Archivo por meses: abril 2018

¿Qué podemos saber de las capacidades cognitivas de Homo erectus?

En alguna ocasión me han preguntado sobre la posibilidad de que los neandertales o quizá algún otro ancestro de la genealogía humana tuvieran suficientes capacidades (habilidades) cognitivas como para lograr cotas de conocimiento similares a las nuestras. En otras palabras, caso de haber vivido en el siglo XXI, ¿podría un neandertal estudiar en la universidad y llegar a ser médico, ingeniero…, por ejemplo? Sobre este tema he charlado en alguna ocasión con algún colega en plan distendido y no siempre hemos llegado a un acuerdo. Estamos en el resbaladizo terreno de la especulación. Los habitantes del Pleistoceno tendrían que viajar al futuro y nacer en el siglo XXI para comprobar nuestras ideas. Todo muy sugerente, aunque esa posibilidad cae en el ámbito de la ciencia ficción.  Sin embargo, ¿podemos intentar conocer las posibilidades cognitivas de algún ancestro lejano? ¿es posible aproximarnos a este debate desde un punto de vista estrictamente científico? Vamos a verlo.

El llamado niño de Mojokerto consiste en una calvaria (zona del cráneo que protege el cerebro), recuperada en 1936 en la isla de Java (Indonesia) por el equipo que dirigía el paleontólogo y geólogo alemán Gustav Heinrich Ralph von Koenigswald. Este investigador utilizó inicialmente la denominación Pithecanthropus modjokertensis para este cráneo. Pero ya sabemos que desde 1950 todos los fósiles de Pleistoceno de Java terminaron por ser incluídos en la especie Homo erectus.

Reproducción del cráneo de Mojokerto. Fuente: Smithsonian.

 

Por otro lado, La cronología de este fósil siempre ha sido muy controvertida. Durante muchos años se consideró que podría tener un millón de años de antigüedad, que era la máxima edad geológica admitida para los humanos fuera de África. Los expertos Carl Swisher y Garniss Curtis lanzaron hace algunos años las campanas al vuelo con su nueva datación del cráneo de Mojokerto. Sus resultados apuntaban a una fecha de 1,81 millones de años, que rompía con toda lógica. Su trabajo fue publicado por la revista Science en el inicio de la década de 1990 y causó una pequeña revolución en aquellos años. Cuando se dataron los restos fósiles del yacimiento de Dmanisi, en la República de Georgia (1,8 millones de años) todo el mundo quedó convencido de que los primeros homininos en salir de  África lo hicieron hace unos dos millones de años. La fecha de Swisher y Curtis sonó entonces más convincente. No obstante, nuevos estudios más recientes han fijado la cronología del fósil de Mojokerto en un máximo de 1,5 millones de años.

 

El debate sobre este fósil no solo se limitó a la cronología, sino que se centró también en la edad de muerte del niño/a al que perteneció. Los expertos tampoco se pusieron de acuerdo. Tal era la controversia, que se han llegado a sugerir edades de muerte para este niño/a tan dispares como seis meses y nada menos seis años. Con unas discrepancias tan enormes es imposible obtener conclusiones sobre aspectos tan interesantes como el desarrollo cerebral en Homo erectus. Pero la ciencia avanza. Las investigaciones con técnicas más sofisticadas, como la tomografía computarizada, han permitido visualizar las posibles fontanelas del cráneo y la sutura metópica, que en los niños más pequeños separa el hueso frontal en dos mitades simétricas hasta los 15 meses, aproximadamente. En algunos casos, la sutura no se cierra (metopismo). En el caso del cráneo de Mojokerto, la sutura metópica ya estaba cerrada, pero la fontanela anterior todavía no se había cerrado. Así que todo apunta hacia una edad temprana para este niño/a de Homo erectus. Quizá falleció cuando tenía algo más de un año de vida.

 

Los científicos Zachary Cofran, de la universidad de Astana (Kazajistán) y Jeremy DeSilva (Universidad de Boston), han colaborado en un estudio sobre la posible tasa de velocidad de crecimiento del cerebro del cráneo de Mojokerto, comparando con datos de humanos modernos, gorilas y chimpancés. El estudio considera todas las posibles edades de muerte asignadas a este niño/a, pero se centra sobre todo en la edad más probable de entre 1,5 y 2,5 años de edad. Si esta edad de muerte es la correcta, el niño/a de Mojokerto habría tenido una tasa de crecimiento cerebral intermedia entre la de los chimpancés y la de los humanos actuales. En cambio, si el niño/a falleció entre 0,5 y 1,5 años, como han sugerido otros autores, la tasa de crecimiento cerebral se encontraba ya en el rango de los humanos actuales.

 

Los datos de Cofran y DeSilva no son totalmente concluyentes debido a la imposibilidad de certificar la edad de muerte del niño/a de Mojokerto y nos deja todavía algunos interrogantes. Aquellos investigadores que defienden una similitud entre Homo erectus y Homo sapiens en muchos aspectos de su crecimiento y desarrollo se apuntarían a la posibilidad de un crecimiento cerebral similar, incluyendo la altricialidad secundaría; es decir, los bebés de Homo erectus habrían nacido tan desvalidos como nuestros hijos. Ello implicaría un cuidado de los hijos tan intenso como en la actualidad, con un gasto energético enorme por parte de los padres. Por el contrario, si el niño/a de Mojokerto tenía un desarrollo cerebral intermedio entre el de los humanos actuales y los chimpancés, implicaría que Homo erectus estaba a mitad de camino de conseguir un modelo cerebral como el nuestro. Como bien sabemos, la especie Homo erectus se quedó en la “cuneta de la evolución”, como otras especies de homininos.

 

Si se me pregunta mi opinión personal, pienso que Homo erectus nunca llegó al modelo de crecimiento y desarrollo del cerebro que tenemos en la actualidad. Sus bebés habrían nacido más espabilados que los nuestros y habrían alcanzado una cierta madurez mucho antes que nuestros hijos. Su capacidad para el aprendizaje habría concluido antes y, por tanto, sus posibilidades cognitivas habría sido menores. No creo que, de haber continuado su evolución, la especie Homo erectus hubiera llegado a las cotas de conocimiento cultural de Homo sapiens. Y lo digo sin ánimo de aseverar que nuestra especie haya alcanzado la culminación de las posibilidades del grupo de los homininos. Pienso que somos mucho menos “sapiens” de lo que nos hemos llegado a creer.

 

José María Bermúdez de Castro

 

 

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Homo sapiens en la península de Arabia

La semana pasada supimos que un grupo de investigadores, liderados por Huw S. Groucutt (Universidad de Oxford) y Michael D. Petraglia (Max Planck Institute, Alemania), habían hallado pruebas irrefutables de la presencia de nuestra especie en la península de Arabia hace unos 85.000 años Su trabajo se ha publicado en la revista Nature, ecology & evolution.

Falange humana del yacimiento de Al Wusta, (Arabia Saudi). Foto: Nature ecology & evolution.

 

Es sin duda una gran noticia, porque el hallazgo se ha producido en una región muy compleja, de enorme inestabilidad política y de la que aún tenemos mucho que aprender. En mi opinión, el suroeste de Asia ha sido clave para la evolución del género Homo en todas las épocas, pero a nadie se le escapa que investigar en la región más inestable del planeta es casi suicida. Así que lo primero es aplaudir a los componentes del equipo que trabaja en el yacimiento de Al Wusta, en el desierto de An Nafud.

 

Cada vez vamos sabiendo más sobre nuestra expansión fuera de África. Cuando la mayoría de expertos quedaron convencidos de que Homo sapiens se consolidó primero en África y se expandió a continuación por todo el planeta, se pensó en un suceso único ocurrido en un momento determinado de nuestra evolución. Todo parecía indicar que la salida de África sucedió por el Corredor Levantino. Se suponía que el primer intento fue fallido, quizá por cuestiones climáticas o tal vez por la oposición de los neandertales. El segundo intento habría ocurrido hace unos 50.000 años, también por el mismo lugar y esta vez sí. Los miembros de nuestra especie llegaron a Europa y poco a poco se extendieron por todo el planeta, eliminando la oposición de las demás especies de homininos.

 

Este escenario fue cambiando poco a poco. Supimos que el estrecho de Bab el-Mandeb, en el llamado “cuerno de África”, pudo ser la primera puerta de salida. Se comprobó que los babuinos (Papio hamadryas) que viven en la península de Arabia llegaron allí desde el este de África hace unos 130.000 años (ver post de 23 de diciembre de 2014 en este mismo blog). Puesto que solo pudieron pasar por tierra firme, cabe la posibilidad de que la estrecha franja de agua que separa África de la península de Arabia por Bab el-Mandeb fuera transitable con facilidad en aquella época. Y si pasaron los babuinos, también lo pudieron hacer los miembros de Homo sapiens. Se confirmaban así las dataciones de algunos yacimientos en el camino de un posible viaje muy temprano de nuestra especie hasta el continente australiano, pasando por la península de Arabia, el estrecho de Ormuz, India, China, Indonesia y finalmente, Australia.

 

Si nos fijamos en el paisaje donde se localiza el yacimiento de Al Wusta pensaríamos, no sin razón, que los humanos de hace 120.000 años jamás se hubieran detenido a vivir allí. El yacimiento se encuentra en un desierto de más de 100.000 kilómetros cuadrados. Pero el clima de la Tierra no es estático. Cambia de manera cíclica en pocos miles de años y donde ahora hay un desierto, antes hubo un lugar apto para la vida. Así ha sucedido con el desierto del Sahara, aunque nos parezca imposible. Hace entre 95.000 y 86.000 años se produjo un episodio de humedad, que facilitó la vida de muchas especies (incluida la nuestra) en pleno desierto de la península de Arabia. Este cambio, facilitado por el cambio de latitud de los frentes de lluvia, no implicó que aquellos desiertos se transformaran en bosques y praderas exuberantes, sino simplemente en regiones con agua y más vegetación. Unas condiciones suficientes para una especie, como la nuestra, con una enorme capacidad de adaptación, que poco a poco se ha adaptado a vivir en la mayor parte de las regiones del planeta. Por descontado, la inestimable ayuda de sus progresos culturales ha sido un factor clave en esa adaptación.

 

Este hallazgo no hace sino confirmar que nuestra especie pudo atravesar el estrecho de Bab el-Mandeb hace unos 120.000 años y ocupar poco a poco las regiones más septentrionales de Eurasia. En ese viaje pudo hibridar con las poblaciones residentes o eliminarlas. Pero lo que no pudo hacer es desplazar a los neandertales de su imperio. Ese imperio, como todos, terminó por derrumbarse; pero transcurrieron nada menos que 70.000 años antes de que los neandertales se debilitaran y dejaran paso franco a Homo sapiens.

 

Algún día el suroeste de Asia dejará de ser una región conflictiva. Estoy convencido de que los equipos de arqueólogos y paleontólogos de todo el mundo podrán contarnos historias apasionantes sobre nuestros orígenes en esa región del planeta.

 

José María Bermúdez de Castro

 

 

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Sobre la transformación de los pueblos de Iberia

Gracias a la biología molecular vamos aprendiendo cada vez más sobre la prehistoria más reciente. En lo que se refiere a la antropología física, las investigaciones sobre los restos óseos siempre han ofrecido una información muy incompleta sobre el origen de las poblaciones del Neolítico. Los restos son escasos y la forma del cráneo o la de la mandíbula están controladas por factores genéticos y ambientales, siempre difíciles de comprender y evaluar. Desde hace algunos años, la genética está realizando aportaciones muy importantes, porque se obvian los factores ambientales que modifican el fenotipo final. No es la panacea, porque siempre falta información. La obtención del ADN no siempre es posible y en ocasiones solo se consiguen fragmentos del genoma. Pero es una nueva aproximación con resultados más fiables.

Representación de los primeros agricultores. Fuente: territoriosociales.blogspot.com

 

El problema de la genética es conseguir extraer ADN en las mejores condiciones. Aunque se ha obtenido ADN de restos humanos de hace 400.000 años, no significa que sea sencillo hacerlo de todos los restos anteriores a ese momento. Las condiciones de conservación de este material tan valioso tienen que reunir una serie de requisitos, que no siempre se cumplen. Seguimos sin saber nada del ADN de los humanos de la isla de Flores, porque las condiciones tropicales degradan el material genético con gran rapidez. En la península ibérica las condiciones no son malas, pero tampoco ideales, como nos recuerdan los genetistas Cristina Valdiosera (Universidad de Melbourne, Australia), Torsten Günther y Mattias Jakobsson (Unversidad de Uppsala, Suecia). Estos investigadores, junto a un nutrido grupo de colegas, han trabajado con material genético obtenido en 13 esqueletos de diferentes yacimientos del norte y del sur de la península ibérica, como los de San Quilez, Cueva de los Lagos, El Portalón de Cueva Mayor (sierra de Atapuerca), cueva de los Cuarenta, cueva de los Murciélagos o el Pirulejo. Su trabajo ha sido publicado en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences, (PNAS) USA en la primera quincena de marzo de 2018.

 

El objetivo del trabajo ha sido conocer mejor la composición genética de los pobladores que vivieron en la península ibérica hace entre 7.500 y 3.500 años, cuando se produce el cambio definitivo desde una economía basada en la caza y la recolección a una economía basada en la agricultura y la ganadería. Como sabemos, el proceso de neolitización de Europa se produjo de manera progresiva desde el este hacia el oeste, gracias a la llegada de gentes procedentes del llamado Creciente Fértil, a través de la península de Anatolia. Dada la situación de Iberia, en el extremo más occidental de la península europea, fuimos los últimos en recibir la nueva cultura. Y nos preguntamos, ¿fue una invasión en toda regla por grupos llegadas del este? Pues los autores de esta investigación en la revista PNAS nos aseguran que no fue así. El contingente de población llegado desde el Creciente Fértil fue muy limitado, como lo demuestra el hecho de que la diversidad genética de los esqueletos analizados es muy baja. En otras palabras, la nueva cultura se extendió por la península ibérica más por un proceso de difusión y aculturación, que por una masiva sustitución de la población autóctona del Mesolítico.

 

Los recién llegados hibridaron con los residentes y sus descendientes incrementaron de manera notable la densidad de población. La agricultura y la ganadería trajeron más recursos, por lo que los genes aportados en un primer momento se extendieron con relativa rapidez en muy pocas generaciones. También hemos sabido que los grupos con cultura neolítica llegados a Iberia no fueron los mismos que los llegados al centro de Europa, y que la influencia de los pastores procedentes de las estepas situadas al norte del mar Caspio y del mar Negro (los Yamnaya) fue nula en Iberia. Solo tuvimos nuevas influencias genéticas (y no demasiado importantes) con la expansión de la cultura campaniforme por Europa, hace unos 3.000 años.

 

En definitiva, la población de la península ibérica ha tenido su propia personalidad, probablemente desde el Pleistoceno Inferior. El modelo de poblamiento que sugiere el estudio genético de los grupos de Neolítico ha podido ser recurrente desde siempre, con entrada de grupos pequeños pero muy influyentes a nivel cultural.  Estamos al final de un continente, en parte aislados por los Pirineos. Esa peculiar posición geográfica ha repercutido en la conformación de una población muy particular. Ni siquiera las “invasiones” de otros grupos por el norte, el este y el sur, ya en tiempos históricos, han cambiado demasiado nuestro acervo genético desde hace 7.000 años. No somos demasiado diferentes al resto de europeos, pero tenemos nuestras propias peculiaridades a nivel fenotípico, que se podrán ir explicando mediante los estudios paleogenéticos en curso.

 

José María Bermúdez de Castro

 

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