Archivo por meses: Febrero 2016

La cueva de Bolomor y el Corredor Mediterráneo

El 21 de enero de este año explicaba en este blog la posible antigüedad del uso controlado del fuego. Las evidencias más remotas (800.000 años) parecen encontrarse en el yacimiento de Gesher Benot Ya´aqov, en Israel. En este yacimiento aparecen concentraciones de fragmentos de sílex y otros materiales quemados, que sugieren el uso repetido del fuego a finales del Pleistoceno inferior. Sin embargo, las concentraciones bien localizadas y abundantes de cenizas son más recientes.

Excavaciones en la cueva de Bolomor, Tavernes de Valldigna (Valencia).

Excavaciones en la cueva de Bolomor, Tavernes de Valldigna (Valencia).

El encendido y mantenimiento de los hogares permitió ahuyentar a los predadores, modificó los sabores de los alimentos, organizó el espacio en las entradas de la cavidades naturales, influyó de manera decisiva en la socialización de los grupos humanos y proporcionó luz y calor, prolongando así la jornada de nuestros ancestros. Con la perspectiva actual, resulta difícil imaginar a los humanos del pasado viviendo en regiones del norte de Europa sin el recurso del fuego. No tenemos que ir tan lejos, porque los inviernos en las regiones elevadas de las dos mesetas de la península Ibérica pudieron ser tan duros como en la actualidad. Aún así, las evidencias del uso del fuego en Europa son relativamente recientes. Las especies humanas que vivieron en estas tierras desde hace un millón y medio de años tendrían las adaptaciones biológicas necesarias para sobrevivir sin necesidad del calor de unas buenas brasas.

Los yacimientos europeos más antiguos con claras evidencias de fuego se encuentran en la actual Alemania (Schöningen y Bilzinsleben), Hungría (Vértesszölös), Reino Unido (Beeches Pit) y Francia (Menez-Dregan y Terra Amata). Dejando a un lado los problemas de datación de todos estos yacimientos, se puede decir que los europeos de latitudes elevadas sabían utilizar las propiedades del fuego hace unos 400.000 años ¿Y en la península Ibérica?, ¿qué sabemos de esta innovación cultural tan importante?

Por el momento, las evidencias más antiguas no llegan siquiera a los 250.000 años y se han localizado en la cueva de Bolomor. Esta cavidad, de unos 600 metros cuadrados de superficie, está situada en la cercanías de Tavernes de Valldigna, en Valencia. Las hogueras de este yacimiento se localizan en buena parte de su secuencia estratigráfica, con una cronología de entre 230.000 y 120.000 años. Esta hogueras estructuraban perfectamente el espacio disponible de la cueva y, sin duda, tuvieron un papel determinante en las actividades y la socialización de los habitantes de la cavidad. No solo se trata de las evidencias más antiguas de hogueras en la península Ibérica, sino de todo el sur de Europa.

La arqueóloga Ruth Blasco, una de las responsables de las excavaciones de la cueva de Bolomor.

La arqueóloga Ruth Blasco, una de las responsables de las excavaciones de la cueva de Bolomor.

Los datos de Bolomor tienen que ser considerados en un contexto amplio y comparado con datos de otros yacimientos de la misma época. Por ejemplo, los niveles de la misma antigüedad de los yacimientos de la sierra de Atapuerca no tienen ninguna evidencia del uso del fuego ¿Se trata quizá de una casualidad o de falta de información? Se puede argumentar que las capacidades cognitivas de los grupos humanos de Bolomor (y de esta región mediterránea en particular) eran superiores a los de sus vecinos del interior de la península. No olvidemos que la distribución de los grupos humanos en esa época era muy irregular, y dependía tanto del clima como de los recursos disponibles. Es por ello que no podemos pensar que todos esos grupos constituían una población homogénea en toda Europa. Es más, las evidencias del registro fósil nos hablan de diferencias morfológicas significativas entre los habitantes de nuestro continente durante todo el Pleistoceno medio.

Sin embargo, yo no sería partidario de distinguir a las diferentes subpoblaciones por sus posibles capacidades cognitivas solo por el hecho de que algunas hubieran alcanzado cotas más elevadas de conocimientos técnicos. Durante milenios, el Corredor Mediterráneo del sur de Europa ha podido ser un lugar privilegiado para la vida, tanto por su clima como por sus recursos. Es muy posible que la densidad de población en este corredor, aún siendo muy baja, superara de manera significativa la de otras regiones del interior de Europa. Siendo así, el intercambio de información de los grupos y su capacidad innovadora habría estado favorecida por esa circunstancia, como hemos defendido en muchas ocasiones para lugares tan emblemáticos para la evolución humana como el Corredor Levantino, en el suroeste de Asia.

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El cráneo de Bodo y las discrepancias entre el registro fósil y la paleogenética

Se cumplen ahora 40 años del hallazgo del cráneo fósil de Bodo, en Etiopía. El 16 de febrero de 1976, el equipo dirigido por Jon Kalb encontró los restos de un cráneo sin mandíbula en la localidad de Bodo d’Arcerca. Este lugar se encuentra en la depresión de Afar, en Etiopía, donde se han localizado docenas de yacimientos de diferentes épocas del Plioceno y del Pleistoceno. La antigüedad de este cráneo y de otros fósiles humanos fragmentarios de la misma localidad se estimó entonces en unos 600.000 años.

Cráneo de Bodo (Etiopía), datado en 600.000 años antes del presente.

Cráneo de Bodo (Etiopía), datado en 600.000 años antes del presente.

El estudio del cráneo reveló un mosaico de caracteres primitivos junto a otros que indicaban su “progresión” evolutiva en dirección de lo que yo llamo “la modernidad”. Precisamente en esa mezcla de caracteres residía el mayor problema para la interpretación del cráneo de Bodo, porque existe un verdadero “agujero negro” en el registro fósil en África entre hace más de un millón de años y la cronología asignada al cráneo de Bodo. Mucho después aparecerían los cráneos de Daka y Buía (hablaré de ellos en otra ocasión), que tienen aproximadamente un millón de años de antigüedad y que tampoco han permitido llenar el vacío de ese agujero negro paleontológico.

La notable robustez del cráneo recordaba a los homininos asignados a la especie Homo ergaster/Homo erectus. No obstante, esa robustez podía ser engañosa para caracterizar a la población humana que vivió en Afar hace 600.000 años. Podría tratarse de un cráneo masculino particularmente robusto. Es el eterno problema de la paleoantropología. Los fósiles únicos de un mismo yacimiento pueden convertirse en iconos, pero nos dejan con cientos de preguntas sin resolver. El cerebro del cráneo de Bodo tiene algo más de 1.200 centímetros cúbicos, un tamaño que lo aleja de las poblaciones de Homo ergaster/Homo erectus y lo aproxima a las poblaciones de nuestra especie. La forma del cráneo, los fuertes arcos superciliares situados encima de las órbitas y la cara hinchada por la presencia de amplios senos maxilares recuerdan a ciertos cráneos del Pleistoceno Medio de Europa, como el de Petralona (Grecia) y el de Arago (Francia). Es por ello que Philip Rightmire propuso en 1995 que podría existir una relación entre las poblaciones de África y Europa de esa época. Los fósiles europeos mencionados son más recientes (unos 250.000 y 400.000 años, respectivamente). Pero Rightmire los incluyó en la especie Homo heidelbergensis, siendo la mandíbula de Heidelberg (Alemania) el ejemplar tipo de la especie.

La propuesta de Rightmire, que ha tenido un notable éxito entre los expertos, asume que el cráneo de Bodo es un representante africano de la especie que dio lugar a los neandertales en Europa y a los miembros de nuestra especie en África. En otras palabras, hace un tiempo indeterminado (pero siempre menor de 600.000 años) tuvo que producirse una separación geográfica de las dos poblaciones, que evolucionaron de manera independiente a un lado y otro del Mediterráneo. Siempre siguiendo a Rightmire, la población europea habría colonizado nuestro continente hace unos 600.000 años, trayendo consigo la tecnología achelense desde África. 21 años más tarde, la hipótesis de Philip Rightmire todavía no se ha podido contrastar.

No obstante, en este período de tiempo se han podido responder algunas preguntas. Ahora sabemos que la tecnología achelense llegó a Europa hace al menos 700.000 años. La mandíbula encontrada cerca de Heidelberg (600.000 años), los cráneos de Arago, Petralona y, por supuesto, los de la Sima de los Huesos de la sierra de Atapuerca (430.000 años) ya estaban comprometidos en el linaje de los neandertales. El cráneo de Bodo, en cambio, no muestra ningún carácter que lo relacione con los neandertales. Es por ello que si Philip Rightmire tiene razón y el cráneo de Bodo tiene algún tipo de parentesco con los fósiles europeos la separación de las dos poblaciones tuvo que producirse hace mucho tiempo.

La mayoría de los genetistas han propuesto que  la separación geográfica de los ancestros de los neandertales y de los humanos modernos sucedió hace unos 400.000 años. Sobre esa fecha se han construido todos los escenarios evolutivos de los últimos años. Pero ese dato es totalmente incompatible con el registro fósil. Los genetistas más osados han sugerido que la separación pudo ocurrir hace 700.000 años. Un dato todavía insuficiente. Para que las evidencias del registro fósil y los datos aportados por el ADN casen bien todavía hemos de retroceder en el tiempo. La separación geográfica de los antecesores de los neandertales en Europa y de los humanos modernos en África pudo ser anterior. Tendremos que esperar a que el registro fósil de África sea más generoso y a que los genetistas revisen sus datos. Es posible que el estudio del ADN nuclear de la Sima de los Huesos nos de alguna respuesta. Esperamos los resultados como “agua de mayo”.

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El complejo puzzle de la expansión de Homo sapiens

Hace poco más de un par de décadas asistíamos a la pugna entre la teoría Multirregional y la teoría del Origen Único de nuestra especie en África (Out of Africa). Las evidencias procedían de los fósiles. Su descripción no era motivo de discrepancias, pero su interpretación estaba condicionada por dos ideologías que casi rayaban en el dogmatismo. En más de una ocasión hemos leído como alguna característica ósea o dental determinada se juzgaba como la evidencia incontestable de formas intermedias entre las poblaciones ancestrales y las poblaciones de nuestra especie en diversos lugares de África y Eurasia, probando con ello la teoría Multirregional. A medida que la hipótesis del origen único de Homo sapiens en África se iba consolidando aparecieron publicaciones que ofrecían pruebas de mestizaje entre miembros de nuestra especie y miembros de especies ancestrales, como los “erectus” o los neandertales. Esas pruebas se “leían” en los huesos y en los dientes y representaban el último bastión de la resistencia de los defensores de la teoría Multirregional.

Imagen tomada de alkaidarqueologia.blogspot.com

Imagen tomada de alkaidarqueologia.blogspot.com

Todos sabemos que los elementos del esqueleto están sujetos a variaciones ambientales, mientras que los dientes reflejan mejor la diversidad genética de los individuos. Aún así, hasta la morfología de los dientes tiene un componente ambiental, que podemos comprobar en parte gracias a las asimetrías en la morfología de los dientes de un mismo individuo o mediante la comparación de gemelos univitelinos. Es por ello que los huesos y los dientes no representan un método aceptable para probar hibridación. Las investigaciones sobre el ADN antiguo, en cambio, nos están ofreciendo datos mucho más fiables. Cierto es que todavía quedan muchos aspectos por mejorar en esta disciplina (como la estimación de la tasa de mutación). Pero la observación directa y la comparación de diferentes partes del genoma nos ofrece una garantía de la que carecen los huesos.

Así fue como se pudo comprobar la hibridación de los humanos modernos con los neandertales, rompiendo un mito y matizando el paradigma del origen único de nuestra especie. Los humanos modernos hibridamos de manera puntual con las poblaciones que nos encontramos en nuestra expansión por Eurasia y tuvimos descendencia fértil. En nuestro genoma llevamos un pequeño porcentaje de aquellos encuentros, ocurridos muy probablemente en el Corredor Levantino.

La paleogénetica sigue imparable y acabamos de conocer los resultados de un trabajo liderado por Martin Kuhlwilm (Department of Evolutionary Genetics, Max Planck Institute for Evolutionary Anthropology) en la revista Nature. En esta investigación los expertos han obtenido nuevos datos sobre los neandertales que ocuparon los valles y las cuevas de los montes Altai, en Siberia, donde más tarde se asentaron los denisovanos. Los resultados de Martin Kuhlwilm sugieren que hace unos 100.000 años los humanos modernos hibridamos con los neandertales de esa región tan alejada de Europa y les dejamos la herencia de una pequeña parte de nuestro genoma en varios cromosomas. En ese herencia cabe destacar un fragmento del cromosoma siete donde se encuentra el gen FOXP2, que se ha relacionado con el lenguaje. Un dato importante: los rastros genéticos de esa hibridación NO se han detectado en los neandertales genuinamente europeos.

Estos resultados tienen dos lecturas importantes. Todas las evidencias están de acuerdo en aceptar que los humanos modernos penetramos en Europa hace tan solo unos 40.000 años, tras romper la barrera de los neandertales en el Corredor Levantino. Algunos datos, en cambio, sugieren una expansión de nuestra especie por el cuerno de África a través del estrecho de Bab el-Mandeb. El paso hacia la península de Arabia pudo haber ocurrido hace unos 120.000 años, sin la oposición de los neandertales o la de otras poblaciones ancestrales. Es así como pudimos llegar al sur de China hace entre 120.000 y 80.000 años, de acuerdo con los datos sobre 47 dientes encontrados en la cueva de Daoxian, que publicamos hace tan solo unos meses en la propia revista Nature. Ante los resultados de Kuhlwilm y sus colaboradores la hipótesis de una expansión de Homo sapiens por el estrecho de Bab el-Mandeb hacia finales del Pleistoceno Medio cobra mucha más fuerza. Esta población se dirigió hacia tierras asiáticas, dejando a un lado los territorios europeos ocupados por los neandertales. Mientras que Europa aún tardaría 60.000 años en ser colonizada por los miembros de nuestra especie, parece que las antiguas poblaciones de Homo sapiens llegamos al menos hasta el sur de China y Siberia hace unos 100.000 años. Los datos sobre los dientes de la cueva de Daoxian y los de los cromosomas de los neandertales de los montes Altai, publicados con una separación de pocos meses, parecen darse la mano y añaden una pieza más al complejo puzzle de la historia de nuestra especie.

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