Archivo por meses: Noviembre 2015

Homo erectus y Homo ergaster: ¿una única especie en mundos diferentes?

En 1975 los investigadores Colin Groves y Vratislav Mazák propusieron que ciertos restos de homininos africanos, como los cráneos KNM ER 3733 y KNM ER 3883 (1.750.000 años) tenían que clasificarse en una nueva especie: Homo ergaster. Su propuesta, realizada en una revista poco conocida, pasó inadvertida para la mayor parte de los especialistas. Estos investigadores notaron diferencias importantes entre los restos asiáticos asignados a Homo erectus y los fósiles encontrados en África. En los años 1980, Bernard Wood recogió el guante de Groves y Mazák y se convirtió en el principal defensor de su propuesta taxonómica. Las diferencias entre los homininos africanos y los asiáticos quizá no eran extraordinariamente llamativas, pero suficientes para pensar que África fue colonizada desde hace más de 1.700.000 años por una especie de proporciones muy similares a la nuestra y un cerebro que sobrepasaba de largo los 800 centímetros cúbicos. Muy lejos de África, en el sudeste asiático, prosperaba otra especie muy parecida y convergente en los dos aspectos mencionados. Las diferencias en la forma del cráneo eran suficientes para pensar en cada parte del planeta estaban evolucionando dos especies distintas, quizá originadas de un ancestro común.

Comparación del cráneo de Dmanisi D 4500 (centro de la imagen) con cráneos de Homo ergaster (arriba, derecha e izquierda), Homo rudolfensis (abajo a la izquierda) y Homo habilis (abajo a la derecha). Fuente: “Nature”.

Comparación del cráneo de Dmanisi D 4500 (centro de la imagen) con cráneos de Homo ergaster (arriba, derecha e izquierda), Homo rudolfensis (abajo a la izquierda) y Homo habilis (abajo a la derecha). Fuente: “Nature”.

Pronto surgieron las críticas a esta propuesta y el mundo de la paleoantropología se dividió entre los partidarios de la dualidad Homo erectus/Homo ergaster y de los proponentes de que una única especie, Homo erectus, vivió tanto en África como en Asia desde hace casi 1,8 millones de años hasta su desaparición total de Asia, hace unos 60.000 años. Quizá por la fuerza de la costumbre y la tradición -recordemos que la especie Homo erectus fue propuesta en 1981 por Eugène Dubois-, la mayoría de los prehistoriadores hablan en sus textos de Homo erectus, cuando se refieren a los humanos de todo ese largo período. Otra cosa sucede cuando los especialistas y defensores de una u otra alternativa presentan sus propuestas y se ponen encima de la mesa las discrepancias.

Con independencia de quién lleve la razón y de que las diferencias entre los ejemplares asignados a cada especie puedan magnificarse o minimizarse, lo cierto es que las poblaciones humanas del Pleistoceno vivieron en ambientes muy diferentes y separados no solamente por miles de kilómetros, sino por barreras geográficas de gran envergadura. Podemos recordar que durante el Pleistoceno el enfriamiento climático originó la formación de desiertos infranqueables tanto en África como en Asia. Este hecho motivó sin duda la separación de muchas poblaciones en lugares privilegiados -verdaderos refugios- para la vida de los homininos. Buena parte del este, el sur y una estrecha franja del norte de África fueron el mejor hogar para nuestros antepasados. En Asia podemos hablar de la India, la mayor parte del sur y del centro China y todo el sudeste asiático. En todo caso, lugares muy distantes y distintos.

En 2006, a propósito de su tesis doctoral, la investigadora María Martinón Torres se atrevió a proponer que el origen común de las dos poblaciones pudo ser asiático y no africano, tal como había sido aceptado desde siempre. Su propuesta derivó del estudio en primera persona de los fósiles humanos hallados en el yacimiento georgiano de Dmanisi, situado a las puertas de Europa. Los homininos de Dmanisi (1,8 millones de años) son los representantes del género Homo más antiguos hallados hasta el momento. Es probable que los miembros de este género se adentraran en Eurasia hace unos dos millones de años. Su aspecto no debió de ser muy diferente a los fósiles encontrados en Dmanisi. El estudio de los restos fósiles de Dmanisi, como no, ha dividido a los investigadores que hemos tenido el privilegio de estudiar los originales. Su aspecto recuerda en parte a los Homo ergaster más antiguos, incluyendo el esqueleto postcraneal, pero sin olvidar ciertas similitudes con Homo habilis. El tamaño del cerebro de los humanos de Dmanisi está comprendido en el rango de esta última especie. María Martinón se fijó en los dientes (su especialidad). A partir de una extensa muestra de dientes de humanos fósiles llegó a la conclusión de que los humanos de Dmanisi están notablemente más próximos a los fósiles africanos que a los asiáticos. De ahí su propuesta (plasmada poco después en la revista PNAS) de que humanos como los de Dmanisi pudieron ser el origen de Homo erectus en Asia y de Homo ergaster en África.

El posible regreso de los homininos a su hogar africano parecía una utopía si el registro fósil se estudia con ideas preconcebidas. Pero María Martinón era entonces muy joven como para tener su mente contaminada con viejas hipótesis, casi convertidas en dogmas por la fuerza de la costumbre. En realidad, los humanos no salimos de África hace dos millones de años, sino que extendimos nuestra área de distribución hasta los pies de Cáucaso, por territorios entonces muy similares a los que había en el este de África. Se trata de dos conceptos muy diferentes. Es por ello que la hipótesis de María Martinón tiene que ser tomada muy en serio. El aspecto de los humanos de Dmanisi es el mejor aval a su propuesta. La región formada por el este de África y su prolongación natural hacia el norte pudo ser la cuna de Homo ergaster. Desde esa región, los humanos viajamos hacia Asia, donde prosperó una nueva especie: Homo erectus. Este podría ser un escenario muy plausible. Los defensores de la especie única no tienen más remedio que incluir  [con calzador] a los humanos de Dmanisi en la especie Homo erectus, para que todo cuadre a la medida de su hipótesis.

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La tecnología de Lomekwain: ¿Modo 0?

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Herramientas del yacimiento de Lomekwi, halladas en la orilla oeste del lago Turkana (Kania). Fuente: “Nature”.

La reciente publicación de útiles de piedra datados en 3,3 millones años en la localidad keniana de Lomekwi 3 ha puesto en evidencia que todavía nos queda mucho por saber de nuestro pasado más remoto. La información sobre el hallazgo de esas herramientas, realizado en una región próxima al lago Turkana, fueron dados a conocer por Sonia Harmand (Universidad de Stone Brook, Nueva York) y un extenso grupo de colaboradores en la revista “Nature” (21 de mayo de 2015). Con este hallazgo se pone en tela de juicio la hipótesis de que la tecnología fue ideada por miembros del género Homo. Este hallazgo hizo retroceder nada menos que 700.000 años la antigüedad de la fabricación intencionada de utensilios.

El yacimiento de Gona, en Etiopía, nos hizo pensar que el hito de 2,6 millones de años era muy difícil de superar. Puesto que la hipótesis más aceptada asocia la tecnología al género Homo, para esta última fecha necesitamos plantear la existencia de una especie muy primitiva de nuestro propio género. Sin embargo, una vez superada la barrera de los tres millones de años tenemos que sugerir muy seriamente la posibilidad de que la fabricación de utensilios no fue un logro de la primera especie atribuida al género Homo. Los australopitecos y los parántropos también pudieron fabricar herramientas.

Sonia Harmand y su equipo ya plantean hablar del “Lomekwian”, que en castellano podríamos traducir como el lomekviense. Esta denominación trata de distinguir los hallazgos de Lomekwi de los realizados muchos años antes en Olduvai, y que todos hemos conocido como la cultura olduvaiense (“Oldowan”). Los expertos propusieron hace años hablar de los Modos Tecnológicos, de manera que si el achelense fue el segundo gran salto tecnológico de la humanidad (Modo 2), todas las herramientas más simples (anteriores o posteriores a 1,7 millones de años) tendrían que ser incluidas en el Modo 1.

La propuesta de los Modos Tecnológicos, realizada por Grahame Clark en 1977, sigue vigente a grandes rasgos, aunque no satisface a la mayoría de los expertos. De manera general y aparte de su simplicidad tecnológica, el Modo 1 implica el oportunismo de los humanos en la fabricación de utensilios, casi de “de usar y tirar”. Un solo golpe podría ser suficiente para conseguir un filo cortante. En términos generales, podemos decir que el Modo 1 se caracteriza por la presencia de lascas (algunas retocadas) y de los núcleos de los que fueron extraídas esas lascas siguiendo protocolos determinados.

Los chimpancés usan cantos para partir la cáscara de frutos secos. Un golpe de más y ya tendríamos tecnología de Modo 1, fabricada por nuestros parientes vivos más próximos. Sin embargo, las herramientas del Modo 1 halladas en África y en Eurasia presentan una diversidad, que se aleja de la sencillez que todos presumimos y suponen una cierta complejidad mental. Así lo mostraron D. Stout, N. Toth y K. Schick en un celebrado trabajo que se publicó en 2000 en la revista “Journal of Archaeological Science”. La fabricación de utensilios de Modo 1 por un especialista implica la activación coordinada de ciertas regiones corticales y subcorticales del cerebro, incluida el área de Wernicke en el lóbulo parietal izquierdo. Este hecho se pudo demostrar mediante la técnica de tomografía de emisión de positrones.

En definitiva y como siempre que se producen hallazgos en la llamada frontera del conocimiento, surgen un sinfín de nuevas cuestiones. Ahora se trata de confirmar que la antigüedad del registro arqueológico supera los tres millones de años y que los primeros fabricantes de herramientas no pertenecían al género Homo, sino a alguna especie de Australopithecus. Además, tiene que demostrarse que podemos distinguir la tecnología olduvaiense de otras más antiguas. El estudio de la complejidad mental que pudo entrañar la realización de “gestos técnicos” en la realización del Lomekwian es un objetivo a conseguir en los próximos años ¿Podríamos llegar a plantear la existencia de un Modo 0 para esta industria?, o quizá tendríamos que dejar esa categoría para las “herramientas” que utilizan los chimpancés.

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¡Imposible resistirse!

Salvo que hayamos decidido ser vegetarianos por cuestiones de salud o de convicción, ¿quién se resiste a una buena parrillada? No es solo una cuestión cultural. Nuestro devenir evolutivo nos ha conducido al consumo de carne en cantidades variables según la región del planeta y de las posibilidades económicas. Con el paso del tiempo y el definitivo predominio de la cultura neolítica hemos ideado un sinfín de formas de consumir alimentos de origen animal.
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En las últimas semanas se ha hablado y mucho de las conclusiones de la OMS sobre el consumo de productos cárnicos. No entraré en ese debate, aunque lo más sensato que he podido escuchar es que todos los excesos son perjudiciales. Dejando a un lado esa discusión a los expertos, no está demás recordar que durante toda la genealogía de la humanidad, incluidas las primeras etapas desarrolladas en las intrincadas selvas de África, hemos consumido una cierta cantidad de proteínas de origen animal. Sabemos que en aquellos tiempos remotos -hace 5 ó 6 millones de años- predominaba el consumo de vegetales, tal vez en una cantidad similar a la que hoy en día forma parte del menú de los chimpancés.

Pero los tiempos cambiaron y las modificaciones climáticas del Plioceno nos dejaron en una situación muy diferente, casi diría que dramática. Casi nadie duda ya de que los propios australopitecos tuvieron que prescindir del amparo continuado de la frondosidad de los bosques. El continente africano fue cambiando su fisonomía hasta la situación actual, con las correspondientes fluctuaciones derivadas de un clima sujeto a cambios cíclicos. Sin embargo, a la postre nos vimos abocados a tener que adaptarnos a vivir la mayor parte de nuestras vidas en campo abierto ¿Qué consecuencias se derivaron de ese cambio tan drástico? Es evidente que nuestra dieta tuvo que cambiar; y con ella nuestra propia fisonomía ¡Somos lo que comemos! Una frase hecha, pero no por ello menos cierta. Por supuesto, las adaptaciones biológicas no se producen de un día para otro, y así lo podemos confirmar en el registro fósil. También es cierto que estábamos pre-adaptados para comer carne. Ese hecho facilitó el cambio para muchos homininos –aunque no para todos-.
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Uno de los cambios más sobresalientes –y yo diría que el más importante- fue el incremento del tamaño del cerebro. No podemos saber si la capacidades cognitivas de los australopitecos de hace tres millones de años fueron superiores a las de sus ancestros, habitantes todavía de bosques cerrados. Si la respuesta fuera afirmativa no tendríamos porque extrañarnos, aunque sus cerebros tuvieran el mismo tamaño. Al fin y cabo, la inteligencia no puede medirse solo por el volumen del cerebro, sino por la mayor o menor complejidad de las conexiones neuronales entre sus diferentes regiones. Podemos afirmar, en cambio, que los homininos que vivieron en el límite de los 3 a los 2 millones de años incrementaron el volumen de su cerebro. A partir de un cierto momento (aproximadamente hace 1,7 millones de años) el incremento fue exponencial. Y apostaría a que la conectividad también se incrementó en la misma medida, a juzgar por el aumento de la complejidad tecnológica.

04frutosecosAsí que comer una mayor cantidad de proteínas de origen animal parece que nos ha conducido a ser más inteligentes. Pero, ¡cuidado con tomar al pie de la letra esa conclusión! Antes de seguir, hemos de recordar que no todas esas proteínas procedían de la carne de pequeños, medianos o grandes mamíferos. Para un buen desarrollo el cerebro necesita -entre otros nutrientes- ácidos grasos omega 3 y ácido docosahexaenoico (DHA), que pueden obtenerse de algunas plantas (frutos secos, por supuesto) así como de peces de agua dulce.

Abatir animales para el consumo no es sencillo. Bien lo saben los cazadores, aún provistos de armas sofisticadas. La mejora en la cooperación para la caza es totalmente necesaria si solo se cuenta con palos y piedras. Es por ello que conseguir carne de animales en campo abierto tuvo que desarrollarse mediante estrategias complejas, que requieren capacidades cognitivas más desarrolladas que las de un primate estrictamente vegetariano. Así que las conclusiones podrían ser: 1- comer carne “per se” no nos hizo más inteligentes; 2- conseguir carne (o pescado) en determinadas circunstancias nos llevó a diseñar estrategias de cooperación cada vez más complejas, que precisaron capacidades cognitivas más desarrolladas; 3- no nos olvidemos del papel de determinadas plantas en la construcción de un cerebro más grande y más complejo.

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