Archivo por meses: marzo 2014

Homo erectus en Nueva York

Ian Tattersall

El Profesor Ian Tattersall junto al Museo de la Evolución Humana de Burgos.

El Profesor Ian Tattersall es un paleoantropólogo amable y tranquilo. En síntesis, se le puede definir como una buena persona, serio en su trabajo y con gran sentido del humor. Ian nació en Inglaterra, pero su infancia y buena parte de su vida transcurrieron en Madagascar. Aunque Ian realizó importantes investigaciones sobre los primates lemúridos de esta enorme isla africana varias circunstancias de su vida le llevaron a estudiar evolución humana en el Museo Americano de Historia Natural de Nueva York. Ian ya está retirado de sus obligaciones profesionales, pero sigue ligado al estudio de nuestros orígenes. Se le considera como el líder de los investigadores que defienden la existencia de una pluralidad de especies en el género Homo. Además, Ian suele participar como guía de turistas adinerados, que se interesan en conocer los lugares emblemáticos para la evolución humana. Por descontado, España es uno de los destinos preferidos dada la cantidad y calidad de nuestros yacimientos. Ian sigue viviendo en Nueva York, una ciudad enormemente atractiva, sorprendente y multicultural, en la que nadie puede sentirse forastero. Como en otras ciudades cosmopolitas Nueva York pueden ser el escenario de extraños sucesos.

tienda

Entrada de la tienda Maxilla & Mandible, en la calle Columbus Avenue de Manhattan

Es fácil imaginar la cara de Ian Tattersall cuando Henry Galiano, el dueño de la tienda neoyorkina Maxilla & Mandible, le mostró la parte superior de un cráneo original de Homo erectus. El citado negocio abre sus puertas en Columbus Avenue, en Manhattan, a muy pocos metros del Museo Americano de Historia Natural y se dedica a la venta de fósiles, minerales y restos orgánicos esqueléticos de toda suerte de animales. Por cauces y motivos que nadie se atreverá nunca a revelar, aquel cráneo fósil llegó a las estanterías del establecimiento de Henry Galiano. Como gran conocedor de su negocio, Galiano se percató de que aquel fósil no era como los demás. Procedía de Indonesia y tenía toda la pinta de pertenecer a un hominino de aspecto muy primitivo. Por fortuna para la ciencia, Galiano se puso en contacto con Ian Tattersall y Eric Delson, otro reputado Profesor del Museo Americano de Historia Natural.

Los dos investigadores averiguaron que el fósil humano procedía del yacimiento javanés de Sambungmacan. La Isla de Java es muy rica en yacimientos del Pleistoceno, muchos conocidos desde finales del siglo XIX. Allí se han realizado hallazgos extraordinarios para el estudio de nuestros orígenes. En 2001 Ian Tattersall publicó junto al investigador Jeffrey Laitman un trabajo descriptivo del fósil de Nueva York  que, como no podía ser de otros modo, fue bautizado con el nombre de Homo erectus newyorkensis. El cráneo podría tener en torno a los 200.000 años de antigüedad. Su morfología parece ser intermedia entre la de las poblaciones de Homo erectus más antiguas de Java, obtenidos en yacimientos como los de Trinil y Sangiran, y la de las poblaciones más recientes de esta especie, procedentes del yacimiento de Ngandong. Poco más se puede decir sobre su antigüedad porque falta el contexto preciso de su hallazgo. En cualquier caso, aquel cráneo certificó que la especie Homo erectus vivió en esta región del planeta durante miles de años con muy pocos cambios anatómicos.

Con gran ceremonial, el cráneo de Sambungmacan fue devuelto por el gobierno norteamericano al gobierno de Indonesia. El propio Henry Galiano fue el encargado de entregar el fósil al Profesor Teuku Jacob, paleoantropólogo de la Facultad de Medicina de Gadjah Mada de Yakarta. El fósil de Manhattan pudo acabar en la estantería de algún coleccionista, pero no fue así. Sin embargo, la aportación científica de este fósil al estudio de la evolución humana es casi anecdótica. Los datos que hubieran podido ser obtenidos en el yacimiento habrían dado una validez extraordinaria al hallazgo. Esos datos son tan necesarios como el propio fósil para compreder su siginificado. Por desgracia, el mundo de la arqueología y la paleontología siguen todavía bajo la amenaza de los buscadores de tesoros naturales. El daño para la ciencia es irreparable.

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Homo erectus o el paradigma de nuestra ignorancia

fosiles-java

Restos fósiles hallados en 1891 por Eugène Dubois en la isla de Java.

En 1891 el médico holandés Eugène Dubois encontró los restos fósiles de su eslabón perdido en la isla de Java. Así empezaba la historia de una especie humana, que no ha dejado de generar polémicas durante más de un siglo. El Pithecanthropus erectus descrito por Dubois en 1894 pasó finalmente a ser conocido como Homo erectus, una vez que Ernst Mayr consiguió sintetizar la gran cantidad de nombres de géneros y especies acuñados por los expertos. Esto sucedía en 1950, cuando todavía se conocían muy pocos yacimientos y el registro fósil de homininos era relativamente manejable. Desde entonces, la especie Homo erectus se hizo tremendamente popular y fue incluyendo docenas de restos fósiles encontrados en África, Asia y Europa. La especie se fue convirtiendo en un verdadero cajón de sastre, donde cabían la mayoría de los homininos con una antigüedad inferior a los dos millones de años. Fuera de aquel cajón quedaron los neandertales y sus ancestros europeos, porque su aspecto se aproximaba al de la humanidad moderna. Así fue como el género Homo terminó por clasificarse en tres especies: Homo habilis, descrita en 1964 por Richard Leakey, Philip Tobias y John Napier, Homo erectus y Homo sapiens. Las tres especies formaban la genealogía humana.

En los años ochenta del siglo XX algunos expertos comenzaron a tener dudas sobre este modelo evolutivo lineal (anagenético) y sobre el contenido del cajón de sastre de Homo erectus. La síntesis de Ernst Mayr puso orden en el caos de nombres de géneros y especies, pero tal vez era tiempo de reconsiderar su modelo. De este modo surgió la actual confrontación entre los partidarios de mantener un número muy limitado de especies en el género Homo (lumpers) y los que consideran una mayor diversidad de especies (splitters). El debate entre unos y otros se ha centrado sobre todo en la especie Homo erectus.

Esta especie ganó mucha fuerza con el descubrimiento y explotación del yacimiento de Zhoukoudian, situado a 40 kilómetros de Pekín. La extraordinaria historia de este yacimiento y el destino de sus fósiles es digna de un capítulo aparte en la historia de las investigaciones sobre la evolución humana. Los fósiles humanos encontrados en Zhoukoudian durante los años treinta del siglo XX, que inicialmente fueron clasificados bajo la denominación de Sinanthropus pekinensis, llegaron a ser los representantes por excelencia de la especie Homo erectus. La segunda guerra mundial y sus secuelas políticas alejaron en gran medida a China del mundo occidental. Ese alejamiento tuvo repercusiones muy importantes que, entre otros muchos aspectos, afectaron al mundo de la ciencia. Los yacimientos de China fueron acumulando evidencias de la presencia continuada de homininos en aquel vasto territorio, que llegaban de manera esporádica a las revistas científicas del mundo occidental.

A pesar de que algunos investigadores fueron capaces de reconocer una cierta diversidad en el registro fósil humano de Asia, se aceptó sin mayores problemas que la especie Homo erectus colonizó todos los lugares habitables del continente. Puesto que la información procedente de China fue siempre muy limitada, se creó un extraño consenso entre los especialistas, que acallaba cualquier intento crítico de comprender la historia evolutiva de la humanidad en el enorme continente asiático. Homo erectus colonizó toda Asia en el Pleistoceno inferior y acabó por desaparecer con la llegada de nuestra especie.  Es más, la inmensa mayoría de fósiles africanos del género Homo con más de 500.000 años de antigüedad fueron incluidos en la variedad africana de la especie Homo erectus. Los intentos de clasificar en esta especie a los fósiles europeos no obtuvieron tanto consenso, puesto que había en ellos elementos morfológicos algo diferentes. En cualquier caso, Homo erectus ha llegado a ser considerada una especie cosmopolita, con una antigüedad entre al menos 1,8 millones de años (yacimiento de Dmanisi, República de Georgia) y unos 100.000 años, la antigüedad de ciertos yacimientos de China y la isla de Java (Ngandong).

Esta idea simplista ha calado hondo entre los prehistoriadores ajenos al debate taxonómico. Para ellos, ni la nomenclatura ni lo que llamamos “escenarios evolutivos” tienen el mayor interés. Sin embargo, los expertos en taxonomía y los que deseamos averiguar o aproximarnos a la verdadera historia evolutiva del género Homo reconocemos que existe una variabilidad morfológica en Homo erectus digna de tenerse en consideración. Esta variabilidad no solo interesa a los fósiles africanos, que para muchos representan una especie diferente, Homo ergaster, sino que la historia evolutiva de Asia puede ser mucho más compleja de lo que pensamos. Al fin y al cabo, esa historia nació de un consenso impuesto por las circunstancias. Las evidencias que poco a poco llegan de China están amplificando la foto fija que teníamos de Asia y los detalles se hacen cada vez más visibles. Además, ya no nos fijamos solo en la morfología de los fósiles, sino que estamos poniendo sobre la mesa datos que antes no se tenían en cuenta y que afectaron sin duda a la historia de los humanos del pasado ¿Qué sabemos del clima, de las barreras geográficas o de las especies competidoras y de su influencia en la movilidad y la distribución de los homininos? ¿Se produjeron aislamientos prolongados de poblaciones, que acabaron por producir especies o subespecies? Los casos de la isla de Flores o del yacimiento de Denisova nos están abriendo los ojos a una nueva dimensión.

A pesar de que la integridad de Homo erectus, como una super-especie cosmopolita con variaciones regionales, sigue siendo defendida por expertos de gran influencia en el ámbito de la evolución humana es quizá momento de plantearse modelos alternativos. El debate sobre la unicidad de la especie Homo erectus es estéril si solo nos fijamos en la morfología del cráneo o de los dientes. En 1994 tuve oportunidad de asistir a un congreso de Frankfurt, con motivo del centenario de Homo erectus. El congreso se centró en las características morfológicas de la especie y, por descontado, no hubo acuerdo entre los contendientes. Ahora, 20 años más tarde, pienso que aquel congreso tendría que repetirse con la asistencia de expertos en paleogeografía, paleoclimatología y paleoecología, que nos ilustrarían sobre cuanto se conoce en la actualidad sobre estas disciplinas y su influencia en la distribución de los homininos en el planeta. Además, y a pesar del entrenamiento, nuestra mente sigue siendo incapaz de asimilar el factor tiempo, como un elemento fundamental para comprender la historia evolutiva de la humanidad. Esa historia ha estado plagada de circunstancias que quizá nunca lleguemos a conocer. En mi opinión, el debate sobre la especie Homo erectus es el mejor ejemplo de nuestra ignorancia sobre la evolución de nuestros ancestros.

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¿Deseamos vivir más de cien años?

I07Me pregunto cuanto se habrá escrito sobre el tema de la longevidad en nuestra especie. Esta es una de nuestras grandes preocupaciones. Y no me parece que interese tanto el número de años que podamos vivir, como la posibilidad de hacerlo en condiciones óptimas. Me refiero claro al famoso mito de la eterna juventud.

Para empezar, me gustaría escribir sobre un error muy común acerca del concepto de longevidad. Este término no es equivalente a la variable demográfica conocida como esperanza de vida. Esta última se utiliza para conocer el promedio de años que podrán vivir los individuos de una población que tengan la misma edad. Por ejemplo, la esperanza de vida al nacimiento o la esperanza de vida a los 10 ó los 50 años tendrán valores muy diferentes, que no tienen nada que ver con la longevidad de la especie. Si hablamos de épocas en las que no se conocían las vacunas o en las que la calidad de vida de la mayoría de la población era mala o muy mala, la esperanza de vida al nacimiento no sería mayor de 15 años. En esas épocas podía fallecer al menos el 50 por ciento de los niños antes de alcanzar los diez años, por lo que el promedio de la esperanza de vida al nacimiento era muy bajo. La esperanza de vida a los diez años era mayor, porque los niños que superaban esa edad ya estaban totalmente inmunizados. Sin embargo, la calidad de vida hacía que la curva de la esperanza de vida disminuyese de manera dramática a partir de los 30 años.

En la actualidad, los países con un nivel de renta elevado tienen una esperanza de vida al nacimiento muy elevada. La mayoría de los recién nacidos salen adelante sin mayores problemas. Otra cuestión es su longevidad. ¿Cuántos años podemos llegar a vivir en estos países? Es evidente que cada vez alcanzamos edades más elevadas, porque los países desarrollados disponen de magníficos profesionales relacionados con la salud, hospitales generalmente bien equipados, etc. Sin embargo, aquellos lectores y lectoras que hayan superado los 50 años saben de sobra que a partir de esa edad empezamos a tener problemillas de salud, que se van acrecentando a medida que cumplimos años. Cuando no es la tensión o el colesterol nos explican que padecemos algo de artrosis, o la próstata empieza a dar la lata. Sencillamente, estamos envejeciendo y vamos poniendo parches con medicamentos, intervenciones quirúrgicas, siguiendo una dieta adecuada, evitando los excesos, etc.

En los bosques tropicales de África, allí donde todavía pueden vivir los chimpancés en libertad, es difícil encontrar individuos que hayan cumplido 40 ó 45 años. Raro es el chimpancé que llega al medio centenar de años. A esa edad todos han fallecido. Su ciclo vital se ha terminado. Los humanos nos desarrollamos con mayor lentitud que los chimpancés. Alcanzamos la edad adulta hacia los 18-20 años, cuando nuestro cuerpo deja de crecer. El cerebro sigue todavía en desarrollo, pero esa es otra cuestión. Los chimpancés son los primates más próximos a nosotros y por ese motivo son la mejor referencia que tenemos. Los humanos alcanzamos la edad reproductora y adulta solo unos pocos años más tarde que ellos, mientras que nuestro patrón de envejecimiento es similar. En otras palabras, cuando nuestra especie solo conocía los medicamentos naturales, la probabilidad de superar los 50 años era muy baja. La longevidad natural de nuestra especie podría tener un límite máximo de 60 años.

No obstante, en la actualidad se conocen ejemplos de personas centenarias, que aparentemente han llegado a esas edades sin la intervención de la tecnología. Casi es anecdótico que los medios de comunicación nos cuenten que determinada persona ha fallecido a los 120 años o que algunos grupos humanos tengan un longevidad particularmente elevada. Pero esos casos son reales. Somos una especie cosmopolita con 7.000 millones de individuos, que vive en todas las latitudes y hasta determinada altitud. Esta singularidad ha favorecido que el estilo de vida o el lugar de nacimiento permitan longevidades extremas de forma natural. Se trata de casos excepcionales que, sin embargo, no contradicen la ley general que gobierna nuestro ciclo vital. A partir de los 50 años somos cada vez más vulnerables y vamos perdiendo poco a poco nuestras capacidades, que generalmente se pierden definitivamente cuando llegamos a ser octogenarios o nonagenarios.

Hemos conseguido prolongar nuestra vida en los países desarrollados, pero seguimos sin alcanzar el mito de la eterna juventud. He preguntado a muchas personas sobre la posibilidad de vivir muchos más años, pero en las condiciones de senescencia que tenemos en la actualidad. Casi nadie desea prolongar su vida durante decenas de años sin la vitalidad y las capacidades que todos quisiéramos conservar de manera permanente. De momento, este es nuestro ciclo vital. La ciencia tiene la palabra sobre la posibilidad de cambiarlo.

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