Sobre el oído interno de los homininos

Volvemos a sorprendernos de las posibilidades que nos ofrece la tecnología para profundizar en la investigación de los fósiles. Aquellas regiones escondidas a nuestra vista, pueden ser observadas, caracterizadas y medidas con una precisión asombrosa. La técnica de la micro-tomografía computarizada permite ese “milagro” científico.

Cráneo fósil Aroeira 3 del Pleistoceno Medio de Portugal. Fuente: PLoS ONE.

El cráneo del Pleistoceno Medio de Aroeira 3, obtenido del yacimiento que rellena una cueva del sistema cárstico de Almonda (Portugal), fue presentado a la comunidad científica durante la celebración de la reunión anual de la Sociedad Europea para el Estudio de la Evolución Humana (ESHE) que se celebró en 2016 en la ciudad de Alcalá de Henares. El 27 de enero de 2017, la revista PNAS presentó un artículo liderado por el arqueólogo Joan Daura, en el que se describía el fósil y se discutía sobre sus características y su posible relación con otros fósiles europeos de la misma época. La datación de este fósil se ha estimado en un rango de entre 390.000 y 436.000 años, por lo que se puede considerar contemporáneo de otros muchos ejemplares, incluidos los de la Sima de los Huesos de la sierra de Atapuerca. El mosaico de caracteres primitivos y derivados observado en este cráneo llevó a plantear una dinámica muy compleja para las poblaciones humanas del Pleistoceno Medio en el continente europeo, tal y como expliqué en el post anterior. Pero antes de continuar con los argumentos, veamos que nueva información se ha obtenido del fósil portugués.

Representación del laberinto óseo y sus componentes. Fuente: fonoaudiologosubo.blogspot.com.

Mercedes Conde-Valverde ha liderado un magnífico trabajo sobre el laberinto óseo del cráneo Aroeira 3, que ha sido publicado recientemente en la revista Journal of Human Evolution. El empleo de la micro-tomografía ha posibilitado que se vayan conociendo muchos datos sobre esta región anatómica del oído interno de diferentes especies del género Homo. La base de datos que han manejado Conde-Valverde y sus colegas incluye ejemplares atribuidos a la/s especie/s Homo erectus/ergaster a varios de los cráneos de la Sima de los Huesos de la sierra de Atapuerca, a un buen puñado de neandertales, a varios fósiles del Pleistoceno Medio final de China y, por supuesto, a fósiles atribuidos a nuestra especie. Mediante las imágenes virtuales del laberinto óseo es posible tomar varias medidas y registrar la variabilidad entre las especies y dentro de una misma especie, como la nuestra.

 

Sin entrar en detalles técnicos de cierta complejidad, los resultados de Conde-Valverde y colegas sugieren que el laberinto óseo de Aroeira 3 presenta un aspecto general primitivo, considerando como referencia las especies del género Homo. Pero, ¡cuidado!, el término “primitivo” puede llevarnos a engaño. Nosotros también hemos conservado los caracteres de esta región anatómica en su estado primitivo, como otras muchas partes de nuestro cuerpo. En cambio, los neandertales modificaron algunos aspectos del laberinto y de otras partes de su organismo, según nos relatan los autores de esa investigación. Los neandertales fueron unos humanos muy particulares tanto en su anatomía como en su fisiología.

 

Y esa particularidad del laberinto óseo también aparece en los fósiles de la Sima de los Huesos, que vuelven a mostrarnos su parecido con los neandertales. De manera sorprendente, el cráneo Aroeira 3, que se ha encontrado en la península ibérica y tiene una cronología similar a la de los humanos de la Sima de los Huesos, parece que tiene poco que ver con ellos. Apenas comparten uno de los caracteres del oído interno (un índice de valor pequeño para el giro basal de la cóclea), que a su vez no tienen los neandertales. Con esos resultados, Conde-Valverde y colegas se encuentran con el mismo dilema, al que todos hemos llegado estudiando diferentes regiones anatómicas de los fósiles del Pleistoceno Medio de Europa.

 

La variabilidad de estos fósiles es muy notable. La lógica nos dice que las poblaciones de un mismo territorio y de una misma época deberían ser más o menos homogéneas. Pero no es así. Como mucho, podemos sugerir que todas las poblaciones del Pleistoceno Medio de Europa ellas tienen una cierta relación filogenética con los neandertales. Esa relación podría ser más o menos próxima. Los humanos de la Sima de los Huesos, por ejemplo, parecen tener un parentesco muy estrecho con los neandertales. Pero, ¿y los demás?, ¿cómo se relacionan las poblaciones europeas entre sí y con los neandertales?  La solución a este problema solo se puede comprender pensando que el Pleistoceno Medio fue un período muy largo (620.000 años), en el que sucedieron alternancias climáticas muy bruscas (glaciaciones e períodos interglaciares). Durante las largas épocas frías se producían extinciones, fragmentación de las poblaciones y migraciones de algunos grupos a las regiones refugio de las costas mediterráneas. Los pocos que quedaban evolucionaban en sus respectivos refugios durante unos cuantos miles de años. Al llegar las épocas más cálidas, estos grupos volvían a expandirse, se encontraban y se mezclaban. Si añadimos la posibilidad de que llegaran nuevos colonos a Europa en esas épocas cálidas tendremos finalmente un tótum revolútum. Resulta muy difícil comprender esa variabilidad tan compleja. Los grupos humanos resultantes vivían relativamente cerca unos de otros, era casi contemporáneos, pero eran distintos. Y todavía tenemos que añadir un ingrediente muy importante: el registro fósil del Pleistoceno Medio de Europa es francamente muy escaso. Solo con nuevos hallazgos, y si fuera posible tan extraordinarios como los de la Sima de los Huesos de la sierra de Atapuerca, podremos comenzar a entender las claves de la colonización de Europa durante el Pleistoceno.

 

José María Bermúdez de Castro

 

 

 

 

 

 

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