Archivo por meses: diciembre 2017

Incógnitas sobre la expansión de Homo sapiens

La cueva de Zhiren (Zhirendong) se encuentra situada en las montañas de Mulan, cerca de la ciudad de Chongzuo, en la provincia de Guangxi (sur de China). En uno de los niveles estratigráficos del yacimiento que rellena la cueva se obtuvieron en 2007 un fragmento de mandíbula y dos dientes humanos, junto a restos de elefantes (Elephas kiangnanensis y Elephas maximus) y un número indeterminado de restos de pequeños mamíferos. El 25% de las especies de estos mamíferos (la mayoría roedores) ya están extinguidas. En la sección estratigráfica se localizaron tres depósitos secundarios de carbonato cálcico (espeleotemas). El hecho de que en esta región la concentración de uranio sea elevada permitió datar con notable precisión los tres espeleotemas mediante el método de las series del uranio. Los datos obtenidos sugieren que los restos fósiles tienen más de 100.000 años de antigüedad.

Restos humanos de la cueva de Zhiren, sur de China. Fuente: PNAS.

 

En 2010, y con el apoyo del profesor estadounidense Erik Trinkaus, nuestro colega Liu Wu y otros investigadores del Instituto de Paleontología de Vertebrados y Paleoantropología de Pekín, publicaron los datos de la cueva de Zhiren en la revista PNAS de la Academia de USA. La simple imagen de los dientes, que reproducimos en este post, permite asignarlos a nuestra especie. En mi opinión, la mandíbula de Zhiren también perteneció a un miembro de Homo sapiens. Su mentón no está muy pronunciado, pero tiene todos los caracteres que definen este rasgo. En ciertos fósiles del Pleistoceno se observa un leve abultamiento en la región anterior de la mandíbula, que tal vez anuncia lo que mucho más tarde terminaría por transformarse en una característica exclusiva de nuestra especie.

 

Sin embargo, la discusión y las conclusiones de Liu Wu y sus colegas fueron increíblemente enrevesadas. Presentaron dos alternativas: la primera defendía el surgimiento de una población con rasgos “sapiens” a partir de las antiguas poblaciones de Homo erectus, como sucedió en otras partes de África y Eurasia (teoría multirregional). La segunda hipótesis proponía la hibridación de grupos de Homo sapiens, en su expansión por África y Eurasia.

 

La primera hipótesis era la preferida por nuestros colegas de China, entre los que se encontraba el profesor Wu Xin-Zhi. Tuve el honor de conocer al profesor Wu en 1992. Ya está retirado, pero a sus 91 años sigue activo y trabaja en su despacho al menos una vez por semana. Hace un par de años tuve la suerte de volver a coincidir con él en Pekín y su lucidez a la hora de debatir sobre evolución humana es asombrosa. Wu Xin-Zhi ha sido uno de los mayores defensores del origen multirregional de Homo sapiens, junto al estadounidense Milford Wolpoff y el australiano Alan Thorne. Wu Xin-Zhi ha tenido una influencia enorme en la paleoantropología de China y solo los científicos más jóvenes se han decantado definitivamente por la teoría del origen africano de Homo sapiens. Pero la influencia y el respeto por los ancianos forma parte de la cultura oriental. No es pues de extrañar que aquel artículo de PNAS se discutiera una vez más la interpretación multirregional a partir de los fósiles de la cueva de Zhiren.

 

La segunda interpretación defiende que los restos humanos de Zhiren pertenecieron a individuos mestizos, resultantes de la hibridación de poblaciones autóctonas con miembros de nuestra especie. En esta segunda interpretación se nota la influencia de Erik Trinkaus en las investigaciones de la cueva de Zhiren, que ha durante años ha defendido la teoría de la Asimilación (ver post de 2 de noviembre en este mismo blog). Para este investigador, la población humana actual es el resultado de una mezcla a gran escala entre todas las poblaciones del Pleistoceno y los miembros de Homo sapiens. Aunque Erik Trinkaus no acepta que los restos de la cueva de Zhiren pertenecieran a nuestra especie, de manera implícita está reconociendo la presencia de Homo sapiens en China hace más de 100.000 años.

 

Ahora ya sabemos que ciertamente hibridamos con las poblaciones autóctonas en nuestra expansión por Eurasia, pero el porcentaje de ADN de esas poblaciones en nuestro genoma es muy bajo (2-4%). Los restos de Zhiren demuestran que Homo sapiens ya estaba en el sur de China hace más de 100.000 años, y sabemos que el viaje hacia Australia pudo suceder hace unos 70.000 años. En cambio, la entrada definitiva en Europa se demoró hasta fechas en torno a los 40.000 años antes del presente, que coinciden con las evidencias en la regiones centrales y septentrionales de China. Esa misma antigüedad se ha obtenido en yacimientos como los de las cuevas de Tianyuan o Zhoukoudian, situadas aproximadamente a una latitud de 40º N.

 

Antes estos datos podemos plantear dos escenarios: 1) los miembros de nuestra especie colonizaron rápidamente las regiones más templadas y cálidas del planeta, tras su salida del continente africano. La posible presencia de otros grupos humanos en esas regiones no fue un obstáculo para su expansión. El clima más frío de las regiones del centro-norte de Eurasia fue el verdadero impedimento para demorar su colonización de las tierras situadas en latitudes septentrionales; 2) los miembros de nuestra especie no encontraron resistencia de las poblaciones autóctonas que vivían en el sur de Eurasia, pero no pudieron romper la barrera demográfica de los neandertales en Europa y de los Homo erectus del norte en el resto de Eurasia.

 

En mi opinión, el primer escenario es más sencillo que el segundo. Los grupos de neandertales o de Homo erectus que vivían en el sur de Eurasia seguramente opusieron tanta resistencia al avance de nuestra especie como los del norte. Pero Homo sapiens, que se había gestado en los climas cálidos de África, tardó muchos milenios en adaptarse a las condiciones climáticas del norte de Eurasia. Solo entonces, y apoyados en nuestros progresos culturales, pudimos colonizar la regiones templadas y frías de este continente.

 

José María Bermúdez de Castro

 

 

 

 

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Kozarnika

Hace algunos años tuve la oportunidad de visitar el yacimiento localizado en la cueva de Kozarnika, situada al noroeste de Bulgaria, no lejos de la frontera con Serbia. La ocasión surgió con motivo de dos conferencias en el Instituto Cervantes de Sofía, que nos permitió contactar con los dos únicos equipos de arqueólogos que trabajaban en sendos yacimientos de ese país. Como suele ocurrir entre vecinos muy próximos, los miembros de los dos equipos no tenían una relación fluida. Así que no quedó más remedio que quedar con ellos en días diferentes. El arqueólogo Nikolay Sirakov lideraba las excavaciones en la cueva de Kozarnika junto con un colega francés. Sus medios eran muy limitados, en un país donde una gran parte de la población había tenido que emigrar. Durante nuestro viaje por carretera (algo más de 200 kilómetros) desde la capital y la pequeña aldea cercana a la cueva fue imposible encontrar un solo lugar para detenernos a tomar un café. Es más, atravesamos una ciudad fantasma, totalmente abandonada tras la desmembración de la Unión Soviética y que en su día fue un lugar próspero dedicado a la minería. Al menos disfrutamos de un paisaje espectacular de montes y bosques vírgenes.

Entrada de la cueva de Kozarnika (Bulgaria). Fuente: Wikipedia.

En un valle idílico se abría la entrada, alta y estrecha, de la cueva de Kozarnika. Sirakov nos relató que tiempo atrás había sido utilizada para guardar material bélico. Pero la cueva fue abandonada por los militares y pudieron iniciarse excavaciones. Varios sondeos de pocos metros cuadrados habían permitido llegar hasta los niveles más profundos, que habían proporcionado varias herramientas de piedra de manufactura muy arcaica. Su datación se ha fijado entre 1,4 y 1,6 millones años por lo que esas esas herramientas representan la evidencia más antigua conocida de la primera ocupación del continente europeo desde la península de Anatolia a través del Bósforo. Si los humanos ya estaban en la República de Georgia, a las puertas de Europa, hace al menos 1,8 millones de años, la ocupación del continente tuvo de suceder muy poco después de esa fecha. Será fascinante conocer algún día el aspecto de aquellos primeros europeos.

Hace más de diez años de aquel viaje y Sirakov ha conseguido algunos logros junto al equipo francés con el que colabora. Se han realizado sondeos escalonados para obtener datos de épocas distintas. En uno de los sondeos, datado entre 128.000±13.000 y 183.000±14.000 años mediante el método de luminiscencia (OSL) se localizó en 2013 un húmero infantil junto a una abundante industria musteriense. Su estudio se publicado en la revista Journal of Human Evolution, en un trabajo liderado por la paleoantropóloga francesa Anne-Marie Tillier. La edad del individuo al que perteneció este húmero, que apenas mide 69 milímetros, se ha estimado entre tres y seis meses después del nacimiento. A pesar de ello, este fósil muestra ya algunos de los caracteres diagnósticos de los neandertales. No es una sorpresa que los neandertales ocuparan el noreste de la península balcánica, pero resulta interesante encontrar restos de la especie en una zona muy poco explorada por falta de recursos.

Radio infantil recuperado en la cueva de Kozarnika. Fuente: Journal of Human Evolution

Esta región fue lugar de paso de todas las poblaciones que colonizaron Europa, y la cueva de Kozarnika se encuentra en el lugar oportuno. Quizá tengamos ocasión de escuchar con más frecuencia este nombre por futuros hallazgos, y cabe desear que se lleve a cabo una exploración arqueológica intensa de todo este territorio, que tiene muchas claves para conocer la naturaleza de las diferentes entradas de grupos humanos en Europa occidental.

 

José María Bermúdez de Castro

 

 

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¿Violencia de género en la prehistoria?

En su magnífica novela “El Clan del Oso Cavernario”, la escritora Jean M. Auel nos relata, entre otros muchos aspectos de la vida de los neandertales, la violencia ejercida por los hombres de la tribu sobre sus mujeres. Es evidente que la escritora está reflejando en su trabajo una de las lacras más horribles que figuran en el expediente de las sociedades modernas. Pero, ¿qué grado de certidumbre podemos dar a la imaginación de la Jean Auel?, ¿hemos heredado este comportamiento de las especies humanas que nos han precedido? Aunque no podemos viajar a la prehistoria para observar la conducta de los neandertales, tenemos datos suficientes para discutir este caso.

 

Resulta sencillo inferir del registro fósil que la selección natural ha favorecido la violencia en la genealogía humana. El hallazgo de muchos fósiles humanos en diferentes yacimientos (como los de Atapuerca) testimonian la existencia de violencia ¡nter-grupal (canibalismo, ataques individuales con resultado de muerte, etc.). En otras palabras, la guerra nos ha acompañado siempre, quizá como una manera de regular el número de individuos frente a los recursos del medio. Hemos de vivir con ello. Aunque las guerras parezcan relacionadas exclusivamente con otros fenómenos (ideologías, rivalidades, etc.), detrás de una contienda se esconde siempre la apetencia por los recursos del contrario. Pero, ¿qué podemos decir de la violencia intra-grupal?

 

Nuestra especie tiene un marcado carácter social, heredado de las especies más antiguas del linaje humano. Este comportamiento se vio reforzado en el género Homo por la necesidad de cuidar a los hijos durante varios años y de cooperar activamente en la obtención de los alimentos. Las tribus del Pleistoceno (incluidos los neandertales que nos describe Jean Auel) estarían formadas por una veintena de individuos, que basaban su éxito como grupo en la estrecha cooperación social. A partir de lo que se conoce sobre la demografía y la biología de aquellas especies, no es difícil estimar que al menos un sesenta por ciento de los integrantes del grupo eran niños y niñas de menos de diez años. Las madres representarían aproximadamente el 20 por ciento de los integrantes de la tribu y de ellas dependía la existencia del grupo y la estabilidad demográfica de la población. Con sinceridad, no parece probable que los machos de aquellas tribus del pasado tuvieran tiempo para dedicarse a maltratar a sus mujeres y menos para degradar o eliminar a las pocas madres reproductoras que, además, participaban de manera proactiva en la obtención de la mayor parte de los recursos.

 

Así que no nos queda más remedio que mirar a las sociedades modernas para buscar el origen de esta conducta tan reprobable. Aunque el comportamiento masculino conlleva un cierto grado de agresividad, propia de especies con un creciente grado de comportamiento predador, es evidente que la violencia contra las mujeres es un elemento cultural adoptado por las sociedades modernas de cierta complejidad. Los últimos milenios de la llamada cultura occidental (la que mejor conocemos) se han caracterizado por el creciente predominio del elemento masculino, apoyado en determinadas creencias religiosas. Tenemos un ejemplo muy próximo en la religión católica, que bebe de unas fuentes en las que describe de manera explícita la culpabilidad primigenia femenina. De este modo, la mujer llegó a tener un papel secundario y pasivo en muchas sociedades. Pero no solo en las occidentales, como bien saben los lectores. Muchas culturas otorgan un papel secundario a la mujer, relegada a su rol como madre, cuidadora del hogar y de la prole. Esta forma de pensar no implica necesariamente violencia, pero si una forma de reducir el potencial del talento global de una sociedad. Quizá deberíamos echar una mirada hacia atrás y rebobinar la película. Tal vez aprenderíamos algo y haríamos las cosas de otro modo.

 

José María Bermúdez de Castro

 

 

 

 

 

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