El infierno de Toba

Hace aproximadamente 74.000 años tuvo lugar una de las erupciones volcánicas más impresionantes de las que se tiene constancia. Sucedió en la isla de Sumatra y el evento geológico dejó un lago de 3.000 kilómetros cuadrados (Lake Toba). Esta erupción ha dado lugar a encendidos debates sobre sus supuestas trágicas consecuencias, que pueden leerse en docenas de trabajos. En 1998, Stanley A. Ambrose propuso la práctica extinción no solo de buena parte de las especies, sino de la mayor parte de los homininos. Tan solo habría sobrevivido la pequeña población africana de la que procedemos. El prolongado invierno producido por las cenizas volcánicas habrían hecho disminuir la temperatura del hemisferio norte hasta 15 grados. Su propuesta coincide con la floreciente teoría del origen único de la humanidad en África, a partir de una pequeña población subsahariana, de la que todos seríamos sus descendientes. Un verdadero cuello de botella, donde aquella pequeña población se había extendido fuera de África sin encontrar oposición, ocupando el nicho ecológico vacío dejado por las demás especies de homininos. Se da la circunstancia, que justo en esa época estaba comenzando el último gran período frío del Pleistoceno, que terminaría hace unos 14.000 años en los inicios del Mesolítico.

Caldera de 3.000 kilómetros cuadrados, dejada por la explosión del volcán Toba hace 74.000 años. Actualmente, la caldera es un inmenso y profundo lago. Fuente: google.

 

Las evidencias dejadas por esta erupción son un hecho cierto, al menos en las costas del Índico (incluyendo fuertes tsunamis), aunque no existe consenso sobre su alcance tanto climático como biológico. Eugene I. Smith (Universidad de Nevada, USA) y un nutrido grupo de colegas, publicaron el pasado mes en la revista Nature sus hallazgos en dos yacimientos de la costa de Sudáfrica. Los cristales procedentes de la erupción en Sumatra se han localizado en estos dos yacimientos, con fechas prácticamente idénticas, por lo que no cabe dudar de las consecuencias de aquella explosión. Sus efectos están presentes a casi 9.500 kilómetros de distancia. Los autores del trabajo nos describen las ocupaciones humanas en estos lugares, que prosperaron sin problema tras la deposición de los cristales volcánicos, como sucedió en otros lugares de África.

 

Si las previsiones de Ambrose fueran correctas (seis o siete años de invierno volcánico) la extinción de plantas y animales habría sido masiva, con serias dificultades para la recuperación en el corto plazo. Hoy en día, la teoría de la “Eva Negra” ha tenido que matizarse en muchos sentidos. En primer lugar, la primera expansión de nuestra especie tuvo lugar hace más de 120.000 años, y su recorrido se sigue perfectamente bien hasta el continente australiano, coincidiendo precisamente con evento Toba ¿Desaparecieron también estos pioneros de nuestra especie? Otras expansiones de H. sapiens fueron posteriores y ya sabemos que hibridamos tanto con los neandertales como los denisovanos. Si estas poblaciones hubieran perecido tras el evento Toba, sus genes no estarían en nuestro genoma. La enorme cantidad de yacimientos de neandertales o de Homo erectus que se conocen con fechas posteriores a los 74.000 años sugiere que los humanos de varias especies y las especies de las que se alimentaron, resistieron sin problema el invierno volcánico de la catástrofe Toba.

 

En cualquier caso, no está de más recordar que vivimos en un planeta inestable, en el que apenas sin tiempo de aviso podemos enfrentarnos a catástrofes locales o generales de dimensiones colosales. Disfrutamos de una tecnología, que nos permitiría sobrellevar esos problemas, aunque una gran parte de la población mundial estaría todavía expuesta a sus consecuencias.

José María Bermúdez de Castro.

 

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