Archivo por meses: Abril 2014

Lactancia: un regalo de los dioses

Los mamíferos nos caracterizamos, entre otros rasgos, por alimentarnos de la leche que producen nuestras madres durante un tiempo determinado. Ese tiempo es variable según las especies. El destete no es proceso brusco, sino que implica la progresiva retirada del alimento que proporciona la madre y la introducción de los alimentos propios de cada especie. Todos los mamíferos cumplen el protocolo de la lactancia, porque de ello depende la vida de sus crías. La única especie de mamífero que ha dejado de cumplir ese protocolo o que lo ha puesto en tela de juicio es curiosamente la más inteligente que nunca ha existido sobre el planeta. Una extraña paradoja de Homo sapiens.

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La diosa Hera y la formación de la vía láctea.

Según las características de nuestra especie nos corresponde un período de lactancia de algo más de dos años, que puede prolongarse el tiempo que la madre considere oportuno. Hacia los dos años (y aún antes), nuestro sistema digestivo ha madurado lo suficiente como para admitir una todavía reducida variedad de alimentos. Pero la dieta fundamental en ese tiempo debería consistir en la leche materna. El período de lactancia de chimpancés y gorilas llega hasta los cuatro ó cinco años y el de los orangutanes hasta los siete u ocho años. Un tiempo tan prolongado de lactancia evita la ovulación debido la intensa secreción de la hormona prolactina y, por tanto, anula la posibilidad de nuevos embarazos.

Puesto que el tiempo de fertilidad de estas especies es similar al de los humanos (unos treinta años), el número potencial de descendientes por cada madre es inferior al nuestro. Esta “estrategia” reproductora evita un crecimiento demográfico excesivo, pero ha puesto a todos los simios antropoideos en peligro de extinción. Los hábitats de estas especies se han ido reduciendo por la expansión de sus primos humanos y las poblaciones de orangutanes, gorilas, chimpancés e hylobátidos han quedado relegadas a parques naturales y poco más. Las poblaciones de pequeño tamaño son muy proclives a la extinción.

El período de lactancia exclusivo disminuyó en el género Homo, favoreciendo con ello su expansión demográfica. Cada madre es capaz de dar a luz y criar a un mayor número de descendientes, siempre con la ayuda de los demás miembros del grupo. La reducción del tiempo obligado de lactancia en el género Homo no mermó en absoluto la probabilidad de supervivencia de las crías con respecto a los demás simios antropoideos. Prueba de ello ha sido nuestra expansión por los cinco continentes.

Por lo explicado en los dos párrafos anteriores, pudiera parecer que, en términos evolutivos, la falta de lactancia resulta favorable para nuestra especie. Los seres humanos seríamos capaces de evitar la lactancia y crecer sanos y robustos. Con ello, habríamos conseguido distanciarnos de nuestra condición de mamíferos, relegando la relación madre-hijo posterior al parto a un comportamiento menos “primitivo” y alejado de la existente en especies mucho menos inteligentes. Grave error, favorecido por intereses económicos y nuestra propia ignorancia.

Existen numerosos trabajos científicos y de divulgación, en los que se explica de manera pormenorizada la impresionante variedad de componentes de la leche materna necesarios para la nutrición o la protección contra las infecciones de nuestros hijos. Los artículos en revistas especializadas no son fácilmente accesibles, pero la información de las investigaciones científicas está al alcance de todos en muchos medios de comunicación. Se conocen decenas de elementos de la leche materna, que las leches de fórmula son incapaces de incluir en su composición. La leche de las madres cambia durante el día y con el transcurso de los meses, a la medida de la necesidades del lactante.

La relación psicológica durante la lactancia entre la madre y si hijo y viceversa es absolutamente imprescindible para un desarrollo mental equilibrado de ambos. No se trata de hacer comparaciones entre un modo u otro de alimentar a los bebés, porque lo natural es incomparable con lo artificial. Si es posible, la lactancia debería ser una obligación moral para un crecimiento saludable y resistente a las enfermedades. No hay mejor regalo para un hijo que una lactancia prolongada.

He sido testigo de una moda en contra de la lactancia en lugares públicos, producto de la estupidez que conlleva la civilización y nuestro alejamiento de la naturaleza. Todo ello unido a mitos creados por falta de información o por interés. Tan solo hemos de pensar en la “creatividad” de millones de años de evolución de los mamíferos.

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Canarias: un mundo prehistórico por descubrir

idolo de Tara

El ídolo de Tara, que se relaciona con el culto a la fertilidad, fue hallado en Gran Canaria, probablemente en el poblado prehistórico de Gáldar

Hace 36 años mi directora de tesis me propuso realizar un estudio antropológico sobre los primeros pobladores de las Islas Canarias. Mi primer deseo había sido investigar algún aspecto de la evolución humana. Corría el año 1979 y el registro fósil español constaba de unos cuantos neandertales y de los 16 fragmentos encontrados por el investigador Trinidad de Torres en el yacimiento de la Sima de los Huesos de Atapuerca.

En aquellos años realizar una tesis doctoral sobre evolución humana en España era casi una utopía y no solo por la falta de material, sino porque resultaba complicado conseguir bibliografía, réplicas de fósiles humanos o dinero para viajar a países lejanos. No teníamos relaciones internacionales y los pocos fósiles humanos con los que contábamos habían sido estudiados por investigadores de otros países. Así que con mi beca de 21.000 pesetas mensuales (unos 126 €) y sin cobertura de la seguridad social me embarqué en una aventura que se me antojaba complicada, pero no imposible.

Me informé sobre la antigüedad de los aborígenes de Canarias, cuyas dataciones más antiguas no superaban los 3.000 años, y sobre la existencia de magníficas colecciones óseas en sendos museos de Las Palmas de Gran Canaria y Santa Cruz de Tenerife. Había muy pocos estudios antropológicos sobre esta población, destacando sobre todos ellos el que realizó la investigadora alemana Ilse Schwidetzky (1907-1997). Cuando tuve en mis manos el minucioso tratado de esta investigadora sobre los aborígenes canarios no conocía su pasado ideológico relacionada con el mundo de la Alemania nazi. Aquel tratado todavía estaba influido por las llamadas “tipologías raciales”, que no fueron superadas hasta finales de los años ochenta del siglo XX.

Pero esto no fue lo que más me llamó la atención del trabajo que estaba a punto de iniciar, sino los enigmas, misterios y leyendas que rodeaban el origen y el destino de los primeros pobladores de las Canarias. Confieso mi fascinación por aquellas lecturas, que pronto me hicieron olvidar la frustración inicial por no poder acercarme al mundo de la prehistoria más antigua. Los cinco años que transcurrieron hasta que defendí mi tesis doctoral sobre la antropología dental de los aborígenes de Canarias están plagados de anécdotas inolvidables. Pienso que mis frecuentes visitas a las Islas, ya como turista, tienen un plus de magia imposible de captar si solo se busca el disfrute de la gastronomía, el paisaje cautivador, las playas o el clima envidiable de Canarias.

Las crónicas de la conquista de Canarias en el siglo XV recogen relatos reales, pero también tienden hacia la fantasía y han dado lugar a leyendas desmentidas por la ciencia. Por ejemplo, la teoría de la práctica desaparición de los aborígenes no solo fue desmontada por Ilse Schwidetzky en sus trabajos sobre la población actual, sino que las recientes investigaciones sobre el genoma de los habitantes del archipiélago han demostrado una persistencia más que notable de los descendientes de los aborígenes de Canarias.

El poder de resolución de los métodos antropológicos y matemáticos empleados en la década de 1960 ya permitió establecer diferencias entre los aborígenes de Gran Canaria y los de Tenerife. Los resultados de mi trabajo sobre las morfología dental confirmaron esa hipótesis. Los guanches habitaron en Tenerife y La Gomera. Y aunque esa denominación se ha aplicado de manera popular y simplista a todos los aborígenes de Canarias, hoy día se tiene constancia de que cada isla estuvo habitada por tribus diferentes. Los “majoreros” poblaron Fuerteventura y Lanzarote; los “canarios” vivieron en Gran Canaria, los “bimbaches” en El Hierro y los “auritas” en La Palma. Cada tribu tuvo sus particularidades antropológicas, culturales y lingüísticas, pero con un sustrato común, cuyo origen se sitúa en el mundo bereber del norte de África.

Las investigaciones arqueológicas nos mostraron hace muchos años el paralelismo entre la cultura de los aborígenes de Canarias y la de ciertos pueblos del norte de África. Las investigaciones sobre el ADN nuclear y mitocondrial han confirmado el origen norteafricano de los primeros pobladores de las Islas Canarias y la diversidad de los antiguos habitantes de casa isla. Sin embargo, el enigma sobre el modo en el que se produjo el poblamiento del archipiélago seguirá planeando sobre las investigaciones de la prehistoria de las Islas Canarias. La arqueología ha constatado la total ausencia de datos que permitan siquiera pensar en sistemas rudimentarios de navegación. Las evidencias se empeñan en demostrar que los aborígenes de Canarias vivieron durante cientos de años de espaldas a un océano que los rodeaba por todas partes.

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Dentaduras sanas y envidiables

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Aspecto desagastado de los dientes de la mandíbula D2600 del yacimiento de Dmanisi (1,8 millones de años). El individuo al que perteneció esta mandíbula probablemente no había llegado a los 35 años

Todo el mundo siente sana envidia cuando tiene la oportunidad de contemplar la dentadura de algún antepasado de hace muchos miles de años. Pero, ¿si no se lavaban los dientes?, ¿cómo es posible? La primera respuesta está en la dieta, totalmente libre de los azúcares refinados que invaden nuestra mesa cada día. El esmalte y la dentina de los dientes de las poblaciones actuales son tan duros y resistentes como los que tenían las especies del Pleistoceno. Sin embargo, los alimentos de los cazadores y recolectores de ese largo período no provocaban la acidez que causan las diferentes bacterias que proliferan en la boca y que terminan por disolver el esmalte. Se sabe que existen factores hereditarios favorables a la producción de caries. Sin embargo, ni siquiera en estos casos se produciría la destrucción de los tejidos dentales en ausencia de los ácidos que provoca la placa bacteriana.

En el registro fósil de nuetra genealogía, que cubre un período de seis millones de años, es extremadamente raro detectar la presencia de dientes con caries antes del Holoceno. Estos casos suelen estar asociados a la formación de un esmalte defectuoso (hipoplasia del esmalte). El cráneo de Kawbe (Zambia), datado entre 300.000 y 125.000 años, es el paciente más conocido de ataque de caries en dientes sanos. Más de la mitad de los dientes superiores de este cráneo presentan caries severas, abscesos periapicales, destrucción del hueso y supuración. Pudo tratarse de un caso particular o quizá el problema afectó a toda la población a la que pertenecia este individuo por motivos que se desconocen.

Otro aspecto positivo de las dentaduras del pasado reside en el espacio que tenían sus dientes para crecer con normalidad. Aunque en muchas poblaciones del pasado los dientes eran más grandes que los nuestros, también el maxilar y la mandíbula tenían un tamaño mayor. Los dientes emergían de las encías perfectamente alineados. Las rotaciones, tan frecuentes en la actualidad, eran casi anecdóticas. Si añadimos que la dieta era generalmente buena en calidad y cantidad, el desarrollo general de los niños y jóvenes solía producir dentaduras sanas y de una gran belleza para los cánones actuales.

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Cráneo de Kawbe (Zambia), datado de hace entre 300.000 y 125.000 años. La presencia de caries generalizada en este cráneo representa un caso anecdótico en las poblaciones del Pleistoceno.

Sin embargo, no todo era perfecto para los dientes de nuestros ancestros. En las poblaciones recientes de los países desarrollados los dientes sufren poco desgaste. Los alimentos suelen ser muy blandos y no necesitan el largo proceso de masticación, tan necesario para que esos alimentos se impregnen de las primeras enzimas digestivas de la saliva. En el pasado y hasta que llegó el uso sistemático del fuego en la cocina, los alimentos tenían que procesarse en la boca. El desgaste dental era muy rápido y más allá de los treinta años la corona de los dientes había perdido al menos la mitad de su altura y, con ello, la belleza de los primeros años.

La dureza de los alimentos provocaba con frecuencia la rotura de la corona de los dientes. Cuando esto sucedía quedaba una herida abierta, expuesta a infecciones. El resultado final era similar al que producen las caries. Las infecciones terminaban por afectar al hueso a nivel de la raíz de los dientes, aparecían abscesos y las complicaciones propias de estos casos. Las infecciones bucales podían incluso extenderse a la sangre y desembocar en septicemias generalizadas, con la muerte consiguiente de los pacientes afectados.

El hueso alveolar sufría con la presencia de sarro acumulado durante años y con la intensidad de la masticación. Sin embargo, la baja longevidad de nuestros antepasados impedía que la inmensa mayoría de los individuos fallecieran antes de perder sus dientes. El caso de un individuo totalmente desdentado en el yacimiento de Dmanisi (República de Georgia), con una antigüedad próxima a 1,8 millones de años, es un caso aislado y ciertamente sorprendente.
Asi que podemos dejar de sentir sana envidia de aquellos humanos. La belleza de su sonrisa era efímera. Sus dientes se gastaban con enorme rapidez y el hueso alveolar sufría la presión de una masticación intensa y prolongada. Con poco más de treinta años, el aspecto envejecido de sus rostros nos habría causado perplejidad.

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