Archivo por meses: septiembre 2018

Las águilas y los neandertales

El yacimiento de la cueva de Axlor (Dima, Vizcaya) se conoce desde 1932. Lo descubrió el prehistoriador José Miguel de Barandiarán, mientras trabajaba en otro yacimiento próximo. Pero no fue hasta 1967 que este investigador se decidió a excavar en la cueva de Axlor. Sus trabajos se extendieron hasta 1974. De su exploración nos han quedado varios dientes humanos, alguno de los cuales se perdió de manera accidental. El estudio de los restos arqueológicos y fósiles permitió asegurar que la cueva fue visitada de manera asidua por los neandertales seguramente hace más de 50.000 años. Varios de los niveles descritos por Barandiarán contenían herramientas musterienses, mientras que la morfología de los dientes es inconfundible; pertenecieron a humanos de la especie Homo neanderthalensis.

Águila real

Águila real (Aquila chrysaetos). © HBW Alive

 Al iniciarse el siglo XXI, el yacimiento fue nuevamente explorado bajo la dirección de Jesús González Urquijo, Juan José Ibáñez-Estévez y Joseba Ríos Garaizar. Sus trabajos certificaron la presencia de los neandertales en Axlor y añadieron una notable cantidad de información sobre la geología o el contexto arqueológico de este yacimiento.

En julio de este año la revista Scientific Reports publicó un artículo sobre el comportamiento cinegético y la gastronomía de los neandertales de Axlor, liderado por Asier Gómez Olivenza. Se sabe que los miembros de esta especie fueron capaces de adaptarse a la mayoría de los territorios de Eurasia. Este fue el verdadero imperio de los neandertales durante miles de años. Su inteligencia y sus habilidades culturales les permitieron conseguir una amplia gama de alimentos, incluyendo diferentes tipos de vegetales, y una larga lista de invertebrados y vertebrados terrestres y marinos. Podría decirse que su despensa estuvo llena de cualquier alimento imaginable disponible en su medio. Aunque ya se sabía que en la mesa de los neandertales no faltaban las aves y los carnívoros, el artículo de Scientific Reports nos presenta por primera vez un estudio del consumo de estos animales en yacimientos de la cornisa Cantábrica.

Los autores de este trabajo nos explican que el registro fósil de Axlor cuenta, entre otros restos fósiles manipulados por los neandertales para su consumo, con huesos de zorros, cuervos, cernícalos y águilas. En particular, los investigadores han identificado los restos de dos águilas reales (Aquila chrysaetos), que tienen las inconfundibles marcas de descarnado con utensilios de piedra.

Las águilas reales son predadores por excelencia. Cazan desde el aire conejos, liebres, zorros, serpientes e, incluso, ejemplares jóvenes de linces, jabalíes, corzos o rebecos, a los que habría que añadir los de las especies ya extinguidas en Europa. Todos sabemos la enorme velocidad que pueden alcanzar estas aves en caída libre para capturar una presa. La envergadura del águila real supera los dos metros y no son precisamente animales pacíficos a los que cualquiera pueda acercarse. Ni tan siquiera se pueden visitar sin peligro sus nidos, que sitúan en lugares poco o nada accesibles, como acantilados o árboles de gran altura.

Los neandertales, como otro homininos del Pleistoceno, fueron capaces de capturar bisontes, ciervos, jabalíes, etc. Para ello era necesario fuerza, velocidad y el diseño de estrategias de grupo. Ahora bien, no se me ocurre como un águila real pudo acabar en la “cazuela” de los neandertales de Axlor. La habilidad de estos humanos no dejará de sorprendernos.

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Neandertales: a pleno pulmón

Los especialistas en fisiología pulmonar son capaces de obtener un gran número de variables en cualquiera de nosotros. Una sencilla espirometría puede detectar posibles patologías ¿Podemos preguntar a los fósiles sobre su fisiología? Pues, aunque parezca mentira, es posible medir algunas de las variables de la mecánica pulmonar. Para ello solo es necesario disponer de costillas fósiles. Y si se conserva la mayor parte de la caja torácica, aún mejor.

Reconstrucción de la caja torácica de los neandertales y su comparación con la forma de la caja torácica actual. Fuente: Communications Biology.

No existen demasiados especialistas en el estudio de la caja torácica de nuestros ancestros. El material de estudio es escaso y no da para ocupar el tiempo de muchos expertos. Las costillas se rompen durante el proceso de fosilización debido a la presión de los sedimentos. Cuando la conservación ha sido especialmente buena por alguna feliz circunstancia, todavía queda el trabajo de identificar y recomponer las costillas. Un trabajo nada sencillo, que requiere destreza y un conocimiento anatómico extraordinario. No creo que lleguen a media docena los especialistas en la investigación de la caja torácica de las especies humanas extinguidas. Tengo la suerte de conocer y mantener amistad con dos de ellos, que no dejan de asombrarme con sus investigaciones. Y los dos son españoles.

 

Daniel García Martínez (Dani, para los amigos) acaba de liderar un artículo en la revista Communications Biology (del grupo Nature), publicado durante el mes de agosto, que es fruto de sus largas investigaciones en la época predoctoral. La reconstrucción de la caja torácica de los neandertales ha sido factible gracias a las prácticas funerarias de estos humanos. Los enterramientos han posibilitado la conservación de las costillas en algunos casos. Aun así, por delante queda el trabajo primero de identificar cada costilla, para luego obtener imágenes digitales mediante tomografía computarizada. Ciertos programas informáticos permiten encontrar la curvatura original de las costillas deformadas (algo muy frecuente) y recomponer aquellas que se rompieron. Con infinita paciencia, Daniel García consiguió reconstruir la caja torácica de tres neandertales: Kebara 2 y Tabun C1 (Israel) y uno de los ejemplares del yacimiento asturiano de El Sidrón. Gracias a la conservación de algunos elementos anatómicos es posible estimar que los restos Kebara 2 pudieron pertenecer a un varón, mientras que los de Tabun C1 posiblemente fueron de una mujer. El sexo del individuo de El Sidrón no ha podido ser estimado.

 

Uno de los resultados más interesante de estas investigaciones es la forma de la caja torácica, cuya gran anchura de los diámetros transversal y sagital en su parte inferior está en consonancia con la forma de la pelvis. Según toda la información disponible, la forma de la pelvis y la caja torácica de Homo sapiens ha derivado con respecto a la forma primitiva de todas las demás especies de homininos. Los neandertales y sus ancestros del Pleistoceno Medio llegaron a tener una estatura media de 165 centímetros para los varones y de 155 centímetros para las mujeres. Su cerebro llegó a tener un mayor volumen que el de Homo sapiens (en particular por el desarrollo del área occipital) y una masa muscular superior al promedio de machos y hembras de nuestra especie. Ahora sabemos que su máxima capacidad pulmonar (máxima cantidad de aire que pueden contener el sistema respiratorio) también era superior al promedio de nuestra especie. El ejemplar Kebara 2 y el ejemplar de El Sidrón superaban ligeramente los nueve litros de aire, frente a los siete litros en promedio de un hombre actual. Los pulmones del ejemplar Tabun C1 pudieron contener cerca de seis litros, frente a los casi cinco litros de una mujer actual. Al comparar la capacidad pulmonar total de los neandertales frente a su estatura y su masa corporal salían ganando con respecto a un humano reciente promedio.

 

Por supuesto, ya sabemos que los deportistas actuales de élite tienen una capacidad pulmonar superior a la del resto de nosotros. Miguel Induráin llegó a tener hasta ocho litros en su mejor momento de forma. No olvidemos que su estatura (188 centímetros) y su peso ideal en competición (80 kilogramos) eran muy superiores a los de los neandertales. Así que, en términos relativos (comparación de la capacidad pulmonar total frente a la estatura y la masa corporal), los neandertales tenían parámetros superiores a los de Induráin ¿Podríamos considerar a los neandertales como posibles grandes deportistas? Por supuesto, aunque dada su corpulencia y forma corporal difícilmente podrían haber ganado una gran vuelta ciclista.

 

La selección natural era todavía implacable con especies como Homo neanderthalensis, que debían afrontar una vida muy compleja para conseguir sus presas y defenderse de sus predadores. Su rutina era la del entrenamiento obligado diario, con la imperiosa necesidad de mantener su gran cerebro y su impresionante masa muscular bien oxigenados. Se puede opinar (los expertos tienen la palabra) sobre aquellos deportes actuales en los que podrían haber destacado los neandertales (tanto ellos como ellas). Aunque no sea posible obtener todas aquellas variables que se le miden a los deportistas de élite para conocer su posible rendimiento, no me cabe duda de que los neandertales habrían pasado con éxito cualquier examen riguroso y habrían alcanzado registros impresionantes en muchas disciplinas olímpicas.

 

José María Bermúdez de Castro

 

 

 

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Renacer sobre las cenizas

Resulta siempre muy triste la pérdida de bienes patrimoniales, testigos de nuestra historia y de nuestra evolución. Se puede mirar hacia delante sin reflexionar sobre nuestro pasado, pero nadie puede decir que ha conseguido un objetivo por sí mismo. Nuestros logros son el resultado del esfuerzo de quienes nos han precedido. Es por ello que guardamos con celo los recuerdos más importantes de ese pasado, que podemos contemplar en instituciones públicas y privadas. El incendio que ha consumido prácticamente la totalidad de los fondos del Museo Nacional de Río de Janeiro ha dejado un vacío irreemplazable. Han desaparecido colecciones de ejemplares que nos recuerdan la biodiversidad de una región del planeta y una parte muy importante de las evidencias de la historia de la humanidad. Quién escribe estas líneas ha investigado durante años en el Museo de Ciencias Naturales de Madrid, cuyas colecciones pude admirar desde niño. Es por ello que me resulta sencillo empatizar con quienes han conservado e investigado las colecciones del Museo de Río de Janeiro.

Detalle de Luzia, el resto humano más antiguo de Brasil, desparecido en el pavoroso incendio que ha devorado las valiosas colecciones del Museo Nacional de Río de Janeiro.

Los medios de comunicación han enfatizado la pérdida de los restos del ser humano más antiguo de Brasil y uno de los más antiguos de todo el continente americano. Luzia, la primera “brasileña” conocida ha desaparecido para siempre. Puedo comprender fácilmente la tremenda desazón de quienes han conservado y admirado este patrimonio único e icónico de la historia de un territorio. Aunque las evidencias de aquella mujer de la prehistoria de Brasil seguirán en el imaginario colectivo, su desaparición deja un vacío en los amantes de nuestra historia evolutiva. Deseo que pronto aparezcan nuevos restos en otros yacimientos, que llenen una parte de ese vacío y que el Museo Nacional de Río de Janeiro renazca sobre sus cenizas.

 

Luzia fue encontrada en 1975 en el yacimiento de Lapa Vermelha IV, próximo a Lagoa Santa, por un equipo de brasileños y franceses dirigidos por Annete Laming-Emperaire. Su datación, estimada en unos 12.000 años, convierte a Luzia en uno de los restos humanos más antiguos de todo el continente americano. Remito a los lectores al post de 11 de enero de 2018, publicado en este mismo blog, en el que se describen los últimos avances en el escenario de la primera ocupación del continente americano.

 

Esta irreparable pérdida me ha recordado mis viajes para estudiar originales de fósiles humanos en otros países. Por todo lo que he visto, puedo asegurar que desde hace algunos años España dispone de sistemas de seguridad envidiables para conservar nuestro patrimonio del pasado. Cierto es que no siempre es posible conservar y proteger ese inmenso patrimonio. Pero no es menos cierto que las administraciones tienen una especial sensibilidad en todo lo que se refiere a la preservación de los objetos e inmuebles que permiten recordarnos nuestro pasado. La mayoría de los fósiles humanos están bien protegidos en cámaras de seguridad, que le permitiría resistir incendios o cualquier otro desastre. En algunos países desarrollados, que prefiero no mencionar, me he sorprendido de la pésima conservación de fósiles famosos, medio olvidados en cajones, llenos de polvo y soportando cambios de temperatura y humedad en función de las condiciones ambientales del momento.

 

También podemos presumir de que tenemos profesionales de la conservación y de la restauración, cuya labor no es solo pasiva. Estos profesionales investigan nuevos métodos de conservación y pueden llegar a rechazar viejas prácticas que dañan la integridad de los fósiles. Por ejemplo, desde hace pocos años la mayoría de los profesionales ya no realizan copias de los originales de manera directa, sino que recurren a las imágenes virtuales obtenidas mediante tomografía computarizada. Las impresoras 3D mejoran cada día y las copias son de altísima calidad.

 

Espero que la triste lección aprendida en Río de Janeiro nos lleve a reflexionar sobre la necesidad de invertir más en la conservación de los tesoros que nos recuerdan nuestro pasado. Por supuesto, sin las evidencias y lecciones de tiempos pretéritos también puede haber un tiempo futuro. Pero sin referencias nuestro devenir es más incierto e impredecible.

 

José María Bermúdez de Castro

 

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