Osos y humanos

Representación de la especie Ursus deningeri en la Sima de los Huesos de la sierra de Atapuerca. Dibujo realizado por Mauricio Antón

Los osos tienen una particular importancia en el estudio de la prehistoria y la evolución humana. Sus restos fósiles suelen aparecer en la mayoría de los yacimientos del Pleistoceno de Europa. Su hábito de pasar una parte del invierno durmiendo en el interior de las cuevas (hibernación) ha dejado miles de restos de aquellos individuos que no superaron esa fase de su vida. Un ejemplo muy conocido es el del yacimiento de la Sima de los Huesos de la sierra de Atapuerca, donde se acumularon miles de restos de la especie Ursus deningeri. El ingeniero de minas y paleontólogo Trinidad de Torres, experto en la evolución de los úrsidos del Pleistoceno, fue quién encontró los primeros restos humanos de este lugar tan emblemático, mientras obtenía una colección excepcional de fósiles de Ursus deningeri.

La filogenia de los osos parece más sencilla que la de los homininos, pero no está exenta de polémicas y debates. Durante el Plioceno y el Pleistoceno vivió la especie Ursus etruscus, que posiblemente dio origen a los osos de la Sima de los Huesos (Ursus deningeri) y a la especie Ursus prearctos. Esta última podría ser muy similar a la especie Ursus dolinensis, encontrada en los niveles inferiores del yacimiento de la cueva de la Gran Dolina en la sierra de Atapuerca. Siguiendo a Trinidad de Torres, Ursus deningeri sería la especie ancestral de la especie Ursus spelaeus, conocidos como osos de las cavernas. Mientras, la especie Ursus prearctos había originado a los osos polares (Ursus maritimus) y a los osos pardos (Ursus arctos).

Por supuesto, esta es una de las varias hipótesis filogenéticas sobre la evolución de los osos del Pleistoceno. Todas las especies mencionadas coexistieron en Eurasia, que conoció una biodiversidad extraordinaria durante ese período. El linaje de los osos pardos actuales y el linaje de los osos de las cavernas (ya extinguidos) coincidieron en el tiempo y su separación pudo ocurrir en un tiempo muy similar al de la separación de los neandertales y los humanos actuales.

La paleogenética se ha ocupado de estudiar el genoma de las especies humanas extinguidas. Pero no desdeñan la investigación de linajes extintos de ciertos mamíferos. La revista Nature Ecology & Evolution ha presentado un estudio liderado por Axel Barlow (Universidad de Postdam, Alemania), en el que han participado tres investigadoras españolas, que se ocupado de secuenciar el ADN de la especie Ursus spelaeus. Se conoce bien el genoma del oso pardo, que en la actualidad vive en numerosas regiones de Eurasia y en América del Norte. Así que es posible comparar la secuencia genómica de esta especie con la de especies extinguidas.

Los restos fósiles de osos de Cova Eirós (A Coruña) pertenecen a la especie Ursus spelaeus, cuya antigüedad (aproximadamente 35.000 años) ha posibilitado la recuperación de ADN. A pesar de que esta especie pertenece a un linaje diferente, parte de su secuencia genómica ha sobrevivido en el oso pardo merced a la hibridación ocasional entre Ursus arctos y Ursus spelaeus. Curiosamente, la proporción de ADN heredada por el oso pardo del oso de las cavernas (0,9% – 2,4%) es muy similar a la que nosotros mantenemos gracias a nuestros encuentros con los neandertales.

Estos resultados muestran un paralelismo muy interesante entre la evolución de los osos y la de los humanos. La divergencia de unos y otros pudo suceder hace más de medio millón de años. Sin embargo, permanecimos con una similitud genética suficiente como para que los híbridos tuvieran descendencia fértil. Y todo ello a pesar de los fuertes cambios ambientales que han sucedido durante el Pleistoceno en el medio continental.

Observando el progreso de la paleogenética, me pregunto cuántas sorpresas nos aguardan todavía en esta nueva disciplina tan prolífica y reveladora. De momento, el concepto de especie exige una buena reflexión. Aunque sigamos estando de acuerdo con el hecho de que la especie representa la unidad básica de la clasificación de los seres vivos, tenemos que ser conscientes de que la naturaleza no es tan simple como se llegó a pensar en su momento.

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Mundos perdidos

Indígenas de la Amazonia fotografiados desde drones. © Theotherpress.ca

Vivimos pendientes de la prima de riesgo, de los valores del Ibex 35, del último modelo de coche que podemos adquirir o de si la NASA, la Administración Espacial Nacional de China (CNSA) o cualquier otra agencia son capaces de llevar un vehículo a la superficie de Marte o viajar fuera de nuestra galaxia. Estamos muy pendientes de no ganar demasiado peso para lucir una buena silueta en la playa o de los últimos datos sobre la esperanza de vida, que nos permitirán superar con cierta calidad de vida los 90 años. Esta es nuestra civilización, en la que padecemos un enorme estrés por mil y una razones.

Muy alejados de nuestro mundo particular viven decenas de seres humanos en lugares perdidos de Nueva Guinea, las islas Andamán, Perú, regiones del África central, Malasia o la Amazonia. Estos humanos apenas han tenido relación directa con la “civilización” o nunca han sido contactados. A finales del mes de agosto supimos de la existencia de once nuevas tribus amazónicas, que nunca han tenido contacto con otros seres humanos fuera de sus refugios en el Amazonas. La fundación brasileña Funai (Fundación Nacional del Indio), dedicada a la protección de los intereses de los indios, ha divulgado imágenes obtenidas mediante drones de seres humanos en regiones del interior de la Amazonia. Esas imágenes nos muestran un mundo perdido, aunque desgraciadamente no olvidado por los intereses económicos.

En pleno siglo XXI tenemos la fortuna de que todavía queden en el planeta seres humanos de los que tendríamos mucho que aprender. Solo necesitan sus selvas para conseguir lo que necesitan para vivir, con el estrés justo para sobrellevar una vida sencilla en la que solo han de preocuparse por conseguir los generosos recursos que les ofrece la naturaleza. Son grupos pequeños expuestos a una extinción masiva por el simple contacto con otros seres humanos. No están inmunizados contra las enfermedades que muchos países hemos conseguido erradicar.

Se me ocurren muchas razones para dejar que estos pueblos sigan viviendo aislados, con su cultura de cazadores y recolectores, con su sabiduría adquirida en el conocimiento de las propiedades curativas o alimenticias de cientos de especies de plantas. Seguramente con sus propios conflictos territoriales, como ha sucedido desde siempre; con una esperanza de vida al nacimiento notablemente más baja que la de los países “desarrollados”; pero probablemente con un grado de felicidad que nosotros ya hemos perdido. Por descontado, los intereses económicos juegan en su contra. Los recursos de todo el planeta son pocos para satisfacer nuestras apetencias dinerarias.

Se sabe que muchos de estos pueblos rehúyen el contacto con la civilización. Otros humanos aspiran a controlar los recursos de sus territorios y pueden diezmarlos con un simple estornudo. Podemos aprender desde lejos sobre su estilo de vida, que no sería muy diferente a la de otros humanos cazadores y recolectores que nos han precedido en el tiempo. Pero tendríamos que respetar su existencia, sin intervenciones paternalistas. No nos necesitan y nosotros los necesitamos a ellos.

 

Me pregunto muchas veces por el tiempo que puede durar una civilización como la nuestra. La historia nos muestra el progreso impresionante de ciertos pueblos durante varios siglos y su estrepitoso declive en pocos años. De la historia hemos aprendido que las civilizaciones tienen un inicio y un final. La nuestra no es diferente. Que nadie piense que nuestro actual estilo de vida es para siempre.

En un tiempo no muy lejano es posible que algunos de esos pueblos sean los únicos capaces de sobrevivir en un planeta cada vez más necesitado de respiración asistida.

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Nuevos hallazgos en Irak suponen un rayo de esperanza

Cueva Shanidar Irak

Boca de entrada de la cueva de Shanidar (Irak).

Las investigaciones sobre la evolución humana, y en particular las que se relacionan con el estudio de los neandertales, están de enhorabuena. Nos llega la noticia de que se están realizando nuevas excavaciones en el yacimiento de la cueva de Shanidar, en la región del Kurdistán del norte de Irak. Además, la noticia llega gracias al descubrimiento de nuevos restos humanos de Homo neanderthalensis.

Este yacimiento es sin duda uno de los más importantes del mundo para el estudio de los neandertales. Entre 1951 y 1960, el yacimiento fue excavado por el norteamericano Ralph Solecki. Aparecieron cientos de herramientas musterienses y restos humanos fósiles de hasta nueve individuos. El décimo individuo (varios restos de las extremidades inferiores) se identificó entre los numerosos restos óseos que llegaron a Institución Smithsonian.

La cueva de Shanidar se hizo muy popular gracias a la conocida novela El clan del oso cavernario (Jean M. Auel, 1980), en la que la autora da vida a los restos fósiles de los neandertales de Shanidar para crear a sus protagonistas. Aunque la escritora tomó muy buena nota de todos las características físicas que le dieron los expertos para dar vida a los personajes de su novela, la época en la que fue escrita denota las carencias de conocimiento sobre la especie en ese momento. No obstante, Jean Auel se adelanta a su tiempo al contarnos la relación sexual entre la protagonista Ayla, huérfana de un clan de Homo sapiens, y uno de los miembros del clan de los neandertales.

Pero no quiero hablar de esta novela, que sin duda muchos/as lectores/as conocerán de sobra, sino de la noticia de nuevos hallazgos en Shanidar. Desde la llamada Guerra del Golfo (1990) hasta las siniestras noticias bélicas de los últimos tiempos, Irak ha sufrido una enorme devastación. Como bien sabemos, su patrimonio, que es de toda la humanidad, ha sufrido pérdidas irreparables. Quizá se sabe menos del patrimonio que testimonia la evolución humana en la región. Solo dos de los diez individuos neandertales recuperados del yacimiento de Shanidar permanecieron a salvo en la Institución Smithsonian (Shanidar 3 y Shanidar 10). El resto de los fósiles y del registro arqueológico parece estar en paradero desconocido, aunque se conserven moldes de cierta calidad de los fósiles humanos.

Un nuevo cráneo de Homo neandertahlensis asoma entre los sedimentos de las excavaciones en Shanidar. Fuente: Kurdistan 24.

Por eso es una gran noticia que se puedan llevar a cabo excavaciones en una región tan peligrosa como es el Kurdistán. La investigadora británica Emma Pomaroy contaba hace unos días a la cadena de televisión Kurdistan 24 los nuevos hallazgos en Shanidar, que incluyen un nuevo cráneo de Homo neanderthalensis. Imagino que aun tardaremos en ver un estudio pormenorizado de estos restos en alguna revista científica, pero la noticia es muy alentadora.

Por otro lado, y como ya expliqué en el post anterior, el suroeste de Asia es una región en la que tenemos grandes esperanzas para encontrar ese momento en que una población se destacó de los homininos que muchos identifican con Homo erectus, para convertirse en el linaje que daría lugar a Homo antecessor, Homo heidelbergensis, Homo neanderthalensis y Homo sapiens, sin olvidarnos de los denisovanos. Esperemos que los conflictos bélicos cesen algún día en esta región del planeta, que desde hace casi dos millones de años ha sido clave para el devenir del género Homo y de nuestra propia especie.

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