Archivo por meses: junio 2015

Pequeños, inteligentes, pero despreciados

Desde siempre los pueblos pigmeos han llamado la atención de los antropólogos. Casi todo el mundo da por hecho que los pueblos pigmeos son exclusivamente africanos, aunque también se encuentran grupos de estatura muy baja en varios territorios del sudeste asiático, Australia y en la cordillera de Perijá, en Colombia. La baja estatura de estos grupos humanos parece ser el producto de una convergencia adaptativa en sus respectivos territorios. Los varones no superan los 150 centímetros de estatura. Los grupos más estudiados se encuentran en diversos países de África central, como la República Democrática del Congo, Ruanda, Gabón Namibia o Zambia y pertenecen a diversas tribus, como los mbuti, twa o babinga. Todos estos grupos africanos, ahora dispersos, parecen haber tenido un origen común que se remonta aproximadamente a 70.000 años de antigüedad.

Un padre y su hijo de la tribu pigmea Aka.

Un padre y su hijo de la tribu pigmea Aka.

Durante muchos años se ha considerado que la baja estatura de los pigmeos estaba relacionada con variaciones del gen IGF-1, responsable de la síntesis de la somatomedina C (“Insuline-like growth factor) en diferentes órganos del cuerpo, principalmente en el hígado, pero también en los riñones, páncreas, bazo, corazón, cerebro o en la propia placenta de las madres gestantes. Esta proteína tiene una estructura muy similar a la insulina y su secreción está propiciada por la hormona del crecimiento (GH). Si las células del cuerpo no responden a los estímulos de la IGF-1 el crecimiento queda retardado y no se produce con normalidad. La escasa concentración de IGF-1, especialmente durante la pubertad, provoca estatura baja. Esto sucede, por ejemplo, durante la enfermedad de Laron, que conlleva ciertos defectos físicos muy evidentes y un claro retraso en las habilidades cognitivas de quienes padecen este problema de salud. Sin embargo, los pigmeos no tienen tales síntomas, sino simplemente una estatura mucho más baja que la de otros grupos humanos. Su cerebro alcanza un tamaño similar al de cualquiera de nosotros. Durante mucho tiempo se ha considerado que los pigmeos se adaptaron a vivir en zonas boscosas, muy cálidas y húmedas, donde la pequeña estatura podría ser una ventaja propiciada por selección natural para resistir elevadas temperaturas y escasa cantidad de alimento, así como para moverse fácilmente por selvas intrincadas.

Sin embargo, no todos los pigmeos viven en las mismas condiciones que los grupos africanos y los expertos han propuesto hipótesis alternativas. Andrea Migliano, Lucio Vinicius y Marta M. Lahr estudiaron el crecimiento y otros rasgos de una muestra representativa de pigmeos de los grupo Aeta y Batak de Filipinas (Proceedings of the National Academy of Sciences, USA, 2007). Su estudio comparado les condujo a proponer una hipótesis diferente para explicar la baja estatura de todos pigmeos. En condiciones normales (e.g., ausencia de guerras) estos grupos humanos tiene la esperanza de vida más baja del planeta. Es muy raro que alcancen y superen los 25 años, con una tasa de mortalidad entre los 15 y los 30 años muy superior incluso a la de los chimpancés en estado de libertad. Esta peculiaridad de los pigmeos, que les habría llevado a la extinción en poco tiempo, podría haber sido contrarrestada por un adelanto considerable de la época de fertilidad. Ese adelanto tendría como consecuencia un cese prematuro del crecimiento (11-13 años), con un estirón puberal prácticamente inexistente. Como ya hemos comentado en posts anteriores, el cerebro termina su crecimiento hacia los 6-7 años, por lo que los pigmeos tienen un desarrollo completo de este órgano, pese a su baja estatura.

Distribución de los grupos pigmeos en África central. Fuente: Wikipedia.

Distribución de los grupos pigmeos en África central. Fuente: Wikipedia.

Asumiendo que una de las dos hipótesis es la correcta, Migliano, Vinicius y Lahr se preguntan por el cerebro tan pequeño de los humanos localizados hace algunos años en la isla de Flores y clasificados en la especie Homo florensiensis. Estos humanos, de más de 18.000 años de antigüedad, tienen enanismo corporal y cerebral, por lo que su caso no es equivalente al de los pigmeos que viven en la actualidad. Los pigmeos pudieron adaptarse a una estrategia de vida extrema (fertilidad y mortalidad prematuras) favorable en sus condiciones de vida. Pero su cerebro no se vio afectado ni en su tamaño ni en su complejidad. No sucedió lo mismo con los humanos de la isla de Flores, para los que hay que buscar hipótesis diferentes y complementarias que expliquen el pequeño tamaño de su cerebro.

Una segunda reflexión sobre los pigmeos tiene que ver con su destino en los últimos cientos de años y, en particular, durante las últimas décadas. Estos grupos humanos han vivido durante milenios en lo más intrincado de las selvas del África central. Sin embargo, y como está sucediendo con los primates antropoideos, estamos asistiendo a la drástica reducción de su hábitat natural por la tala incontrolada de los bosques donde siempre han vivido. El contacto con grupos vecinos y con los pueblos “occidentales” ha sido nefasto para los pigmeos. Han sido tratados como seres inferiores, objeto de discriminación, esclavitud y genocidio. ¿Qué pueden esperar los simios antropoideos, si en pleno siglo XXI aún tenemos que defender los derechos de una de las últimas poblaciones  humanas cazadores y recolectores que nos quedan en el planeta?

  • Share on Facebook
  • Tweet about this on Twitter
  • Share on Google+
  • Pin on Pinterest

Arqueología cognitiva: colgantes prehistóricos y el poder de los símbolos

No es la primera vez que escribo sobre el simbolismo, un tema realmente fascinante. El catedrático de prehistoria de la Universidad de Santiago de Compostela, José Manuel Vázquez Varela, me envió hace unos días un artículo sobre el significado y la antigüedad de los colgantes realizados con conchas marinas. Los primeros párrafos de su trabajo son dignos de una profunda reflexión. Los humanos actuales dedicamos mucho tiempo a prepararnos para ser observados por los demás. Con esa preparación enviamos a nuestros semejantes mensajes de naturaleza muy diversa. En ocasiones deseamos atraer las miradas hacia nosotros con la intención de agradar. Pero en muchos casos enviamos advertencias agresivas, de identidad, de rechazo o para evitar que nos hagan daño. Desde hace más de 100.000 años los humanos utilizamos símbolos externos a nuestro cuerpo para comunicarnos sin necesidad de utilizar el lenguaje. Es posible que el simbolismo tenga raíces mucho más profundas de lo que nos dicen los yacimientos. Existen indicios sobre las capacidades simbólicas de los neandertales. Esta sería una prueba de que el simbolismo o bien ya estaba presente en el último antecesor común Homo neanderthalensis y Homo sapiens, o que tal habilidad mental surgió de manera convergente en las dos especies. Sea como fuere, la socialización generalizada del simbolismo está unida a la mayor parte de la historia de nuestra especie.

Objeto hallados en la cueva de Blombos, Sudáfrica, en la que destacan los grabados geométricos y las conchas perforadas de la especie Nassarius kraussianus

Objeto hallados en la cueva de Blombos, Sudáfrica, en la que destacan los grabados geométricos y las conchas perforadas de la especie Nassarius kraussianus

En su trabajo de revisión, José Manuel Vázquez compara varios yacimientos de África y del Corredor Levantino, separados por miles de kilómetros y una distancia temporal más que aceptable. En el norte de África nos habla de los yacimientos de Oued Djebabna (Argelia), con una datación de 90.000 años, y el de la cueva de Pigeons (Marruecos), cuya cronología puede llegar a más de 80.000 años. El yacimiento de la cueva de Blombos, en Sudáfrica, es conocida por varios elementos de un indiscutible valor simbólico, y su cronología puede alcanzar los 100.000 años. De una época similar se datan los yacimientos de Qafzeh y Skhul, situados en el Corredor Levantino. Además de sus respectivas peculiaridades, la mayor parte de estos yacimientos han proporcionado numerosas conchas marinas de dos especies del género Nassarius. Estos gasterópodos, que aparecen con perforaciones intencionadas, no tienen el tamaño apropiado (no más de dos centímetros) para constituir parte del alimento de los humanos. La distancia de algunos de estos yacimientos a la costa puede superar los 200 kilómetros, un recorrido suficiente para afirmar que se trata de objetos transportados de manera intencionada. En el caso del yacimiento de Qafzeh se han obtenido conchas del bivalvo marino Glycimeris insubrica (un tipo de almeja), transportadas 40 kilómetros desde la costa. ¿Qué valor daban nuestros antepasados a estos elementos?

Podemos dar rienda suelta a nuestra imaginación y pensar que estos objetos tienen un significado funerario, ritual o mágico. En arqueología, como sucede en los demás ámbitos de la ciencia, no siempre es posible encontrar información empírica para proponer hipótesis contrastables. Sin embargo, la perforación de las conchas y un adecuado ejercicio de “actualismo” nos llevan a pensar que hace más de 100.000 años los humanos decoramos nuestro cuerpo como lo seguimos haciendo en todas las sociedades del planeta. Los adornos corporales (tatuajes, pendientes, piercing, colgantes, etc.) se utilizan para lanzar mensajes de tribalidad, jerarquía, o simplemente para resultar más atractivos (sexualidad). Su importancia social es innegable, porque están relacionados de manera muy potente a la comunicación.

Vuelvo a reiterar mi fascinación por el simbolismo y la capacidad que los humanos tenemos para comunicar una infinidad de mensajes sin necesidad de utilizar el lenguaje verbal. Me pregunto sobre este pequeño, pero a la vez grandioso salto mental, cuya socialización podemos constatar hace más de 100.000 años ¿Qué sucedió para conseguir este logro, que revolucionó nuestro mundo? Esta pregunta forma parte de lo que hoy en día se conoce como “arqueología cognitiva”, una línea de trabajo apasionante de carácter transdisciplinar, que cada vez tendrá más peso en el estudio de nuestros orígenes.

  • Share on Facebook
  • Tweet about this on Twitter
  • Share on Google+
  • Pin on Pinterest

Ocho apellidos neandertales

Asistimos a una nueva entrega en la revista Nature de la saga amorosa entre los neandertales y los humanos modernos. Como siempre, el genetista Svante Pääbo está detrás del nuevo capítulo, liderado esta vez por Qiaomei Fu, un colega de la Academia de Ciencias de Pekín. El resto fósil que protagoniza la historia es una mandíbula humana, que ya estuvo en el candelero en 2003 de la mano del paleoantropólogo Erik Trinkaus. Esta mandíbula apareció en 2002 en la cavidad de un sistema cárstico situado al suroeste de los Cárpatos, en Rumanía, junto a un conjunto de restos de mamíferos del Pleistoceno Superior. La cavidad recibe el nombre de Pestera cu Oase (la cueva de los huesos), en la que abundan restos de la especie de oso Ursus spelaeus. Curiosa coincidencia entre este yacimiento y el de la Sima de los Huesos de la sierra de Atapuerca, tanto por su denominación como por la asociación de restos de humanos y de osos. La diferencia está en la datación, de 430.000 años para la Sima de los Huesos y de 35.000-40.000 para Pestera cu Oase. El hecho de que en las dos cavidades se haya conseguido secuenciar ADN antiguo de los restos humanos es otra feliz coincidencia.

Mandíbula encontrada en la cueva de Pestera cu Oase, Rumanía.

Mandíbula encontrada en la cueva de Pestera cu Oase, Rumanía.

Erik Trinkaus ha defendido desde siempre la teoría multirregional, una escuela de pensamiento de la que forman parte otros investigadores. Para este científico las poblaciones del Pleistoceno evolucionaron de manera lineal, para desembocar finalmente en Homo sapiens. La hibridación frecuente entre todas las poblaciones africanas y eurasiáticas durante los últimos dos millones de años habría evitado que se formaran especies diferenciadas en el género Homo. En lo que concierne a Europa, Erik Trinkaus ha buscado desde siempre las pruebas de la continuidad evolutiva entre los neandertales y las poblaciones de Homo sapiens. En 2003, Erik Trinkaus publicó la descripción morfológica de la mandíbula de Pestera cu Oase como una prueba importante de la teoría multirregional.

La teoría alternativa al multirregionalismo ha sido apoyada mayoritariamente en las última décadas. Nuestra especie se formó en África y desde hace unos 100.000 años fue colonizando poco a poco todo el planeta. La teoría del “Out of Africa” es proclive a apoyar la existencia de diferentes especies del género Homo durante los últimos dos millones de años en distintos lugares de África y Eurasia. Las últimas especies del género Homo (e.g., Homo neanderthalensis) habrían sido barridas literalmente de sus hábitats naturales con la expansión de Homo sapiens. La entrada en escena de la paleogenética ha resultado ser un apoyo importante para la teoría del “Out of Africa”, pero ha matizado su versión más extremista. Los miembros de nuestra especie hibridaron de manera puntual con las poblaciones autóctonas en su lento avance por África y Eurasia. Por el momento, las investigaciones sobre el ADN antiguo nada pueden decir sobre la posibilidad de que los miembros de nuestra especie tuvieran descendencia fértil con los grupos de Homo erectus, pero la pruebas de hibridación con los neandertales se multiplican.

La posibilidad de cruzamientos exitosos con híbridos fértiles disminuye a medida que aumenta la distancia genética entre las especies. Los neandertales y los humanos modernos compartimos un ancestro común, quizá no más antiguo de 600.000 años. Esta distancia temporal no es suficiente como para evitar que los posibles híbridos (no todos) sean fértiles y dejen descendencia. Las investigaciones sobre el ADN conservado en algunos restos neandertales llegó a la conclusión de que la poblaciones eurasiáticas tenemos entre un 1 y un 3 % de ADN procedente de la hibridación con los neandertales. Las consecuencias fenotípicas de este porcentaje no son reconocibles, de manera que cualquiera es capaz de distinguir con extrema facilidad el esqueleto de un neandertal y de un sapiens.

adnLa línea de investigación sobre el ADN antiguo está siendo muy fructífera, aunque algunos especialistas no dejan de reconocer las dificultades de su trabajo. La presencia constante de microorganismos y del propio ADN de quienes han manipulado los fósiles es un hándicap importante. Hace falta mucho trabajo,  paciencia y no poca suerte para reconocer el ADN mitocondrial y nuclear de los humanos del pasado. Las investigaciones dirigidas por Svante Pääbo parecen haber soslayado todas las dificultades metodológicas, lo que no deja de ser un mérito científico de primera división.

En el caso que nos ocupa, se practicaron dos perforaciones en la mandíbula de Pestera cu Oase para extraer 25 y 10 miligramos, respectivamente, de polvo de hueso. Si el proceso y los resultados referidos por los autores del nuevo artículo de la revista Nature son correctos, el propietario/a de la mandíbula perteneció a un descendiente de entre cuatro y seis generaciones posterior a la hibridación entre su tartarabuelo/a neandertal y su tartarabuelo/a sapiens. Este descendiente tiene entre un 6 y un 9 % de ADN heredado de los neandertales. Quizá no le faltaba razón a Erik Trinkaus cuando en 2003 nos contaba que la mandíbula de Pestera cu Oase tiene algunos rasgos morfológicos típicos de los neandertales. Sin embargo, este hecho no invalida la teoría del “Out of Africa”. Es más, los autores de este nuevo trabajo en Nature han comparado el ADN mitocondrial y nuclear de la mandíbula de la cueva rumana con la de numerosas poblaciones recientes de Eurasia. Sus conclusiones sugieren que el propietario/a de la mandíbula no dejó descendientes actuales en la poblaciones europeas y, con toda seguridad, tampoco dejó sus huellas genéticas en las poblaciones de Asia.

Nuestro genoma es el resultado de la evolución de millones de años. Compartimos ADN con todos nuestros antecesores, lo que podría representar una buena cura de humildad. No obstante, el genoma humano está organizado de manera específica y contiene la información exclusiva y necesaria  para que la cascada de acontecimientos que suceden durante nuestro desarrollo culminen en seres de la especie Homo sapiens. Los neandertales quedaron atrás, pero su ADN está en todas nuestras células. No cabe duda de que también tenemos ADN de otras especies del género Homo, aunque la paleogenética no haya podido (por el momento) descifrar cuáles forman parte de nuestra genealogía más directa.

  • Share on Facebook
  • Tweet about this on Twitter
  • Share on Google+
  • Pin on Pinterest