Archivo por meses: noviembre 2017

Paleogenética y origen de los aborígenes de las islas Canarias

El 29 abril de 2014 publiqué un post en este mismo blog sobre los aborígenes de las islas Canarias. Ha pasado ya una eternidad desde que realicé mi tesis doctoral sobre la antropología de esta población, que vivió en las islas del archipiélago al menos desde el siglo V a.c. He de admitir que mi primera idea hubiera sido realizar una tesis sobre restos fósiles del Pleistoceno. En 1979 apenas se contaba en la península ibérica con un puñado de fósiles de ese período, por lo que mi directora de tesis (la Dra. Pilar Julia Pérez) me recomendó el estudio de la población prehistórica de las islas Canarias. Ella misma había incluido una muestra de esta población en su tesis sobre enfermedades del pasado.

 

A medida que me adentré en la lectura de las escasas publicaciones que versaban sobre los aborígenes de las islas Canarias y tuve ocasión de visitar por primera vez las islas de Gran Canaria y Tenerife, tengo que confesar la pasión que me causó todo lo relacionado con la prehistoria y la historia del archipiélago. Guardo recuerdos gratísimos e imborrables de mis estancias en las islas, a las que regreso siempre que puedo.

Representación idealizada de un aborigen de las islas Canarias.

 

 

La primera colonización de las islas Canarias sigue siendo un misterio, a pesar de las investigaciones sistemáticas de muchos expertos. Los museos de Canarias nos muestran un rico repertorio de objetos recuperados de muchos yacimientos. Todos ellos y las inscripciones observadas en diferentes localizaciones de las islas apuntan hacia su origen en el norte de África, y a una estrecha relación con el mundo bereber. Sin embargo, la ausencia de datos que certifiquen conocimientos de navegación en el registro arqueológico envuelve en un manto de misterio la forma en la que los primeros habitantes de Canarias llegaron a las islas. Su forma de vida sencilla, dedicada al pastoreo y a la agricultura, no muestra rastros del interés de aquellas gentes por el océano que les rodeaba por todas partes.

 

La segunda vez que escribo sobre este tema viene a cuento de una investigación recién publicada en la revista Current Biology, liderada por Ricardo Rodríguez-Varela (Universidad de Estocolmo), acerca de datos genéticos de varios restos de esqueletos de aborígenes de Gran Canaria y Tenerife. Antes de describir los resultados de este trabajo, me sorprende que los autores conozcan solo de manera muy somera la problemática de la historia del archipiélago. Las muestras para la obtención de material genético proceden de restos humanos de Gran Canaria y de Tenerife, que refieren como pertenecientes a la población guanche. Los expertos en la historia de las islas saben bien que los habitantes de las diferentes islas formaron parte de grupos tribales distintos. Los guanches habitaron en Tenerife y La Gomera, los canarios en Gran Canaria, los majoreros en Fuerteventura y Lanzarote, los bimbaches en El Hierro, y los auritas en La Palma. No es un tema menor, porque tanto la antropología física como el primer estudio genético (que fue tema de una tesis doctoral a la que me invitaron a participar como miembro del tribunal) nos muestran algunas diferencias entre unos y otros, que han sido interpretadas con hipótesis alternativas.

 

Las investigaciones de Rodríguez-Varela y sus colegas comparan sus resultados con los de otras poblaciones europeas, del norte y este de África. En ese contexto tan amplio las muestras de Tenerife y Gran Canaria se agrupan de manera muy estrecha. Sus diferencias quedan minimizadas cuando en la comparación entran grupos humanos separados por miles de kilómetros. No obstante, sus resultados también sugieren algunas diferencias entre los individuos de Gran Canaria y los de Tenerife. Todos ellos, sin embargo, se agrupan estrechamente junto a las poblaciones autóctonas del norte de África (Túnez, Argelia y bereberes del Sahara, entre otros), a la vez que se separan de los grupos humanos de Europa o del sureste de Asia. Llama la atención que en la muestra de Canarias la mayoría de los individuos analizados fueran intolerantes a la lactosa, cuando los productos derivados del pastoreo de las ovejas y cabras constituyeron una de las bases de su alimentación. El análisis genético también muestra un predominio de la piel morena y los ojos marrones. Por último, y no menos importante, los resultados de Rodríguez-Varela y colaboradores nos confirma lo que la antropóloga alemana Ilse Schwidetzky nos mostró hace ya varias décadas: la población actual de las islas Canarias sigue conservando un porcentaje de su genoma muy significativo, heredado de la antigua población aborigen. Los resultados de Rodríguez-Varela y colaboradores cifran ese porcentaje entre el 16 y el 31%.

 

Las investigaciones sobre la paleogenética de los antiguos habitantes de Canarias tendrían que incentivarse y sistematizarse, para conocer mejor la dinámica del poblamiento del archipiélago. No tendría que quedarse solo en un trabajo anecdótico de las investigaciones en este ámbito tan prolífico.

 

José María Bermúdez de Castro

  • Share on Facebook
  • Tweet about this on Twitter
  • Share on Google+
  • Pin on Pinterest

La tecnología digital al servicio de la evolución humana

El cráneo de Ceprano (Italia) es uno de los ejemplares fósiles más estudiados del Pleistoceno de Europa. No es por casualidad ni por un capricho de los científicos que se encargan de su investigación. La morfología de este cráneo, al que le falta la cara, es un verdadero “expediente X”. El cráneo es grande, aunque no necesariamente albergó un cerebro de notables dimensiones. El hueso que conforma este cráneo es extremadamente grueso, ocupando una parte significativa de su interior. La morfología del cráneo de Ceprano es primitiva y en 1994 fue atribuido a un Homo erectus europeo. Fue encontrado roto en varios fragmentos entre los sedimentos de la cuneta de una carretera en construcción, así que todo el mundo dio por hecho que el cráneo había sido transportado desde otro lugar cercano. El estudio geológico de la región y la presencia de un yacimiento arqueológico próximo llevaron a sus descubridores a considerar que el cráneo tenía un mínimo de 900.000 años de antigüedad.

Imágenes digitales del cráneo de Ceprano (Italia). Fuente: Nature

 

Esa cifra era acorde a la morfología del cráneo. En 2001 el investigador Giorgio Manzi incluyó en la especie Homo antecessor. Puesto que los restos de esta última especie tienen aproximadamente 850.000 años, todo parecía encajar. Pero llegaron nuevas dataciones del sedimento adherido al cráneo y las cifras nos dejaron descolocados. El cráneo podía tener, como mucho, unos 400.000 años de antigüedad y serían, por tanto, contemporáneos con los humanos de la Sima de los Huesos de la sierra de Atapuerca. Las diferencias entre el cráneo de Ceprano y los cráneos de este yacimiento burgalés son abrumadoras, por lo que no todo el mundo estuvo de acuerdo con la nueva datación.

 

Un nuevo estudio, esta vez liderado por Francesco Mallegni, atribuyó el cráneo a la especie Homo cepranensis. Por su parte, Giorgio Manzi volvió a revisar este ejemplar a raíz de su datación más reciente e incluyó el cráneo en la especie Homo heidelbergensis. Más bien parece que estos cambios son un tanto caprichosos, ligado a intereses particulares y a la “moda científica” de cada momento. Este vaivén de nomenclaturas me parece poco serio, porque la ciencia no es una cuestión de modas sino de hechos y evidencias.

 

Giorgio Manzi ha vuelto a participar en un nuevo estudio, liderado por Fabio Di Vincenzo y publicado a finales de octubre de este año en la revista Scientific Reports. La tecnología digital ha sido un revulsivo en muchos ámbitos de la ciencia y la evolución humana no ha quedado al margen. No es la primera vez que un fósil humano roto en varios pedazos se reconstruye en la pantalla de un ordenador. Es así como se han vuelto a encajar uno a uno los trozos del cráneo de Ceprano. La morfología resultante no es muy diferente de la realizada a mano por los expertos de finales del siglo XX, pero ha probado que el cráneo sufrió varias deformaciones durante el tiempo que permaneció enterrado.

 

Las deformaciones de los huesos se producen cuando todavía son ricos en colágeno y tienen, por tanto, una cierta plasticidad. Es por ello que los autores de esta investigación concluyen que el cráneo de Ceprano se encontró en el mismo lugar donde fue localizado (posición primaria). En ese lugar se habría deformado y más tarde se había roto en varios pedazos por la presión de los sedimentos acumulados. Durante más de una década se pensó que el cráneo procedía de otro lugar (posición secundaria), alimentando así la idea de que podía ser muy antiguo. Pero parece poco probable que los diferentes fragmentos del cráneo se movieran al unísono, para llegar hasta el lugar donde fue hallado. Si es así, la datación obtenida a partir de los sedimentos adheridos tendría fiabilidad y el cráneo ciertamente perteneció a un ser humano que vivió en Europa hace unos 400.000 años.

 

A pesar de los intentos de Giorgio Manzi por convencernos de que este cráneo tiene un aspecto similar al de otros ejemplares de esa misma época, su morfología primitiva sigue ahí, retándonos a buscar escenarios más complejos y alternativos a la hipótesis más conservadora de una evolución lineal en Europa durante el Pleistoceno Medio. La posibilidad de que en Europa coexistieran varios linajes evolutivos (no especies) diferentes durante ese período cobra cada día más fuerza. A pesar de que Europa no es un territorio enorme, su fisiografía es muy compleja y proclive al aislamiento prolongado de poblaciones de baja densidad demográfica. En estas circunstancias, la deriva genética habría tenido un papel muy relevante en el aspecto físico de esas poblaciones.

 

José María Bermúdez de Castro

  • Share on Facebook
  • Tweet about this on Twitter
  • Share on Google+
  • Pin on Pinterest

El Modelo de Asimilación

En ocasiones anteriores he comentado en este mismo blog sobre los dos modelos hipotéticos que durante un tiempo rivalizaron para explicar el origen de nuestra especie. El modelo multirregional, defendido en los años 1980s, ha sido abandonado. Es difícil, sino imposible, encontrar algún paleoantropólogo que todavía defienda el origen de Homo sapiens en diferentes lugares de África y Eurasia a partir de poblaciones ancestrales de Homo erectus. La alternativa a ese modelo se propuso hacia mediados de los años 1980s, hipotetizando el origen único de nuestra especie en África, a partir de una pequeña población subsahariana (teoría de la Eva Negra). El nacimiento de la paleogenética en los años 1990s fue el soporte definitivo de este último modelo, y el martillo que remachó los clavos del ataúd del modelo multirregional.

 

En 1989, cuando el debate entre los defensores de los dos modelos estaba en auge, se publicó un trabajo en un número especial de la revista American Journal of Physical Anthropology, liderado por Fred H. Smith. El artículo, que planteaba un modelo diferente, pasó casi inadvertido. Puesto que Fred Smith se había alineado en un principio con los defensores de la teoría multirregional su modelo alternativo tuvo escasa repercusión, en particular porque carecía de un soporte adecuado. Fred Smith y sus colegas proponían lo que ellos llamaron el Modelo de Asimilación. Este modelo trataba de ser conciliador, asumiendo que los miembros de nuestra especie ciertamente se habían expandido desde África hacia Eurasia, mezclándose de manera sistemática con las poblaciones que encontraron a su paso. Como resultado de ese mestizaje, las poblaciones híbridas habrían tenido un aspecto morfológico “intermedio”.

El paleoantropólogo Fred H. Smith (Universidad de Illinois, EEUU)

 

El Modelo de Asimilación solo encontró defensores en algunos investigadores, como Erik Trinkaus, que estudiaron fósiles europeos del Pleistoceno Superior. Algunos rasgos morfológicos de los huesos y de los dientes se interpretaron como una prueba de ese mestizaje. En estos últimos años, Erik Trinkaus ha estudiado ciertos fósiles de China datados en unos 100.000 años y ha reafirmados sus conclusiones sobre el mestizaje entre Homo sapiens y Homo erectus.

 

Los primeros estudios sobre el ADN obtenido de los fósiles negaron cualquier posibilidad de mestizaje. La teoría de la Eva Negra quedó así fuertemente reforzada, al tiempo que se rechazaba cualquier otra hipótesis alternativa. El Modelo de Asimilación quedó prácticamente en el olvido. Sin embargo, en la primera década del siglo XXI los genetistas comenzaron a encontrar mínimos porcentajes de ADN en los miembros de nuestra especie, heredados de algunos ancestros bien conocidos, como los neandertales, y de otros desconocidos hasta hace poco tiempo, como los denisovanos. Estas poblaciones ancestrales habrían “pasado” parte de su genoma a los sapiens invasores. De improviso todo cambió y la teoría de Eva Negra tuvo que matizarse.

 

28 años más tarde, Fred H. Smith ha vuelto a reivindicar de manera triunfal su Modelo de la Asimilación. Quizá después de todo, su intento conciliador de 1989 no iba tan desencaminado. Bien es cierto que a finales de los años 1980s no había datos genéticos en los que apoyarse y la formulación de este modelo se basaba en el estudio de fósiles de aspecto más moderno que los arcaicos Homo erectus. Fred Smith no podía sospechar que el estudio del ADN de los fósiles y de los humanos actuales podía revitalizar su modelo teórico.

 

En un trabajo, recién publicado en la revista Quaternary International, Fred Smith reivindica su propuesta de 1989, adaptando el Modelo de Asimilación a los datos que hoy en día se conocen sobre el ADN fósil y el genoma de nuestra especie. Hemos de aceptar que el origen de Homo sapiens a partir de una población original africana tiene que ser revisado, admitiendo un cierto grado de mestizaje con descendencia fértil. Los genes asimilados (“introgresados”, siguiendo el término técnico de los genetistas) en las poblaciones de Homo sapiens nos permitieron adaptarnos a los diferentes ambientes de latitudes y altitudes muy distintos.

 

Los humanos actuales de Eurasia y América (pero no los africanos) hemos incorporado en nuestro ADN un cierto número de genes de neandertales y de los denisovanos, y posiblemente de otras especies humanas. El porcentaje medio de genes neandertales se estima en 2,5%, una cifra respetable, pero insuficiente para admitir el Modelo de Asimilación tal y como fue concebido en 1989. En todo caso, hemos de reconocer que algunas de las sutiles diferencias entre los actuales miembros de Homo sapiens están relacionadas con ese patrimonio genético obtenido de nuestros ancestros durante nuestra expansión por todo el planeta. Resulta interesante reflexionar sobre el hecho de que las poblaciones genéticamente más “puras” de nuestra especie hayan sido las que más han sufrido problemas de racismo a lo largo de la historia reciente.

José María Bermúdez de Castro

  • Share on Facebook
  • Tweet about this on Twitter
  • Share on Google+
  • Pin on Pinterest