El talento, en el destierro

Hace más de tres años (el tiempo vuela) tuve ocasión de leer uno de los magníficos textos de mi buen amigo José Sebastián Carrión, Catedrático de Evolución Vegetal de la Universidad de Murcia). El título de su columna en un diario de Murcia era el mismo que encabeza este post. Por descontado, mi intención no es plagiar su título, sino rendirle un cariñoso homenaje. Su texto sigue colgado de uno de tablones de anuncios de mi centro de investigación.

 

Sobre talentos exiliados por falta de oportunidades en nuestro país tengo una cierta experiencia. No son pocos los jóvenes científicos (ellos y ellas) del Equipo Investigador de Atapuerca que han salido fuera de España en busca de su oportunidad. Algunos han podido regresar. Otros se han quedado. Siempre explico que la ciencia es universal; no tiene fronteras. Así que podemos desarrollar nuestra vocación en cualquier parte del mundo. Pero nos queda mucho para que la balanza esté en equilibrio y que España tenga tanto talento de otros países, como talento propio en el exilio.

Foto de los participantes en el VI International Symposium SRUK-2018. Foto tomada por Michal Rogala.

 

Algunos/as echan raíces en el país de acogida. Otros/as, en cambio, añoran su tierra y desean regresar. Pero las oportunidades para desarrollar todo su talento en España son muy pocas y muchas veces de peor calidad. No se trata de realizar una crítica a los sucesivos gobiernos, qué también Me consta que existe cierta sensibilidad en algunos responsables políticos sobre la necesidad de desarrollar ciencia y tecnología en nuestro país, una inversión a largo plazo necesaria para encontrar alternativas al turismo y al ladrillo. El problema es en realidad de toda la sociedad española, de nuestra propia idiosincrasia. A estas alturas de mi vida profesional solo puedo desear que las próximas generaciones lleven a cabo este cambio, tan necesario para nuestro futuro.

 

Hace ahora un par de años recibí una invitación para dar una conferencia sobre los hallazgos en Atapuerca por parte de una asociación, para mí desconocida. Firmaba la solicitud Pablo Muñoz, estudiante de doctorado en la Universidad de Oxford, en nombre de la CERU/SRUK (Sociedad de Científicos Españoles en el Reino Unido/Society of Spanish Researchers in United Kingdom, por sus siglas en inglés). No pude acudir a esta cita ni en 2016 ni en 2017. Pero acabo de regresar de dar la conferencia solicitada y de conocer a Pablo. También a Nerea Alonso, la persona responsable de organizar el VI International Symposium SRUK en la ciudad escocesa de Glasgow. Nerea es doctora en el Centre for Genomic and Experimental Medicine, IGMM, en la University of Edinburgh. Además, he tenido oportunidad de conocer a un grupo de jóvenes con enorme talento, que tuvieron la feliz ocurrencia de fundar en 2011 una sociedad sin otro ánimo que conocerse, apoyarse mutuamente y buscar quizá esa oportunidad que les permita regresar.

Logo de la Sociedad de Científicos Españoles en el Reino Unido/Society of Spanish Researchers in United Kingdom.

 

Los miembros de la CERU organizan jornadas científicas, en las que invitan tanto españoles como del propio Reino Unido. Mi sorpresa fue que muchos jóvenes científicos británicos también estaban presentes en la reunión, escuchando lo que teníamos que contar de la ciencia y la tecnología que desarrollamos en España. No fue menos sorprendente y también agradable saber que esta asociación cuenta con el apoyo de instituciones españolas públicas y privadas. La Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (FECYT), que depende del Ministerio español relacionado con la Ciencia, patrocina estos eventos y no es ajena a estas sensibilidades. Un gran avance, sin duda.

 

Hace ya muchos años (1988) conseguí una beca postdoctoral para trabajar durante un par de años en la Universidad de Liverpool. Ciertas circunstancias permitieron que me quedara en España, cuando casi tenía los billetes de avión en la mano. Ignoro cómo habría sido mi vida de haber partido hacia aquel destino: ¿tal vez mejor, quizá peor?; pero sin duda, diferente. En aquella época casi nadie se preocupaba de quienes teníamos vocación investigadora. Habría sido uno más en marcharse, tal vez para regresar sin oportunidades de reinserción en el pobre sistema de investigación español de entonces.

 

En mi viaje a Glasgow he podido hablar sobre el programa científico de Atapuerca, en el que quizá no habría participado de haberme exiliado al Reino Unido hace 30 años. También he podido constatar que ellos y ellas ya no están solos. No es poco. Existe un enorme talento en los científicos españoles. España, como país europeo, tiene mucho que decir y la sociedad española tiene que evolucionar y madurar para enriquecer su diversidad cultural. Invertir en ese talento es invertir en nuestro futuro. Desde este blog, quiero felicitar a mis anfitriones y todos los miembros de la CERU/SRUK, agradecerles su deferencia por la invitación y desearles lo mejor para su carrera científica.

 

 

José María Bermúdez de Castro

 

 

 

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El juego

Hace unos días me sorprendió la pregunta de una periodista chilena: ¿se ha encontrado algún tipo de juguete en el registro arqueológico más antiguo de nuestra evolución? Ciertamente no se conoce ningún objeto en el Pleistoceno, cuya función tenga relación con el juego. Respondida la pregunta, la conversación derivó hacia un tema muy interesante: el juego de las especies que nos han precedido. Es bien conocido que las crías de los mamíferos sociales dedican buena parte de su tiempo al juego. Así que, aunque no podamos viajar al pasado, podemos imaginar escenas de juego en las diferentes especies de Australopithecus o en las del género Homo.

Para responder a nuestra curiosidad, tenemos una referencia actual importantísima: los chimpancés. Las crías de nuestros parientes vivos más próximos dedican buena parte de su tiempo al juego, entre ellas o con los adultos. Exactamente como lo hacemos nosotros. El juego les permitirá desarrollar aquellas habilidades que necesitarán cuando sean adultos. Siendo especies sociales, la interacción continuada entre los más pequeños es absolutamente imprescindible. Las crías han de aprender a interaccionar con otros miembros del grupo. Lo que practican como un juego, acabará por convertirse en una realidad social en su vida como adultos.

 

Para los chimpancés, como seguramente lo fue para todos nuestros ancestros, el juego es divertido. Los niños y niñas ríen y disfrutan con sus imaginaciones, sus carreras o montando en un columpio. Los chimpancés también disfrutan con sus actividades, y les delata las expresiones de su rostro o sus gritos, diferentes a los que emiten si existe un peligro. Con el juego aprendíamos a defendernos y huir de los predadores, a buscar comida, o a pelearnos. Es el preludio de lo que haremos al llegar a la vida adulta, pero a una escala diferente. Necesitamos vivir como seres sociales y el juego nos permite aprender ese comportamiento. No ha quedado rastro de los juguetes que pudieron utilizar nuestros antepasados en el Plioceno o en el Pleistoceno, pero a buen seguro que emplearon ramas de árboles en sus inocentes luchas, o para buscar comida en compañía de otras crías, como hacen hoy en día los pequeños chimpancés.

 

Quizá, la reflexión que podemos hacer sobre el juego tiene que ver con lo que sucede actualmente en nuestras sociedades modernas y desarrolladas. Los juguetes, tal y como los entendemos, fueron ideados por nuestra especie seguramente desde hace algunos miles de años. Ahora ya forman parte del negocio de una industria bien desarrollada. El problema es que muchos (si no la mayoría) de esos juguetes están pensados para el juego individual. Los niños y niñas tienden a jugar en grupo, porque ese comportamiento está en nuestros genes. Sin embargo, la sociedad acaba forzando el juego individual, con artilugios que fomentan la soledad. Sin duda, algo estamos haciendo mal y las consecuencias se verán en pocos años.

 

José María Bermúdez de Castro

 

 

 

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¿Podemos saber la edad de muerte con el desgaste de los dientes?

Los estudios demográficos de las poblaciones humanas pretéritas tratan de reconstruir la estructura por sexo y edad de aquellas sociedades de las que no ha quedado registro. Se sabe que las poblaciones anteriores a la nuestra, incluyendo los neandertales, tuvieron un desarrollo acelerado con respecto al de Homo sapiens. Por ese motivo, resulta prácticamente imposible conocer la estructura de los grupos en función de su edad, especialmente si retrocedemos hasta el Pleistoceno más profundo. Nuestros ancestros finalizaban su desarrollo antes que nosotros y también morían antes. Pero, ¿qué sabemos de las poblaciones recientes?

Desgaste dental en la mandíbula del individuo neandertal de Regourdou 1. Notar el notable desgaste de los incisivos y caninos, con amplia exposición de dentina. Los molares están relativamente menos gastados, aunque la dentina ya aparece en los tres molares. Observar que el desgaste es algo más acusado en el lado derecho que en el izquierdo. La edad de muerte de este individuo es prácticamente imposible de estimar. Quizá falleció cuando tenía entre 20 y 30 años. Fuente: P. Sémal, Royal Belgian Institute of Natural Sciences Brussels.

 

En un post anterior de este mismo blog (3 de marzo de 2018) hablé de la dificultad de estimar el sexo de los restos fósiles. Si las poblaciones son muy recientes, el ADN puede ayudar a la determinación del sexo. también existe la posibilidad de encontrar elementos en el ajuar de los enterramientos que ayuden en ese cometido. Además, si se conservan restos de la pelvis la probabilidad de estimar el sexo aumenta considerablemente. Pero también estamos interesados en conocer su edad de muerte.

 

Mientras los dientes (deciduos y permanentes) están en desarrollo es relativamente sencillo estimar la edad de muerte de los individuos inmaduros. La precisión puede llegar a ser considerable. Pero una vez que nuestra dentadura está completa nos encontramos con muchas dificultades para conseguir ese propósito. Durante décadas los antropólogos físicos han propuesto varios métodos para estimar la edad de muerte de los adultos, como la fusión de las suturas craneales, que han tenido muy poco éxito. El desgaste dental puede dar una información aproximada. Los humanos del pasado, aún los más recientes, no consumían alimentos tan procesados como los que tenemos a nuestra disposición en las estanterías de los supermercados. Es por ello que sus dientes se gastaban con cierta rapidez. Aun así, la consistencia de los alimentos no era la misma en todas las poblaciones del planeta y los patrones de desgaste podían ser muy variables.

 

A pesar de estas dificultades, todavía se pueden leer artículos científicos, como el que han publicado recientemente Katie E. Faillace (Universidad de Boston) y dos colegas suyos en la revista American Journal of Physical Anthropology. Los autores de este trabajo han examinado más de 700 esqueletos de edad de muerte conocida de la Universidad de Nuevo México (USA) y de la Universidad de Coimbra (Portugal) con el objetivo de averiguar si varios métodos que emplean el desgaste dental como indicador de la edad muerte funcionaban bien en esas colecciones. Los resultados, en mi opinión, no fueron muy satisfactorios. Veamos.

 

Faillace y sus colegas introdujeron alguna modificación en los métodos tradicionales y consiguieron mejorar sus predicciones. Para los individuos mayores de 50 años obtuvieron resultados “razonables” solo en un 60% de los esqueletos. Cuando trabajaron con individuos fallecidos antes de los 45 años el porcentaje de resultados razonables mejoró hasta el 74%. La edad estimada en estos individuos tenía un error de ±10 años. Cuando medían el desgaste dental y los autores estimaban que un individuo tenía 40 años, en el peor de los casos ese individuo había fallecido realmente entre los 30 y los 50 años.

 

Los resultados pueden considerarse tan buenos o tan malos como uno quiera. Si preguntamos a los forenses encargados de estimar la edad de muerte de alguna víctima tengo la impresión de que este método no les resultará muy convincente, aunque no dispongan de más información. El tipo de dieta, la caída de dientes (que no rozan con sus correspondientes en el maxilar o en la mandíbula durante la masticación), la posición anómala de algunas piezas dentales o la preparación de los alimentos influyen de manera muy notable en el desgaste dental. Este trabajo de Faillace y sus colegas demuestra una vez más la dificultad de utilizar el desgaste de los dientes en la determinación de la edad de muerte, aunque puedan presumir de haber mejorado sus estimaciones.

 

 

José María Bermúdez de Castro

 

 

 

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