Archivo por meses: Septiembre 2016

¡Cuidado con inflar demasiado el globo!

Como en el juego de la siete y media, en evolución humana o te pasas o no llegas. Desde principios del siglo XX hemos experimentado tres fases en lo que se refiere al número de géneros y especies. La primera fase consistió en enriquecer de manera desordenada la genealogía humana con docenas de nuevos géneros y especies. Ernst Mayr (1904-2005) pinchó el globo en 1950, resumiendo toda la evolución del género Homo en dos especies: Homo erectus y Homo sapiens. En 1964, Richard Leakey, Phillip Tobias y John Napier publicaron en la revista Nature el diagnóstico de la especie Homo habilis, gracias a sus hallazgos en el yacimiento de Olduvai. Diez años más tarde, tras una lucha encarnizada contra la filosofía sintética de Mayr, la especie consiguió ser admitida por toda la comunidad científica. Pero ahí se quedó todo. Homo habilis, Homo erectus y Homo sapiens, habrían evolucionado de manera lineal sin ruptura de su continuidad reproductora.

Durante los años 1980s, un grupo de paleoantropólogos encabezado por Ian Tattersall y Bernard Wood se revolvieron contra la síntesis de Mayr. El hallazgo de numerosos fósiles durante más de treinta años comenzó a ser un problema. Los tres cajones: Homo habilis, Homo erectus y Homo sapiens se quedaban pequeños. Así comenzó la batalla por incluir más especies en el género Homo. Bernard Wood incluyó a Homo ergaster (que había sido nombrada en 1975 por Groves y Mazak) y Homo rudolfensis. En 1997 se publicó la diagnosis de la especie Homo antecessor en la revista Science. Esta última especie es quizá la que ha salido mejor parada de la dura batalla entre los llamados “spliters” (partidarios de la existencia de más de tres especies en el género Homo) y los “lumpers” (partidarios de la síntesis de Ernst Mayr), simplemente por el hecho de que, junto a un diente de leche del yacimiento de Barranco León (Granada) y la mandíbula del yacimiento de la Sima del Elefante (Atapuerca), los restos del nivel TD6 de Gran Dolina son los únicos fósiles humanos del Pleistoceno Inferior de Europa.

Una vez rota la resistencia de quienes han abogado por una gran simplicidad en el género Homo, comenzaron a proliferar nuevos nombres de especie, unos con mayor fortuna que otros. Quizá el que más éxito ha tenido es Homo heidelbergensis, además de la recuperación definitiva de Homo neanderthalensis. Algunos nombres se pueden justificar con mejores argumentos, como Homo georgicus. Otros no han pasado de la pura anécdota, como Homo cepranensis.

Las excavaciones en lugares exóticos, como en la isla de Flores, dieron lugar a descubrimientos extraordinarios. Casi nadie pudo resistirse a la magia de los fósiles de la cueva de Liang Bua y se admitió en el club a la especie Homo floresiensis. La avalancha de datos provocados por el estudio del ADN en los fósiles provocó la rotura de los últimos diques. Los denisovanos casi llegaron a conseguir la categoría de especie, aún cuando nadie sabe como eran. Solo se han obtenido tres dientes y una falange, que fueron sacrificados en aras de la ciencia para conseguir el ADN. Por supuesto, mientras no haya más fósiles y una diagnosis formal, la posible especie de la cueva de Denisova no puede ser admitida como tal. Además de esta especie “fantasma”, ya se habla de un nuevo hominino desconocido, que dejó su huella genética en los habitantes de las islas de Andamán (golfo de Bengala). Mayukh Mondal y varios colegas (la mayoría del Institut de Biologia Humana de la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona), han publicado en la revista Nature Genetics (Junio de 2016), la secuencia genómica de 10 individuos originarios de esta apartada región del Pacífico. Su comparación con el genoma de individuos del continente asiático revela su origen común y su relación con los primeros Homo sapiens de África. Sin embargo, los andamaneses llevan en su genoma las huellas de su mestizaje con alguna población extinguida de homininos.

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Esquema de la posible relación genética de los andamaneses con poblaciones de homininos extinguidas. Fuente: Nature.

Uno de los autores de este trabajo, el reputado paleogenetista Jaume Bertranpetit, es muy cauto y piensa que esa misteriosa parte del genoma de los andamaneses puede proceder de su mestizaje con miembros de Homo erectus. Sin embargo, no faltan voces atrevidas que hablan de una nueva especie enigmática. Estaríamos entonces en el mismo caso que los denisovanos. Una especie fantasma, de la que solo existen indicios genéticos.

Parece pues que estamos entrando en una nueva fase, en la que se tiende a incrementar el número de especies del género Homo. Si bien tenemos que reconocer la gran variabilidad del registro fósil, la prudencia y el método científico más riguroso tienen que ser nuestras guías, más que dejarnos llevar por una moda efímera. El reduccionismo extremo no parece la mejor opción, pero tampoco podemos volver a inflar el globo como se hizo a principios del siglo XX. De ser así, mi predicción es que el globo se volverá a pinchar y retornaremos a una nueva fase de síntesis.

José María Bermúdez de Castro

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Canibalismo entre los neandertales

El canibalismo de los neandertales ha sido debatido desde hace muchos años, puesto que no son pocos los yacimientos en los que se ha determinado este tipo de comportamiento en Homo neanderthalensis. Lugares clásicos, como Krapina, en Croacia, o El Sidrón, en Asturias, presentan incontestables evidencias de canibalismo. Hace algunos meses algún investigador se atrevió a proponer que este tipo de comportamiento originó la desaparición de los neandertales (ver post de 14 de abril de 2016).

A mediados de junio de este año, la investigadora Hélène Rougier y un nutrido grupo de colegas han publicado en la revista Scientific Reports un nuevo artículo sobre canibalismo entre los neandertales. En esta ocasión. Rougier y sus colegas han recopilado la información que se ha venido recogiendo del yacimiento de Goyet (Bélgica), desde que comenzaron las exploraciones y primeras campañas en el siglo XIX. Las excavaciones en la llamada “Troisième caverne” quedaron pronto paralizadas y no se retomaron hasta los años 1990s. En estos últimos años se han obtenidos numerosos restos humanos, que se han añadido a los que Rougier y sus colegas han podido identificar en las colecciones de excavaciones anteriores. En total se han contabilizado 90 restos humanos de Homo neanderthalensis. Algunos de esos restos están tan deteriorados que fueron difíciles de identificar en su momento. La antigüedad del yacimiento ha sido estimada mediante el método de C14 entre 45.500 y 40.500 antes del presente. Se trata, por consiguiente, de uno de los yacimientos más recientes de esta especie humana. Las evidencias de canibalismo son muy claras. Nunca antes se había descrito un caso tan claro en el norte de Europa para esta especie.

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Restos humanos neandertales de la “Trosième caverne” del yacimento de Goyet, Bélgica. Imagen tomada de www.naturalsiciences.be

Como es habitual en los casos de canibalismo, los restos presentan un importante deterioro debido a la fragmentación intencionada de los huesos. Podría tratarse de un caso de canibalismo “gastronómico”, cuyo objetivo es el máximo provecho nutricional de los cadáveres. Además de las masas musculares, el tuétano de los huesos ofrece muchas calorías. Aunque el registro arqueológico de los neandertales permite proponer un componente de ritualidad en su comportamiento (enterramientos intencionados), en el caso del yacimiento de Goyet no parece haber indicios que la acumulación de los restos humanos canibalizados esté asociado con algún tipo de ritual. Los autores son muy prudentes en sus afirmaciones sobre esta cuestión, pero su cautela viene dada por los límites que impone el propio método científico. Todo hace suponer que se trata de matar y comer, como en el caso de los restos obtenidos del nivel TD6 del yacimiento de la Gran Dolina en la sierra de Atapuerca. Si la hipótesis de canibalismo gastronómico se mantiene, dos especies muy alejadas en el tiempo (850.000 vs. 45.000 años) tuvieron el mismo tipo de comportamiento. Además, los habitantes de la cueva de Goyet no tuvieron reparos en utilizar algunos de los restos humanos como retocadores para reavivar los filos de sus herramientas de piedra.

La hipótesis de canibalismo gastronómico del yacimiento de Goyet está avalada por el hecho de que el número de restos fósiles de diferentes animales (y posibles presas) del yacimiento de Goyet supera la cifra de 30.000. En otras palabras, había suficiente comida como para evitar matanzas y canibalismo entre miembros de la misma especie. Goutier y sus colegas no se olvidan de que la cronología del yacimiento de Goyet está muy próxima a la entrada de los miembros de nuestra especie en Europa. De haberse encontrado alguna evidencia arqueológica de la presencia de Homo sapiens en la región podría haberse planteado la hipótesis de enfrentamientos entre los miembros de dos especies distintas. En este caso, no se trataría de canibalismo sino de competencia y enfrentamiento entre especies que tenían un nicho ecológico muy similar.

Las investigaciones realizadas durante décadas apuntan a la clara conclusión de que el canibalismo formó parte de la cultura de los neandertales. No nos extraña que hubiera peleas mortales entre ellos, como las hubo y las habrá siempre en las diferentes especies de nuestra genealogía. Otra cuestión es comerse a los vencidos. En nuestras guerras se mata sin piedad, pero rara vez se ha descrito canibalismo más que en casos de extrema necesidad. En el cerebro de Homo sapiens se produjeran varios “saltos” cualitativos, que terminaron no solo cambiando la forma del cerebro, sino también nuestra forma de entender el entorno social.

Con sinceridad, no pienso que el canibalismo cultural fuera la razón fundamental de la extinción de los neandertales. Pero podría añadirse a una (posiblemente) larga lista de circunstancias adversas que pusieron en jaque la continuidad de esta especie, frente a su competencia con los primeros Homo sapiens que poblaron Europa. Simplemente con una mayor organización para cualquier actividad (incluida la obtención de recursos y el sentido tribal) y una ligera ventaja en el crecimiento demográfico pudo ser suficiente para que nuestra especie ocupara el continente europeo en unos pocos cientos de años, relegando a los neandertales hacia su completa desaparición.

José María Bermúdez de Castro

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El debate que viene

En el post anterior comenté la escasez de hallazgos de fósiles humanos en yacimientos del Pleistoceno de Europa. No es buena noticia, porque seguimos atascados con un montón de interrogantes sobre lo que pudo suceder en nuestro continente durante el Pleistoceno Inferior. También seguimos en un mar de dudas acerca de la primera mitad del Pleistoceno Medio. Este verano ha sido muy interesante el debate en la red protagonizado por Chris Stringer y John Hawks acerca de la especie Homo heidelbergensis. Yo diría que ha sido lo más interesante a falta de hallazgos de entidad en yacimientos de este período, si exceptuamos los realizados en la sierra de Atapuerca.

Desde que el nombre específico Homo heidelbergensis se recuperó para la genealogía humana, hace ahora más de treinta años, su credibilidad como especie paleontológica ha perdido enteros. Cierto es que en los años 1980s se hacía necesario dar un sentido a un buen puñado de fósiles datados entre unos 600.000 y alrededor de 150.000 años. Estos fósiles parecían haber avanzado desde el punto de vista evolutivo con respecto a Homo erectus, pero para muchos expertos (no para todos) no cabían en nuestra especie. Los restos de este período mostraban ciertas similitudes entre ellos, aunque se habían recuperado de yacimientos muy alejados entre sí tanto de África como de Eurasia. De haber pertenecido a cualquier otro grupo de mamíferos jamás se hubieran agrupado. Pero en evolución humana nos manejamos en un “universo paleontológico” diferente. Para nombrar a estos fósiles se tomó el nombre de Homo heidelbergensis, que Otto Schoetensack otorgó en 1908 a la mandíbula encontrada en los arenales del río Neckar, en la aldea de Mauer y a pocos kilómetros de la ciudad alemana de Heidelberg. Schoetensack nunca publicó una diagnosis de la especie, sencillamente porque no le era posible hacerlo a partir de un único espécimen. Aquí tenemos el primer hándicap.

Esa diagnosis, tan esperada en las últimas décadas, nunca se ha publicado. Entre los restos añadidos de manera formal a la especie no había mandíbulas. Ciertamente, podríamos citar las mandíbulas de la cueva de Arago, en el sur de Francia. Pero los responsables de este yacimiento, el matrimonio Henry y Marie Antoinette de Lumley, siempre se han mostrado remisos a incluir los restos de la cueva de Arago en Homo heidelbergensis. Ellos han preferido siempre asignar los fósiles humanos a la especie Homo erectus. En 1999 llegó un balón de oxígeno para la especie de Schoetensack, cuando los fósiles de la Sima de los Huesos (SH) de la sierra de Atapuerca fueron incluidos en Homo heidelbergensis. Era la oportunidad esperada para realizar una diagnosis formal, que pusiera a la especie en la genealogía humana con todos los honores. Pero una cosa era incluir con 6.000 fósiles de SH en esta especie y otra cosa admitir que podían juntarse con sus contemporáneos de África y Asia. Era más que evidente que los humanos de la Sima de los Huesos estaban estrechamente emparentados con los Neandertales. Su posible relación con otros fósiles africanos y asiáticos de la misma época parecía más remota.

El debate estaba servido hasta que llegó el ADN de los fósiles de SH y quedó totalmente confirmado que los humanos recuperados de este yacimiento de la sierra de Atapuerca son “neandertales primitivos” de unos 400.000 años de antigüedad. Su posible cercana relación con otras poblaciones contemporáneas de África y Asia no se puede mantener en ningún caso. De haberlo hecho, hubiéramos contribuido a sostener una especie paleontológica artificial. Es más, en 2014 y a raíz de la publicación de los datos sobre el ADN de los homininos de SH se decidió retirar formalmente los ya casi 7.000 restos fósiles de este yacimiento de la especie Homo heidelbergensis. De nuevo, y ante la falta de hallazgos relevantes, la especie se quedó huérfana.

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Reconstrucción de un cráneo completo de la cueva de Arago, a partir de restos fósiles de diferentes individuos.

Era como volver a la casilla de partida. Es por ello que los más firmes defensores de esta especie empiezan a dudar. De ahí el “careo informático” entre Hawks y Stringer. La mandíbula de Mauer es muy particular y no representa necesariamente al promedio de su especie. Es más, ya somos muchos los que vemos algunas características neandertales en esta mandíbula (600.000 años). Lo mismo sucede con los fósiles de la cueva de Arago. Aunque su aspecto sea primitivo, los rasgos neandertales ya estaban claramente presentes en estos fósiles (450.000 años). Según todas las evidencias, Europa fue el hogar de diferentes ramas relacionadas entre sí y pertenecientes a la familia (“clado”, en términos más científicos) de los neandertales: Mauer, Arago, Sima de los Huesos…. Mientras, los fósiles africanos y asiáticos contemporáneos posiblemente dirigían sus pasos evolutivos hacia otro destino. En definitiva y en mi opinión, la siguiente generación de jóvenes paleoantropólogos se atreverá a reformular los principios que han regido el escenario evolutivo del Pleistoceno Medio. Sería muy deseable el hallazgo de nuevos fósiles en África y Eurasia, con buenas dataciones y suficiente entidad para ayudar al debate que se avecina.

José María Bermúdez de Castro

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