Archivo por meses: febrero 2016

De la lactancia materna y de cómo los humanos hemos perdido nuestras señas de identidad

El pasado 10 de febrero tuve el honor de formar parte del tribunal, que juzgó la tesis doctoral de Dª Gloria Gutiérrez de Terán Moreno, dirigida por las Dras. Begoña Sanz y Fátima Ruíz en el Departamento de Fisiología de la Universidad de País Vasco (UPV). La tesis, magníficamente presentada y defendida por la nueva Doctora de la UPV, nos presentaba un estudio sobre los factores fisiológicos y sociales relacionados con el mayor o menor éxito de la lactancia materna, en base a una muestra de madres de la Comarca de Bilbao.

Imagen tomada de la página www.houseandkids.es

Imagen tomada de la página www.houseandkids.es

Al redactar estas líneas tengo dudas sobre que aspecto de la tesis me gustaría destacar como reflexión. Ante todo, resulta sorprendente que a estas alturas todavía sea necesario realizar tesis doctorales o cualquier otro documento para defender la lactancia materna en nuestra especie. Los mamíferos llevamos evolucionando en el planeta desde hace más de cien millones de años. La característica que nos define como grupo es precisamente la alimentación de la crías a través de un sistema muy complejo, que nos ha proporcionado un éxito evolutivo extraordinario. Tan solo en unos pocos cientos de años, nuestra especie ha ido perdiendo sus señas de identidad como mamífero del orden primates, para considerarse como un ser extraordinario y diferente a los demás seres vivos del planeta. Hemos perdido la memoria ancestral y desconfiamos del instinto que impulsa a las madres de manera natural hacia su maternidad plena. La falta de información sobre el hecho natural de la lactancia y de otros aspectos relacionados con la maternidad (el la crianza con apego y el colecho, por ejemplo) aparece como uno de los factores sociales más importantes y recurrentes en la tesis de Gloria Gutiérrez de Terán.

Gloria nos recuerda en su tesis que, entre otros muchos beneficios, la lactancia mejora el reflujo fisiológico, protege frente a infecciones gastrointestinales y respiratorias, reduce notablemente la posibilidad de que los bebés sufran otitis o infecciones urinarias, mejora las alteraciones cardiovasculares inducidas por el crecimiento intrauterino restringido, disminuye el riesgo de muerte súbita o de la leucemia infantil, incrementa las capacidades cognitivas de los niños, etc., etc., etc., Las madres también obtienen un enorme beneficio, al disminuir el riesgo de cáncer de cáncer y ovario, la posibilidad de diabetes de tipo 2, además de evitar la hemorragia posparto o la posibilidad de tener depresión tras el nacimiento de su bebé. Los beneficios de la lactancia se prolongan en la vida adulta, con el consiguiente ahorro en costes de sanidad de cualquier país. Por el contrario, la alimentación exclusiva con leche de fórmula está relacionada con la inmunodeficiencia adquirida, enteritis necrotizante, o con el riesgo de sepsis con respuesta grave a numerosos microorganismos que interesan a diversos órganos del cuerpo. Además, la ausencia total de lactancia incrementa el riesgo de mortalidad neonatal y la morbilidad infecciosa, etc., etc., etc. Y la peor noticia es la mayor predisposición a enfermedades de todo tipo, incluyendo las cardiovasculares, en los adultos que no han tenido la oportunidad de ser amamantados.

Se podría seguir con una larga lista de datos que apoyan la necesidad de una lactancia materna lo más prolongada posible. Pero esto es algo que tendremos que redescubrir. El cambio en el estilo de vida en los países desarrollados nos ha conducido en pocas décadas a una modificación drástica en el comportamiento. No podemos renunciar a lo que ahora tenemos, porque la cultura es el principal elemento del nicho ecológico humano. Sin embargo, como en otros muchos aspectos de la vida tenemos que conseguir la mayor compatibilidad entre lo natural y el nuevo estilo de vida.

Se supone que somos más inteligentes que las especies de primates vivas más próximas a nosotros; pero tenemos que demostrarlo con hechos. Está en juego la supervivencia de la especie. Me pregunto, por ejemplo, ¿qué formación sobre la maternidad (incluida la lactancia) tienen los responsables (hombre y mujeres) de la legislación sobre la conciliación familiar en la vida laboral? La experiencia me dice que esa formación es solo la justa, y creo que soy muy generoso en mi apreciación. La falta (o ausencia) de información de políticos y juristas en esta materia es muy preocupante. Por supuesto, no podemos desperdiciar un solo “gramo” del talento de hombres y mujeres en el desarrollo de nuestras civilizaciones. La “maternidad plena” y todo lo que ello conlleva no tendría que ser un obstáculo para ello. Al contrario, puesto que esa maternidad es la fuente más segura para mejorar la salud física y mental de todos nosotros. Compatibilizar la maternidad plena con el desarrollo de las sociedades avanzadas es una de nuestras asignaturas pendientes.

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El origen de Homo sapiens y el desarrollo tecnológico

En junio de 2003 un equipo científico encabezado por Timothy White publicó en la revista Nature un importante hallazgo, realizado varios años antes (1997) cerca de la localidad de Herto, en la región etíope del curso medio del río Awash. Se trataba de restos de tres cráneos (dos de ellos muy completos) y dientes fósiles, que pertenecieron a un mínimo de siete individuos. Tim White nos tenía acostumbrados a descubrimientos de gran antigüedad. Por ese motivo, sorprendió a todos la datación de los restos de Herto, que se movía en el rango de 154.000 y 160.000 años. Este dato nos recuerda que la región del curso medio del río Awash puede considerarse como uno de los lugares más importantes del planeta para el estudio de toda la evolución humana. Las excavaciones en esta región han proporcionado restos de ardipitecos, australopitecos y de varias especies del género Homo.

Portada de la revista Nature del 12 de junio de 2003.

Portada de la revista Nature del 12 de junio de 2003.

En esta ocasión, White y sus colegas describieron restos de Homo sapiens, si bien quisieron distinguirlo de otras poblaciones de nuestra especie con el apellido “idaltu”: Homo sapiens idaltu. El cráneo de uno de los adultos fue portada de la revista Nature y el artista Jay Matternes realizó una de sus famosas reconstrucciones dedicadas a las especies y paisajes del pasado. Con independencia de las licencias artísticas de Matternes, su reconstrucción pictórica refleja los caracteres del neurocráneo y de la cara. Los cráneos de Herto son esféricos, por lo que aquellos humanos ya había perdido el aspecto aplanado de todas las especies anteriores del género Homo. En consonancia con ello, el cerebro del cráneo tendría la misma forma que la nuestra y su volumen (unos 1.400 centímetros cúbicos) era algo superior al promedio actual. La cara era exactamente igual a la nuestra y tan solo se puede decir, como rasgo a destacar, que  los cráneos eran robustos. Nada que nos pueda sorprender, porque algunas poblaciones actuales también tienen cráneos algo más robustos de lo habitual.

Para Tim White y sus colegas, los restos humanos de Herto representan la continuación de un linaje evolutivo, surgido en África hace unos 250.000 años: el linaje “sapiens”, bien representado por algunos restos fósiles de África y del Corredor Levantino. Los cráneos de Herto son contemporáneos con los neandertales, pero no muestran ninguno de los caracteres típicos de estos humanos del otro lado del Mediterráneo. La separación de las dos genealogías, neandertales y humanos modernos pudo ocurrir hace entre 400.000 y cerca de un millón de años (una amplia horquilla temporal, todavía por resolver). Pero lo cierto es que los cráneos de Herto podían confundirse con los de algún yacimiento moderno. Hace 160.000 años la especie Homo sapiens ya estaba perfectamente definida y consolidada.

Cráneo de Homo sapiens idaltu. Fuente: Nature.

Cráneo de Homo sapiens idaltu. Fuente: Nature.

Pero una cosa es lo que nos dicen los fósiles y otra muy distinta es saber como estaba estructurado el cerebro que contenía el neurocráneo de los humanos de Herto. Para algunos genetistas tuvieron que producirse cambios de cierta entidad en nuestro genoma para que los humanos llegáramos a producir y apreciar el arte o a poseer un pensamiento simbólico tan desarrollado como el que ahora nos caracteriza. Si nuestra especie tiene una antigüedad de casi un cuarto de millón de años, ¿por qué hemos tardado tanto tiempo en alcanzar los logros tecnológicos de los que disfrutamos hace tan solo unas pocas décadas? Hace 160.000 años el tamaño del cerebro ya había logrado con holgura el tamaño de hoy en día. Quizá los genetistas obtendrán respuestas en poco tiempo, precisamente gracias al enorme avance de la paleogenética. Conoceremos mejor los cambios que nos distinguen de aquellos humanos de finales del Pleistoceno medio. Sin embargo, ante la incontestable evidencia de que algunas tribus del planeta siguen viviendo de la caza y la recolección no queda más remedio que aceptar la importancia del cerebro social en nuestro progreso. Sin la interacción de miles de personas en una empresa común hubiera sido imposible llegar hasta las cotas tecnológicas actuales. Ya lo sabemos, la respuesta está en el ADN, pero también en el ambiente en el que se desarrollan los seres vivos. En nuestro caso, el intercambio de información de manera vertical (a través de los textos escritos por quienes nos han precedido) y horizontal actúa sobre las posibilidades del genoma humano para provocar nuestro progreso tecnológico exponencial.

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Liderazgo: el poder por el poder

Como en otras muchas especies de mamíferos, los primates humanos necesitamos líderes que nos guíen. Los chimpancés son los seres vivos más próximos a nosotros y representan un magnífico espejo en el que mirarnos. En la especie Pan troglodytes el macho alfa lidera el grupo desde la inteligencia y la fuerza. Ya sabemos que los chimpancés practican la política, interaccionando con otros machos y con las hembras para conseguir su propósito de liderar el grupo. Pero su fuerza y agresividad son esenciales en el mando. Cuando esa fuerza se desvanece con la edad y la falta de energía otro macho acabará ocupando su lugar.

Obtenida de: http://celebrityapprenticey.blogspot.com.es/2011_09_01_archive.html

Obtenida de: http://celebrityapprenticey.blogspot.com.es/2011_09_01_archive.html

La historia reciente de la humanidad nos habla de líderes poderosos, capaces de manejar voluntades y convencer a los demás de sus ideas. Muchos de esos líderes inspiran más miedo que respeto, manipulan a su antojo utilizando a sus colaboradores más cercanos. Dictan órdenes que tienen que cumplirse sin rechistar y, como es bien sabido, viven instalados en un ego gigantesco. Por descontado, estos líderes utilizan la inteligencia para sus fines. Puesto que el desarrollo de nuestro neocórtex cerebral nos hace más inteligentes (en promedio) que los chimpancés, la suma de esa inteligencia y de la fuerza por la fuerza consigue moldear líderes muy peligrosos para otros colectivos. Este modelo puede aplicarse tanto a poblaciones de gran tamaño como a grupos reducidos. No se nos puede escapar que la fuerza puede aplicarse de muchas maneras, aún cumpliendo en apariencia las leyes establecidas. La experiencia demuestra que los grupos liderados por este tipo de individuos están abocados al fracaso más tarde o más temprano. Seguramente muchos lectores conocerán ejemplos cercanos. Este tipo de liderazgo es muy peligroso, especialmente para los componentes del grupo que no respetan la “ley interna” impuesta de manera arbitraria. Además, este tipo de líderes suelen están íntimamente ligados a una corrupción sistémica moral y económica.

Esta situación, tan común en todas las comunidades humanas, es simplemente una degradación de la jerarquía que llevamos en nuestro genoma y que compartimos con otras especies de primates. Nuestra mayor inteligencia es responsable de esa degradación, aunque podamos buscar factores añadidos generados por algún tipo de problema cognitivo del líder. Los ejemplos más conocidos están relacionados con problemas sufridos durante la infancia o la adolescencia.

Por suerte para la humanidad nuestra mayor inteligencia permite que muchos líderes controlen de manera sabia la tiranía de las emociones e impongan la cordura en sus acciones. Los líderes naturales que comparten responsabilidades, generan confianza y entusiasmo, elevan la autoestima de las personas a las que guían, no temen la crítica y aprenden de ella y, por supuesto, dejan a un lado el ego, fomentarán el éxito de la comunidad, sea esta grande o pequeña.

Para resumir, y en relación con lo que se ha contado en este mismo blog o en ensayos literarios de muchos pensadores, el éxito de nuestra especie está íntimamente ligado a la capacidad para sintetizar los valores y capacidades de los grupos humanos en logros que nos hagan prosperar (o simplemente sobrevivir en casos extremos). Esta empresa solo es posible desde liderazgos responsables en los que el ansia individual por el poder deja paso al interés por el éxito del grupo.

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