Archivo por meses: junio 2018

Atapuerca-2018: 40 años de excavaciones

Una vez más dejamos por unas semanas el trabajo de despacho, laboratorio y ordenador y regresamos a los yacimientos. Estamos ante la cuadragésima campaña de excavación en los yacimientos de la sierra de Atapuerca y la trigésimo-sexta para quién escribe estas líneas. Es un tópico decir que parece que fue ayer cuando me enfrenté por primera vez al reto de excavar en uno de los yacimientos de este lugar mágico; pero así es.

Detalle de la excavación en el nivel TD10 de Gran Dolina. Foto del autor.

Cuesta trabajo adaptarse de nuevo a la rutina de campo. Pasaremos algo de frío durante las primeras horas de la mañana a 900 metros de altitud; especialmente si “sale el norte”, como se dice por estas tierras. A media mañana ya notaremos el calor y seguramente en demasía, como acostumbra los últimos años. El cambio climático no respeta ni el tradicional “fresco” de Burgos.

 

Las primeras semanas serán relativamente tranquilas, hasta que se incorpore el grueso de los excavadores el día 1 de julio. Desde ese momento, habrá que lidiar con la organización de más 150 personas excavando en ocho yacimientos, que se turnan en dos quincenas. Todo un reto, superado a base de experiencia. Al final de la campaña habrán pasado por estos yacimientos más de 250 personas de unas veinticinco nacionalidades diferentes. Gran oportunidad para compartir experiencias y practicar idiomas.

 

Como siempre, esperamos lo mejor de esta nueva campaña. Tras dos años de trabajo durísimo retirando toneladas de rocas y de limpieza exhaustiva, comenzarán las primeras intervenciones en el nuevo yacimiento de Cueva Fantasma. Apenas se podrá excavar en un pequeño sondeo, porque las obras de la cubierta que protegerá el yacimiento durante las próximas décadas se han iniciado a mediados de mayo. No es una obra menor, que ha necesitado de un proyecto arquitectónico planificado al milímetro y muy complejo por la propia ubicación del yacimiento. Las obras pararán durante el mes de julio, para que podamos tomar los primeros datos de los cortes estratigráficos a la vista. La excavación en extensión tendrá que esperar a 2019. Pero en arqueología no puede haber prisas. Hay que digerir la información antes de acometer el gran proyecto de Cueva Fantasma, que ya quedará para la nueva generación de investigadores que se forman en estos momentos.

 

La excavación del nivel TD10 de Gran Dolina llega a su fin. O eso esperamos. Casi sin darnos cuenta, han transcurrido casi veinticinco años desde que se empezó a excavar en este nivel, que ha proporcionado más de 300.000 restos fósiles y herramientas de piedra. En 2017, cuando los arqueólogos ya daban por terminada su labor en TD10 emergieron gran cantidad de bifaces, las herramientas por excelencia de la tecnología achelense. Así que los últimos 15 centímetros de espesor que aún quedan de este nivel pueden ser apasionantes -y eternos-, si su riqueza arqueológica es tan espectacular como en los tramos superiores. Y más abajo, sigue esperando el nivel TD6, que nos terminará por contar muchos secretos de la especie Homo antecessor. Un año más paciencia, para los que nos dedicamos a esto de la evolución biológica de nuestros antepasados del Pleistoceno.

 

Seguramente, también llegará a su fin el intento de encontrar más restos de los primeros europeos en los niveles inferiores de la Sima del Elefante. Demasiado trabajo desde que en 2007 apareciera la mandíbula más vieja del continente. Pero los humanos del Pleistoceno Inferior no frecuentaban las cuevas. Apenas se interesaban por ellas. Ahora ya sabemos que el hallazgo de aquel resto humano y un puñado de herramientas de sílex en el nivel TE9 de Sima del Elefante fue un golpe de suerte; una afortunada casualidad. Quizá en un futuro lejano, cuando se excave en extensión todo el yacimiento vuelvan a aparecer más evidencias de los humanos que vivieron en Europa hace más de un millón de años.

 

En fin, en los próximos posts iré contando en el blog novedades y anécdotas de la campaña de excavación que, como siempre, esperamos muy fructífera. El aire del campo y un poco de sol nos recargará las baterías para los meses de investigación.

 

José María Bermúdez de Castro

 

 

 

 

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Las últimas poblaciones de Homo erectus

Cada día se conoce mejor lo que sucedió en África durante la segunda mitad del Pleistoceno Medio. Nuestra especie se gestó en este continente durante los últimos 350.000 años. Al mismo tiempo estaban desapareciendo sus ancestros, los últimos miembros de la especie Homo erectus de África (también conocida como Homo ergaster). En Europa y en buena parte del resto de Eurasia prosperaban los antecesores de los neandertales. Y en el resto de los territorios quedaban los relictos de las poblaciones ancestrales de Homo erectus y de los misteriosos denisovanos.

Cráneo 7 de Ngandong. Fuente: Smithsonian.

Durante la década de 1930 un equipo holandés exploró las terrazas del río Solo, en la isla de Java (Indonesia). Cerca de la localidad de Ngandong y en una de las terrazas más altas del río este equipo localizó una gran concentración de fósiles de diferentes especies animales, incluidos once cráneos de homininos. Nunca había escrito sobre estos fósiles en el blog. La particularidad de estos cráneos humanos es que ninguno de ellos tenía su base intacta. Tampoco aparecieron las mandíbulas. Se especuló con la idea de que la base del cráneo había sido eliminada para extraer el cerebro ¿Un caso de canibalismo? Es posible, pero ese enigma aún no se ha resuelto. Si bien todo apunta sencillamente a un proceso natural por transporte de los restos. Los cráneos se desplazaron durante un largo trecho antes de quedar enterrados y llegaron rotos al lugar donde comenzó su proceso de fosilización.

La morfología de estos cráneos recordaba a la de la especie Homo erectus de otros yacimientos de la isla de Java. Pero en aquellos años aún no se había decidido unificar todos los restos de esa región del planeta en esa especie. Es por ello que poco después de su hallazgo recibieron un nombre propio. En 1932, el geólogo holandés W.F.F. Oppenoorth propuso el nombre de Homo soloensis, que tendría vigencia hasta la década de 1950.

La datación de estos cráneos ha sido siempre un problema. Si nos fijamos en sus caracteres es evidente que pocos dudarían en incluirlos en Homo erectus, a pesar de que el volumen del interior del cráneo supera con holgura los 1.000 centímetros cúbicos y llega hasta los 1.200 en la mayoría de los ejemplares. En consecuencia, el cráneo es más alto y redondeado que en los erectus clásicos de cráneo pequeño y aplanado de otros homininos de Java y de China. La fauna parece reciente; pero no podemos olvidar que los cráneos de Ngandong se encontraron en una terraza, donde pudieron acumularse restos de diferentes épocas, arrastrados por el agua antes de su definitiva deposición. No se puede comparar con lo que sucede en las cuevas, donde resulta mucho más sencillo obtener un contexto claro.

Para que nos hagamos una buena idea de las incertidumbres sobre la cronología de estos fósiles, se han barajado cifras entre 600.000 y 25.000 años para la antigüedad de los restos fósiles de Ngandong. Esta incertidumbre nace de la mezcla de los fósiles con sedimentos de procedencia diversa, arrastrados por las aguas del río Solo. Esa horquilla de tiempo es inadmisible.

No obstante, y considerando los números de muchas de las dataciones que se han llevado a cabo en el yacimiento, todo apunta a que estos humanos pudieron haber vivido hace entre 100.000 y 40.000 años. Si esto es así, los miembros de la población de Homo erectus de Ngandong estarían entre los últimos supervivientes de esta especie, en un pequeño reducto del planeta. Además, habrían conocido a otros humanos, que estaban llegando poco a poco desde un lejano viaje desde África. Sospecho que no nos mezclamos con ellos; y si lo hicimos probablemente no tuvimos descendencia fértil. Por supuesto, es tan solo una opinión, basada en el hecho de que compartimos un ancestro común con Homo erectus, que pudo vivir hace unos dos millones de años: demasiado tiempo. Es posible que las poblaciones de Homo erectus estuvieran en declive demográfico y genético. Solo así es posible explicar el incontenible avance de nuestra especie por el sur de Eurasia, sin la oposición de los grupos humanos establecidos en el territorio. Hacia el norte de Asia teníamos dos enemigos: los demás homininos con los que habríamos de competir y, sobre todo, el clima.  Tardaríamos muchos años en conseguir las herramientas biológicas y culturales para hacer frente al reto de conquistar el norte.

José María Bermúdez de Castro

 

 

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El talento, en el destierro

Hace más de tres años (el tiempo vuela) tuve ocasión de leer uno de los magníficos textos de mi buen amigo José Sebastián Carrión, Catedrático de Evolución Vegetal de la Universidad de Murcia). El título de su columna en un diario de Murcia era el mismo que encabeza este post. Por descontado, mi intención no es plagiar su título, sino rendirle un cariñoso homenaje. Su texto sigue colgado de uno de tablones de anuncios de mi centro de investigación.

 

Sobre talentos exiliados por falta de oportunidades en nuestro país tengo una cierta experiencia. No son pocos los jóvenes científicos (ellos y ellas) del Equipo Investigador de Atapuerca que han salido fuera de España en busca de su oportunidad. Algunos han podido regresar. Otros se han quedado. Siempre explico que la ciencia es universal; no tiene fronteras. Así que podemos desarrollar nuestra vocación en cualquier parte del mundo. Pero nos queda mucho para que la balanza esté en equilibrio y que España tenga tanto talento de otros países, como talento propio en el exilio.

Foto de los participantes en el VI International Symposium SRUK-2018. Foto tomada por Michal Rogala.

 

Algunos/as echan raíces en el país de acogida. Otros/as, en cambio, añoran su tierra y desean regresar. Pero las oportunidades para desarrollar todo su talento en España son muy pocas y muchas veces de peor calidad. No se trata de realizar una crítica a los sucesivos gobiernos, qué también Me consta que existe cierta sensibilidad en algunos responsables políticos sobre la necesidad de desarrollar ciencia y tecnología en nuestro país, una inversión a largo plazo necesaria para encontrar alternativas al turismo y al ladrillo. El problema es en realidad de toda la sociedad española, de nuestra propia idiosincrasia. A estas alturas de mi vida profesional solo puedo desear que las próximas generaciones lleven a cabo este cambio, tan necesario para nuestro futuro.

 

Hace ahora un par de años recibí una invitación para dar una conferencia sobre los hallazgos en Atapuerca por parte de una asociación, para mí desconocida. Firmaba la solicitud Pablo Muñoz, estudiante de doctorado en la Universidad de Oxford, en nombre de la CERU/SRUK (Sociedad de Científicos Españoles en el Reino Unido/Society of Spanish Researchers in United Kingdom, por sus siglas en inglés). No pude acudir a esta cita ni en 2016 ni en 2017. Pero acabo de regresar de dar la conferencia solicitada y de conocer a Pablo. También a Nerea Alonso, la persona responsable de organizar el VI International Symposium SRUK en la ciudad escocesa de Glasgow. Nerea es doctora en el Centre for Genomic and Experimental Medicine, IGMM, en la University of Edinburgh. Además, he tenido oportunidad de conocer a un grupo de jóvenes con enorme talento, que tuvieron la feliz ocurrencia de fundar en 2011 una sociedad sin otro ánimo que conocerse, apoyarse mutuamente y buscar quizá esa oportunidad que les permita regresar.

Logo de la Sociedad de Científicos Españoles en el Reino Unido/Society of Spanish Researchers in United Kingdom.

 

Los miembros de la CERU organizan jornadas científicas, en las que invitan tanto españoles como del propio Reino Unido. Mi sorpresa fue que muchos jóvenes científicos británicos también estaban presentes en la reunión, escuchando lo que teníamos que contar de la ciencia y la tecnología que desarrollamos en España. No fue menos sorprendente y también agradable saber que esta asociación cuenta con el apoyo de instituciones españolas públicas y privadas. La Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (FECYT), que depende del Ministerio español relacionado con la Ciencia, patrocina estos eventos y no es ajena a estas sensibilidades. Un gran avance, sin duda.

 

Hace ya muchos años (1988) conseguí una beca postdoctoral para trabajar durante un par de años en la Universidad de Liverpool. Ciertas circunstancias permitieron que me quedara en España, cuando casi tenía los billetes de avión en la mano. Ignoro cómo habría sido mi vida de haber partido hacia aquel destino: ¿tal vez mejor, quizá peor?; pero sin duda, diferente. En aquella época casi nadie se preocupaba de quienes teníamos vocación investigadora. Habría sido uno más en marcharse, tal vez para regresar sin oportunidades de reinserción en el pobre sistema de investigación español de entonces.

 

En mi viaje a Glasgow he podido hablar sobre el programa científico de Atapuerca, en el que quizá no habría participado de haberme exiliado al Reino Unido hace 30 años. También he podido constatar que ellos y ellas ya no están solos. No es poco. Existe un enorme talento en los científicos españoles. España, como país europeo, tiene mucho que decir y la sociedad española tiene que evolucionar y madurar para enriquecer su diversidad cultural. Invertir en ese talento es invertir en nuestro futuro. Desde este blog, quiero felicitar a mis anfitriones y todos los miembros de la CERU/SRUK, agradecerles su deferencia por la invitación y desearles lo mejor para su carrera científica.

 

 

José María Bermúdez de Castro

 

 

 

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