Archivo por meses: Mayo 2013

Somos el primate que más y mejor se comunica

A propósito de mi participación la semana pasada en un curso sobre comunicación de la Ciencia en el centro donde desarrollo mi trabajo, he tenido ocasión de reflexionar sobre varias cuestiones. Somos la especie de primate más social que existe en la actualidad y la comunicación entre los seres humanos es la más compleja desarrollada hasta el momento desde el comienzo de la vida en el planeta. Mi reflexión de hoy está motivada por una breve conversación mantenida con un profesor de cierta UConferencia en el CENIEHniversidad española, con el que me une una vieja amistad. Su hija, de unos quince años, ha dejado de mantener relaciones sociales con otros adolescentes, cuando hace no mucho tiempo pertenecía a la pandilla de amigas de la urbanización donde reside. Ahora, la hija de este buen amigo solo se relaciona de manera virtual a través de las redes sociales. La preocupación de su padre es comprensible.
Tengo entendido que este caso es muy común y las razones pueden ser muy diversas. Los expertos en psicología seguro que podrían ofrecernos buenas razones para explicar este tipo de comportamiento. Lo cierto es que la manera natural de comunicarnos entre los humanos es presencial. Tenemos un sistema muy complejo (del que hablaré en otro momento) de comunicación gestual y visual, que acompaña al propio lenguaje. Los músculos de la cara y la expresión de los ojos ofrecen un repertorio riquísimo de gestos, que algunos expertos tienen bien catalogados. Esos gestos son capaces de delatar, por ejemplo, a una persona que expresa una mentira con palabras.
La comunicación virtual es un gran logro de la tecnología, que hemos de aprovechar en beneficio de una sociedad más justa; sin embargo, los padres, educadores, y la sociedad en general tenemos que velar para que la comunicación virtual no sustituya al 100 por 100 a la comunicación presencial. Nuestros hijos se están desarrollando en una sociedad muy distinta a la que hemos vivido hace apenas unas decenas de años. Pero tendrán que aprender a compatibilizar todas las formas posibles de transmitir información. Sin ir más lejos, he tenido oportunidad de realizar varias reuniones de trabajo por vídeo-conferencia y confieso que la experiencia me ha dejado siempre una sensación de vacío, difícil de explicar con palabras. Si bien se conseguía el objetivo de comunicar determinada información imprescindible, más allá de un mensaje de texto, la sensación posterior nunca ha sido satisfactoria. Siempre me ha faltado la calidez de una reunión presencial. Sencillamente, este tipo de comunicación no está programada en nuestro genoma y nos dejará siempre cierto ánimo de insatisfacción.
Por descontado, soy ferviente partidario de todas y cada una de las formas de comunicación, desde la lectura hasta lo último en redes sociales, pasando por medios como la televisión o el cine. Sin embargo, en mi modesta opinión, la comunicación presencial nunca se perderá; es consustancial al ser humano porque somos primates sociales. Lo contrario puede llegar a convertirse en una patología peligrosa.

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¿De dónde salió la palabra ‘humanos’?

Estamos habituados a utilizar la palabra “humano” con la mayor naturalidad del mundo. Es el vocablo que utilizamos desde siempre para distinguirnos de los demás seres vivos. Somos conscientes de que existimos y pensamos y es por ello que hemos de utilizar un término que nos diferencie de manera nítida de los animales. Por supuesto, esa distinción tiene un significado diferente según la utilicemos con un sentido biológico (científico), filosófico o religioso.

Los filósofos de la antigüedad (y los de tiempos más recientes) meditaron sobre esta cuestión y llegaron a conclusiones interesantes y dispares. Sus reflexiones representan un legado muy valioso. Desde el punto de vista de las diferentes religiones no hay nada que debatir. Las decisiones sobre ésta y otras cuestiones quedan solo para los intelectuales de cada confesión. Tampoco los científicos tenemos las ideas muy claras. Es curioso que en las revistas científicas especializadas sobre evolución utilizamos los términos “humano” y “no humano” B21para distinguir a los restos fósiles de nuestros ancestros de los de los animales que convivieron con ellos en otros tiempos. En sentido figurado, casi diría que en nuestro genoma está “grabada a fuego” la idea de separarnos de manera tajante de los demás seres vivos.

Carlos Linneo pensó con acierto al clasificar a los seres humanos dentro del mundo animal. El término binomial elegido (1758) fue el de Homo sapiens (el Hombre sabio). Linneo no tuvo dudas sobre nuestra inteligencia “superior” y puso su granito de arena para establecer la frontera entre nosotros y los demás animales. Por cierto, Carlos Linneo prefirió ese nombre al de Mulier sapiens. Por supuesto, estoy seguro de que Linneo no pretendía excluir a las mujeres, porque una gran mayoría de especies tienen sexos separados. Pero en aquella época el mundo estaba totalmente dominado por los hombres. Tampoco creo que a estas alturas sea cuestión de plantearse cambiar de nombre a nuestra especie (o tal vez sí). Cuando hablamos de los “Hombres” para referirnos a los representantes de nuestra especie estamos excluyendo a las mujeres, por lo que hablar de “la humanidad” resultaría políticamente más correcto.

En definitiva, y desde que en nuestra mente se puso en marcha la conciencia del YO, parece que tenemos muy clara la distinción entre nosotros mismos y los demás seres vivos. Esa distinción encierra un punto de soberbia y una clara convicción de superioridad (de la que hablaré en otro momento) sobre el resto de seres vivos. Sin embargo, no deja de ser curioso disculpar nuestros errores con expresiones como: “es de humanos equivocarse” o “los errores son humanos”. ¡En que quedamos! Si somos superiores no deberíamos de equivocarnos.

La figura es un homenaje al genio de Leonardo da Vinci.

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Australopithecus sediba

En su número de 12 de abril de 2013 la revista Science acaba de publicar seis nuevos artículos sobre el estudio de diferentes partes anatómicas de los restos de la especie Australopithecus sediba. Recordemos que esta nueva especie de Australopithecus fue nombrada y descrita en 2010 por Lee Berger, paleoantropólogo de la Universidad de Witwatersrand, en Johannesburgo, y varios de sus colaboradores también la revista Science.

HALLAN NUEVA ESPECIE HOMÍNIDO QUE VIVIÓ HACE 2 MILLONES DE AÑOS EN SUDÁFRICA

La capacidad de observación y el entrenamiento de un niño de 12 años, Matthiew Berger, fue clave el descubrimiento en 2008 de uno de los conjuntos más completo de fósiles humanos africanos en la cueva de Malapa (Sudáfrica). Su padre realiza frecuentes exploraciones en el área donde se encuentran los yacimientos más famosos de este país, como Sterkfontein, Swartkrans, Taung, etc. Y no solo le acompañan otros colegas, sino que su hijo forma parte de estas expediciones. No será extraño que en pocos años Matthiew se convierta en un eminente científico dedicado al estudio de la evolución humana. El área de estudio de Berger y su equipo está catalogada por la UNESCO entre los lugares patrimonio de la humanidad. Allí se han descubierto decenas de restos de los géneros Australopithecus y Paranthropus, pero lo encontrado en la cueva de Malapa ha sido excepcional, no solo por la

cantidad de restos, sino por su extraordinaria conservación. En estos últimos tres años se han ido describiendo los esqueletos muy completos de dos individuos, MH1 y MH2. Tenemos que aplaudir la eficacia del Berger y su equipo en publicar sus resultados de manera tan rápida y no hacernos esperar años para satisfacer nuestra insaciable curiosidad.

Mediante el método de los núclidos cosmogénicos en 2010 se publicó que los fósiles podían tener entre 1,75 y 1,95 millones de años. Este método es relativamente reciente, pero tiene un gran futuro por delante. Por explicarlo de una manera sencilla, ciertos elementos químicos, como el aluminio y berilio contenidos en los granos de cuarzo guardan en su memoria la última vez que fueron iluminado por la luz solar. Los geocronólogos han ideado la manera de que los átomos de estos elementos revelen el tiempo transcurrido desde ese momento hasta que sus electrones son excitados de manera artificial en el laboratorio mediante equipamientos muy complejos. Las últimas dataciones, publicadas un año más tarde, confirman la antigüedad de los restos de Malapa en 1,98 millones de años. Sin duda estamos ante la especie más reciente del género Australopithecus.

Este hecho llevó a Lee Berger a proponer que Australopithecus sediba representa a la especie que dio lugar al género Homo. De ahí el nombre que Berger pensó para la especie. Ya sabemos que la denominación en latín “Australopithecus” significa “mono del sur”. La palabra sediba procede de la legua sesotho y significa fuente o manantial. Para Berger, los restos de Malapa representarían el origen o la fuente del género Homo, como una forma intermedia entre Australopithecus africanus, cuyos restos más recientes datan de hace 2,5 millones de años y los primeros representantes del género Homo.

La nuevas investigaciones, dedicadas en buena medida al estudio del esqueleto postcraneal, son tremendamente interesantes y merecerían un análisis de varias páginas. Intentaré resumir. Aunque Berger en esta especie encuentra un verdadero mosaico de caracteres primitivos junto con otros más progresivos o derivados, el esqueleto postcraneal es primitivo en la mayoría de sus rasgos morfológicos. Esto significa que Australopithecus sediba retuvo una gran mayoría de caracteres de los primeros representantes del linaje de los homininos, tras su separación de la genealogía de los chimpancés hace entre seis y siete millones de años. Significa también que Australopithecus sediba era una especie con capacidades trepadoras muy desarrolladas. Por supuesto, los sediba eran bípedos, como todos los homininos, pero debieron llevar buena parte de su existencia en medios boscosos, donde la locomoción en los árboles era habitual. Los sediba trepaban y se balanceaban en las ramas con la facilidad de un chimpancé. La morfología detallada de las diferentes articulaciones de cada hueso no deja lugar a las dudas. Además, el modo de caminar de los sediba era muy particular, con hiperpronación en el apoyo de sus pies. Esta es una forma exagerada que algunos humanos utilizamos al apoyar el pie para no cargar el peso del cuerpo en las extremidades inferiores, que suele conducir a patologías, como la fascitis plantar o los juanetes. No es que los sediba caminaran mal sino que, como dicen los autores del trabajo, en el Plioceno y el Pleistoceno debió de haber diferentes maneras de ser bípedos, dependiendo de la morfología de las diferentes partes que componen el esqueleto. Todas estas formas de bipedestación fueron eficaces para el ambiente en el que los homininos desarrollaron su existencia. Nosotros, los humanos actuales, tenemos nuestra forma particular de ser bípedos, ligada a recorrer largas distancias con el mínimo esfuerzo.

En la síntesis que escribe Lee Berger previa a la presentación en Science de estos trabajos, observo una mayor prudencia a la hora de proponer a los sediba como las formas intermedias entre los australopitecinos y el género Homo. El entusiasmo de su propuesta de 2010 (quizá más en caliente) parece haberse atemperado en los últimos tres años. Ciertamente, el escenario que propuso Berger en 2010 era muy sugerente y probablemente aún lo defiende. Pero el estudio de los dientes y de la mandíbula del individuo MH2 no son tan concluyentes. En el estudio (muy fiable) de los dientes queda claro que los sediba estaban estrechamente relacionados con Australopithecus africanus, también sudafricanos y cuya existencia se agotó hace 2,5 millones de años. Para los autores de estos trabajo no hay duda de que los sediba fueron una especie diferente a los africanus y no una continuidad evolutiva de estos últimos.

Ahora bien, ¿qué relación existe entre Australopithecus sediba y Homo habilis, cuyas dataciones coinciden en el tiempo? El cráneo y los dientes de Homo habilis son algo más derivados que los de los sediba. El esqueleto OH62 se atribuyó hace años a H. habilis y también presenta una capacidades trepadoras asombrosas, además de una proporciones corporales idénticas a las de los australopitecinos. Con esta información la hipótesis de que los sediba son una forma intermedia entre Australopithecus y Homo es factible. Pero hay un problema en este escenario: no todos los especialistas consideran que el esqueleto OH62 sea representativo de la especie Homo habilis. Sin una información inéquívoca de cómo era el esqueleto postcraneal de esta última especie no podemos estar seguros de nada. Hay que esperar.

El argumento más difícil de soslayar para mantener la hipótesis de Lee Berger se encuentra en el estudio del esqueleto postcraneal de los homininos de Dmanisi (República de Georgia), publicado por la revista Nature en 2007. Estos homininos representan a los primeros colonizadores de Eurasia y tienen una cronología muy fiable de 1,8 millones de años. Muy próxima, por tanto, a la de los sediba. Para empezar, la distancia en línea recta entre Johannesburgo y Tiflis (la capital de la República de Georgia) es de 7.750 kilómetros, una bagatela para el siglo XXI, pero una distancia inimaginable para el Pleistoceno.

Por otro lado, los esqueletos de Dmanisi, si bien todavía presentan algunos caracteres primitivos, tienen ya una morfología esencialmente moderna, con proporciones corporales como las nuestras, una forma de locomoción ya muy similar a la de Homo sapiens y una estatura de entre 150 y 170 centímetros. Es evidente que los restos de Malapa y los de Dmanisi tienen muy poco que ver, puesto que su cronología es muy similar. Si la hipótesis de Lee Berger es correcta, tendríamos que proponer un escenario coherente, que podría ser el siguiente: Australopithecus sediba vivía en el este de África hace cerca de tres millones de años. Un linaje de esta especie dio lugar al género Homo, que evolucionó de manera muy rápida, tal vez presionado por cambios ambientales. Recordemos que las primeras herramientas de piedra proceden del yacimiento de Gona, en Etiopía, y tienen 2,7 millones de años. De momento no se han hallado herramientas asociadas a los restos fósiles de Australopithecus sediba.  Hace unos dos millones de años, al menos una de las especies de Homo emigró hacia el norte y salió de África. Su transformación anatómica habría sido muy rápida. Mientras, los miembros de Australopithecus sediba tuvieron que viajar hacia Sudáfrica después de dar origen al género Homo en el este del continente africano. Este escenario es complejo y requiere demasidas asunciones. No es de extrañar la moderación de Lee Berger en la presentación de los últimos trabajos publicados por la revista Science. En cualquier caso, la información de los fósiles de Australopithecus sediba es fundamental para entender una parte de la evolución humana. Ojalá se sigan encontrando restos tan abundantes y bien conservados, por equipos tan eficaces como el coordinado por Lee Berger.

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