Archivo por meses: septiembre 2018

El achelense de la península arábiga

Herramientas achelenses

Herramientas achelenses de la localidad de Safaqah 206-76. © PLOS ONE.

Cuando pensamos en la península arábiga nos vienen a la mente grandes desiertos, pozos de petróleo y tal vez un AVE en construcción entre Medina y La Meca.

El paisaje de la península es ciertamente una continuación del desierto de Sahara, poco apta para la vida excepto en las altas montañas del sur y del este, que aprovechan la lluvia de los monzones. Pero el clima de esta península no siempre fue como lo conocemos en la actualidad.

La arqueología de ese territorio está poco desarrollada, pero se conocen algunos yacimientos del Pleistoceno. La revista PLOS ONE ha publicado recientemente el estudio de una región (Dawadmi) y de una localidad (Safaqah 206-76), en la que un equipo de investigadores liderados por Ceri Shipton (Universidad de Canberra, Australia) y Michael Petraglia (Instituto Max Planck, Alemania) ha dado a conocer un conjunto excepcional de herramientas achelenses.

Situación de la región arqueológica de Dawadmi. © PLOS ONE.

La región de Dawadmi se encuentra justo a medio camino entre el mar Rojo y el golfo Pérsico, en una región donde abundan los viejos cauces de ríos y arroyos. Su trabajo ha consistido en la prospección de un área muy extensa y en la excavación de un lugar concreto de la misma, donde se han localizado varios estratos con herramientas achelenses. La colección recuperada hasta el momento es impresionante y ya reúne la escalofriante cifra de un millón de herramientas de piedra, fundamentalmente fabricadas a partir de rocas volcánicas (en particular andesita y riolita). Es evidente que los humanos de una especie no determinada ocuparon estas tierras en otro tiempo durante miles de años.

Durante diferentes momentos del Pleistoceno, y en particular hace aproximadamente un millón de años, el Corredor Levantino y la península arábiga tuvieron un clima húmedo, muy apto para la vida de un ecosistema floreciente. Varios yacimientos e investigaciones paleoclimáticas testimonian este hecho. Las poblaciones con industria achelense se expandieron entonces hacia la península arábiga aprovechando los cursos fluviales, entonces llenos de vida y soportes de una rica vegetación. Faltan dataciones que permitan tener una buena idea de la secuencia temporal de Dawadmi. Las estimaciones por medio de las series de uranio en calcitas adheridas a algunas de las herramientas ofrecen un dato de aproximadamente 200.000 años. Esta antigüedad puede suponer una larga estancia de los humanos que fabricaron estas herramientas en la península arábiga.

El lapso temporal de 800.000 años desde la primera ocupación de la península estuvo sometido a cambios climáticos importantes. Para muchos investigadores (pero no para todos/as) esos cambios están relacionados con la sucesión de épocas glaciares e interglaciares del hemisferio norte. Sea como sea, hubo cambios en la península arábiga, que se notaron en la mayor o menor humedad, alternando períodos húmedos con períodos más secos. Los humanos pudieron resistir todo ese tiempo, adaptándose a las condiciones cambiantes. Así como en el Corredor Levantino, África y Europa se observan cambios en la tecnología –tal vez por evolución o quizá por la llegada de diferentes grupos humanos–, en la región de Dawadmi la monotonía en la tecnología es llamativa. Abundan los bifaces, obtenidos de grandes lascas y otras herramientas bifaciales más pequeñas. No aparecen tantos hendedores como en otros conjuntos achelenses. Esta herramienta se ha asociado con la fabricación de instrumentos de madera (lanzas y otras armas arrojadizas). Posiblemente, la región de Dawadmi no tenía la frondosidad de otras regiones.

Esa monotonía en la fabricación de instrumentos puede estar relacionada con la incapacidad mental para la innovación. Aunque me inclino más por el aislamiento de aquellas poblaciones. Siempre he defendido que la capacidad innovadora sucede cuando los grupos humanos intercambian información. Es muy llamativa la diversidad tecnológica en el Corredor Levantino, verdadero cruce de caminos entre África y Eurasia. Mientras, el oeste de Europa no conoció el achelense hasta hace unos 600.000 años, alejado de las innovaciones que se producían en el este de África. La península arábiga pudo estar aislada durante las épocas más secas, sin recibir el aporte innovador de otras poblaciones. De hecho, no parece haber una transición hacia el Paleolítico Medio, como se observa en muchas otras regiones habitadas por las especies del género Homo.

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Las águilas y los neandertales

El yacimiento de la cueva de Axlor (Dima, Vizcaya) se conoce desde 1932. Lo descubrió el prehistoriador José Miguel de Barandiarán, mientras trabajaba en otro yacimiento próximo. Pero no fue hasta 1967 que este investigador se decidió a excavar en la cueva de Axlor. Sus trabajos se extendieron hasta 1974. De su exploración nos han quedado varios dientes humanos, alguno de los cuales se perdió de manera accidental. El estudio de los restos arqueológicos y fósiles permitió asegurar que la cueva fue visitada de manera asidua por los neandertales seguramente hace más de 50.000 años. Varios de los niveles descritos por Barandiarán contenían herramientas musterienses, mientras que la morfología de los dientes es inconfundible; pertenecieron a humanos de la especie Homo neanderthalensis.

Águila real

Águila real (Aquila chrysaetos). © HBW Alive

 Al iniciarse el siglo XXI, el yacimiento fue nuevamente explorado bajo la dirección de Jesús González Urquijo, Juan José Ibáñez-Estévez y Joseba Ríos Garaizar. Sus trabajos certificaron la presencia de los neandertales en Axlor y añadieron una notable cantidad de información sobre la geología o el contexto arqueológico de este yacimiento.

En julio de este año la revista Scientific Reports publicó un artículo sobre el comportamiento cinegético y la gastronomía de los neandertales de Axlor, liderado por Asier Gómez Olivenza. Se sabe que los miembros de esta especie fueron capaces de adaptarse a la mayoría de los territorios de Eurasia. Este fue el verdadero imperio de los neandertales durante miles de años. Su inteligencia y sus habilidades culturales les permitieron conseguir una amplia gama de alimentos, incluyendo diferentes tipos de vegetales, y una larga lista de invertebrados y vertebrados terrestres y marinos. Podría decirse que su despensa estuvo llena de cualquier alimento imaginable disponible en su medio. Aunque ya se sabía que en la mesa de los neandertales no faltaban las aves y los carnívoros, el artículo de Scientific Reports nos presenta por primera vez un estudio del consumo de estos animales en yacimientos de la cornisa Cantábrica.

Los autores de este trabajo nos explican que el registro fósil de Axlor cuenta, entre otros restos fósiles manipulados por los neandertales para su consumo, con huesos de zorros, cuervos, cernícalos y águilas. En particular, los investigadores han identificado los restos de dos águilas reales (Aquila chrysaetos), que tienen las inconfundibles marcas de descarnado con utensilios de piedra.

Las águilas reales son predadores por excelencia. Cazan desde el aire conejos, liebres, zorros, serpientes e, incluso, ejemplares jóvenes de linces, jabalíes, corzos o rebecos, a los que habría que añadir los de las especies ya extinguidas en Europa. Todos sabemos la enorme velocidad que pueden alcanzar estas aves en caída libre para capturar una presa. La envergadura del águila real supera los dos metros y no son precisamente animales pacíficos a los que cualquiera pueda acercarse. Ni tan siquiera se pueden visitar sin peligro sus nidos, que sitúan en lugares poco o nada accesibles, como acantilados o árboles de gran altura.

Los neandertales, como otro homininos del Pleistoceno, fueron capaces de capturar bisontes, ciervos, jabalíes, etc. Para ello era necesario fuerza, velocidad y el diseño de estrategias de grupo. Ahora bien, no se me ocurre como un águila real pudo acabar en la “cazuela” de los neandertales de Axlor. La habilidad de estos humanos no dejará de sorprendernos.

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Neandertales: a pleno pulmón

Los especialistas en fisiología pulmonar son capaces de obtener un gran número de variables en cualquiera de nosotros. Una sencilla espirometría puede detectar posibles patologías ¿Podemos preguntar a los fósiles sobre su fisiología? Pues, aunque parezca mentira, es posible medir algunas de las variables de la mecánica pulmonar. Para ello solo es necesario disponer de costillas fósiles. Y si se conserva la mayor parte de la caja torácica, aún mejor.

Reconstrucción de la caja torácica de los neandertales y su comparación con la forma de la caja torácica actual. Fuente: Communications Biology.

No existen demasiados especialistas en el estudio de la caja torácica de nuestros ancestros. El material de estudio es escaso y no da para ocupar el tiempo de muchos expertos. Las costillas se rompen durante el proceso de fosilización debido a la presión de los sedimentos. Cuando la conservación ha sido especialmente buena por alguna feliz circunstancia, todavía queda el trabajo de identificar y recomponer las costillas. Un trabajo nada sencillo, que requiere destreza y un conocimiento anatómico extraordinario. No creo que lleguen a media docena los especialistas en la investigación de la caja torácica de las especies humanas extinguidas. Tengo la suerte de conocer y mantener amistad con dos de ellos, que no dejan de asombrarme con sus investigaciones. Y los dos son españoles.

 

Daniel García Martínez (Dani, para los amigos) acaba de liderar un artículo en la revista Communications Biology (del grupo Nature), publicado durante el mes de agosto, que es fruto de sus largas investigaciones en la época predoctoral. La reconstrucción de la caja torácica de los neandertales ha sido factible gracias a las prácticas funerarias de estos humanos. Los enterramientos han posibilitado la conservación de las costillas en algunos casos. Aun así, por delante queda el trabajo primero de identificar cada costilla, para luego obtener imágenes digitales mediante tomografía computarizada. Ciertos programas informáticos permiten encontrar la curvatura original de las costillas deformadas (algo muy frecuente) y recomponer aquellas que se rompieron. Con infinita paciencia, Daniel García consiguió reconstruir la caja torácica de tres neandertales: Kebara 2 y Tabun C1 (Israel) y uno de los ejemplares del yacimiento asturiano de El Sidrón. Gracias a la conservación de algunos elementos anatómicos es posible estimar que los restos Kebara 2 pudieron pertenecer a un varón, mientras que los de Tabun C1 posiblemente fueron de una mujer. El sexo del individuo de El Sidrón no ha podido ser estimado.

 

Uno de los resultados más interesante de estas investigaciones es la forma de la caja torácica, cuya gran anchura de los diámetros transversal y sagital en su parte inferior está en consonancia con la forma de la pelvis. Según toda la información disponible, la forma de la pelvis y la caja torácica de Homo sapiens ha derivado con respecto a la forma primitiva de todas las demás especies de homininos. Los neandertales y sus ancestros del Pleistoceno Medio llegaron a tener una estatura media de 165 centímetros para los varones y de 155 centímetros para las mujeres. Su cerebro llegó a tener un mayor volumen que el de Homo sapiens (en particular por el desarrollo del área occipital) y una masa muscular superior al promedio de machos y hembras de nuestra especie. Ahora sabemos que su máxima capacidad pulmonar (máxima cantidad de aire que pueden contener el sistema respiratorio) también era superior al promedio de nuestra especie. El ejemplar Kebara 2 y el ejemplar de El Sidrón superaban ligeramente los nueve litros de aire, frente a los siete litros en promedio de un hombre actual. Los pulmones del ejemplar Tabun C1 pudieron contener cerca de seis litros, frente a los casi cinco litros de una mujer actual. Al comparar la capacidad pulmonar total de los neandertales frente a su estatura y su masa corporal salían ganando con respecto a un humano reciente promedio.

 

Por supuesto, ya sabemos que los deportistas actuales de élite tienen una capacidad pulmonar superior a la del resto de nosotros. Miguel Induráin llegó a tener hasta ocho litros en su mejor momento de forma. No olvidemos que su estatura (188 centímetros) y su peso ideal en competición (80 kilogramos) eran muy superiores a los de los neandertales. Así que, en términos relativos (comparación de la capacidad pulmonar total frente a la estatura y la masa corporal), los neandertales tenían parámetros superiores a los de Induráin ¿Podríamos considerar a los neandertales como posibles grandes deportistas? Por supuesto, aunque dada su corpulencia y forma corporal difícilmente podrían haber ganado una gran vuelta ciclista.

 

La selección natural era todavía implacable con especies como Homo neanderthalensis, que debían afrontar una vida muy compleja para conseguir sus presas y defenderse de sus predadores. Su rutina era la del entrenamiento obligado diario, con la imperiosa necesidad de mantener su gran cerebro y su impresionante masa muscular bien oxigenados. Se puede opinar (los expertos tienen la palabra) sobre aquellos deportes actuales en los que podrían haber destacado los neandertales (tanto ellos como ellas). Aunque no sea posible obtener todas aquellas variables que se le miden a los deportistas de élite para conocer su posible rendimiento, no me cabe duda de que los neandertales habrían pasado con éxito cualquier examen riguroso y habrían alcanzado registros impresionantes en muchas disciplinas olímpicas.

 

José María Bermúdez de Castro

 

 

 

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