Archivo por meses: diciembre 2016

Lactancia y habilidades cognitivas

Los beneficios más conocidos de la lactancia está relacionados con la salud de los niños, puesto que la leche materna estimula y madura su sistema inmunitario. Se reduce así de manera significativa la mortalidad y la morbilidad infantil, disminuyendo el riesgo de alergias, enfermedades gastrointestinales, etc. Ningún estudio ha puesto en duda tales beneficios, que han sido demostrados de manera incuestionable. Sin embargo, se habla menos de la posible mejora de las capacidades intelectuales ¿Existe realmente una asociación significativa entre la lactancia y la inteligencia?

Algunos trabajos pioneros de finales de los años 1980s y la década de los 1990s mostraron el efecto positivo de la lactancia en el incremento de las habilidades cognitivas. Si bien es cierto que uno de estos trabajos observó diferencias no significativas, el resto señaló un incremento sustancial de tales habilidades. En el siglo XXI las investigaciones han continuado, y cada trabajo ha incluido un mayor número de niños. Salvo excepciones, la mayoría de los trabajos de campo han corroborado las conclusiones de las primeras investigaciones. El asunto es complejo, porque requiere tener en consideración algunos factores que pueden influir en el resultado.

Como ejemplo, quiero citar una investigación de Maria Quigley y sus colaboradores, publicado en 2012 en la revista The Journal of Pediatrics. Este trabajo tomó como base el estudio que se lleva a cabo en nada menos que 18.818 niños y niñas nacidos en el siglo XXI en el Reino Unido (The Millennium Cohort Study: MCS). Para llevar a cabo su investigación los científicos tuvieron en cuenta numerosos factores que podían influir en los resultados. Por ejemplo, consideraron que los bebés nacidos prematuramente (menos de 28 semanas de gestación) no tenían acceso inmediato a la leche materna. También tuvieron en cuenta el lenguaje, puesto que los cuestionarios disponibles para su estudio solo utilizaban el inglés (British Academy Scales). Aún con todo, la muestra del conjunto del MCS analizada por Quigley y colaboradores llegó a los 11.879 niños y niñas.

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Dibujo de Fernando Sendra, tomado de la página Pediatría en Panamá WordPress.com

El estudio se llevó a cabo cuando los niños tenían cinco años y las preguntas que formaban parte de la batería de cuestionarios estaban relacionadas con el dominio de vocabulario, habilidades espaciales y el razonamiento a partir de dibujos. Quigley y sus colegas evitaron uno de los factores que mayor influencia puede tener en los resultados. El nivel de formación de los padres puede ser determinante, porque los niños están recibiendo información continuada en el ambiente en el que se desarrollan. Pero la muestra del MCS es tan alta que estos factores se pueden corregir dividiendo la muestra en grupos diferentes.

Los investigadores consideraron el grupo de niños y niñas que se alimentaron únicamente con leche de fórmula, el grupo que había recibido leche de la madre durante menos de dos meses, entre dos y cuatro meses, entre cuatro y seis meses, entre seis y 12 meses y más de doce meses. En todos los casos y en todos los cuestionarios se obtuvo un incremento significativo de entre dos y seis puntos en el coeficiente de inteligencia que podía inferirse en los cuestionarios realizados. Las capacidades cognitivas aumentaban en función de la duración de la lactancia, al menos hasta los doce meses, y fueron particularmente elevadas en las áreas relacionadas con el vocabulario y las habilidades espaciales. Curiosamente, el mayor incremento del coeficiente de inteligencia se observó en el grupo de niños y niñas nacidos cuando la gestación tuvo lugar entre 28 y 36 semanas, en lugar de las 42 que se esperan en una gestación a término.

La explicación más plausible para estos resultados se encuentra en la propia composición de la leche materna, que contiene elevadas concentraciones de ácidos grasos poliinsaturados de cadena larga, imprescindibles para el desarrollo del cerebro. Además, la leche materna contiene factores de crecimiento (que no pueden añadirse a la leche de fórmula), que influyen en la bioquímica normal y el desarrollo funcional del cerebro. Esto último es lo que coloquialmente llamamos la mente.

Los autores terminan la redacción de su trabajo pidiendo más investigaciones en este ámbito, en particular para identificar mejor los mecanismos implicados en el proceso. Pero sus conclusiones son claras y contundentes. Nunca mejor dicho, “la naturaleza es sabia”.

José María Bermúdez de Castro

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Debatiendo sobre la dieta de nuestros ancestros

No es sencillo averiguar en detalle la dieta de nuestros antepasados del Plioceno y Pleistoceno. Se puede aspirar a conocer aspectos generales basándose en una serie de inferencias y en algunos datos concretos. Por ejemplo, los especies del género Paranthropus representan una rama bien definida de nuestra genealogía. Sus características anatómicas son muy particulares e inconfundibles. Aunque durante mucho tiempo se clasificaron como “formas robustas” del género Australopithecus los aspectos anatómicos y biológicos de estos homininos son demasiado exclusivos y diferentes de las especies contemporáneas de anatomía más generalizada.

Los parántropos vivieron en África hace entre 2,6 y poco más de un millón de años. Se conocen tres especies. En yacimientos de Sudáfrica se han obtenido restos fósiles de Paranthropus robustus. En el este de África se conocen dos especies: P. aethiopicus y P. boisei. Las tres especies parecen estar emparentadas o al menos comparten muchos caracteres. Por ejemplo, la mandíbula es muy gruesa y de grandes dimensiones. Los potentes músculos pterigoideos y temporales se insertaban en una quilla ósea situada en la parte más elevada del cráneo, similar a la que tienen los gorilas. Los arcos cigomáticos estaban muy arqueados para dejar paso a los gruesos haces musculares. Además, los huesos malar y maxilar aparecen muy retraídos, dando a la cara un aspecto ancho y aplanado. Los incisivos y caninos son muy pequeños, mientras que los premolares y molares son enormes, con una complejidad extrema de la superficie de masticación y de esmalte muy grueso. Todos estos caracteres no aparecen en sus primos, los australopitecos, y desde siempre se ha considerado que se trata de adaptaciones a una dieta muy particular.

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Reconstrucción de Paranthropus boisei, según Mauricio Antón.

En efecto, la época en la que vivieron estos homininos se caracteriza por un progresivo enfriamiento general del planeta y la consecuente desaparición de los bosques cerrados del sur y este de África. Este hecho sugiere que los parántropos ocuparon zonas abiertas, donde la vegetación de plantas de consistencia “blanda” dejó paso a una vegetación propia de sabanas y estepas. La peculiar anatomía del cráneo de los parántropos parece estar acorde con una dieta fundamentalmente vegetariana, en la que abundarían plantas de consistencia más dura, semillas y tubérculos. Su nicho ecológico se habría diferenciado perfectamente de los pequeños Homo habilis, especializados en conseguir carne mediante el carroñeo y/o la caza.

Los análisis isotópicos del carbono en el esmalte de los dientes de los parántropos han revelado un gran consumo de plantas C4 tropicales, muy abundantes de las sabanas. Estas plantas se caracterizan, entre otros aspectos, por incorporar el isótopo 13C en su composición y por tener una gran resistencia a las sequías que caracterizan a los pastizales de sabana. Así que la particular anatomía de los parántropos parece estar de acuerdo con los posibles alimentos de su hábitat africano.

No obstante, un trabajo liderado por Alejandro Pérez-Pérez (Universidad de Barcelona, UB) y publicado en la revista PLOS ONE ha llegado a conclusiones totalmente opuestas. Este profesor de la UB ha reunido a lo largo de su carrera profesional una impresionante cantidad de datos sobre los patrones de desgaste de los dientes de todas las especies de la genealogía humana. Si los alimentos no han sido cocinados, como ha sido casi siempre a lo largo de nuestra evolución, la abrasión que producen en el esmalte de los dientes deja una serie de estrías y otras marcas, casi siempre microscópicas. La dureza del alimento produce patrones diferentes, que Pérez- Pérez y su equipo tienen muy bien registrados. Los alimentos crudos, y en particular las plantas, provocan numerosas estrías durante la masticación. Dependiendo de la dureza de las plantas, las estrías son más profundas, largas, numerosas y se orientan de manera diferente. Los patrones son muy claros y se estudian tanto en la superficie de masticación como en la cara externa (bucal) de los premolares y molares. Curiosamente, los dientes de los parántropos tienen un menor densidad de estrías, y el valor medio de su longitud es menor que en Homo habilis y Homo ergaster. Los resultados tendrían que ser totalmente diferentes, asumiendo que estas últimas especies consumían carne y grasa de animales, mientras que los parántropos eran casi exclusivamente vegetarianos.

Si el método empleado por Pérez-Pérez y sus colegas es correcto, los parántropos consumían vegetales de consistencia más blanda (plantas C3), abundantes en las regiones de vegetación más cerrada con árboles y arbustos tropicales. Los autores de este trabajo sugieren revisar las evidencias isotópicas. Además, Pérez-Pérez y su grupo observan que los primeros representantes del género Homo incluían en su dieta notables cantidades de alimentos de origen vegetal. Esos vegetales eran muy abrasivos, según demuestran los patrones de estrías observados en sus dientes. A pesar de ello, las primeras especies del género Homo ya habían reducido de manera significativa su aparato masticador (dientes, maxilar y mandíbula). Una vez más, la supuesta relación directa entre el tipo de dieta y el tamaño de los dientes queda en entredicho.

José María Bermudez de Castro

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Grandes simios: “personas no humanas”

Desde siempre, los seres humanos hemos recurrido a la luchas tribales y a las guerras, en su sentido más amplio y terrible, con el objetivo de apoderarnos de los recursos de otros seres humanos. Quizá es aún más terrorífico y depravante para nuestra especie el uso de otros seres humanos para conseguir los recursos anhelados. Este fue un paso más en la codicia por poseer más de lo que necesitamos. Cuando hablamos de esclavitud tenemos la idea de que este aspecto reprobable de nuestra conducta es cosa del pasado, de civilizaciones perdidas y de algunas mucho más recientes que nos vienen enseguida a la memoria. Sabemos que no es así.

Si el afán por tener y poseer supera la empatía que en principio deberíamos tener por los miembros de nuestra especie, ¿qué podemos esperar cuando se trata de los miembros de otras especies?

Hace unos años conocí a Pedro Pozas Terrados, idealista y defensor de causas casi perdidas. Estaba y sigue al frente del Proyecto Gran Simio, con el que colaboro desde entonces cuando la ocasión lo requiere. No es la primera vez que hablo de este proyecto en el blog, puesto que los objetivos del proyecto están en plena sintonía con un mejor conocimiento del ser humano a través de lo que mucho que nos pueden enseñar los simios antropoideos. Personas como Pedro Pozas y otras miles, quizá millones de seres humanos, la mayoría anónimos, representan una ventana a la esperanza en el futuro de la humanidad.

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Imagen tomada del blog “all you need is biology” de Mireia Querol Rovira.

La organización presidida por Pedro Pozas defiende la libertad de los grandes simios, utilizados como verdaderos esclavos para la obtención de beneficios en circos y parques zoológicos con carencias más que evidentes. El objetivo es extensible a todas las demás especies, que se utilizan sin escrúpulos para nuestro entretenimiento y el beneficio de quienes las utilizan con fines lucrativos. Muchos pensarán que esta es la única manera que tenemos de conocer a estos animales cuando vivimos en grandes ciudades, muy lejos de sus hábitats naturales. No les falta razón, pero no es menos cierto que a nadie le seduce la idea de vivir encarcelados el resto de sus días, simplemente para regocijo de otros. En la mayoría de los casos ese encarcelamiento es humillante, produce un terrible estrés a los animales, depresión y muerte prematura.

En este post quería comentar el caso esperanzador acontecido hace pocas semanas en Argentina. La chimpancé llamada Cecilia no puede por si misma defender su dramática situación en el zoológico de la provincia de Mendoza, tras el fallecimiento de otros miembros de su especie. Permanece recluida en un espacio reducido para ser contemplada como un animal exótico. La Asociación de Funcionarios para los derechos de los animales (AFADA), en colaboración con el Proyecto Gran Simio de España y Brasil ha defendido este caso durante varios años. La jueza María Alejandra Mauricio admitió el habeas corpus a favor de Cecilia, que reconocía sus derechos fundamentales a la vida y la libertad.

Cecilia no es el único caso en el que un tribunal reconoce a un simio como “persona” no humana, con derechos fundamentales. Es un paso importante para la defensa de los primates más próximos a nosotros, y de los que nos queda mucho por aprender sobre nosotros mismos. Cecilia será trasladada al santuario de Sorocaba del Proyecto Gran Simio, en Brasil, donde encontrará unas condiciones climáticas y espaciales dignas. Es muy probable que Cecilia no sobreviva mucho tiempo, sabiendo que la esperanza de vida al nacimiento de esta especie en condiciones naturales no supera los 15 años y es difícil encontrar en libertad a individuos de más de 30 años. Pero al menos podrá vivir un tiempo en condiciones aceptables

José María Bermudez de Castro

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