Archivo por meses: abril 2014

Los “espalda plateada”

gorilasEn evolución humana se habla muy poco de los gorilas, a pesar de su estrecha relación filogenética con nosotros. Compartimos con ellos entre el 97 y 98 por ciento de los genes comparables. Los genetistas siguen tratando de estimar el tiempo transcurrido desde nuestra separación filogenética, que la paleontología cifra entre 8 y 12 millones de años. Como sucede con todos los simios antropomorfos y los homininos más antiguos, su hábitat no es precisamente favorable a la conservación de restos óseos en yacimientos paleontológicos.

Es posible que en el pasado los gorilas habitaran todo el centro y oeste de África. En la actualidad, las poblaciones de gorilas están escindidas en dos regiones muy distantes entre sí, al punto de ser consideradas como especies diferentes, Gorilla gorilla y Gorilla beringei. La primera se encuentra distribuída en el oeste de África, en países como Gabón, Camerún y la República del Congo, mientras que la segunda sobrevive a duras penas en la República Democrática del Congo, relegada generalmente a zonas montañosas. La discreción de los miembros de estas especies es proverbial. La observación de su comportamiento en el medio natural es complicada y nos queda todavía mucho por aprender y saber de ellos. Su extinción podría suceder en el siglo XXI, sin terminar de conocer todo cuanto nos pueden enseñar sobre nuestra propia identidad.

Quizá lo más intersante de la biología de los gorilas reside en su comportamiento social. La rivalidad de los machos por conseguir que sus genes pasen a la siguiente generación ha provocado una tendencia hacia el aumento de su tamaño corporal. Solo unos pocos machos son los encargados de perpetuar la especie. Su peso puede llegar a los 200 kilogramos, duplicando el peso de las hembras. Sus poderosos caninos y su corpulencia los hace temibles ante cualquier rival de su propia especie o ante los invasores de su intimidad. Cierto es que su instinto de perpetuidad genética puede llevarles al infanticidio de los grupos rivales en casos excepcionales. Sin embargo, los gorilas son vegetarianos y pacíficos. Si pudieran expresarse como nosotros nos dirían aquello de “haz el amor y no la guerra”. La zoóloga estadounidense Dian Fossey (1932-1985) sabía muy bien que el comportamiento violento de los “espalda plateada” casi podía compararse con una representación teatral hacia los adversarios que le disputaban la primacía del grupo. Mucho de lo que sabemos de los gorilas se lo debemos a esta científica, que nos dejó un enorme legado de conocimiento sobre los gorilas de montaña antes de ser violentamente asesinada por los cazadores furtivos de estos animales.

Los machos espalda plateada son verdaderos líderes naturales, que toman decisiones, defienden y guían a las hembras y crías de su grupo. Algunos observadores han sido capaces de acercarse lo suficiente a los grupos de gorilas para constatar que utilizan objetos de manera ingeniosa a modo de herramientas. Si establecemos una relación entre el tamaño corporal y el peso del cerebro de un gorila macho el resultado será poco favorable para estos simios en contraste con los chimpancés. Pero la comparación de estas dos variables no es el mejor método para medir el nivel de las habilidades cognitivas de una especie. Los gorilas son ciertamente simios muy inteligentes, que aún nos darán mucha información sobre la génesis de nuestra genealogía.

La conocida película “El planeta de los Simios”, estrenada en 1968 y dirigida por Franklin Schaffner, nos presenta a varias especies de simios antropomorfos bípedos y tan inteligentes como nosotros. Es curioso que los más violentos de entre aquellos simios estén representados por guerreros parecidos a los gorilas. Aunque el director de la película se permitiera esa licencia por puro desconocimiento del comportamiento de los simios antropoideos, su mensaje final era demoledor: los verdaderos violentos no son ellos, sino los últimos representantes del linaje humano, capaces de acabar con su propia civilización.

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El amanecer de la conciencia

olimpo

Los dioses del Olimpo, según una pintura de Rafael de Urbino.

Todos los indicios sugieren que nuestra especie se formó en el África subsahariana hace aproximadamente 200.000 años. Desde el punto de vista de su anatomía esquelética, aquellos humanos eran prácticamente idénticos a nosotros. El registro arqueológico nos revela sus habilidades para fabricar eficaces utensilios de piedra, su capacidad para manejar materias primas como el hueso y la madera, su destreza para manipular las pieles de los animales o sus posibilidades para disponer de una dieta cada vez más variada. Más adelante llegarían las manifestaciones artísticas y el pensamiento simbólico. Pero, ¿cuándo fuimos conscientes de nosotros mismos?, ¿cuándo adquirimos la conciencia de nuestras capacidades como predadores temibles, pero también de nuestras debilidades frente al mundo que nos rodeaba?

En algún momento, seguramente cercano en el tiempo, tuvimos que ser conscientes de nuestras limitaciones físicas: la gravidez nos impedía volar como las aves, necesitábamos el aire para respirar, el agua y los alimentos eran imprescindibles para la vida, las enfermedades y el dolor podían mermar nuestras capacidades y finalmente llegaba la muerte. En aquel amanecer de nuestra mente todavía éramos incapaces de buscar una explicación para entender la realidad. Sencillamente estaba naciendo una nueva manifestación biológica de un cerebro complejo, que nos permitía reflexionar sobre nuestra incapacidad para controlar la mayoría de los acontecimientos que podíamos observar. Por primera vez comenzamos a sufrir de manera consciente la ausencia de libertad para regir nuestro propio destino. Puedo imaginar el sentimiento de angustia en el despertar de aquella particular manifestación de nuestra conciencia primigenia.

Pero la capacidad adaptativa de nuestra especie es fascinante. Nuestro cerebro tiene una potencialidad extraordinaria y no tardamos en encontrar una solución para esa angustia vital: inventamos a nuestros dioses. Cada uno de ellos podía ofrecer una solución a los problemas planteados. El maravilloso cerebro de Homo sapiens diseñó dioses con capacidades extraordinarias a la medida de nuestras necesidades. Es más, en algún momento llegamos a la conclusión de que nuestro destino final sería compartir esas capacidades con éllos, una vez superada la etapa de la vida mortal. La capacidad de abstracción y el simbolismo fueron decisivos en este proceso mental tan extraordinario.

Y así nacieron también los intermediarios entre los dioses inmortales y los humanos temerosos. Conseguir los favores de los dioses se convirtió en una actividad necesaria de las sociedades primitivas, que fue canalizada a través de algunos elegidos para esta misión. De este modo se formó la que quizá haya sido la profesión más antigua de la humanidad. Durante milenios, la ignorancia, la superstición y el miedo han sido compañeros de una especie que adquirió conciencia, realizó un diseño inteligente de sus dioses y perdió una parte de su libertad.

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La verdadera especie elegida

mandibula

Mandíbula de Mauer, asignada en 1908 por Otto Schoetensack a la especie Homo heildelbergensis.

La ciudad de Heidelberg tiene un encanto especial. Quizá ese atractivo radica en su reducido tamaño en comparación con las grandes urbes de Alemania. Sus estrechas calles del centro histórico permiten tranquilos paseos para ir de compras o buscar un buen restaurante donde comer. Heidelberg está rodeada de espesos bosques de pinos y abetos y bordeada por el caudaloso rio Neckar. La ciudad no supera los 150.000 habitantes y tiene el honor de poseer la Universidad más antigua de Alemania, además de disfrutar de una calidad de vida envidiable. El hecho de estar situada a una altitud de poco más 100 metros sobre el nivel del mar y a una latitud de 49 grados norte le confiere un clima suave, perfecto para nosotros y para nuestros ancestros del Pleistoceno.

Es difícil saber si Europa fue colonizada en diferentes oleadas de población. Mi apuesta es que Europa fue colonizada poco a poco y en diferentes momentos desde hace al menos 1.500.000 años por humanos cada vez mejor pertrechados y adaptados a los climas cambiantes del hemisferio norte. Las poblaciones más antiguas no se apartaron demasiado de la templadas regiones del Mediterráneo. Al menos esto es lo que nos demuestra la casi total ausencia de yacimientos en el norte de Europa en la franja temporal de entre 1.500.000 y 800.000 años. Sin embargo, algo tuvo que cambiar hace unos 600.000 años. A partir de entonces, los lugares con evidencias arqueológicas se multiplicaron por toda Europa. Encontramos esas evidencias en los límites del paralelo 52, a un paso del mar del Norte y el Báltico. La fauna sufrió un progresivo recambio y los humanos, que lograron colonizar regiones cada vez más septentrionales, trajeron consigo una nueva tecnología.

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Secuencia estratigráfica arenosa dejada por el río Neckar hace más de medio millón de años.

En 1907, el antropólogo alemán Otto Schoetensack (1850-1912) realizó prospecciones en los sedimentos arenosos que el río Neckar había dejado a su paso por la región donde hoy en día se encuentra la ciudad de Heidelberg. El curso actual del río Neckar está algo más encajado que hace medio millón de años y aquellos sedimentos habían quedado alejados unos 24 metros de la orilla del río. Los sedimentos, próximos a la pequeña aldea de Mauer, se podían explorar sin complicados esfuerzos logísticos. Uno de los niveles contenía, entre otros, restos fosilizdos de osos, hienas, lobos, rinocerontes, bisontes, alces y tigres dientes de sable. Aquellas especies sugerían una cronología muy antigua, que en aquellos años todavía era difícil de estimar. Junto a los restos de animales se encontró una mandíbula humana de aspecto masivo y molares relativamente pequeños en comparación con el hueso. Otto Schoetensack se apresuró a realizar un primer estudio descriptivo de la mandíbula y en 1908 nombró una nueva especie: Homo heidelbergensis.
La mandíbula fue tenida como el resto fósil humano más antiguo de Europa hasta 1994. El 8 de julio de ese año se obtuvieron los restos de Homo antecessor en el yacimiento de la Gran Dolina de la sierra de Atapuerca. Para entonces ya se sabía que la mandíbula de Heidelberg tenía una cronología aproximada de 600.000 años. Los fósiles humanos encontrados en Europa entre 1933 (Steinheim, Alemania) y 1993 (Boxgrove, Reino Unido) no superaban los 400.000 años de antigüedad.

Durante buena parte del siglo XX se propusieron diferentes nombres de especies del género Homo para cada uno de los fósiles encontrados en Alemania, Francia o el Reino Unido. Esos nombres apenas han trascendido. Pudo suceder lo mismo con la especie Homo heidelbergensis, pero alguien rescató el nombre del baúl de los recuerdos y lo puso de nuevo encima de la mesa. Todo sucedió por un cúmulo de circunstancias. En los años ochenta del siglo XX ya se conocía un buen puñado de fósiles de África y Eurasia, que parecían haber derivado hacia la morfología de nuestra especie y se alejaban por ello del aspecto más primitivo de la especie Homo erectus. En términos coloquiales se hablaba entonces del Homo sapiens arcaico. Resultaba evidente que algo había ocurrido en la evolución del linaje humano y que los cambios habían sucedido hace en torno a medio millón de años, sino antes. Al mismo tiempo, cobraba fuerza la idea de que nuestra especie tenía un origen único y bien localizado en el África subsahariana (teoría de la Eva negra o de la Eva mitocondrial). Con esta hipótesis empezaba a desterrarse la idea de que Homo sapiens había surgido en diferentes lugares de África y Eurasia a partir de la evolución de Homo erectus.

La teoría de la Eva mitocondrial también dejó a los Neandertales fuera de juego. Se apartaron de Homo sapiens y se rescató para ellos el viejo nombre binomial de Homo neanderthalensis, acuñado en 1864 por el geólogo William King. Sin embargo, los neandertales tenían mucho en común con nosotros. De algún modo estaban directamente emparentados con las poblaciones de nuestra especie. Fue así como se tomó la decisión de buscar un antecesor común para Homo sapiens y Homo neanderthalensis, como especies primas hermanas. Descartada la especie Homo erectus, por su morfología tan primitiva, se pensó en alguna población con caracteres más “modernos”. Y fue cuando alguien se acordó de la mandíbula de Heidelberg. A pesar de su aspecto masivo, sus molares tenían una morfología muy parecida a la nuestra. Quizá este fósil europeo representaba a una especie extendida por distintas regiones del planeta y que estaba directamente relacionada con la humanidad actual.

filogenia

Un ejemplo de la filogenia de los homininos, en la que Homo heidelbergensis representa el último antecesor común de los neandertales (Homo neanderthalensis) y de las poblaciones modernas (Homo sapiens).

A pesar de tratarse solo de una mandíbula de aspecto muy particular, el nombre de Homo heidelbergensis fue elegido por un grupo de científicos de prestigio como el último antecesor común de los neandertales y de las poblaciones modernas. Esta especie habría surgido en alguna región de África o Eurasia y habría experimentado cambios hacia la modernidad. Así fue como la especie Homo heidelbergensis pasó a ocupar un papel muy relevante en nuestra evolución.

El nuevo paradigma expresado en los párrafos anteriores tiene fortalezas y debilidades pero, en mi opinión, se acerca más a la verdad que la vieja hipótesis de una evolución multirregional en diferentes lugares del planeta a partir de la especie Homo erectus. Esta última pudo quedar restringida a una parte del continente asiático y terminó por desaparecer, tal vez dejando algo de su rastro genético en las poblaciones de nuestra especie. Otra cuestión es cuando y donde surgió esa “modernidad”, de la que nosotros somos el resultado final.

Pienso que Homo heidelbergensis carece de realidad biológica. Se trata de una especie formalizada a partir de especímenes muy alejados geográficamente, cuyo denominador común es el de no poder ser incluidos en Homo erectus. Sin embargo, esta especie representa un buen concepto para trabajar y entender el escenario evolutivo de la humanidad en el último millón de años. Sin duda, todavía estamos lejos de entender ese escenario en su verdadera dimensión.

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