Archivo por meses: Julio 2016

Hombres y caballos

Se acerca el final de la excavación del nivel TD10 del yacimiento de la enorme cueva de la Gran Dolina. La intervención en este nivel dura ya la friolera de 22 veranos. En ese tiempo se han recuperado decenas de miles de restos fósiles de diferentes especies de vertebrados. Los fósiles de grandes mamíferos presentan claras evidencias de su consumo en el portalón de la entrada de la cueva. Junto a los fósiles se han encontrado miles de herramientas de sílex, cuarcita o arenisca, muchas de ellas fabricadas allí mismo. Este nivel, que alcanza un espesor de dos metros y medio, representa un lapso de tiempo de unos 200.000 años. Apenas quedan por excavar unos 40 centímetros de TD10 (quizá menos de 30 cm cuando se publique este post), pero este nivel se empeña en seguir ofreciendo datos para nuestras investigaciones. Si las dataciones son acertadas, en esta campaña de 2016 se están recuperando los fósiles y las herramientas (achelenses) de los humanos que vivieron en la sierra de Atapuerca hace unos 400.000 años. Es muy posible que algunas de las especies de herbívoros encontrados en TD10 fuera capturadas por los humanos relacionados con los que se han obtenido en la Sima de los Huesos de la Cueva Mayor.

El estadio isotópico 11 corresponde a una fase cálida (interglaciar), que se extiende entre hace unos 370.000 y algo menos de 430.000 años. Este es el rango temporal obtenido tanto en el yacimiento de la Sima de los Huesos, como en la parte más baja del nivel TD10 y en la parte media-inferior del yacimiento de Galería (TG). La coincidencia de fechas no nos sorprende, sino que refuerza la idea de una presencia continuada de los humanos en la sierra de Atapuerca durante esa larga fase cálida de 60.000 años. Las condiciones climáticas eran muy favorables y el ecosistema ofrecía grandes oportunidades para la vida de nuestros ancestros.

En alguna ocasión escribí en este mismo blog sobre la especialización de algunos de los homininos del Pleistoceno de Atapuerca en la caza del bisonte. La abundancia de restos fósiles del género Bison en la zona media del nivel TD10 (subnivel TD10.2) contrasta con la diversidad de especies capturadas en épocas anteriores (subnivel TD10.1). Este cambio no parece responder a una modificación de la estructura del ecosistema, sino a la sustitución de los grupos humanos que habitaron la sierra de Atapuerca y su entorno. Esta hipótesis no significa que los humanos que ocuparon la región en momentos diferentes del Pleistoceno pertenecieran a especies distintas, sino que sus respectivas culturas eran algo distintas. Es más, la materia prima para fabricar herramientas encontrada en TD10.1 era mucho más diversa (sílex, cuarcita, cuarzo y arenisca) que la recuperada en TD10.2, donde la mayoría de herramientas están fabricadas de sílex.

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Metápodo de Equus localizado en la campaña de 2016 en la sección inferior del nivel TD10 de Gran Dolina.

Durante el estadio isotópico 11 los humanos de la sierra de Atapuerca parecían estar especializados en la caza de caballos. Al menos esto es lo que desprende de la excavación del último tramo del nivel TD10 y de la excavación del vecino yacimiento de Galería. La imágenes que acompañan a este post nos muestran un metápodo de caballo hallado en el tramo inferior del nivel TD10 y la mitad del hueso coxal de la misma especie recuperado a finales del mes de junio en el vecino yacimiento de Galería.

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Hueso coxal de Equus localizado en el yacimiento de Galería en la campaña de 2016.

Algunos de los especímenes encontrados en este período del Pleistoceno de la sierra de Atapuerca todavía eran jóvenes potrillos. Su caza no habría ofrecido demasiadas dificultades para los humanos de entonces, cuya estatura, proporciones corporales, fuerza y velocidad en carrera en tramos cortos los convertía en temibles depredadores. Las lanzas encontradas hace algo menos de dos décadas en los sedimentos de lignito del yacimiento alemán de Schöningen (estadio isotópico 11) demuestran la capacidad de los antecesores de los neandertales para la caza a media distancia. Los caballos necesitan buenos pastos y zonas abiertas, libres de bosques cerrados, como los que tuvo que haber entonces en la región donde se ubica la sierra de Atapuerca. En esas condiciones se nos antoja una proeza ser capaces de abatir a los adultos, que superaban con facilidad los 40-50 kilómetros/hora en carrera sostenida.

José María Bermúdez de Castro

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Hace ya 40 años!!

Trinidad (Trino) de Torres y Pérez-Hidalgo es ingeniero de minas de formación, pero paleontólogo y geólogo de vocación. Con motivo del cuadragésimo aniversario del hallazgo de los primeros fósiles humanos en el yacimiento de la Sima de los Huesos de la sierra de Atapuerca, Trino Torres ha visitado las excavaciones. El fue quién encontró aquellos fósiles y su presencia en Atapuerca tenía un significado muy especial. Su hallazgo dio lugar al proyecto científico decano de nuestro país, que en 2018 también cumplirá 40 años.

Con cierta nostalgia, Trino recorrió la mayoría de los yacimientos de la Trinchera de Ferrocarril. Las cosas han cambiado mucho, pero aún recuerda muchos de los lugares donde recogió algunos fósiles erosionados de los yacimientos y donde realizó sus excavaciones. Me señaló el lugar donde había encontrado una defensa de Elefante, de la que nadie conoce su paradero, pero que dio lugar al nombre del yacimiento “Sima del Elefante”. Curiosamente, la profundidad del yacimiento donde realizó aquel hallazgo coincide aproximadamente con el que ahora denominamos TE9, y donde en 2007 apareció la mandíbula humana más antigua de Europa. También me mostró el lugar donde encontró un fragmento de mandíbula humana entre los escombros del yacimiento de Galería y que algunos años más tarde estudié con mi colega Antonio Rosas.

Trino llegó a la sierra de Atapuerca en 1976 por una de esas casualidades que nos cambian la vida. Me confesó que en aquella época tenía trabajo en una empresa relacionada con su formación académica, pero también tenía una enorme inquietud por la paleontología. Tenía medios para vivir y podía permitirse dedicar tiempo a su pasión. Eligió estudiar la evolución de los úrsidos del Pleistoceno porque, según su testimonio, había muchos ejemplares en las colecciones de los museos españoles y podía aplicar sus notables conocimientos de estadística. Así fue como llegó al Museo Paleontológico de Sabadell, donde tuvo ocasión de estudiar un ejemplar de cráneo de oso muy bien conservado. La procedencia de aquel ejemplar (la sierra de Atapuerca) le llamó la atención. Dejaremos a un lado las razones por las que los museos enriquecían sus colecciones con un patrimonio, que hoy en día está totalmente regulado por leyes muy estrictas. Lo cierto es que gracias a ese feliz acontecimiento Trino Torres se acercó a Burgos. Con el apoyo del Grupo Espeleológico Edelweiis Trino conoció y prospectó los yacimientos de la Trinchera del Ferrocarril. El fue quién puso nombre a todos ellos: Gran Dolina, Sima del Elefante y Tres Simas. Este último parecía tener tres cavidades diferenciadas, pero las excavaciones de los años 1980s revelaron su conexión y en la actualidad se habla del yacimiento de Galería. No obstante, Este yacimiento se encuentra en el interior de una cavidad de morfología compleja, tal y como la vio Trino Torres en 1976.

A instancias de los miembros del Grupo Edelweiis, Trino decidió entrar en la Cueva Mayor y conocer la cavidad denominada “Sima de los Huesos” o “Sima de los Osos”. Pidieron permiso al arqueólogo José María Apellániz, que en aquellos años tenía autorización para excavar en el Portalón de entrada de la Cueva Mayor. Cuando Trino bajó al fondo de aquella sima quedó perplejo, tanto por la riqueza del yacimiento como por el desastre que se había producido en aquel lugar durante docenas de años. Los valientes aficionados a la aventura en las cuevas habían descargado todo su energía en la búsqueda de fósiles y Trino reconoció hasta un metro y medio de sedimentos removidos junto a algunos restos de basura abandonados por los que habían bajado durante todo el siglo XX. Por descontado, la mayor parte de los fósiles estaban rotos. Pero era posible reconocer partes esqueléticas de docenas de osos fósiles, que podían datarse del Pleistoceno Medio, pero todavía si mayor precisión.

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Excavaciones de 2016. Trino Torres visitando las excavaciones en le yacimiento de la Gran Dolina.

Entre las docenas de fósiles, Trino reconoció un molar humano. Como su tamaño era pequeño y apenas disponía de la luz de los carbureros, pensó que se trataba de un diente moderno (quizá del Neolítico), caído en la Sima de los Huesos a través de alguna cavidad desconocida. Ahora sabemos que el tamaño promedio de los molares de los humanos de la Sima de los Huesos es similar al de muchas poblaciones modernas. Pero en aquella época se pensaba que los dientes humanos del Pleistoceno tenían que ser por fuerza considerablemente más grandes que los nuestros.

Los dientes humanos aislados siguieron apareciendo durante la recogida de los fósiles oso, hasta que Trino tuvo en sus manos una mandíbula de hominino, sin ramas ascendentes pero con todos sus molares (también pequeños). Por supuesto, la mandíbula era humana, pero sus características no eran las esperadas para una población del Neolítico. Trino volvió a la superficie con gran excitación, donde mostró su hallazgo a José María Apellániz, que también quedo perplejo. La mandíbula era muy gruesa y no tenía mentón. A juzgar por los escasos restos de homininos de la península Ibérica, Trino había encontrado el fósil humano más antiguo encontrado hasta la fecha en nuestro país y parecía equiparable en su morfología a los más primitivos de Europa.

Pedí a Trino que escribiera todo lo que ocurrió desde aquel momento. Me confesó que lo ya había hecho, pero que algunos de los acontecimientos que se sucedieron en los años siguientes no invitaban a contar sucesos amables, sino dificultades de toda índole. Por supuesto, aunque conozco algunos de esos sucesos, no seré yo quién los cuente, sino que su protagonista lo haga en algún momento. El los vivió en primera persona. Lo más importante de su relato es que Trino dio un primer impulso a un proyecto de enorme relevancia para la evolución humana y que sus actividades profesionales lejos del “ojo del huracán” de Atapuerca le han permitido ser feliz. A sus 69 años, y a 11 meses de la retirada profesional, se siente recompensado por un trabajo bien hecho.

José María Bermúdez de Castro

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Dieta del pasado: mirando al futuro con Ferrán Adrià

Todo lo que somos y hacemos en la actualidad puede explorarse a través del estudio de las especies del género Homo. Una buena parte de su legado genético ha llegado hasta nosotros y, desde el punto biológico, compartimos con ellos mucho de lo que somos en la actualidad. Pero si nos detenemos a pensar en toda la panoplia de elementos culturales que nos acompañan en nuestra vida diaria, las diferencias entre aquellas especies del Pleistoceno y Homo sapiens se nos antojan enormes. En ese sentido, ¿qué sabemos de la dieta? Ahora somos conscientes sobre lo que nos conviene y lo que no nos conviene comer en cada momento de nuestra vida. Las investigaciones científicas aconsejan o desaconsejan ingerir determinados alimentos. Sin embargo, la dieta de nuestros ancestros del Pleistoceno fue muy similar en sus componentes esenciales a la de hoy en día. Solo la llegada del Neolítico alteró “el menú” y lo llevó casi hasta el aburrimiento. Cada población basó entonces su alimentación en un repertorio muy simple, basado en los cultivos regionales y lo que aportaban los animales domésticos. Por desgracia, esta forma de comer sigue siendo habitual en una parte muy importante del planeta. Los países más afortunados hemos cambiado el estilo de vida, dejando atrás 7.000 años de dieta casi monotemática.

Podemos imaginar a los comensales del Pleistoceno recolectando alimentos muy variados, todos ellos ofrecidos por una naturaleza diversa. En el hemisferio norte, las variaciones estacionales ofertaban alimentos de temporada. El “supermercado” estaba por todas partes y solo había que elegir el producto deseado. Por supuesto, esta comparación es solo una forma de explicar la capacidad de los humanos del Pleistoceno para conseguir la gran variación de alimentos de su entorno, incluyendo (por supuesto) la carne, las vísceras y el tuétano de diversas especies de vertebrados silvestres.

No descubro nada si hablo de los impresionantes conocimientos de Ferrán Adrià en la ciencia y en el arte de la alimentación. Su visita al Museo de la Evolución Humana y a los yacimientos de Atapuerca no es casualidad. De la mano de Eudald Carbonell, Ferrán Adrià se interesó hace tiempo por la evolución de la dieta natural. La cocina tradicional y la más innovadora se han transformado hasta conseguir cotas impresionantes. La tecnología y el procesado de los alimentos mediante la acción del calor han modificado su digestibilidad. La mezcla de alimentos ha permitido un sinfín de nuevos sabores y texturas. Pero, en definitiva, los productos utilizados en la actualidad han estado siempre a nuestra disposición. Ferrán Adrià ha llegado desde el “futuro de la alimentación” para conocer lo que fue nuestro pasado.

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Con Ferrán Adrià y Eudald Carbonell a la entrada del yacimiento de la cueva del Mirador (2 de julio de 2016). Fotografía tomada por Isabel Pérez.

Ferrán Adrià muestra una enorme inquietud por la dieta del pasado. Aunque tal vez no sea totalmente consciente de ello, el planteamiento que nos ha transmitido en su visita a los yacimientos de la sierra de Atapuerca tiene una fascinante mezcla de ciencia, arte y filosofía. Hemos iniciado con él la aventura de intercambiar impresiones y conocimiento. Tal vez esa inquietud le permita culminar la nueva etapa vital, que comenzó hace tres años con el cierre temporal de el Bulli y la puesta en marcha de un proyecto de investigación. Esperamos que las lecciones del pasado sean parte de la “musa” que alumbre sus reflexiones para la cocina del futuro.

José María Bermúdez de Castro

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