Archivo por meses: marzo 2018

Denisovanos: La herencia del pasado

La existencia de los misteriosos denisovanos llegó a todos los medios de comunicación hace ocho años, cuando la revista Nature publicó los resultados del análisis del ADN mitocondrial (ADNm) de una falange humana encontrada en 2008 en el yacimiento de una cueva de los montes Altái, en Siberia. Aunque las excavaciones habían comenzado en la década de 1980 y en 2000 ya se había encontrado un molar humano, el estudio del ADNm fue decisivo para considerar la importancia de ese lugar y de los pocos restos recuperados hasta ese momento. De no ser por ese estudio, los hallazgos en las cuevas de Denisova solo habrían trascendido por las publicaciones de alguna revista menor. Nadie hablaría de estos humanos, tan misteriosos como interesantes. Pero una serie de felices circunstancias llevaron al equipo de Svante Pääbo a buscar ADN en aquellos restos. La baja temperatura de la región permitió que el ADN se conservara razonablemente bien durante 30.000-50.000 años.

Excavaciones en la cueva de Denisova.

Por supuesto, el hallazgo del ADNm y los secretos que ha revelado su estudio son insuficientes para nombrar una nueva especie. Esa posibilidad no se contempla en el Código de Nomenclatura Zoológica, entre otras cosas porque las especies del pasado solo pueden nombrarse a partir de los caracteres morfológicos externos e internos de los fósiles. El ADN tiene una duración limitada, como bien sabemos, y las condiciones climáticas son críticas en su conservación. El yacimiento de Denisova (y tal vez otros de la misma región) podría proporcionar fósiles más completos, que permitirían estudios comparativos. Solo entonces se podría nombrar una especie o una subespecie del género Homo, si es que se considera necesario. Por el momento, nos conformaremos con la información genética, que no es poco.

Aquel primer estudio del ADNm reveló que los habitantes de las cuevas de Denisova tenían características genéticas diferentes a las de Homo sapiens y a las de Homo neanderthalensis, a pesar de que su antigüedad les hubiera permitido coincidir con estas dos especies. Sin duda, eran humanos diferentes, pero todos ellos unidos por un antecesor común. En aquel estudio también se propuso que ese ancestro pudo vivir hace aproximadamente un millón de años. Por cierto, se consideró que el ancestro tenía que ser africano. No sabemos en virtud de que información se formuló esta hipótesis, cuando Eurasia ya estaba llena de homínidos en esa época (Homo erectus, Homo antecessor…). Pero esa es otra historia, que más tarde o más temprano acabará por resolverse.

Este post viene a cuento del trabajo publicado hoy mismo (15 de marzo) por Sharon R. Browining Universidad de Washignton) y sus colaboradores en la prestigiosa revista Cell. Los autores del trabajo han utilizado bases de datos genéticos de numerosas poblaciones recientes, hasta un total de 5.639 individuos. La muestra incluye por cierto una pequeña representación española, formada por 107 individuos. Con un método novedoso, los autores de la investigación han podido rastrear en estas poblaciones los haplotipos (conjunto de variaciones del ADN que suelen heredarse de manera conjunta) que pudieron se introducidos durante su hibridación con poblaciones ancestrales en tiempos remotos. Esos haplotipos, por su propia definición, se identifican con relativa facilidad y se puede seguir su rastro a través de poblaciones cada vez más antiguas, como los neandertales o los denisovanos.

Los resultados de Browning y colaboradores demuestran una vez más que las poblaciones de Eurasia y América llevamos en nuestro genoma un pequeño porcentaje de genes neandertales, producto de nuestra hibridación con ellos durante nuestra expansión fuera de África. Pero también nos vuelve a mostrar que los denisovanos se mezclaron con nosotros. La novedad reside en probar que hibridamos con los denisovanos al menos en dos episodios temporales diferentes. La población que presenta más mezcla con neandertales y denisovanos (y con diferencia sobre las demás poblaciones) son los Papúas de Nueva Guinea, aunque ellos solo recibieron el genoma de los denisovanos en un episodio de hibridación. Los japoneses y los chinos recibieron dos aportaciones de los denisovanos. Sin duda, la proximidad de estas poblaciones eurasiáticas con los montes Altái fue determinante. Es más, si pudieran obtenerse genomas de poblaciones actuales más próximas al yacimiento de Denisova seguramente se encontraría un alto porcentaje de haplotipos heredados de los denisovanos.

En cuanto a los españoles, podemos decir que los genes de los denisovanos no forman parte de nuestra herencia genética. También podemos decir que, junto a los italianos, somos quienes llevamos un porcentaje más bajo de genes neandertales en la muestra de 5.639 individuos analizados. Muy posiblemente las poblaciones neolíticas que llegaron a Europa y en particular al extremo más occidental de Europa, trajeron consigo un porcentaje muy bajo de haplotipos neandertales. Y también es posible que los habitantes ancestrales de la península ibérica (que se mezclaron con los neolíticos llegados del Este) procedieran de una población de H. sapiens con escaso mestizaje neandertal. En futuros trabajos seguramente sabremos mucho más sobre la genealogía ancestral de quienes hemos nacido y tenemos una larga genealogía en Iberia, el verdadero “fondo de saco” de la península europea.

José María Bermúdez de Castro

 

 

 

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¿Auto-domesticación de Homo sapiens?

Constantina Theofanopoulou y Simone Gastaldon, investigadores de la Universidad de Barcelona, han liderado un artículo en la revista PLoS ONE en el que defienden la hipótesis de la auto-domesticación de nuestra especie. Esta hipótesis no es nueva, por supuesto. Ya fue esbozada por Charles Darwin y ha sido tratada por otros autores de manera teórica. En su introducción al asunto del trabajo, estos autores nos recuerdan en primer lugar su concepto de domesticación, que no es precisamente el que cualquiera de nosotros entendemos de manera coloquial. Para estos autores, la domesticación se debe comprender como una suerte de características fenotípicas (aspecto de cualquiera de los rasgos de una especie), que tienen base genética y cuya presencia define el llamado “síndrome de la domesticación”. Según estos autores, muchos de los animales domésticos y nosotros mismos compartiríamos esos caracteres, regulados por una familia concreta de genes. En este trabajo se relaciona la lista de genes implicados. Más abajo me refiero a esos caracteres.

Lobo gris. Fuente: doogweb

No deseo entrar en detalles técnicos, incomprensibles para quienes no nos dedicamos a estas cuestiones. Así que reflexionemos ahora sobre lo que significa para la gran mayoría de nosotros el concepto de domesticación. Por razones que no conocemos, ciertas especies salvajes se fueron asociando con las poblaciones de nuestra especie hace miles de años. Esa sociedad fue mutuamente beneficiosa por algún motivo, seguramente relacionado con el alimento. A partir de ese momento, fuimos muy proactivos en la selección artificial de los caracteres de algunas de esas especies. En muy pocas generaciones conseguimos seleccionar y fijar determinados rasgos que nos beneficiaban. Podíamos estar interesados en lograr animales con mayor cantidad de carne, leche, huevos…, además de determinados aspectos de la conducta. Y no solo nos centramos en los animales, sino que conseguimos cultivar plantas con mayor cantidad de energía para satisfacer nuestras necesidades. De genética no sabíamos nada, pero la lógica y el razonamiento nos permitió lograr lo que deseábamos y necesitábamos. En algunos casos no hemos podido eliminar al 100% la parte más “silvestre” de ciertas especies animales (los gatos, por ejemplo), mientras que en otros casos hemos buscado potenciarla, como es el caso de los toros de lidia.

 

Siguiendo con este concepto, nos preguntamos si las poblaciones humanas hemos actuado de la misma manera con nuestros semejantes buscando, por ejemplo, determinados rasgos de comportamiento, como la docilidad. Es evidente que la respuesta es un rotundo NO. En muchas culturas se fuerzan los llamados matrimonios de conveniencia, en los que los padres obligan a sus hijas a contraer nupcias. Es evidente que la pareja elegida no será el hombre más dócil del grupo, sino el más rico. Con la excepción de las costumbres de esas culturas, la elección de pareja para la reproducción ha estado ligada desde siempre a la cercanía y disponibilidad y, en el mejor de los casos, a la atracción mutua, sin importar el aspecto físico o los caracteres propios de la personalidad. Como es bien sabido, el amor es ciego.

 

Ahora bien, y centrándonos en las especies animales, parece que ciertos caracteres de nuestro interés pueden estar asociados a cambios fenotípicos, en ocasiones muy llamativos. Por ejemplo, parece increíble que a base de cruzamientos hayamos conseguido transformar a los cánidos de otros tiempos en animales enanos, diríamos que deformes (al menos a mi juicio), simplemente por buscar formas exóticas y precios para el consumidor no menos exuberantes.

 

La cuestión que plantean Theofanopoulou, Gastaldon y sus colaboradores del artículo de PLoS ONE es que muchos caracteres fenotípicos, como la reducción del tamaño del cráneo, de los dientes o del hocico, quedan seleccionados por su ligamiento genético con los genes que regulan los rasgos que deseamos para las especies domésticas. Es más, muchas especies se habrían auto-domesticado, consiguiendo un aspecto paralelo al de las especies domesticadas de manera proactiva por nuestra especie. Nosotros seríamos uno de esos casos. De ese modo, habríamos conseguido tener un fenotipo propio de las especies domésticas, que nos diferencia (por ejemplo) de los Neandertales o de especies humanas anteriores. Nuestro aspecto más grácil y juvenil estaría relacionado con nuestra auto-domesticación, de acuerdo con los criterios de Theofanopoulou, Gastaldon y sus colaboradores. Si estos investigadores están en lo cierto, el proceso habría tenido lugar desde el momento en el que aparecen los primeros homininos de aspecto “moderno”; es decir, nos habríamos auto-domesticado hace unos 200.000 años en África, cuando se tiene constancia de la aparición de Homo sapiens.

 

Con independencia del debate que se plantea en este trabajo de PLoS ONE me pregunto si el hecho de presentar el aspecto actual, supuestamente neoténico (retención de caracteres juveniles), con un cráneo grande, redondo y sin resaltes llamativos, cara acortada y dientes pequeños, nos ha hecho más dóciles, tolerantes o altruistas. Por fortuna, podemos constatar que esos caracteres abundan en las sociedades actuales. Pero no es menos cierto que desde siempre hemos peleado entre nosotros por una pizca de territorio o por los recursos disponibles en guerras terribles, con resultados de una crueldad y atrocidad inimaginables. Mantenemos cierto orden gracias a las leyes y a quienes las hacen cumplir. ¿Dónde queda pues nuestra hipotética auto-domesticación, en la que predominaría un carácter pacífico y tolerante? ¿Por qué no vivimos en un mundo feliz, sin guerras, sin terrorismo, sin corrupción, tolerante con el diferente, sin violencia de género, etc.? Necesito, más datos y más convincentes para admitir a trámite la hipótesis de auto-domesticación.

 

José María Bermúdez de Castro

 

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¿El sexo de los fósiles?

 

En esta fecha, 8 de marzo de 2018, se celebra el Día Internacional de la Mujeres, coincidiendo con un suceso terrible acontecido hace ahora 110 años en Estados Unidos. Esta fecha me ha recordado un debate, lanzado en las redes sociales a raíz de la visita realizada por una mujer al Museo de la Evolución Humana de Burgos. Ese debate generó una pregunta dirigida al equipo que excava e investiga en los yacimientos de la sierra de Atapuerca, porque somos responsables de cuanto se ha construido en esta ciudad en relación con los yacimientos. La pregunta se había planteado durante esa visita, pero la respuesta no fue convincente y probablemente hubo algún malentendido.

 

La pregunta era muy sencilla y lógica: ¿cómo se sabe si un determinado resto fósil perteneció a un hombre o a una mujer? Puedo imaginar que la respuesta hubiera necesitado una explicación mucho más detallada. Así que me gustaría aprovechar un espacio algo mayor que el de un sencillo tweet para responder a la cuestión. La respuesta podría resumirse de manera muy simple: es imposible saber si un resto fósil perteneció a un varón o a una mujer, salvo que tengas una gran cantidad de ADN nuclear, en el que se pueda determinar si posee la pareja de cromosomas XX o la pareja XY. Por supuesto, conseguir esto es poco menos que imposible, salvo que estemos obteniendo el ADN de un resto muy reciente o se trate de un individuo momificado. Recuerdo bien el estudio que se realizó en 1979 de una momia encontrada en la Basílica de la Asunción de Nuestra Señora de Colmenar Viejo (Madrid). Quién escribe estas líneas estaba comenzando su andadura por estos tortuosos y a la vez maravillosos caminos de la ciencia. Asistí con enorme curiosidad al estudio de la momia, que realizaron varios expertos, y a la que cariñosamente bautizaron como “Don Cosme”. Es evidente que aquel individuo era masculino, según demostraban sus atributos todavía bien conservados. Don Cosme reposa de nuevo en la Basílica de Colmenar Viejo, pero bien enterrado en un ataúd perfectamente sellado, que los funcionarios del ayuntamiento de Colmenar Viejo recogieron en la Universidad Complutense con gran solemnidad.

 

Volviendo al ADN, el material genómico nuclear más antiguo conocido hasta la fecha se obtuvo precisamente de los restos encontrados en el yacimiento de la Sima de los Huesos de la sierra de Atapuerca. Pero la cantidad obtenida solo permite realizar estimaciones filogenéticas de aquellos humanos, que vivieron hace unos 400.000 años. No es poca cosa, pero insuficiente para determinar el sexo de los individuos que han proporcionado ese ADN.

 

De todos modos, los expertos en evolución humana intentamos al menos realizar pronósticos sobre el sexo de los restos fósiles. En la inmensa mayoría de los yacimientos, la estimación del sexo es sencillamente imposible. Algunos/as investigadores/as se atreven a realizar estimaciones, que no tienen ninguna trascendencia. En ocasiones, se ponen nombres propios a determinados fósiles, como la famosa Lucy (Australopithecus afarensis), asumiendo que se conoce el sexo del fósil. Es solo una cuestión lúdica y simpática, como mucho con algún interés mediático. Cuando la colección de fósiles es muy numerosa (caso del yacimiento de la Sima de los Huesos), el estudio de diferentes partes anatómicas revela diferencias de forma y tamaño, que recuerdan en buena medida a las diferencias de forma y tamaño de los huesos o de los dientes de las poblaciones actuales. En este caso la estimación del sexo tiene una base algo más sólida, pero nunca pasa de ser una conclusión probabilística. En ciertos casos, la estimación puede ayudar a entender cómo pudo depositarse un cadáver en determinados lugares, para transformarse con el tiempo en un conjunto de restos fosilizados. Como ejemplo, recuerdo la mandíbula de un individuo neandertal encontrado en el yacimiento de una cueva de Burgos (Valdegoba). Esta mandíbula (lo poco que quedó del cadáver) pudo pertenecer a una mujer, por el hecho de haberse encontrado junto a ella la mayoría de los dientes de leche de un feto a término o de un recién nacido.

 

Una vez respondida la pregunta, creo que el debate en las redes sociales pasó a un nivel más complejo: ¿cómo se conoce entonces el rol de los machos y de las hembras durante épocas remotas, como el Plioceno o el Pleistoceno? La pregunta es muy interesante, aunque no necesariamente se desprende de la anterior. Es otra cuestión muy diferente. Salvo por el hecho biológico de la maternidad y una lactancia prolongada, no veo razones para pensar que una mujer de aquellos tiempos no pudiera cazar animales, como cualquier hombre. La supervivencia de los grupos estaría determinada por la complementariedad de los dos sexos y de un apoyo mutuo. No se pueden utilizar de manera estricta los modelos que se conocen hoy en día en los pueblos de cazadores y recolectores que aún persisten en el planeta, aunque sea lo mejor que tenemos a nuestra disposición.

 

Por supuesto, si algún hombre corriente de la actualidad pudiera viajar al pasado, no le recomendaría enfrentarse en lucha abierta a una mujer del Pleistoceno. No duraría vivo ni un par de minutos. Pero el Pleistoceno ya quedó atrás y ahora la mayoría vivimos en sociedades complejas y mayoritariamente patriarcales, en las que a las mujeres no les queda más remedio que realizar reivindicaciones. Me parece lamentable que sea así, y que muchas sociedades estén perdiendo una parte importante o incluso la mitad del talento de la especie. Es el bien que debería ser más preciado en los tiempos que corren.

 

José María Bermúdez de Castro

 

 

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