Archivo por meses: mayo 2014

El Chico de Turkana y los problemas del actualismo

En Agosto de 1984, el veterano buscador de fósiles Kamoya Kimeu encontró en la región oeste del Lago Turkana (Kenia) uno de los ejemplares de homínido más espectaculares jamás hallado hasta entonces. Kimeu llegó a recoger más de un centenar de fósiles de un mismo individuo, que conformaron la mayor parte de un esqueleto de la especie Homo ergaster. El Museo Nacional de Kenia catalogó el ejemplar con el número de entrada 15.000 (KNM-WT 15.000). Aunque los profesionales nos referimos a este fósil con la sigla del Museo de Kenia,  todos lo conocemos como “el Chico de Turkana”.  Su pelvis tiene rasgos claramente masculinos y el desarrollo de sus dientes sugería una edad de muerte de unos 11 años. Sobre este esqueleto se han escrito numerosos artículos científicos, aunque su historia no se ha tratado a fondo en artículos y libros de divulgación. Sin duda, este descubrimiento habría merecido mucho más. El hallazgo dio lugar a varias hipótesis muy interesantes, algunas ya rechazadas tanto por hallazgos posteriores como por nuevas reconstrucciones del esqueleto.

En 1985, los paleoantropólogos Alan Walker y Richard Leakey dieron a conocer el hallazgo en un artículo publicado en la revista Nature. El “Chico de Turkana” fue uno de los protagonistas principales del Congreso Internacional sobre Evolución Humana, que se celebró en 1987 en la ciudad italiana de Turín. Todos queríamos escuchar las ponencias que se presentaron sobre este hallazgo. Incluso, Walker y Leakey llevaron a Turín una magnífica reproducción del original, que causó un gran impacto en todos los asistentes. La antigüedad de este ejemplar se cifró con mucha precisión en 1,6 millones de años, gracias a los estudios geológicos de los yacimientos del lago Turkana y a las numerosas dataciones de las capas volcánicas de la región mediante el método del potasio/argón.

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Esqueleto fósil del Chico de Turkana (KNM-WT 15.000)

El desarrollo de los dientes del Chico de Turkana hizo pensar en un principio que se trataba de un adolescente de unos 11 ó 12 años. Este joven debió morir por una infección dental. Como he contado en posts anteriores, la rotura de un diente en aquella época podía fácilmente desembocar en una infección. Sin los medicamentos adecuados, no era raro que se produjesen septicemias generalizadas (infección de todo el organismo) y el consiguiente fallecimiento de los individuos afectados. Una de estas infecciones pudo acabar con la vida del Chico de Turkana.

La excelente conservación de los dos fémures del Chico de Turkana permitió estimar con gran fiabilidad su estatura, que debió morir cuando medía la nada despreciable cifra de unos 165 centímetros. Pronto surgió la pregunta: ¿y si aquel adolescente hubiera sobrevivido hasta completar su desarrollo, que estatura habría alcanzado? La respuesta de los especialistas de entonces no se hizo esperar: aquel chico, que estaría en pleno estirón puberal, habría llegado a medir nada menos que 185 centímetros. Así que hace 1,6 millones de años los miembros de la especie Homo ergaster habrían sido tan altos como los de algunas poblaciones modernas de estatura elevada.

Sin embargo, algo fallaba en aquel razonamiento. En 1985 se publicó un artículo en la revista Nature, en el que Tim Bromage y Chris Dean demostraban por primera vez que el desarrollo de nuestros antecesores había sido muy diferente del nuestro. Los australopitecos y las especies más primitivas de Homo tuvieron un desarrollo muy similar al de los simios antropoideos. Los dientes fueron la clave de aquel estudio de Bromage y Dean. El desarrollo dental, que está significativamente correlacionado con el desarrollo de todo el organismo, era mucho más rápido en los australopitecos y en las especies más antiguas del género Homo. Siendo así, es posible que Chico de Turkana no estuviera lejos de alcanzar el estado adulto. Sus dientes, lo mismo que el resto de su cuerpo se formaban con mayor rapidez. Quizá su adolescencia era mucho más corta que la nuestra, por lo que aquel muchacho habría llegado a ser adulto hacia los 13 ó 14 años. Es más, los últimos trabajos científicos sugieren que, en el mejor de los casos, el desarrollo dental del Chico de Turkana se correspondería con una edad de unos 8 ó 9 años. Sin un estirón puberal tan marcado como el de nuestra especie, aquel humano podría haber llegado quizá a medir 170 centímetros, que tampoco está nada mal. Por otro lado, no podemos olvidar que una buena parte de nuestra elevada estatura se consigue gracias a disponer de un cráneo muy alto. La especie Homo ergaster, igual que otras especies del Pleistoceno, tenían el hueso frontal fuertemente inclinado hacia atrás y su cabeza era menos elevada que la nuestra

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Individuos de la tribu Masai

Otro error en la interpretación del Chico de Turkana fue la reconstrucción de su pelvis, que se realizó de acuerdo a la morfología de Homo sapiens. Nuestra pelvis es relativamente estrecha, lo que permite un ahorro energético en los desplazamientos, pero añade dificultades en el parto. Según los primeros estudios de la pelvis de KNM-WT 15000, la especie Homo ergaster también habría tenido una pelvis relativamente estrecha y  una estructura corporal parecida a la de las actuales poblaciones africanas de las zonas tropicales. Estas poblaciones suelen tener estaturas elevadas y un cuerpo delgado y esbelto, que disipa bien el calor de estas regiones. La especie Homo ergaster habría tenido una estructura corporal similar al de las poblaciones tropicales y subtropicales, y las mismas dificultades de hoy en día para dar a luz.

El hallazgo posterior de algunas pelvis fósiles, como el ejemplar denominado “Elvis” del yacimiento de la Sima de los Huesos de Atapuerca o la pelvis de Gona, en Etiopía (1,8 millones años), ha permitido refutar las hipótesis de los científicos que estudiaron el Chico de Turkana. De acuerdo con la información de estos últimos años, la pelvis de todos nuestros antepasados (sin excepción) ha sido relativamente más ancha que la nuestra, con un canal pélvico que ha permitido un parto mucho más holgado que en el Homo sapiens. La reconstrucción del Chico de Turkana se realizó siguiendo patrones de los pueblos que actualmente viven en Kenia, como los Masai, altos y muy delgados. El actualismo, un método frecuentemente usado en reconstrucciones paleontológicas, no siempre resulta acertado.

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Discapacitados con altas capacidades

Desde hace varios años tengo el honor de pertenecer al patronato de la Fundación Aspanias de Burgos. Esta fundación acaba de cumplir medio siglo de existencia, dedicada a la defensa de la integración social de las personas con diferentes discapacidades intelectuales. La labor de esta Fundación resulta muy compleja, por la dificultad que entraña la gestión de centros especializados, búsqueda de ocupación y trabajo, etc. En definitiva, esta fundación trata de encontrar una mejor calidad de vida para personas que han resultado menos favorecidas en sus capacidades intelectuales.

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Grupo de Aspanias durante la jornada denominada “Limpiemos la sierra”, celebrada el pasado 6 de mayo.

Como no podía ser de otra manera, hace ya más de diez años se produjo una aproximación de los responsables de la Fundación Aspanias al proyecto científico de Atapuerca. Este proyecto, con una trayectoria de más de 35 años, ha terminado por integrarse en muchos aspectos de la provincia y la ciudad de Burgos. La evolución humana representa ya una de las señas de identidad de esta ciudad castellana ¿Cómo podía establecerse una relación entre el proyecto de investigación en Atapuerca y la Fundación Aspanias?

Con imaginación se pensaron varias posibilidades, que se han ido haciendo realidad. La más importante consiste en la participación de diferentes personas en la identificación y separación de los restos fósiles más pequeños de los yacimientos de Atapuerca. Me explico. Durante la excavación de cualquier yacimiento de estas épocas tan antiguas es prácticamente imposible distinguir los restos fósiles de entre 1 y 5 milímetros, que se esconden entre las arcillas o los limos de los diferentes niveles arqueológicos. Estos micro-fósiles pertenecen a distintas especies de anfibios, aves, mamíferos, peces y reptiles y son especialmente importantes tanto para la datación relativa de un nivel estratigráfico como para conocer aspectos climáticos y ecológicos.

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Lavado de sedimentos de los yacimientos de Atapuerca en el río Arlanzón.

Las arcillas y los limos resultantes de la excavación se introducen en recipientes bien identificados y se dejan secar por algún tiempo. Mediante el proceso de secado, los minerales de las arcillas pierden su cohesión eléctrica y se pueden arrastrar mediante un fuerte chorro de agua. El proceso de lavado de los sedimentos se realiza en tamices de malla muy fina, que retienen las partículas superiores a un milímetro, o incluso menos. Si la suerte acompaña, el resultado es un conjunto de minerales de cuarzo, caliza, etc., junto a centenares o miles de dientes y restos esqueléticos de las especies de los vertebrados más pequeños. La mayoría de estos animales llegan a los yacimientos en el aparato digestivo de sus predadores, como ciertas aves rapaces y mamíferos de tamaño mediano que, después de capturarlos y digerirlos, expulsan por la boca la llamadas “egagrópilas”. Se trata de una especie de bolas que contienen todo lo que no es digerible (plumas, pelo, escamas, dientes, huesos, etc.). Las presas son capturadas en las cercanías de los yacimientos y sus restos son un fuente inestimable para conocer la antigüedad de los diferentes niveles donde se regurgitaron las egagrópilas. Las aves rapaces pueden construir sus nidos en las cercanías de las cuevas, por lo que en algunos yacimientos se acumulan miles y miles de restos contenidos en las egagrópilas.

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Mandíbula de Dolinasorex glyphodon, musaraña venenosa de unos 800.000 a 950.000 años de antigüedad, recuperada en el lavado de sedimentos de los niveles inferiores del yacimiento de Gran Dolina en la sierra de Atapuerca. La presencia de esta especie, endémica de la península Ibérica, indica un más clima algo más templado y húmedo que en la actualidad.

Los fósiles de todos estos animales delatan la posible presencia de cursos fluviales, lagunas o marismas en el entorno de los yacimientos, cuando éstos se estaban formando en épocas remotas. Las especies de anfibios y reptiles apenas han cambiado en el último millón y medio de años, resultando así relativamente sencillo estimar las condiciones climáticas del pasado. Estas especies viven en un estrecho rango de humedad y temperatura, por lo que se puede llegar a conocer con extraordinaria precisión la temperatura y la pluviosidad de una época y un lugar determinados. Por ejemplo, el entorno de los yacimientos de Atapuerca ha sufrido oscilaciones climáticas debido a las glaciaciones del Pleistoceno, pero sus efectos han sido mucho menos intensos que en las regiones del norte de Europa. En el último millón de años, la variación de la temperatura media apenas ha oscilado un par de grados arriba o abajo con respecto a la actualidad.

Se podrían redactar decenas de páginas sobre la información que ofrecen estos micro-fósiles, que se obtienen en una especie de segunda parte de la excavación en la mesa de un laboratorio, en ocasiones con la ayuda de lupas binoculares. Se requiere mucho conocimiento e infinita paciencia para ir separando los dientes y huesos de los minerales de la fracción resultante del lavado de los sedimentos, ubicando después cada fósil en su cuadrícula y nivel correspondientes. Los chicos y chicas de Aspanias realizan buena parte de este trabajo. Su capacidad de concentración en esta tarea hace muy difícil que se les escape nada.

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Los últimos neandertales

Es difícil estimar la cantidad de artículos científicos y de divulgación que se han escrito para contar el hecho de la desaparición de los Neandertales. Sentimos verdadero interés, curiosidad (y tal vez hasta un poco de culpabilidad) por saber que pudo suceder con esta población, que tuvo un enorme éxito como especie y que se extinguió coincidiendo con la expansión de Homo sapiens.
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Los investigadores Paola Villa (Universidad de Colorado, USA) y Wil Roebroeks (Universidad de Leiden, Holanda) nos ofrecen en la revista PLOS ONE una nueva hipótesis sobre este evento de la prehistoria reciente. Villa y Roebroeks son dos arqueólogos con una enorme experiencia sobre sus espaldas. Los dos han dedicado buena parte de su vida profesional a la investigación de los últimos 50.000 años, cuando tuvo lugar la progresiva desaparición de todos los humanos residentes en África y Eurasia y su sustitución por las poblaciones de nuestra especie.

La percepción que se tiene de los neandertales por parte de los científicos es notablemente extrema. Para algunos, explicar su extinción es coser y cantar, puesto que tanto sus cualidades biológicas como culturales eran muy inferiores a las nuestras. Nótese que he utilizado a propósito el calificativo de “inferior”, que en biología evolutiva es erróneo. Las especies son distintas en sus respectivas adaptaciones, no inferiores o superiores. Pero como desde siempre nos hemos considerado superiores a todas las demás especies del planeta, el uso de este calificativo resulta familiar y hasta políticamente correcto. Los neandertales no escapan a esta forma de pensar y se habrían extinguido por inferioridad biológica, numérica y/o tecnológica. Por ejemplo, algunos han recurrido a nuestras elevadas posibilidades lingüísticas, incluida a la habilidad para expresarnos mediante símbolos. Los neandertales habrían carecido de tales adaptaciones.

También se ha considerado que los neandertales tuvieron menor capacidad para la innovación y menor habilidad para las artes cinegéticas. Sus armas y las herramientas habituales eran menos eficaces y la diversidad de su dieta no era comparable a la nuestra. Su red de contactos sociales era pobre frente a nuestra posibilidad de crear grupos numerosos y bien organizados. Tal vez me equivoque, pero la primera hipótesis que se propuso para explicar la extinción de los neandertales fue su incapacidad para adaptarse a las condiciones extremas de las últimas épocas glaciales. Nuestra avanzada tecnología nos habría ayudado a superar los rigores climáticos. Y aquí estamos.

Villa y Roebroeks nos recuerdan todas y cada una de estas hipótesis, algunas de las cuales ya han sido rechazadas por las evidencias arqueológicas. Los neandertales se conformaron como población hace más de 300.000 años. Sus restos fosilizados permiten diferenciarlos con mucha claridad de otros homininos, al punto de que la gran mayoría los reconocemos como especie paleontológica: Homo neanderthalensis. Si bien es cierto que la población de los neandertales tuvo que sufrir fuertes descensos demográficos por el efecto brutal de las glaciaciones, durante las fases cálidas se expandieron por la mayor parte de Eurasia. Sus yacimientos llegan hasta mas allá del mar Caspio y tuvieron contacto con los denisovanos en el sur de Mongolia. Hace pocos meses, el prehistoriador Robin Dennell nos decía con sonrisa burlona que los neandertales llegaron a bañarse en el Pacífico. Y quizá no le falte razón. Si el éxito evolutivo de una especie se puede medir por su capacidad para expandirse por amplios territorios, los neandertales fueron una especie de largo recorrido ¿Cómo dudar de su habilidad para la caza o de la diversidad de su dieta? En apariencia, su tecnología no era inferior a la nuestra. Así lo señalan Villa y Roebroeks, que manejan una gran cantidad de información bibliográfica y la observación directa del registro arqueológico durante muchos años de profesión.

craneosLa paleogenética nos ha permitido saber que hibridamos con los neandertales y tuvimos descendencia fértil, pero ¿hasta que punto? Como suele suceder en tantos aspectos de la vida, pasamos con gran facilidad de un extremo al otro. Villa y Roebroeks toman buena nota de los resultados obtenidos por los paleogenetistas y ponen encima de la mesa la posibilidad de que la hibridación fuese de tal intensidad que los neandertales no se extinguieron, sino que fueran asimilados biológicamente por nuestra especie. Se trata de una manera muy original de dar la razón (sin querer) a los que siempre han considerado a los neandertales como una subespecie de Homo sapiens: Homo sapiens neanderthalensis. La hipótesis de Villa y Roebroeks tiene que asumir una densidad de población extremadamente baja para los neandertales. Quizá en este dato reside la debilidad de su hipótesis. A juzgar por la gran cantidad de yacimientos, los neandertales estaban por todas partes cuando nuestra especie entró en Eurasia.

El debate continuará durante mucho años, porque faltan muchas evidencias biológicas. Si todavía sabemos poco de nuestro cerebro y de nuestra mente ¿qué podemos decir de unos humanos de los que tan solo conservamos sus huesos?, ¿será capaz el ADN obtenido de estos huesos de darnos alguna respuesta sobre las habilidades cognitivas de los neandertales? Estoy convencido de que así será, aunque muy probablemente seguiremos sin encontrar una hipótesis que resista con fuerza el paso del tiempo.

Si se me permite un último apunte, Villa y Roebroeks tendrán al menos que reconocer un dato muy elocuente: los neandertales nunca salieron de Eurasia, mientras que los sapiens cruzaron brazos de mar para expandirse hacia Eurasia, Australia y muchas de las islas del Pacífico. Homo sapiens supo de las artes de la navegación y de la pesca hace muchos miles de años, mientras que algunos de los últimos neandertales estuvieron mirando hacia África desde Gibraltar sin atreverse a dar un paso, que quizá les habría llevado a prolongar su reinado en otro continente.

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