Archivo por meses: febrero 2014

Sobre los apellidos de la Ciencia y otras falacias

Reflex.71Aunque ya no podemos sorprendernos por casi nada, resulta patética la falta de formación de muchos de los responsables de las administraciones públicas. Aún resulta más sorprendente la falta de criterio de quienes tienen la responsabilidad de dirigir los destinos de la ciencia. Unos y otros parecen no tener capacidad para vislumbrar el futuro. Las grandes entidades privadas crearon hace tiempo su propio I+D+i (investigación+desarrollo+innovación), sabiendo que se trata de la mejor inversión para el futuro de sus negocios. Las administraciones públicas de los países más desarrollados aprendieron hace mucho tiempo la lección y apostaron por el desarrollo continuado de la ciencia. Así les va y así nos va. A la postre, las patentes conseguidas con dinero publico y bien gestionadas representan una formidable fuente de ingresos. No valen excusas ni discursos demagógicos. La práctica de la ciencia requiere una parte muy pequeña del PIB de cualquier país.

Desde hace muchos años, leo convocatorias oficiales de proyectos de investigación y sigo sin salir de mi asombro. La ciencia se clasifica en compartimentos bien etiquetados, algunos de los cuales tienen preferencia sobre otros. Esta jerarquía viene determinada por la falsa creencia de que existen al menos dos tipos de ciencia. Por un lado tendríamos una ciencia complaciente y lúdica, destinada a entretener las mentes de unos cuantos científicos dispuestos a enriquecer el conocimiento de la humanidad. La otra ciencia sería pragmática y con el claro objetivo de conseguir patentes a golpe de talonario. Es lo que se ha venido en denominar “ciencia aplicada” y, por descontado, tiene prioridad. En realidad, todos los científicos sabemos que la ciencia no tiene apellidos. Solo existe la Ciencia, con mayúsculas. Pero nadie es perfecto y nos dejamos querer; si nos dan más dinero, bienvenido sea y que los demás se fastidien.

¿Es que acaso alguien se imagina que los televisores o los teléfonos móviles surgieron de la noche a la mañana mediante un proyecto diseñado al efecto? Detrás de todos los artilugios que en apariencia nos hacen la vida más sencilla existen muchos años de investigación sobre aspectos que no tienen nada que ver con tales inventos. La Ciencia trabaja en silencio y realiza logros que, a corto plazo, nunca se manifiestan en aplicaciones prácticas. Cuantas veces hemos leído o escuchado titulares grandilocuentes sobre la cura de una determinada enfermedad, cuando en realidad los científicos nos explican que se han dado pasos en la dirección adecuada para conseguir una vacuna, tal vez dentro de diez o quince años.

Es una obviedad decir que la tecnología (la aplicación de los conocimientos científicos) sigue una trayectoria exponencial. Pero una cosa es la tecnología y otra muy distinta la Ciencia. Sin el desarrollo de la ciencia no existiría la tecnología. Incluso detrás del desarrollo de las herramientas de piedra de nuestros antepasados del Pleistoceno existía una experiencia previa sobre las propiedades de los materiales y la forma más eficaz de los útiles. Por supuesto, muchos resultados científicos acaban en el cesto de los papeles, como las primeras páginas de un novelista que comienza su obra. Pero de cuando en cuando suena la flauta (un nuevo paradigma) y no es por casualidad. Es entonces cuando se produce una cascada de nuevos avances científicos y tecnológicos. Y para que la flauta esté afinada quizá hayan hecho falta muchos errores y nuevos ensayos.

Por último, no puedo dejar de romper una lanza a favor de la humanidades. Son muchos los se pregunten sobre la utilidad de determinados conocimientos, como el estudio de las lenguas extinguidas o la historia ¿Para que sirven? -me preguntan en muchas ocasiones- ¿Para que invertir en este tipo de estudios? ¿No es perder tiempo y dinero? De nuevo surge la cultura pragmática, impresa a sangre y fuego en nuestras mentes incautas. Es difícil responder a esa pregunta, cuando existe un bombardeo continuo sobre los recortes en educación o sanidad. El aforismo griego “conócete a ti mismo”, que está redactado sobre la piedra del antiguo templo de Apolo, en Delfos, y de atribución dudosa a varios filósofos de la antigua Grecia, puede ser la mejor respuesta a esa pregunta. Si los seres humanos no tenemos un mejor conocimiento de nosotros mismos, sobre la identidad, los valores y las limitaciones de nuestra propia especie, tropezaremos una y otra vez en la misma piedra. Lo que parece ser bueno para hoy puede ser una fatalidad para el día de mañana. Enriquecer el conocimiento y hacer partícipe de el a toda la sociedad es la única manera de no avanzar a ciegas, con una peligrosa venda sobre los ojos.

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Sobre genes y huesos

Reflex.70En las últimas semanas hemos vuelto a tener noticias importantes sobre nuestra herencia neandertal. Los resultados, publicados en revistas de mucho prestigio, se van repitiendo y van quedando pocas dudas sobre el hecho de nuestra hibridación con Homo neanderthalensis en momentos puntuales y lugares muy concretos. Aunque los expertos señalan el hecho de los respectivos linajes de humanos modernos y neandertales divergieron hace mucho tiempo, al punto de estar en el límite de la capacidad para tener descendientes fértiles, el caso es que un cierto porcentage del genoma neandertal ha pervivido en las poblaciones que Homo sapiens. Los grupos subsaharianos, de los que procedemos las poblaciones recientes, no tuvieron contacto con los neandertales y quedaron exentos de esa hibridación. Los expertos vuelven a señalar la circunstancia de la ventaja que tuvo el mestizaje para la colonización de las latitudes más elevadas. Nuestra adaptación se habría visto favorecida por los genes que nos prestaron los neandertales. Curiosa paradoja, cuando fueron ellos los que terminaron por desaparecer.

La avalancha de datos sobre los genes está eclipsando publicaciones previas sobre este mismo asunto, cuando todavía no se conocían datos sobre el genoma de los neandertales. Un caso muy celebrado fue el de un esqueleto infantil encontrado en un yacimiento de Portugal, que se conoció como el caso del  “niño de Lapedo”. En esta localidad se encuentra el abrigo de Lagar Velho, donde se han excavado niveles estratigráficos con datos arqueológicos de los períodos Gravetiense y Solutrense. Estos períodos, que se caraterizan por elementos culturales muy particulares y bien definidos, se han atribuido a las poblaciones europeas más antiguas de nuestra especie. La datación del niño de Lapedo se ha estimado en unos 24.000 años antes del presente.

Los expertos que investigaron este esqueleto, de unos cuatro años de edad, se fijaron en algunos caracteres particulares de los dientes y en la proporción de los segmentos de sus miembros superiores e inferiores. El diagnóstico de los expertos es que aquel niño nació como resultado del mestizaje entre miembros de Homo neanderthalensis y de Homo sapiens. Los resultados y conclusiones de aquel trabajo fueron duramente criticados por dos razones. En primer lugar, aquellos expertos estaban transgrediendo el paradigma aceptado por la mayoría: neandertales y humanos modernos nunca habían hibridado. La segunda crítica no tenía en cuenta ese paradigma, sino que se limitaba a comentar que los argumentos esgrimidos por los estudiosos del niño de Lapedo carecían de fundamento.

Es obvio decir que los autores del estudio del niño de Lapedo y de otros restos óseos encontrados en diferentes regiones de Europa han reivindicado con gran alborozo sus descubrimientos a raíz de las últimas conclusiones de los genetistas. Sin embargo, no podemos engañarnos. Los estudios genéticos tienen capacidad para concluir sobre un hecho que sucedió hace miles de años. Pero unos cuantos caracteres en unos huesos no tienen el mismo poder discriminante. Se puede decir que el niño de Lapedo pudo resultar de un hibridación entre neandertales y humanos modernos, pero los restos óseos no pueden demostrarlo de manera incontestable. Al César lo que es del César.

Siempre pongo un ejemplo contundente. Si ponemos encima de la mesa todos los cráneos de neandertales y de primeros sapiens europeos conocidos hasta la fecha, la separación es tajante. Cualquier persona, aunque no tenga el entrenamiento necesario, es capaz de distinguir sin error a unos y otros. Ante este hecho, cabe concluir que los genes neandertales heredados por las poblaciones de humanos modernos que salieron de África han interesado a características que no afectaron necesariamente al esqueleto, sino a otros aspectos de nuestra anatomía y fisiología. Se habla del color de la piel, de la resistencia a determinadas enfermedades o de otros caracteres que no son visibles en los fósiles, pero que nos ayudaron en nuestra adaptación a la vida en latitudes elevadas.

Los próximos años se me antojan interesantísimos, a la espera de nuevos datos sobre el genoma de los neandertales y de otros grupos humanos contemporáneos, quizá de Asia o tal vez de América. Estoy convencido de que nos seguiremos sorprendiendo de los resultados que nos ofrecerá la paleogenética, este nuevo ámbito tan apasionante de la prehistoria.

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Lo que no pudo la Armada Invencible

armada-invencibleLos lectores comprenderán enseguida que el titular de este post solo pretende ser un divertido juego de palabras. Aquella tragedia militar fue otro de los desastres de las guerras que no cesan. Aunque Felipe II no pretendía invadir las Islas Británicas, la conocida Leyenda Negra, de la que forma parte este suceso, sugiere el fracaso de los militares del Imperio Español en la conquista del territorio británico. Los interesados en este tema pueden encontrar información fidedigna y más objetiva en los libros de historia sobre los verdaderos intereses de Felipe II y sus estrategas militares.

A medida que la población humana ha crecido hasta cifras sorprendentes y preocupantes, hemos delimitado los territorios del planeta por fronteras artificiales. Cada pueblo dispone de un espacio territorial con su denominación correspondiente. La apetencia por las riquezas que atesora cada territorio es fuente de conflicto permanente desde hace miles de años. Nuestros ancestros también eran territoriales y a buen seguro pugnaban por dominar lugares ricos en agua, vegetación o recursos cinegéticos. Pero eran muy pocos y sus disputas no tenían la enorme y triste trascendencia de nuestro tiempo

Los primeros europeos se movieron fundamentalmente por la regiones más septentrionales de lo que hoy denominamos Europa. Durante el ochenta por ciento del último millón de años, la mayor parte de ese territorio estuvo dominado por espesos mantos de hielos, taigas y tundras. Las glaciaciones influyeron en la colonización de un territorio hostil para los primates humanos, que tuvieron un refugio seguro en la penínsulas del sur de Europa. De ahí que la mayor parte de los yacimientos con una antigüedad de entre 1,4 y 0.7 millones de años se encuentren en Iberia, en las penínsulas Itálica y Balcánica y en las regiones más bajas (casi al nivel del mar) del territorio que hoy en día ocupa el estado de Francia. Hace solo unos 600.000 años, quizá con la llegada de una nueva población provista de una cultura más compleja, los humanos fuimos capaces de alcanzar latitudes más elevadas y ocuparlas casi de manera permanente.

Antes de ese tiempo solo tenemos registro fósil de humanos en la península Ibérica. Disponemos de una mínima muestra de fósiles, que apenas nos permiten conocer el aspecto de aquellos europeos de hace más de un millón de años. Los restos proceden del yacimiento de Barranco León, en la cuenca de Guadix-Baza (Granada), y del yacimiento de la cueva de la Sima del Elefante (sierra de Atapuerca). Los restos de la especie Homo antecessor, hallados en el yacimiento de la cueva de la Gran Dolina, son ya suficientes como para hacernos una idea de la fisonomía de los europeos que vivieron en estas tierra hace unos 850.000 años.

Las épocas interglaciares del último millón de años de la historia del planeta fueron relativamente cortas en términos geológicos. Sin embargo, estamos hablando de períodos que duraban miles de años. En ese tiempo, los hielos del norte retrocedían y la vida se abría paso en latitudes como las que hoy en día ocupan buena parte de las Islas Británicas. Esos momentos fueron bien aprovechados por los miembros de Homo antecessor para expandir sus territorios hacia el norte.

Desde hace algunos años se conocen varios yacimientos (Happisburgh y Pakefield) en la costa este de Inglaterra, donde se han hallado utensilios líticos con una antigüedad de 850.000-700.000 años. La revista PLOS ONE acaba de dar a conocer el hallazgo de una buena colección huellas humanas cerca del yacimiento de Happisburgh, que los autores del trabajo (Nick Ashton y sus colaboradores) atribuyen a la especie Homo antecessor. A juzgar por su tamaño, las huellas fueron dejadas por niños y adultos. El más alto de todos ellos pudo alcanzar hasta 175 centímetros de estatura, que curiosamente coincide con las estimaciones que se han realizado para los adultos de Homo antecessor encontrados en la burgalesa sierra de Atapuerca. El hallazgo es sumamente interesante para el estudio de nuestros orígenes en Europa, donde hace mucho tiempo vivieron unos humanos que no entendían de fronteras. De haber sobrevivido hasta la actualidad quizá estos humanos habrían solucionado todos los problemas que arrastramos los europeos desde hace unos pocos siglos, incluyendo aquella tragedia marítima en las costas de la Islas Británicas.

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