Archivo por meses: Diciembre 2014

Los papiones y la expansión de Homo sapiens fuera de África

 

Hembra y macho (notable dimorfismo sexual) de la especie Papio hamadryas.

Hembra y macho (notable dimorfismo sexual) de la especie Papio hamadryas.

Los papiones o babuinos hamadryas (Papio hamadryas) pertenecen a la familia de los cercopitécidos. Esta especie de primate habita en zonas semidesérticas, sabanas y áreas rocosas del cuerno de África, en los territorios actualmente ocupados por Djibouti, Eritrea, Etiopía, Somalia, Sudán, así como en las zonas más orientales de la península arábiga. Los papiones fueron domesticados en el antiguo Egipto, donde llegaron a ser adorados como un dios menor (Babi) y conocidos como los “babuinos sagrados”. Quizá por este motivo, siempre se ha considerado que la presencia de los papiones al otro lado del mar Rojo es relativamente reciente y debida a su traslado por seres humanos.

La investigadora Gisela Kopp (Instituto para la Investigación de Primates de Leibniz) ha liderado a un equipo interesado en realizar un estudio sobre las relaciones genéticas entre los papiones que viven a un lado y al otro del mar Rojo. La hipótesis de partida contempla la posibilidad de una introducción tardía de los papiones en la península arábiga. Si la hipótesis fuera correcta no se detectarían diferencias genéticas apreciables entre las dos poblaciones, considerado que el tiempo transcurrido desde su domesticación es prácticamente despreciable. Podemos preguntarnos sobre el interés de este trabajo para las investigaciones en evolución humana. En principio, la investigación pudo carecer de trascendencia para nosotros, pero los resultados fueron sorprendentes. Tanto es así que han merecido su publicación en la revista Journal of Human Evolution, quizá una de las más importantes en nuestro ámbito científico.

Distribución actual de de la especie Papio hamadryas y otras especies del género Papio, según  Gisela H. Kopp y sus colegas (Journal of Human Evolution 76, 154-164 (2014).

Distribución actual de de la especie Papio hamadryas y otras especies del género Papio, según Gisela H. Kopp y sus colegas (Journal of Human Evolution 76, 154-164 (2014).

Los resultados sugieren que la especie Papio hamadryas colonizó la península arábiga hace entre 130.000 y 12.000 años. Además, algunos ejemplares de la población de Arabia regresaron a su lugar de origen en África. Estos resultados señalan un paso franco por el estrecho de Bab el-Mandeb entre los actuales estados de Djibouti y Yemen. Es evidente que los babuinos no se habrían aventurado a cruzar una franja marina de no haber habido un puente continental para ello. Los descensos del nivel del mar durante las épocas glaciales habrían permitido ese paso franco, lo mismo que pudo suceder con las poblaciones de nuestra especie.

En efecto, en la última década se ha debatido sobre la posibilidad de que nuestra especie hubiese dejado África mucho antes de lo que se había postulado a partir de las fechas obtenidas en yacimientos europeos. Los neandertales fueron una barrera demográfica muy potente en el Corredor Levantino, donde se ha podido detectar la presencia de miembros de nuestra especie en el yacimiento de Qafzeh, con una antigüedad de más de 100.000 años años. Sin embargo, la llegada de Homo sapiens a Europa no sucedió hasta hace poco más de 40.000 años.

En la península arábiga existen evidencias arqueológicas (yacimiento de Jebel Faya, en Omán) de la posible presencia de nuestra especie hace más de 100.000 años, mientras que el yacimiento de Zhirendong, en el sur China propone la presencia de Homo sapiens hace 110.000 años. Los datos se acumulan y van reforzando la hipótesis de la colonización de Eurasia por nuestra especie a través de Bab el-Mandeb, quizá a través de tierra firme en momentos concretos de finales del Pleistoceno Medio. Aunque de momento no existen fósiles humanos en yacimientos del sur de la península arábiga, de manera inesperada los papiones parecen ofrecer respuestas a nuestras preguntas sobre la primera expansión de nuestra especie por todo el planeta.

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África: la cuna de la humanidad, pero, ¿cuál fue el papel de Eurasia?

africaEl año 1924 marca el comienzo de una época dorada para la prehistoria de África y la evolución humana. El hallazgo del primer resto fósil de un hominino en la cantera de Taung, en Sudáfrica, bautizado en 1925 por Raymond Dart con el nombre de Australopithecus africanus, significó el inicio de un nuevo paradigma. A partir de entonces, todos los expertos fueron aceptando el hecho de que África había sido la cuna de la humanidad. Los primeros pasos del linaje humano ocurrieron en algún lugar del continente africano. Atrás fue quedando la hipótesis inicial de Eugène Dubois, que a finales del siglo XIX había buscado nuestros orígenes en el sudeste asiático.

Durante todo el siglo XX, la mayor parte de los datos sobre la evolución de los homininos han llegado de las excavaciones en yacimientos de África. Olduvai, las orillas del lago Turkana, los yacimientos de Hadar y Laetoli, la región media del río Awash, o el rico complejo de cuevas sudafricanas (Sterkfontein, Swartkrans, Makapansgat, etc) han sido lugares de referencia para el estudio de la humanidad desde sus inicios. El origen del género Homo, la primera expansión de la humanidad fuera de África o el origen de Homo sapiens, han sido temas centrales de estudio y debate, que han llenado las páginas de las revistas especializadas y ocupado en muchas ocasiones las portadas de Science y Nature. Por supuesto, la prehistoria europea nunca dejó de interesar, lo mismo que los hallazgos en el sudeste asiático, mientras que las investigaciones en China quedaban casi paralizadas por cuestiones ajenas a la ciencia.

Aún así, la luz cegadora de los hallazgos en África relegaron en más de una ocasión a un discreto segundo plano los debates sobre la evolución humana en Eurasia. Cualquier estudio centrado en cuestiones arqueológicas o paleoantropológicas relacionadas con Asia y Europa terminaban por relacionarse con África. Es paradigmática la identificación de Homo erectus con el continente africano, cuando los primeros hallazgos de esta especie sucedieron en yacimientos de la isla de Java y de China. Lo mismo podemos decir de los neandertales, cuyo origen se ha buscado siempre en África. Por supuesto, la inmensa mayoría aceptamos que los primeros y los últimos colonizadores de Eurasia llegaron de África, por lo que el calificativo de “cuna de la humanidad” ha sido un titular empleado hasta la saciedad en exposiciones, capítulos de libros, artículos de revistas, o para denominar formalmente la región patrimonial de la UNESCO, donde se ubican las cuevas sudafricanas que contienen los restos fósiles de Australopithecus.

La asimetría ha sido tan potente, que hace tan solo tres años un par de investigadores propusieron la colonización casi continua de Eurasia durante todo el Pleistoceno mediante la expansión de poblaciones africanas. En otras palabras, el flujo genético desde África nunca habría cesado. La enorme barrera del Sahara y los desiertos que cierran el paso hacia el Corredor Levantino no habrían sido un obstáculo, porque la alternancia de ciclos climáticos del hemisferio norte haría reverdecer durante largos períodos de tiempo una parte de estos lugares inhóspitos, permitiendo el paso de humanos y de otros mamíferos. Sin embargo, algunos hemos apartado por un momento los ojos de la luz cegadora de África y nos hemos permitido plantear algunas preguntas: ¿fueron tan débiles y efímeras las poblaciones de Eurasia como para dejar que sus territorios fueran ocupados una y otra vez por colonos procedentes de África?, ¿qué nos dicen los fósiles de la poblaciones de Eurasia?, ¿tienen estos fósiles el sello indiscutible de su procedencia africana?

Para empezar, la presencia de grandes mamíferos de origen africano en Eurasia cesó hace 1,2 millones de años. La última migración importante de grandes mamíferos coincidió con la expansión del género Homo fuera de África, hace en torno a los dos millones de años. A partir de ese momento, las migraciones de estos animales desde África hacia Eurasia a través del Corredor Levantino han sido objeto de polémica y debate entre los especialistas. Por el contrario, todos los expertos en fósiles de grandes mamíferos han constatado las migraciones transversales en Eurasia desde hace 1,2 millones de años. Es evidente que las condiciones climáticas del hemisferio norte, con un incremento progresivo en la duración e intensidad de las glaciaciones, no invitaba a los grandes mamíferos a moverse desde su cálido hogar africano. Lo mismo pudo suceder con los homininos que, pese a lo que nos pese, hemos sido hasta hace muy poco tiempo una parte indisociable de los diferentes ecosistemas.

El propio registro fósil de los homininos contiene evidencias más que sobradas para demostrar la evolución independiente en África y Eurasia desde hace al menos 1,7 millones de años hasta la expansión de Homo sapiens hace unos 100.000 años. En 2006, la Dra. María Martinón-Torres nos exponía en su tesis doctoral las notables diferencias en el aparato dental entre las poblaciones africanas y las poblaciones eurasiáticas del Pleistoceno.

Como expliqué más arriba África es la cuna de la humanidad, de la más antigua y de la más reciente. Pero Eurasia también fue cuna de otras formas de ser humano, incluidas las especies Homo antecessor, Homo neanderthalensis, los propios denisovanos, Homo floresiensis (si se acepta como especie) y tal vez de otras especies y subespecies todavía por descubrir. En conclusión, todas las evidencias apuntan únicamente a dos expansiones de los homininos fuera de África: la primera, ocurrida hace unos dos millones de años, y la segunda (Homo sapiens), que sucedió hace unos 100.000 años. Algunos expertos no descartan migraciones en sentido contrario, desde Eurasia hacia África, pero esta hipótesis nos quedará para el próximo post.

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Viviendo el Paleolítico: el caballo prehistórico de przewalskii

Foto José María Bermúdez de Castro.

Ejemplar de Equus ferus przewalskii al galope en una pradera de las estribaciones de la sierra de la Demanda, en la provincia de Burgos. Foto José María Bermúdez de Castro.

Siendo aún estudiante de Ciencias Biológicas, allá por el año 1976, un profesor de zoología especializado en las especies de mamíferos silvestres más recientes y en la domesticación, nos habló del caballo de przewalskii. Ese nombre, tan complicado de leer y pronunciar, quedó grabado en mi memoria asociado a la hipótesis de que este animal pudo ser al ancestro de muchas de las formas de caballos domésticos conocidos hoy en día. A mediados del siglo XX, el caballo “prehistórico” de przewalskii estaba en peligro extremo de extinción y prácticamente se hablaba de él como una especie ya desaparecida.

Hace una semana tuve la enorme fortuna de obtener fotografías de una pequeña manada de estos animales en la provincia de Burgos. Para mi fue un verdadero viaje al pasado, no solo por mis recuerdos de estudiante, sino por saber que los caballos de przewalskii fueron cazados y consumidos por Homo erectus, Homo neanderthalensis, los denisovanos y los miembros de nuestra propia especie durante el Pleistoceno y el Holoceno. Nuestros antepasados del Paleolítico los pintaron en las paredes de la cuevas y todavía tenemos la fortuna de contemplarlos en estado silvestre. Su aspecto robusto, cabeza grande en relación al resto del cuerpo, hocico blanco, patas cortas, pelaje generoso y crines fuertes tanto en el cuello como en la cola, le da al caballo de przewalskii un aspecto muy característico.

Este équido fue llevado a las páginas de revistas científicas antes de finalizar el siglo XIX, gracias al interés por la naturaleza del general ruso de origen polaco Nikolái Przewalskii. Dada su diferencia con los caballos domésticos y su distribución geográfica restringida al actual estado de Mongolia, este caballo fue asignado a la especie Equus przewalskii. En la actualidad se sabe que el équido de przewalskii es una  variedad de la especie silvestre Equus ferus. Las dos subespecies vivieron en Eurasia y dieron lugar a diferentes tipos de caballos domésticos. La subespecie Equus ferus przewalskii tiene 33 pares de cromosomas, frente a los 32 de los caballos domésticos. Aún así, la hibridación con descendencia fértil todavía es posible. La subespecie Equus ferus ferus, conocido como el tarpán, tuvo peor fortuna y no sobrevivió al avance incontenible de la “civilización” humana.

Detalle de la pequeña manada en movimiento. Foto José María Bermúdez de Castro.

Detalle de la pequeña manada en movimiento. Foto José María Bermúdez de Castro.

Por suerte, ahora somos conscientes de que la enorme pérdida de biodiversidad en el planeta es un tremendo error. Por ello se desarrollan estrategias para la conservación de especies en grave peligro de extinción. Es el caso del proyecto “Paleolitico Vivo”, iniciado hace un par de años en la provincia de Burgos y liderado, entre otros, por Eduardo Cerdá, naturalista y experto en la divulgación de la Prehistoria. Este proyecto trata de conseguir que ciertas especies silvestres puedan vivir en libertad, gracias a la enorme cantidad de espacios deshabitados de la Comunidad de Castilla y León. Las estribaciones de la sierra de la Demanda, entre 1.000 y 1.300 metros de altitud, con bosques cerrados de pinos, praderas y dehesas de viejos robles, ofrecen una oportunidad para la supervivencia de uros, caballos silvestres y bisontes. Estos animales limpian la vegetación que crece de manera caótica tras el abandono de las zonas rurales.

Con ello se evitan incendios, se potencia un turismo de calidad y, cuando estas especies lleguen a un desarrollo sostenible, su carne podrá ser degustada rememorando así la gastronomía de nuestros antepasados del Paleolítico. Gracias a un acuerdo con la Asociación TAKH de Francia, Burgos cuenta ya con una pequeña manada de ocho caballos de przewalskii, que pueden reproducirse y mantener viva la estampa de los caballos de la prehistoria. En la actualidad sobreviven en libertad unos 1.200 ejemplares del caballo de przewalskii en varios parques de Mongolia, China y Europa. Algunos pueden ahora trotar a su antojo por tierras de la península Ibérica.

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