Elefantes europeos

Durante el Pleistoceno Europa tuvo su propio elefante. La especie Paleoloxodon antiquus, también conocida como elefante de colmillos rectos, vivió en el continente europeo durante todo el Pleistoceno Medio (desde hace unos 800.000 años). Su extinción es muy reciente y se estima en unos 10.000 años. Su tamaño fue similar a la del elefante africano (Loxodonta africana), cuyos machos alcanzan hasta cuatro metros de alzada y un peso de más de seis toneladas. Su distribución en Europa a lo largo del tiempo fue variable según las condiciones climáticas. Durante los períodos interglaciares Paleoloxodon antiquus pudo colonizar la mayor parte del norte de Europa, incluyendo el sur de la actual Federación Rusa. Pero el intenso frío de los períodos glaciales, y en particular el que asoló Europa durante la mayor parte del Pleistoceno Tardío, diezmó la población de estos animales. El hallazgo más reciente de Paleoloxodon antiquus en Inglaterra data de hace más de 110.000 años, mientras que la especie pudo sobrevivir en las penínsulas del sur de Europa unos 10.000 años después de la extinción de los neandertales. El elefante europeo necesitaba un clima templado y la presencia de zonas boscosas, como sus primos actuales de África. Durante los períodos glaciales, cuando el frío asolaba el norte de Europa, los elefantes europeos eran sustituidos por los mamuts (género Mammuthus). Casi podríamos afirmar que los ancestros de los neandertales solo conocieron la especie Paleoloxodon, puesto que su tolerancia climática pudo ser muy similar.

Recreación de Palaeoloxodon antiquus. Fuente: PhilipEdwin-DeviantArt

 

Aunque esta especie se asoció con el actual elefante asiático (Elephas maximus), el estudio del ADN obtenido de restos de Paleoloxodon reveló que sus parientes vivos más próximos son los actuales elefantes africanos de bosque (Loxodonta cyclotis). Palaeoloxdon dejó descendencia en las islas mediterráneas (Creta, Sicilia, Chipre o Malta) donde persistieron variedades enanas de elefantes hasta el Holoceno.

 

Se ha debatido mucho sobre la caza de elefantes por los humanos del Pleistoceno, particularmente a propósito de los hallazgos de numerosos ejemplares en los yacimientos españoles de Ambrona y Torralba. No cabe duda de que los ancestros de los neandertales cazaron elefantes, como se demuestra en algunos yacimientos europeos, pero seguramente nunca fueron sus presas favoritas. El enorme tamaño de estos animales permite una densidad demográfica pequeña en comparación con la de otros mamíferos, por lo que su captura pudo ser casi anecdótica en las prácticas de caza de nuestros ancestros del Pleistoceno. La presencia de restos fósiles de elefantes procesados se ha constatado en algunos yacimientos europeos, como Notarchirico (Italia), Aridos (España) o Ehringsdorf (Alemania). Es interesante mencionar que los yacimientos de la sierra de Atapuerca contienen sobre todo evidencias de la caza de ciervos, caballos y bisontes. El hallazgo de algún resto de elefante es casi testimonial de su presencia en estas regiones de la península ibérica. Sin duda, los elefantes no formaron parte del espectro cinegético de las poblaciones humanas de Atapuerca.

 

No parece que las especies humanas de Europa tuvieran un papel activo en la extinción de los elefantes europeos, sino los rigores climáticos de la glaciación más fría del Pleistoceno. Las poblaciones habrían quedado aisladas, con escasa posibilidad de intercambio genético y abocadas, por ello, a la extinción. Quizá este mismo modelo se puede aplicar a los neandertales, como explican algunos datos del ADN de estos humanos (leer post de 17 de octubre en este mismo blog).

José María Bermúdez de Castro

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Humanos

Muchas veces he reflexionado sobre el significado del término “humano”. También me lo han preguntado en no pocas ocasiones. La respuesta es difícil, y no porque sea complicado acudir al diccionario de la Real Academia de la Lengua: “dicho de un ser: que tiene naturaleza de Hombre,…(las mayúsculas son mías, para evitar las connotaciones de género) y se añade “ser racional”; también aparece: perteneciente o relativo al Hombre (ser racional). Esta entrada tan sencilla y sintética expresa de manera clara lo que la mayoría entienden por “ser humano”. Una definición tan simple procede de nuestra percepción del mundo que nos rodea, donde nos reconocemos como los únicos seres capaces de tener conciencia de nosotros mismos, planificar, mantener ideas en la mente, pensar, reflexionar, proponer dogmas o hipótesis, o practicar una religión. Es obvio que se trata de una autodefinición de nosotros mismos, que establece fronteras entre los miembros de Homo sapiens y las demás especies del planeta, actuales o extinguidas.

Ilustración de Roman Yevseyev realizada a partir de los restos craneales de uno de los homininos recuperados del yacimiento de Dmanisi (República de Georgia).

 

Claro qué si admitimos la teoría evolutiva y, por ende, la evolución humana, nos encontramos ante un dilema interesante. Aún si somos conscientes de que nuestra especie lleva viviendo en el planeta desde hace casi 300.000 años, podemos plantear si aquellos primeros sapiens se hicieron las mismas preguntas que sabemos se han hecho reconocidos pensadores desde hace unos cuantos centenares de años. Es curioso que en el ámbito de la paleoantropología estemos tan influidos por las reflexiones de esos pensadores tan próximos a nosotros. Así, en los artículos científicos se encuentran términos como “humanos arcaicos”, “humanos recientes” o “humanos modernos”. Por supuesto, se trata de un modo de entendernos y diferenciar las poblaciones que se incluyen en nuestra especie de las que consideramos como pertenecientes a otras especies. No hay ninguna intencionalidad de separar las especies antiguas de la nuestra por cuestiones filosóficas o religiosas. Es puro pragmatismo, pero mediatizado por nuestras propias limitaciones.

 

La biología ya ha sido capaz de estudiar, el genoma, el comportamiento y las habilidades cognitivas de los simios antropoideos. No pretendo ahora listar sus capacidades mentales, pero los expertos han ido borrando poco a poco las fronteras entre ellos y nosotros. Tanto es así que los miembros del Proyecto Gran Simio persiguen desde hace tiempo la necesidad de otorgar a nuestros parientes vivos más próximos la categoría de humanos. Es innecesario explicar las dificultades de este noble propósito, que trata de dignificar a estas especies y protegerlas de su inminente desaparición.

 

Y si algunos pensadores actuales de plantean una cuestión de tanto alcance, ¿qué podemos decir de aquellas especies que nos precedieron en el tiempo?, ¿Dónde ponemos el límite, si es que hemos de establecer una frontera entre los humanos y los no humanos?, ¿es que alguien tiene un artilugio para viajar al pasado y tratar de establecer contacto con los miembros de Homo erectus o con los neandertales? ¿Qué habilidades mentales tendrían? Los neandertales enterraron a sus muertos, pero durante su compleja existencia considero que no tuvieron mucho tiempo para detenerse a pensar durante horas sobre ellos mismos y la naturaleza que les rodeaba.

 

Quienes defiendan una definición sobre el “ser humano” similar a la que sintetiza la RAE a partir de las reflexiones de los pensadores modernos tienen ante sí el reto de establecer un límite dentro de nuestra propia especie ¿Consideramos humanos solo a quienes fueron capaces de pintar en las paredes de las cuevas hace 20.000 años? ¿o buscamos otro criterio?

 

Las capacidades supuestamente superiores que tenemos en la actualidad (planificación, anticipación, mantenimiento de las ideas, organización, capacidad de concentración, o un lenguaje simbólico y complejo) residen sobre todo en el córtex frontal. Pero todos nuestros ancestros han debido tener las mismas habilidades, si bien de manera menos desarrollada porque su córtex frontal era simplemente más pequeño. Con la excepción del pensamiento simbólico y un lenguaje complejo, las diferentes especies de la genealogía “humana” han sido capaces de planificar, anticiparse, organizar, o cuidar de sus enfermos, etc. En ese sentido, hace unos años llamó la atención el hallazgo de un cráneo totalmente desdentado y con las encías reabsorbidas en el yacimiento de Dmanisi (República de Georgia). Hace casi dos millones de años, un grupo “humano” se preocupó de cuidar hasta su muerte a uno de sus miembros de avanzada edad, incapaz de masticar los alimentos crudos y de cierta consistencia, que formaban parte de su dieta. Sin esas cualidades sociales tan humanas, no estaríamos aquí escribiendo o leyendo estas líneas. Por respeto a nuestros ancestros, suelo escribir sobre ellos con el calificativo de “humanos”. Es mi libre elección.

 

José María Bermúdez de Castro

 

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Untermassfeld: ¿un nuevo caso de fraude científico?

El yacimiento paleontológico de Untermassfeld se localiza a unos 150 kilómetros al norte de la ciudad alemana de Frankfurt-am Mein, en el pleno centro de Alemania y a una latitud de unos 52º norte. Consultando un mapa de Europa notaremos enseguida que ese yacimiento se localiza a una latitud similar a la de Londres y solo algo más baja que la de Kiev, Amsterdam o Varsovia. Su excavación comenzó a finales de los años 1970s y ha proporcionado una de las colecciones de vertebrados fósiles más importantes de toda Europa, con una cronología de entre 1.200.000 y 900.000 años. La colección de fósiles de micromamíferos es una de las referencias para la bioestratigrafía europea.

Excavaciones en Untermassfeld (Alemania). Foto: Marc Steinmetz.

 

Hace un par de semanas, este yacimiento fue noticia en la revista Nature (Nature News, Ewen Callaway, 13 noviembre 2017), debido a la polémica que han suscitado un par de publicaciones científicas de 2016 y 2017 en revistas relevantes sobre evolución humana. Estas publicaciones sostienen que en Untermassfeld existen claras evidencias de presencia humana. Dos prestigiosos investigadores europeos, Wil Roebroeks (Universidad de Leiden, Países Bajos) y Ralf –Dietrich Kahlke (Instituto Senckenberg de Alemania), que conocen bien el yacimiento, han elevado su voz en una publicación científica reciente. En ella niegan de manera tajante tales conclusiones. Las supuestas herramientas no son sino piedras rotas de manera natural y no existen indicios de que los humanos fueran los causantes del depósito de restos en Untermassfeld. Es más, Roebroeks y Kahlke sostienen que los investigadores implicados en esas publicaciones nunca han excavado en Untermassfeld y que las evidencias que presentan muy probablemente no proceden de este lugar. Incluso se habla de robo de materiales de Untermassfeld, devueltos al Instituto Senckenberg de manera anónima ¿Nos encontramos ante otro caso más de manipulación de datos con la idea de publicar artículos científicos para conseguir notoriedad?

 

Dejaremos que todo se aclare antes de quemar a nadie en la hoguera. Sin embargo, este caso ha reabierto el debate sobre las primeras ocupaciones humanas de Europa. Aunque la sierra de Atapuerca y los yacimientos de Guadix Baza, en Granada, tienen claras evidencias de presencia humana hace más de un millón de años, todo apunta a que los homininos solo fueron capaces de colonizar las regiones mediterráneas de Europa durante el Pleistoceno Inferior. Algunos colegas siguen manteniendo que la presencia humana en el sur de Europa fue testimonial, esporádica e intermitente. Sin embargo, no está nada claro que esto fuera así. El sur de Europa tuvo recursos suficientes como para mantener una población estable durante milenios, a la que posiblemente se fueron sumando grupos llegados del Este. Es más, el yacimiento de Pakefield, en el Reino Unido, ha proporcionado una buena colección de herramientas de piedra datadas en 700.000 años. En épocas interglaciares, algo más cálidas que en la actualidad, los humanos de sur de Europa fueron capaces de subir hacia el norte y dejar su huella en la misma latitud que Untermassfeld.

 

Esto no significa que los datos sobre posible presencia humana en el yacimiento de Untermassfeld tengan alguna credibilidad, porque la cronología del yacimiento alemán coincide con una época muy fría del Cuaternario. Las gélidas regiones del norte de Europa tendrían que esperar casi medio millón de años hasta que fueron colonizadas por nuevas oleadas de población, que llegaron a Europa con la tecnología achelense una cultura distinta y seguramente el conocimiento y el dominio del fuego.

José María Bermúdez de

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