Archivo por meses: Septiembre 2013

Lenguaje y cerebro

A1148Una de las cuestiones más interesantes, controvertidas y debatidas en el ámbito científico de la evolución humana es sin duda el lenguaje. Sobre el lenguaje y sus múltiples facetas se ha escrito mucho y, valga la expresión, aún no se dicho la última palabra. Lo más curioso del caso es que nadie ha sido capaz hasta el momento de encontrar una respuesta satisfactoria a la cuestión: ¿cuando apareció por primera vez el lenguaje en la evolución humana? La pregunta se repite de manera constante en todos los foros donde se discute sobre nuestros orígenes, pero los asistentes nunca reciben una respuesta contundente. Simplemente porque nadie conoce esa respuesta.

La mayoría de los especialistas que han abordado las investigaciones sobre el lenguaje desde el punto de vista de la morfología de los restos fósiles de nuestros ancestros han arrojado la toalla. Podemos afirmar, en todo caso, que si nuestros antepasados del género Homo podían hablar su forma de expresarse sería diferente de la nuestra. Tenemos una configuración craneal única, que nos permite hablar de manera también muy particular. No podemos olvidar que las diferentes partes anatómicas (huesos y músculos) del cráneo representan un verdadero “instrumento musical” con su correspondiente caja de resonancia, que suena mejor o peor a partir de las órdenes que recibe del cerebro.

Puesto que he derivado hacia el cerebro, tengo que recordar al profesor Phillipe Tobias (1925-2012), uno de los paleoantropólogos más influyentes del siglo XX. Tobias fue uno de los autores de la especie Homo habilis, que se publicó en la revista Nature en 1964. Sus estudios de esta especie han quedado plasamados en artículos y libros que se citan continuamente. Tobias pensaba que Homo habilis era capaz de comunicarse mediante un lenguaje articulado, aunque no fue una de sus conclusiones más aplaudidas. Tobias había estudiado a fondo la forma del cerebro de Homo habilis a partir de moldes endocraneales. El cerebro de esta especie llegó a tener la mitad del tamaño del nuestro, que no está nada mal, y Tobias creyó reconocer en aquellos moldes una expresión más que rudimentaria de las llamadas áreas de Broca y Wernicke.

El área de Broca se localiza en la circunvolución frontal inferior del neocórtex cerebral, en el hemisferio izquierdo y muy próxima a ciertas áreas motoras del cerebro. En síntesis, su papel consiste en coordinar todos los movimientos de los elementos anatómicos y “tocar” el instrumento musical. El debido entrenamiento de esos elementos nos permitirá hablar correctamente en una u otra lengua o dominar a la perfeccción varias lenguas (con buen acento), si el entrenamiento se produce a una edad temprana con el neocórtex todavía en desarrollo.
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El área de Wernicke se localiza en la mitad posterior de la circunvalación temporal superior, en el neocórtex cerebral del hemisferio izquierdo y no lejos de áreas asociativas y auditivas. El área de Wernicke está perfectamente conectada con el área de Broca mediante un haz de fibras nerviosas (fascículo arqueado) y su papel promordial consiste en comprender lo que otros nos dicen. Sin el debido entrenamiento a temprana edad, seremos incapaces de entender lo que nos explican o preguntan en una lengua diferente a la nuestra.

No podemos saber si Phillipe Tobias tenía o no razón, porque no podemos viajar al pasado. Pero lo cierto es que Homo habilis había dejado ya el amparo constante de las selvas africanas, por aquel entonces ya en franca recesión en la regiones orientales del continente. Quién no recuerda el famoso grito de Tazán. No es que este personaje de leyenda tuviera una voz prodigiosa, sino que el eco de su llamada rebotaba y se propagaba a través de la densa vegetación a muchos kilómetros de distancia. Los primates sociales que viven en la selva también se comunican de un modo similar, y expresan con sus sonidos peculiares diferentes situaciones bien comprendidas por sus congéneres. La proximidad no es imprescindible en esta faceta de su comunicación.

Ahora bien, si salimos de la selva y nos encontramos en campo abierto ya podemos gritar, que nadie nos escuchará a más de cien metros de distancia. Homo habilis ya no pudo comunicarse con sus congéneres como lo hacían sus ancestros de bosques cerrados. A partir de un cierto momento ya solo valía la comunicación en las distancias cortas. Tal vez fue la gran ocasión para aprender a expresarnos mediante algún tipo de lenguaje; pero, como decía antes, nos quedaremos sin saberlo a menos que ideemos una manera de retroceder un par de millones de años en el tiempo.

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Comunicarnos: si ó si

comunicacionEn muy pocos años hemos asistido al nacimiento de formas cada vez más rápidas y eficaces para comunicarnos con los demás. Por ejemplo, el paso adelante que supuso la facilidad para transmitir información en tiempo record mediante el correo electrónico está dejando cada vez menos espacio al correo empaquetado en sobres de papel. No tenemos más que pensar en las felicitaciones que enviamos durante la Navidad, cuya forma tradicional persiste prácticamente por una cuestión de protocolo en los organismos públicos y privados. Mi interés no está en analizar la ventajas o los inconvenientes de las llamadas redes sociales, sino tratar de entender las razones de su creciente expansión.
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¿Porqué tiene tanto éxito una comunicación cada vez más sofisticada y con modalidades tan dispares? La respuesta es inmediata: quizá somos la especie de primate más social que nunca haya existido sobre el planeta. Es por ello que primero la telefonía fija y más tarde la telefonía móvil han tenido un enorme éxito en todas las sociedades con capacidad económica para utilizar tales tecnologías. Tenemos la imperiosa necesidad de comunicarnos. El éxito evolutivo de los grupos humanos que sobrevivieron en épocas remotas se basó en la cooperación, que precisa de un intercambio de datos sobre el medio: predadores, competidores, alimento, condiciones climáticas, refugios, etc., etc. Es importante recordar que el lenguaje (un tema importantísimo, sobre el que escribiré en más de una ocasión) es una forma de comunicación en homininos, que apareció hace quizá más tiempo del que imaginamos, pero no la única.

Las sociedades organizadas de manera compleja tenemos una creciente necesidad de información. Cierto es que podemos sobrevivir en una ciudad sin apenas comunicarnos, mendigando o recogiendo lo que le sobra a los demás;  o simplemente evitando conocer lo que sucede en el mundo (monjas de clausura). Pero si deseamos vivir plenamente integrados en la sociedad lo primero que precisamos es información. Parte de esa información es vital, mientras que otra es opcional. Sin embargo, nuestro genoma de primates sociales nos impulsa  casi de manera compulsiva a conseguir el mayor número posible de datos de nuestro entorno próximo y ahora también del entorno lejano. No podemos olvidar que vivimos en un mundo globalizado, en el que una guerra desarrollada a miles de kilómetros de distancia interfiere de alguna manera en nuestro bienestar. En definitiva, el éxito de las nuevas formas de comunicación y de las que están por llegar está garantizado, aunque ya estemos advertidos de los peligros que ello conlleva para nuestra propia intimidad.

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¿Determinismo genético?

Reflex29Durante un intercambio de información a través de las redes sociales, alguien se sorprendió de una de mis afirmaciones. La pregunta y la respuesta estaban relacionadas con el papel de los genes en la determinación de la morfología o de los rasgos de comportamiento. La capacidad de comunicación a través de  twitter tiene sus limitaciones (140 caracteres) y las explicaciones complejas precisan sin duda de otros medios.

Es correcto afirmar que en el genoma de un ser vivo está “escrita” toda la  información necesaria para el desarrollo de ese ser desde su concepción hasta su muerte. También están escritas sus pautas de comportamiento, especialmente aquellas más automatizadas. Cada célula (neuronas, hematocitos, miocitos, etc.) expresa solo aquellos genes que la convierten en una unidad diferente a las demás, para formar los tejidos celulares correspondientes. Incluso, los genes nos predisponen a padecer o no determinadas enfermedades. En ese sentido, podemos decir que existe un cierto determinismo genético o, dicho de manera muy coloquial, “somos esclavos de nuestros genes”.

Sin embargo, este determinismo genético no es algo fatídico y, desde luego, tiene muchísimos matices. Todos sabemos que la información genética y el medio ambiente interactúan en mayor o menor medida y moderan la expresión génica. Cierto es que el “producto final” de muchos genes apenas está influido por el ambiente, mientras que lo opuesto sucede en una parte sustancial del genoma. También sabemos que una alimentación escasa y de mala calidad tiene una influencia más que notable en la estatura de los seres humanos o en la posible expresión de muchas enfermedades. Las experiencias con gemelos (univitelinos) son muy reveladoras. Aunque sea muy complicado diferenciar a dos gemelos, su desarrollo en ambientes distintos conduce también a diferencias en su comportamiento y en su carácter. Aunque todos tenemos una cierta tendencia a parecernos a nuestros padres en muchos aspectos de la personalidad (timidez versus sociabilidad, por ejemplo), también sabemos que los rasgos que determinan nuestro carácter están fuertemente influidos por el ambiente y pueden modificarse con el transcurso de los años en un medio cambiante.

Algunas enfermedades raras, como la alcaptonuria (la denominada enfermedad de la orina negra), son hereditarias y están determinadas por la presencia de un determinado gen. Lo tienes o no lo tienes. Otras enfermedades dependen de la expresión de varios genes. Si esos genes forman parte de nuestro genoma, seremos susceptibles a padecer esas enfermedades. No obstante, existen muchos factores ambientales, incluida la dieta, el estrés o incluso la actitud ante la vida, que pueden retrasar o anular la expresión génica de la enfermedad.

Así que determinismo genético si, pero hasta cierto punto. Si un ser vivo tiene el genoma de un humano nunca llegará a ser una lombriz de tierra. Si le toca el gen (hereditario) que produce hipercolesteremia familiar ese ser humano desgraciadamente padecerá un ataque cardíaco a edad temprana. Pero si sus padres tienen un carácter colérico no significa que tenga que convertirse en un asesino en serie.

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