Archivo por meses: diciembre 2017

¿Violencia de género en la prehistoria?

En su magnífica novela “El Clan del Oso Cavernario”, la escritora Jean M. Auel nos relata, entre otros muchos aspectos de la vida de los neandertales, la violencia ejercida por los hombres de la tribu sobre sus mujeres. Es evidente que la escritora está reflejando en su trabajo una de las lacras más horribles que figuran en el expediente de las sociedades modernas. Pero, ¿qué grado de certidumbre podemos dar a la imaginación de la Jean Auel?, ¿hemos heredado este comportamiento de las especies humanas que nos han precedido? Aunque no podemos viajar a la prehistoria para observar la conducta de los neandertales, tenemos datos suficientes para discutir este caso.

 

Resulta sencillo inferir del registro fósil que la selección natural ha favorecido la violencia en la genealogía humana. El hallazgo de muchos fósiles humanos en diferentes yacimientos (como los de Atapuerca) testimonian la existencia de violencia ¡nter-grupal (canibalismo, ataques individuales con resultado de muerte, etc.). En otras palabras, la guerra nos ha acompañado siempre, quizá como una manera de regular el número de individuos frente a los recursos del medio. Hemos de vivir con ello. Aunque las guerras parezcan relacionadas exclusivamente con otros fenómenos (ideologías, rivalidades, etc.), detrás de una contienda se esconde siempre la apetencia por los recursos del contrario. Pero, ¿qué podemos decir de la violencia intra-grupal?

 

Nuestra especie tiene un marcado carácter social, heredado de las especies más antiguas del linaje humano. Este comportamiento se vio reforzado en el género Homo por la necesidad de cuidar a los hijos durante varios años y de cooperar activamente en la obtención de los alimentos. Las tribus del Pleistoceno (incluidos los neandertales que nos describe Jean Auel) estarían formadas por una veintena de individuos, que basaban su éxito como grupo en la estrecha cooperación social. A partir de lo que se conoce sobre la demografía y la biología de aquellas especies, no es difícil estimar que al menos un sesenta por ciento de los integrantes del grupo eran niños y niñas de menos de diez años. Las madres representarían aproximadamente el 20 por ciento de los integrantes de la tribu y de ellas dependía la existencia del grupo y la estabilidad demográfica de la población. Con sinceridad, no parece probable que los machos de aquellas tribus del pasado tuvieran tiempo para dedicarse a maltratar a sus mujeres y menos para degradar o eliminar a las pocas madres reproductoras que, además, participaban de manera proactiva en la obtención de la mayor parte de los recursos.

 

Así que no nos queda más remedio que mirar a las sociedades modernas para buscar el origen de esta conducta tan reprobable. Aunque el comportamiento masculino conlleva un cierto grado de agresividad, propia de especies con un creciente grado de comportamiento predador, es evidente que la violencia contra las mujeres es un elemento cultural adoptado por las sociedades modernas de cierta complejidad. Los últimos milenios de la llamada cultura occidental (la que mejor conocemos) se han caracterizado por el creciente predominio del elemento masculino, apoyado en determinadas creencias religiosas. Tenemos un ejemplo muy próximo en la religión católica, que bebe de unas fuentes en las que describe de manera explícita la culpabilidad primigenia femenina. De este modo, la mujer llegó a tener un papel secundario y pasivo en muchas sociedades. Pero no solo en las occidentales, como bien saben los lectores. Muchas culturas otorgan un papel secundario a la mujer, relegada a su rol como madre, cuidadora del hogar y de la prole. Esta forma de pensar no implica necesariamente violencia, pero si una forma de reducir el potencial del talento global de una sociedad. Quizá deberíamos echar una mirada hacia atrás y rebobinar la película. Tal vez aprenderíamos algo y haríamos las cosas de otro modo.

 

José María Bermúdez de Castro

 

 

 

 

 

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Homo religiosus

Una de las cuestiones más complejas en el ámbito de las ciencias humanas es el inicio de las religiones. Sobre esta cuestión ya se han vertido ríos de tinta y el debate seguirá siempre abierto. Las religiones, tal y como las conocemos y se practican en la actualidad, se caracterizan por una mayor o menor complejidad conceptual, que implica la idea de lo sobrenatural. Es decir, la capacidad de reflexionar sobre algo que va más allá de lo que cualquier ser vivo percibe a través de sus sentidos. Además, las religiones han desarrollado una serie de rituales o liturgias, que se llevan a cabo para demostrar de manera activa las creencias, mitos y dogmas asociados a ese pensamiento abstracto. No menos importante es la correlación entre ese pensamiento y el concepto del bien y del mal, o lo que conocemos como moralidad. Ese concepto conlleva una serie de normas éticas de obligado cumplimiento. La existencia actual de más de más de 4.000 religiones y sus múltiples variantes es un dato espectacular, relacionado con la enorme diversidad de creencias, rituales o normas de conducta.

 

El soporte de la cultura religiosa está en las personas que conforman cualquier sociedad, por lo que solo podemos pensar en una religión compleja asumiendo que se practica en el seno de grupos sociales también de cierta complejidad. Es por ello que tendríamos que asumir el origen de las religiones desarrolladas en el momento en el que los grupos humanos se organizaron en un territorio de límites definidos. Esto sucedió en el Neolítico, hace casi 9.000 años antes del presente, con la innovación que supuso en varias regiones del planeta la economía productiva basada en la agricultura y la domesticación de los animales. Este enorme cambio social trajo consigo un crecimiento demográfico de las poblaciones humanas desconocido hasta entonces. La continuidad de la población a través del territorio mejoró de manera sustancial la comunicación y la socialización de cualquier innovación cultural, incluyendo por supuesto las intangibles (conceptos, creencias, ideas) y las tangibles (técnicas). Al mismo tiempo, la organización de los recursos y del territorio requirió la necesidad de normas de conducta. Sin duda, la llegada de esta nueva forma de vida a las sociedades humanas supuso el momento ideal para el desarrollo de las religiones, como una forma de cultura necesaria para el orden moral de las sociedades de entonces. Pero, ¿y antes de Neolítico?

 

Por supuesto, el debate sobre el origen del pensamiento complejo de lo sobrenatural hay que buscarlo antes del Neolítico. Incluso, las normas sociales de los chimpancés representan la base cognitiva de lo que se ha ido desarrollando en la genealogía humana. El enterramiento de los cadáveres asociado a rituales más o menos elaborados, que practicaron los neandertales y los más antiguos representantes de nuestra especie desde hace más de 200.000 años, sino antes, sugiere que las religiones actuales no son sino la cristalización de lo que se había venido gestando desde hace mucho tiempo. Las normas éticas, que suponen una forma de moralidad, el respeto a los difuntos y las innegables capacidades para el pensamiento simbólico de los humanos del Pleistoceno precedieron a la necesidad adaptativa social de las religiones modernas. Las pinturas y los grabados de las cuevas de África y Europa quizá nos hablan de creencias sobrenaturales. Por descontado, todo son hipótesis cuando no conjeturas que no se pueden contrastar. Imposible viajar al pasado para entrevistar a los responsables de estas evidencias.

 

En las sociedades más desarrolladas del Neolítico pudo ser relativamente sencillo reforzar la idea de la existencia de deidades, que podían vigilar nuestro comportamiento cooperativo. De ese modo, cuando cada ser humano tuvo que relacionarse de manera indirecta con otros muchos seres humanos, los entes superiores imaginarios fueron un elemento cognitivo y coercitivo perfecto para la cohesión social. El temor a un castigo o a un premio tanto en la vida presente como en el “más allá” es un concepto muy complejo, difícil de inferir a partir de las evidencias tangibles dejadas por nuestros ancestros del Pleistoceno.

 

José María Bermúdez de Castro

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¿Cómo explicar la diversidad inicial del género Homo?

En 1972 Richard Leakey descubrió el cráneo KNM-ER 1470. Aunque pueda parecer tan solo un conjunto de letras y números, todos los expertos conocen de memoria estas siglas. Estuvieron en boca de todos los expertos durante años, debido a la polvareda que levantó su publicación y los primeros datos sobre su antigüedad. Richard Leakey siempre fue partidario de envejecer el origen del género Homo. El cráneo 1470 fue asignado por Leakey a una especie indeterminada del género Homo (Homo sp.), cuya datación se estimó en 2,9 millones de años. El volumen del cráneo (reconstruido a partir de muchos fragmentos) se calculó inicialmente en 750 centímetros cúbicos (c.c.). En estudios posteriores esa cifra se ha llegado a rebajar hasta 530 c.c., aunque hemos de recordar las dificultades que entraña conseguir un dato fidedigno del volumen interno de un cráneo.

Mandíbula KNM-ER 60000, del yacimiento de Koobi Fora, Kenia, datada entre 1,91 y 1,95 millones de años. Fuente: Nature

 

Gracias al estudio de las especies de mamíferos que se encontraron en el mismo estrato geológico que KNM-ER 1470, los expertos en biocronología pensaron que la edad geológica de este cráneo se había “envejecido” demasiado. Se tomaron más muestras y se dataron mediante el método del potasio/argón, cuya precisión era cada vez mayor. Finalmente, la fecha del cráneo 1470 quedó fijada en 1,9 millones de años. Aun así, es posible que Richard Leakey tuviera razón y hoy en día siguen apareciendo fósiles, que sugieren un origen del género Homo entre dos y tres millones de años. Pero esa es otra historia.

 

Desde su primera descripción, varios reconocidos paleoantropólogos debatieron sobre la posibilidad de que el cráneo 1470 perteneciera a la especie Homo habilis. Dado que su tamaño era mayor que el de los pequeños “habilis” encontrados en la garganta de Olduvai, el debate se centró en la posible diferencia entre hembras y machos de esta especie (dimorfismo sexual), o en las diferencias regionales y temporales. Pero a nadie se le escapaba que el cráneo 1470 tenía una cara muy peculiar, particularmente larga y aplanada, muy diferente a la de los ejemplares de Olduvai. ¿Quizá una adaptación particular en la forma de masticación? En los años 1990s el debate llegó a su punto álgido y un artículo publicado por Bernard Wood en la revista Nature fue clave para que a partir de ese momento una mayoría de investigadores reconociéramos la existencia de la especie Homo rudolfensis, propuesta en 1985 por Valerii Alexeev, y cuyo representante tipo era el cráneo KNM-ER 1470.

 

Así las cosas, varios fósiles encontrados a partir de entonces buscaron su acomodo en esta especie, como la mandíbula UR 501 (Malawi) o el hueso temporal KNM-BC 1. Estos especímenes no han llegado a convencer y su asignación a Homo rudolfensis está muy cuestionada. En cambio, los fósiles KMN-ER 60000, una mandíbula muy bien conservada, y KNM-ER 62000, una cara inferior incompleta con varios dientes, tienen muchas posibilidades de pertenecer a esta especie. Fueron publicados en 2012 en la revista Nature por un gran equipo de paleoantropólogos, encabezados Meave Leakey. La cara es tan aplanada como la del cráneo 1470, con la raíz del hueso cigomático muy adelantada. El tamaño de esta cara es menor que la del holotipo KNM-ER 1470, pero las diferencias podrían deberse a dimorfismo sexual. La mandíbula es muy corta y encajaría perfectamente con una cara aplanada como la de Homo rudolfensis. Como sucede en los maxilares, los dientes anteriores (incisivos y caninos) están alineados en lugar de situarse en la curva característica que se observa en otras especies del género Homo. Tanto la proximidad geográfica como la temporal (1,78-1,95 millones de años) son factores a favor de aceptar que KNM-ER 60000 y KNM-ER 62000 pueden estar relacionados con el cráneo 1470.

 

Estos hallazgos contribuyen sin duda a reforzar la existencia de la especie Homo rudolfensis, que hasta entonces podía ser cuestionada por el hecho de estar formada por un único ejemplar. La diversidad de especies del género Homo en el este de África hace entre 1,5 y 2,0 millones de años es cuando menos llamativo ¿Cuál era el papel de Homo habilis, Homo rudolfensis y Homo ergaster en los ecosistemas de esta región de África?, ¿cabría pensar en especializaciones alimentarias?, ¿quizá coincidieron en el tiempo, pero no tanto en el territorio? Lo cierto es que el registro fósil sigue creciendo. Si Homo naledi tuvo su origen en el Pleistoceno Inferior, el continente africano fue el hogar de al menos cuatro especies muy similares, atribuidas por los expertos al género Homo ¿Cómo explicar esta verdadera explosión de formas distintas? La progresiva extinción de los australopitecos dejó nichos libres en los ecosistemas de África, que quizá fueron ocupados por homininos con un cerebro algo más grande. Además, tendríamos que aceptar una cierta diversidad de hábitats, que ofrecieron recursos diversos para humanos parecidos, pero ciertamente distintos. La pregunta sigue en el aire, y todavía nadie ha sido capaz de ofrecer una respuesta convincente.

 

José María Bermúdez de Castro

 

 

 

 

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