Archivo del Autor: José María Bermúdez de Castro

Recordando a Miguel de la Quadra

Quiero dedicar un sencillo homenaje a la figura de Miguel de la Quadra Salcedo, a quién tuvimos oportunidad de conocer en 2001. Su estancia en los yacimientos de la sierra de Atapuerca, unos de lugares claves de la Ruta Quetzal de aquel año, nos dejó un gratísimo recuerdo.

salcedo

El deseo de vivir, conocer y transmitir acompañó siempre la vida de Miguel de la Quadra, que siempre miró de frente a las dificultades e incluso a la muerte. Miguel nos ha dejado, pero no cabe duda que se llevó una mochila cargada de recuerdos y vivencias imborrables. Su vida transcurrió de manera intensa, gastando cada minuto de su existencia en momentos de emoción. Se apaga una vida, que sin duda habrá iluminado el camino a decenas de personas a las que conoció y animó a pelear por sus ideales. El mensaje que puede aportar de Miguel de la Quadra a las generaciones jóvenes con su ejemplo vital no es otro que el de la capacidad de tirar siempre hacia delante, por más que las dificultades aparezcan como una alta montaña difícil de escalar. Descanse en paz.

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¿Cómo explicar el súbito incremento del tamaño de nuestro cerebro en el Pleistoceno Inferior?

Hace poco más de dos millones de años el cerebro de las especies del género Homo experimentó un crecimiento exponencial. En muy poco tiempo los homininos pasamos de tener un cerebro de unos 400 centímetros cúbicos (c.c.) a superar fácilmente la cifra de 1.000 c.c. El promedio del volumen actual de nuestro cerebro (unos 1.350 c.c.) fue sobrepasado por numerosos individuos de las poblaciones europeas del Pleistoceno Medio, hace unos 400.000 años. A juzgar por los datos disponibles en la actualidad, los neandertales del Pleistoceno Superior llegaron incluso a superar el tamaño promedio de las poblaciones recientes de Homo sapiens ¿Cómo explicar este súbito incremento, cuando el tamaño del cerebro de los homininos se mantuvo inalterado durante cuatro millones de años en cifras similares a las de los chimpancés actuales?

pleistoceno

Por descontado, los genetistas tienen las claves para mostrarnos que variaciones de los genes responsables del incremento en el número de las neuronas del neocórtex cerebral pudieron experimentar una selección positiva. Sin esa base genética no puede explicarse el cambio. Pero resulta muy interesante preguntarse sobre las características del medio donde sucedió el espectacular incremento del cerebro. En primer lugar, conviene recordar que nuestro cerebro consume entre el 20 y el 25% de la energía que necesitamos para el metabolismo basal. En esas circunstancias, es evidente que los miembros de especies como Homo habilis, Homo rudolfensis y Homo ergaster (por citar las africanas) tuvieron que conseguir alimentos mucho más energéticos que los de sus predecesores, los australopitecos. En Homo ergaster el volumen del cerebro llegó a crecer hasta un 100% más que en los australopitecos. Y ese cambio sucedió en menos de medio millón de años.

Es muy interesante situar los yacimientos africanos del Pleistoceno Inferior donde se encuentran fósiles del género Homo. Todos ellos están asociados a las riberas de los grandes lagos del Valle del Rift o a los ríos que discurrían por vastas regiones del este de África. Parece una obviedad pensar que los humanos de entonces (como ha sucedido desde siempre) estuvieron condicionados por la presencia de agua dulce en su medio natural. No solamente necesitaban beber, sino que los mamíferos que consumían también estaban irremediablemente asociados al agua. No obstante, podemos reflexionar sobre una cuestión también muy obvia, que nos puede dar las claves sobre el incremento del tamaño del cerebro.

www.magazinedigital.com

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Aproximadamente el 60% de cerebro está formado por lípidos. Una parte sustancial de este componente está formado por ácidos grasos omega 3, de los que casi el 100% es DHA (ácido docosahexaenoico). Nuestro organismo es capaz de conseguir DHA en pequeñas cantidades, mediante la transformación del ácido alfa-linolénico. Pero la cantidad diaria necesaria y recomendable para nuestra salud procede de peces de agua dulce y marinos que, a su vez, lo obtienen del consumo de ciertas algas. La carne y los huevos también contienen DHA, pero en menor cantidad. Con esta información podemos especular que nuestros ancestros del Pleistoceno Inferior pudieron ser maestros en el arte de la pesca. Los yacimientos arqueológicos nos muestran los restos fosilizados de los mamíferos que descuartizaron con sus herramientas de piedra. Pero es más complicado encontrar evidencias del consumo de truchas o salmones. Así que nos queda la lógica de una hipótesis, que ganará en consistencia con el paso del tiempo. No me cabe duda de así será. Sabemos que los bonobos consumen algo de pescado ¿Tenemos alguna razón para dudar que las especies del género Homo fueran hábiles consiguiendo peces en las orillas de los lagos y los ríos?

Y como el mayor crecimiento del volumen del cerebro sucede en los primeros años de vida, las crías de especies como Homo ergaster únicamente tenían acceso al DHA mediante la lactancia (la leche materna es muy rica en DHA). En la actualidad podemos añadir este ácido graso a los preparados lácteos, supliendo en parte las enormes necesidades de los niños. El cerebro de nuestros hijos crece mucho más deprisa que cualquier otra parte del organismo durante los seis primeros años de vida. En el Pleistoceno Inferior los miembros de especies como Homo ergaster no tenían otra opción que la lactancia, para conseguir que el cerebro de sus hijos alcanzara valores de hasta 850 c.c. La fuente más segura y abundante de DHA para las madres tuvo que residir en la habilidad para conseguir los peces, que abundaban en los grandes lagos del Gran Valle del Rift y en los ríos que surcaban las sabanas del este de África.

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El cráneo de Maba y las relaciones este-oeste

Como muchos otros fósiles humanos de China, el cráneo de Maba ha permanecido casi invisible para la paleoantropología durante decenas de años. Este cráneo, de cronología incierta, fue sacado a la luz en 1958 durante las excavaciones realizadas en una cueva de la pequeña villa de Maba en la provincia china de Guandong. Se trata pues de uno más de las docenas de fósiles humanos localizados en el sur de China, donde las épocas glaciales del hemisferio norte apenas influyeron en su biodiversidad. La antigüedad de este cráneo se ha cifrado entre cerca de 300.000 y 130.000 años. Esta incertidumbre es común para muchos de los hallazgos realizados en China en esos años. Las primeras dataciones se realizaron durante los años 1980s, pero no se ha llegado a un consenso. Así que podemos quedarnos con la idea de que este cráneo perteneció a una población humana de finales del Pleistoceno Medio, sin entrar en más detalles.

Cráneo de Maba 1. Fuente: humanorigins.si.edu

Cráneo de Maba 1. Fuente: humanorigins.si.edu

Los paleoantropólogos occidentales que han tenido acceso bien al original bien a una réplica tampoco se han puesto de acuerdo sobre la asignación taxonómica del cráneo de Maba. Como bien explican Xiu-jie Wu y Emiliano Bruner en su estudio del neurocráneo de Maba, es prácticamente imposible llegar a una conclusión robusta sobre la identidad taxonómica de un fósil aislado. El estudio de la morfología del cráneo de Maba permite al menos proponer hipótesis sobre esa identidad y sus relaciones con los diferentes taxones propuestos por los expertos. Puesto que el fósil de Maba carece de las características de los cráneos de Homo erectus de China, los partidarios de la teoría multiregional consideran que estamos ante la evidencia de una población de rasgos intermedios entre Homo erectus y Homo sapiens. Sin embargo, a nadie se le ha escapado que el cráneo de Maba tiene un cierto parecido con los Neandertales.

¿Es que acaso los Neandertales llegaron hasta el sur de China? El último estudio de Xiu-jie y Bruner del neurocráneo de Maba ha mostrado el sorprendente parecido de este fósil con el cráneo Neandertal Saccopastore 1 (Italia). No obstante y aunque el volumen endocraneal de Maba alcanza la nada despreciable cifra de 1.300 centímetros cúbicos, su cerebro carecía de la notable expansión de los lóbulos frontales y la altura de los lóbulos parietales que caracteriza a Homo neanderthalensis y sobre todo a nuestra especie. Xiu-jie y Bruner se han fijado entonces en la morfología de los cráneos de la Sima de los Huesos de Atapuerca, en los que la cara es muy similar a la de los Neandertales, mientras que el neurocráneo tiene un aspecto más arcaico. Considerando esa similitud Xiu-jie y Bruner apuestan por dos hipótesis alternativas. El cráneo de Maba pudo haber pertenecido a un miembro de la especie Homo heidelbergensis, que para muchos expertos vivió en buena parte de África y en Eurasia. La segunda hipótesis plantea una convergencia y/o paralelismo evolutivo entre las poblaciones europeas y las poblaciones de China de finales del Pleistoceno Medio.

Acerca de la primera hipótesis recordemos que en un artículo publicado en 2014 en la revista Science dejamos a los humanos de la Sima de los Huesos fuera de la especie Homo heidelbergensis. Con esa decisión la especie perdió nada menos que el 80% de sus fósiles y quedó prácticamente en desahucio a la espera de rescate (si es que lo tiene). La segunda hipótesis es muy socorrida cuando resulta difícil interpretar la presencia de similitudes en fósiles localizados en regiones muy distantes. Me permito pues proponer una tercera hipótesis, que mi colega la Dra. María Martinón y el autor de estas líneas llevamos defendiendo desde hace algunos años para interpretar la variabilidad de las poblaciones de finales del Pleistoceno Medio en Eurasia. Las similitudes entre las poblaciones del este y el oeste pueden deberse a que estas poblaciones han compartido el mismo origen. Aún siguiendo caminos evolutivos diferentes en regiones muy distantes, los fósiles de Europa y de China habrían conservado muchas de las características de la población original de la que proceden.

Siempre hablamos del suroeste de Asia como una región privilegiada para la evolución humana y la de cualquier especie durante el Pleistoceno. Esta región, que incluye el Corredor Levantino, resultó ser un auténtico vergel durante las épocas más frías del Pleistoceno. El suroeste de Asia, cruce de caminos entre África y Eurasia, se considera un “punto caliente” para la biodiversidad del Pleistoceno. Si la hipótesis de un origen común se acerca a la realidad de los hechos los individuos de Maba y de Saccopastore estaría lejanamente emparentados a través de un mismo ancestro de esta región del planeta. Su parecido no sería consecuencia de una convergencia evolutiva sino de la persistencia de rasgos que ya estaban presentes en sus “progenitores”. No está de más recordar que una especie tan antigua como Homo antecessor también es portadora de características que una vez fueron tenidas como exclusivas de los Neandertales. Explicar estas similitudes en especies y especímenes de tiempos y regiones tan diferentes como consecuencia de múltiples convergencias evolutivas es altamente improbable.

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