¿El sexo de los fósiles?

 

En esta fecha, 8 de marzo de 2018, se celebra el Día Internacional de la Mujeres, coincidiendo con un suceso terrible acontecido hace ahora 110 años en Estados Unidos. Esta fecha me ha recordado un debate, lanzado en las redes sociales a raíz de la visita realizada por una mujer al Museo de la Evolución Humana de Burgos. Ese debate generó una pregunta dirigida al equipo que excava e investiga en los yacimientos de la sierra de Atapuerca, porque somos responsables de cuanto se ha construido en esta ciudad en relación con los yacimientos. La pregunta se había planteado durante esa visita, pero la respuesta no fue convincente y probablemente hubo algún malentendido.

 

La pregunta era muy sencilla y lógica: ¿cómo se sabe si un determinado resto fósil perteneció a un hombre o a una mujer? Puedo imaginar que la respuesta hubiera necesitado una explicación mucho más detallada. Así que me gustaría aprovechar un espacio algo mayor que el de un sencillo tweet para responder a la cuestión. La respuesta podría resumirse de manera muy simple: es imposible saber si un resto fósil perteneció a un varón o a una mujer, salvo que tengas una gran cantidad de ADN nuclear, en el que se pueda determinar si posee la pareja de cromosomas XX o la pareja XY. Por supuesto, conseguir esto es poco menos que imposible, salvo que estemos obteniendo el ADN de un resto muy reciente o se trate de un individuo momificado. Recuerdo bien el estudio que se realizó en 1979 de una momia encontrada en la Basílica de la Asunción de Nuestra Señora de Colmenar Viejo (Madrid). Quién escribe estas líneas estaba comenzando su andadura por estos tortuosos y a la vez maravillosos caminos de la ciencia. Asistí con enorme curiosidad al estudio de la momia, que realizaron varios expertos, y a la que cariñosamente bautizaron como “Don Cosme”. Es evidente que aquel individuo era masculino, según demostraban sus atributos todavía bien conservados. Don Cosme reposa de nuevo en la Basílica de Colmenar Viejo, pero bien enterrado en un ataúd perfectamente sellado, que los funcionarios del ayuntamiento de Colmenar Viejo recogieron en la Universidad Complutense con gran solemnidad.

 

Volviendo al ADN, el material genómico nuclear más antiguo conocido hasta la fecha se obtuvo precisamente de los restos encontrados en el yacimiento de la Sima de los Huesos de la sierra de Atapuerca. Pero la cantidad obtenida solo permite realizar estimaciones filogenéticas de aquellos humanos, que vivieron hace unos 400.000 años. No es poca cosa, pero insuficiente para determinar el sexo de los individuos que han proporcionado ese ADN.

 

De todos modos, los expertos en evolución humana intentamos al menos realizar pronósticos sobre el sexo de los restos fósiles. En la inmensa mayoría de los yacimientos, la estimación del sexo es sencillamente imposible. Algunos/as investigadores/as se atreven a realizar estimaciones, que no tienen ninguna trascendencia. En ocasiones, se ponen nombres propios a determinados fósiles, como la famosa Lucy (Australopithecus afarensis), asumiendo que se conoce el sexo del fósil. Es solo una cuestión lúdica y simpática, como mucho con algún interés mediático. Cuando la colección de fósiles es muy numerosa (caso del yacimiento de la Sima de los Huesos), el estudio de diferentes partes anatómicas revela diferencias de forma y tamaño, que recuerdan en buena medida a las diferencias de forma y tamaño de los huesos o de los dientes de las poblaciones actuales. En este caso la estimación del sexo tiene una base algo más sólida, pero nunca pasa de ser una conclusión probabilística. En ciertos casos, la estimación puede ayudar a entender cómo pudo depositarse un cadáver en determinados lugares, para transformarse con el tiempo en un conjunto de restos fosilizados. Como ejemplo, recuerdo la mandíbula de un individuo neandertal encontrado en el yacimiento de una cueva de Burgos (Valdegoba). Esta mandíbula (lo poco que quedó del cadáver) pudo pertenecer a una mujer, por el hecho de haberse encontrado junto a ella la mayoría de los dientes de leche de un feto a término o de un recién nacido.

 

Una vez respondida la pregunta, creo que el debate en las redes sociales pasó a un nivel más complejo: ¿cómo se conoce entonces el rol de los machos y de las hembras durante épocas remotas, como el Plioceno o el Pleistoceno? La pregunta es muy interesante, aunque no necesariamente se desprende de la anterior. Es otra cuestión muy diferente. Salvo por el hecho biológico de la maternidad y una lactancia prolongada, no veo razones para pensar que una mujer de aquellos tiempos no pudiera cazar animales, como cualquier hombre. La supervivencia de los grupos estaría determinada por la complementariedad de los dos sexos y de un apoyo mutuo. No se pueden utilizar de manera estricta los modelos que se conocen hoy en día en los pueblos de cazadores y recolectores que aún persisten en el planeta, aunque sea lo mejor que tenemos a nuestra disposición.

 

Por supuesto, si algún hombre corriente de la actualidad pudiera viajar al pasado, no le recomendaría enfrentarse en lucha abierta a una mujer del Pleistoceno. No duraría vivo ni un par de minutos. Pero el Pleistoceno ya quedó atrás y ahora la mayoría vivimos en sociedades complejas y mayoritariamente patriarcales, en las que a las mujeres no les queda más remedio que realizar reivindicaciones. Me parece lamentable que sea así, y que muchas sociedades estén perdiendo una parte importante o incluso la mitad del talento de la especie. Es el bien que debería ser más preciado en los tiempos que corren.

 

José María Bermúdez de Castro

 

 

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