana en el yacimiento de la Sima de los Huesos de la sierra de Atapuerca. Su entrada en la historia de Prado Vargas fue muy similar a la que le llevó hasta la Sima de los Huesos, alertado por el hallazgo de restos fósiles de osos en el yacimiento de la cavidad. Y todo sucedió en 1986, diez años más tarde de su gran descubrimiento en Atapuerca.

Figura. Excavación en la cueva de Prado Vargas durante la campaña de 2017. Fuente: El Correo de Burgos.

En esta ocasión, Trinidad de Torres no encontró restos humanos y el yacimiento pasó inadvertido durante algún tiempo. Por fortuna, las leyes que protegen el patrimonio arqueológico e histórico obligan a depositar cualquier hallazgo en los museos de cada provincia. En estos museos, como el de Burgos, pueden realizarse prospecciones de antiguos materiales depositados durante años junto a documentos muy valiosos. Fue así como la Dra. Marta Navazo (Universidad de Burgos) encontró una caja llena de materiales y procedente de la cueva de Prado Vargas. Este “hallazgo” alimentó la curiosidad y el interés de Marta, que se acercó a conocer el lugar. Allí se prometió solicitar un proyecto de excavación a la Junta de Castilla y León en cuanto tuviera ocasión. Y el momento llegó en 2004, cuando dispuso de tiempo, de la colaboración del Dr. Juan Carlos Díez (Universidad de Burgos)  y de un pequeño equipo de estudiantes dispuestos a formarse en el campo. Las primeras prospecciones certificaron que Marta no se había equivocado en su elección, porque aparecieron restos arqueológicos de enorme calidad. La fecha más moderna indica que el nivel más reciente del yacimiento tiene unos 46.000 años, muy próximo por tanto a la desaparición de los neandertales de Europa.

Pero la vida del arqueólogo no es sencilla y los proyectos difícilmente tienen continuidad. No solo se necesitan medios económicos, sino un grupo humano capaz de abordar la enorme complejidad de cualquier excavación. Después de su primera aproximación al yacimiento, Marta Navazo se unió con el Dr. Rodrigo Alonso (Museo de la Evolución Humana de Burgos) para conseguir en 2016 un nuevo proyecto. Este año se ha realizado una excavación de mayor entidad, que ha producido el hallazgo de restos arqueológicos dejados por grupos de los llamados “neandertales clásicos”, cuando vivieron su esplendor demográfico en Europa. Algunos de los fósiles de animales (leones, lobos, osos y panteras) certifica que el abrigo de la cueva no fue ocupada de manera ininterrumpida por los humanos. Pero los restos procesados con herramientas de piedra de caballo, cabras salvajes de al menos dos especies, ciervos, jabalíes y rinocerontes testimonian el uso recurrente de la cueva por los neandertales.

Por el momento no se han encontrado restos humanos, pero estoy convencido de ese hecho puede suceder en cualquier momento. La industria lítica fue fabricada en sílex y cuarcita; se clasifica en el grupo de herramientas de tipo musteriense y es más parecida a la que se realizó en yacimientos de la cornisa Cantábrica que a la producida en la meseta. Por supuesto, los neandertales no fueron una población homogénea, ni desde el punto de vista biológico ni desde la perspectiva cultural. Todos ellos tuvieron mucho en común, como entidad colectiva y singular, pero su separación en centenares de tribus repartidas por Europa fue una realidad. La repetidas evidencias de canibalismo a lo largo del tiempo en diferentes yacimientos europeos son una muestran de sus luchas tribales y territoriales. Tal vez, su falta de unidad fue uno de los motivos de su declive.

José María Bermúdez de Castro

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El legado de Dubois

Hace 130 años, el médico militar Eugène Dubois encontró un yacimiento de fósiles en una cueva de la isla de Sumatra. Buscaba el mítico “eslabón perdido” que, según sus convicciones, encontraría algo más tarde en la vecina isla de Java. En Sumatra, Dubois consiguió reclutar a varias decenas de trabajadores convictos y contó con la ayuda de dos ingenieros en aquella lejana y compleja región del sureste de Asia. Los resultados no fueron los deseados y la expedición, que duró tres años, fracasó en parte por el fallecimiento de uno de los ingenieros. Aun así, Dubois consiguió recuperar materiales del yacimiento de la cueva de Lida Ajer.

La colección de restos recuperados incluía dientes de orangután, junto con los de otros mamíferos difíciles de identificar, además de un incisivo y un molar superior humanos. Pero la posible antigüedad del yacimiento era demasiado reciente como para satisfacer la hipótesis de Dubois. Había que encontrar una forma humana de aspecto intermedio entre el de nuestra especie y el de los simios antropoideos. Los dientes humanos de Lida Ajer eran muy similares a los nuestros y no aportaban nada interesante para Dubois. Aquel hallazgo pasó inadvertido y se ha hablado muy poco de él en la literatura científica. Apenas se citan los restos fósiles de las especies encontradas en un par de artículos científicos, que sitúan el yacimiento en el Pleistoceno Tardío, sin más precisión.

Diferentes vistas del segundo molar superior permanente del yacimiento de Lida Ajer. Fuente: Nature.

Por fortuna, un equipo liderado por K.E. Westaway, de la universidad de Sidney, ha conseguido nueva información sobre la antigüedad de los diferentes niveles del yacimiento paleontológico de Lida Ajer, donde no se han encontrado herramientas u otras evidencias de actividad humana. Además de revisar la morfología de los fósiles, las investigaciones se han centrado en realizar dataciones fiables de la brecha fosilífera. Se utilizaron los métodos de las series de uranio para las neoformaciones calcáreas de la cueva (espeleotemas) y el ESR para el esmalte en el esmalte de los dientes. Los resultados han sido publicados en la revista Nature durante la tercera semana de agosto ¿Qué interés puede tener esta revista tan prestigiosa en publicar la antigüedad de un yacimiento excavado hace 130 años y con registro fósil muy pobre?

Como bien observó Dubois hace más de un siglo, los dos dientes humanos pertenecieron a individuos de nuestra propia especie. El segundo molar superior es pequeño y ya había reducido el tamaño de ciertas cúspides. El incisivo superior tiene la raíz muy corta y su morfología es muy similar a la de las poblaciones recientes del este de Eurasia. Pero la antigüedad obtenida sitúa estos dientes en el rango de 73.000 y 63.000 años. De nuevo, los datos confirman que nuestra especie partió de África mucho antes de lo que se suponía hace tan solo una década. El sureste de Asia fue ocupado por nuestra especie hace unos 100.000 años, según han mostrado yacimientos como los de Zhiren o Daoxian (China). Las fechas que se van obteniendo en las diferentes islas del archipiélago de Indonesia también “envejecen” la presencia de Homo sapiens en el sureste de Asia.

Además, se vuelve a constatar la enorme resistencia de los neandertales ante los intentos de salida de África de las poblaciones de nuestra especie por el Corredor Levantino. Hace al menos 120.000 años pudimos pasar hacia Eurasia por el estrecho de Bab el-Mandeb, en el llamado “cuerno de África”. Ocupamos sin aparente dificultad todo el sur de Asia, cruzando a continuación brazos de mar hacia el continente australiano en un relativamente breve lapso de tiempo. Sin embargo, el paso por el norte fue detenido en el Corredor Levantino a las puertas de Eurasia. Hace solo 40.000 años pudimos pisar por primera vez tierras europeas, tras haber coexistido e hibridado con los neandertales, que impidieron nuestro avance nada menos que durante 80.000 años.

Nos preguntamos si en el sur de Asia las poblaciones de Homo erectus fueron más permisivas y hospitalarias. Tal vez no estaban allí para impedir nuestro viaje, o quizá habían reducido su densidad demográfica. La posibilidad de mestizaje entre Homo sapiens y Homo erectus fue propuesta a raíz de la publicación de los restos del yacimiento de Zhiren, en el sur de China. Pero sin datos genéticos esa evidencia del registro fósil es poco consistente. Faltan yacimientos por explorar para responder al nuevo enigma que nos plantea el estudio de la evolución de nuestra especie.

José María Bermúdez de Castro

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Vigésimo aniversario de Homo antecessor (1997-2017)

El 16 de agosto de este año hemos publicado un artículo en la revista Evolutionary Anthropology, que resume veinte años de investigaciones, tras la publicación en 1997 de la especie Homo antecessor. No se ha tratado solo de recordar el aniversario, como reza el título del trabajo, sino reafirmar una de las conclusiones más importantes de aquel artículo publicado hace dos décadas en la revista Science.

El hallazgo de la mayor parte de la cara de un adolescente en el nivel TD6, bautizado con el apodo del “chico de la Gran Dolina”, fue determinante para proponer que la especie H. antecessor pudo haber sido el antecesor común de los Neandertales y de los humanos modernos. Los restos fósiles del maxilar de tres individuos más de esta nueva especie corroboraban que H. antecessor tuvo unos rasgos faciales prácticamente idénticos a los de H. sapiens. Se trataba de la cara moderna más antigua encontrada hasta el momento en un yacimiento del Pleistoceno, con una antigüedad mínima en torno a los 800.000 años.

Comparación entre el original de la mandíbula ATD6-96 de Homo antecessor y una réplica de la mandíbula de Mauer, asignada en 1908 a la especie Homo heidelbergensis. Imágenes del autor, compuestas por Susana Sarmiento.

La propuesta no tuvo éxito. Es más, fue rechazada por la mayoría de nuestros colegas. Al fin y al cabo, ya existía una especie ocupando ese rol en la filogenia humana: Homo heidelbergensis, que había sido propuesta por Otto Schoetensck en 1908 para nombrar la mandíbula de Mauer. El nombre H. heidelbergensis se recuperó a finales de la década de 1980 de los empolvados archivos de la literatura científica, para reemplazar a la especie Homo erectus. La hipótesis lineal, anagenética, que enlazaba de manera directa a las especies Homo habilis, Homo erectus y Homo sapiens se había quedado obsoleta y se apostaba por una evolución ramificada, con genealogías extinguidas sin descendencia. Una de ellas era la propia especie H. erectus, que habría terminado su existencia en las lejanas tierras de Asia tras la llegada de las primeras poblaciones de H. sapiens procedentes de África.

El investigador Chris Stringer (Natural History Museum de Londres) fue el primero en proponer a H. heidelbergensis como la especie antecesora común de los Neandertales y de las poblaciones actuales. Su propuesta fue bien aceptada y se agruparon en ella varios fósiles de aspecto “progresivo” de diferentes partes de África y Eurasia, como los de Arago, Petralona, Bodo, Kabwe o Dali. También se incluyeron de manera provisional todos los restos que se estaban obteniendo en el yacimiento de la Sima de los Huesos de la sierra de Atapuerca. Ya en el siglo XXI, y gracias a la secuenciación del genoma de los Neandertales, la separación de las dos quedó establecida en unos 400.000 años.

Pero el paso del tiempo ha cambiado algunas cosas. Por ejemplo, la separación genética se ha ido retrasando, a medida que se refinaba el dato sobre la tasa de mutación en las poblaciones del Pleistoceno. Ahora ya se habla de una separación de las genealogías “neandertal” y “sapiens” en el rango de los 550.000 y los 765.000 años ¿Se seguirá retrasando este evento por parte de los genetistas? En 2014, también en la revista Science, excluimos a los 7.000 restos humanos de la Sima de los Huesos (430.000 años) de la especie H. heidelbergensis. Su aspecto, claramente derivado hacia los Neandertales, era una razón de peso para ello. Con esta decisión H. heidelbergensis se quedó “en cuadro” y perdió mucha de su fuerza. Es más, una divergencia genética por encima del medio millón de años excluiría también a otros fósiles europeos, también derivados hacia la genealogía neandertal. Finalmente, los hallazgos de la especie H. antecessor en la primera década del siglo XXI han ofrecido nuevos datos, objeto de varios artículos científicos y de la muestra de estudio de nada menos que nueve tesis doctorales.

El resumen de los 46 caracteres óseos del esqueleto de H. antecessor incluye un 41% de rasgos primitivos, compartidos con especies tan arcaicas como H. habilis. Los demás caracteres ya se habían modificado hacia formas más evolucionadas. Un 13% de esos caracteres están hoy en día presentes en nuestra especie, mientras que casi un 22% pueden encontrarse también en los Neandertales. Es obvio que tanto nosotros como los Neandertales hemos heredado esos caracteres de H. antecessor.

Con esta información y a falta de otras evidencias del registro fósil, parece necesario volver a proponer que la novedosa combinación de rasgos esqueléticos de H. antecessor representa la mejor ventana del pasado, para asomarnos y vislumbrar el aspecto que tuvo en su día el ancestro común de los Neandertales y los humanos modernos. Los fósiles de la especie H. antecessor vuelven a estar sobre la mesa y piden ser escuchados. Habrá que esperar a futuros hallazgos, que sin duda llegarán en los próximos años cuando se excave de nuevo el nivel TD6 de Gran Dolina.

José María Bermúdez de Castro

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