Archivo por meses: Febrero 2017

La dieta de los primeros europeos

El pasado 20 de diciembre se publicó en este mismo blog el estudio del contenido del sarro de los dientes de la mandíbula ATE9-1 (Homo sp.) del yacimiento de la cueva Sima del Elefante de la sierra de Atapuerca, conservado durante 1.200.000 años. Ese estudio reveló la presencia de restos de ciertos alimentos, que rara vez pueden detectarse en el registro arqueológico. La ingesta de vegetales o de insectos por nuestros ancestros es sencillo de imaginar, pero muy difícil de probar con datos.

Un nuevo estudio de los dientes de esta mandíbula, así como de los dientes de Homo antecessor del vecino yacimiento de Gran Dolina (840.000 años), ha ofrecido información diferente y muy interesante sobre la dieta y el modo de vida de los primeros humanos del Pleistoceno Inferior de Europa. El estudio se ha publicado esta semana en la revista Scientific Reports, liderado por Alejandro Pérez-Pérez, de la Universidad de Barcelona y miembro del Equipo Investigador de Atapuerca (EIA) durante un cierto tiempo, así como por Marina Lozano, investigadora del IPHES (Tarragona) y miembro del EIA desde hace más de 20 años.

Dientes de Homo antecesssor

Hace algunos años el investigador Pierre-François Puech puso de moda un método revolucionario para determinar si la dieta de nuestros antepasados era esencialmente carnívora o vegetariana. Su método se basaba en observar bajo microscopios tradicionales y electrónicos la densidad, longitud y dirección de las marcas que los alimentos dejan en el esmalte de las caras vestibulares (externas) de los premolares y molares, cuando estos no están limpios y se consumen crudos. Durante algún tiempo se debatió sobre los resultados de Puech y algunos investigadores, como el propio Alejandro Pérez-Pérez siguieron y mejoraron el método del investigador francés. Alejandro reunió una impresionante cantidad de datos sobre los patrones de desgaste, número de estrías, inclinación, longitud, etc., de la gran mayoría de fósiles de África y Eurasia. Quizá la relación entre el patrón de las marcas y el consumo preferente de carne o vegetales no estaba tan claro. Al fin y al cabo siempre hemos sido omnívoros. Pero sus estudios revelaron diferencias significativas entre especies y poblaciones, que podían tener relación, ente otros factores, con la consistencia de los alimentos ingeridos.

Microdesgaste dental. Fuente: PLOS ONE

Gracias a esa base de datos tan completa, la información de los humanos de Gran Dolina y de la Sima del Elefante-TE9 ha podido ser comparada con la mayoría de las especies del género Homo. Aunque la mandíbula de la Sima de Elefante puede que no pertenezca a la especie Homo antecessor, el patrón de estrías y otras marcas dejadas por los alimentos en sus dientes son prácticamente idénticas a los de esta especie. Ese patrón, además, se diferencia muy claramente del observado en Homo ergaster, Homo heidelbergensis y Homo neanderthalensis. Los resultados me parecen sorprendentes, porque todas especies fueron omnívoras. La carne procedía de diferentes especies, pero este dato no es relevante. El tipo de alimentos de origen vegetal y su consistencia pudo ser el factor determinante de estas diferencias.

No podemos olvidar, por ejemplo, que los neandertales y sus ancestros del Pleistoceno Medio pudieron mejorar la calidad y de sus alimentos gracias al uso del fuego. El uso de hogueras para tostar o asar los alimentos no solo facilitaba si digestibilidad, sino que contribuía a su limpieza y un menor tiempo de masticación. Aunque se nos antoje una idea extraña para los consumidores del siglo XXI, la comida de nuestros antepasados no se limpiaba y contendría partículas minerales susceptibles de arañar el esmalte. Si añadimos que las plantas también contienen una serie de partículas minerales, conocidos como fitolitos, tenemos un escenario muy favorable para que los dientes de los humanos del Pleistoceno Inferior de Europa se gastaran con enorme rapidez y su esmalte quedase marcado con un patrón muy denso de estrías y pequeñas roturas de la capa de esmalte.

Los resultados de este último trabajo sobre los humanos de Atapuerca no son capaces de discernir sobre el menú de los primeros europeos, pero nos hablan de las dificultades para sobrevivir en un ambiente marcado por la estacionalidad del hemisferio norte y la carencia del dominio del fuego. A pesar de esas dificultades, los humanos de entonces siempre estuvieron bien alimentados, como demuestra la perfecta formación del esmalte de los dientes durante el crecimiento. La densidad de las poblaciones casi siempre estuvo acorde con el alimento disponible

José María Bermúdez de Castro

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¿Cuándo empezamos a ser diestros y zurdos?

Ya sabemos que aproximadamente algo más del 85% de los seres humanos son diestros, y el resto zurdos o ambidiestros ¿Qué sabemos de este rasgo? ¿Cuánto tiene que ver la genética y como influye el ambiente?¿Cuándo comenzamos a usar con más frecuencia una de las dos manos y los pies? Es muy posible que poco después de adaptarnos a la locomoción bípeda, con la consiguiente liberación del uso de las manos se desarrollara la capacidad para usar una de ellas con más frecuencia y habilidad que la otra. O tal vez hubo que esperar varios millones de años desde el inicio de nuestra genealogía para que se definiera esa capacidad, cuando comenzamos a fabricar herramientas de cierta complejidad. No lo sabemos con certeza. Algunos expertos han especulado con la formas de los moldes endocraneales de los fósiles humanos, comparando sus asimetrías con las de los chimpancés y la de otras especies de vertebrados. No hay resultados concluyentes sobre lateralidad en estas especies. Pero no podemos olvidar que nuestros primos hermanos son cuadrúpedos y usan las extremidades anteriores para la locomoción. Aunque manipulen objetos con sus “manos”, a los efectos de lateralidad hay una gran diferencia entre ser bípedos o cuadrúpedos.

Dibujo mostrando a un hominino, que retiene comida entre sus incisivos, al tiempo que corta un trozo con la mano derecha. Fuente: Journal of Human Evolution.

Centrándonos pues en la genealogía humana, los expertos han tratado de responder a los interrogantes que suscita nuestra capacidad para ser notablemente más hábiles con una de las manos, salvo en los caso en los que esas habilidades se dan tanto en la mano derecha como en la izquierda.

En 1988, hace ya unos cuantos años, quién escribe estas líneas colaboró con los Drs. Yolanda Fernández Jalvo y Timothy Bromage en un estudio, que se publicó en la revista Journal of Human Evolution. Los incisivos de los homininos del yacimiento de la Sima de los Huesos de Atapuerca (430.000 años) presentan muchas estrías en la superficie bucal, visibles a simple vista y orientadas de manera oblicua y con una dirección preferente. Las estrías se estudiaron con microscopio electrónico y se llegó a la conclusión de que muy probablemente habían sido producidas por el filo cortante de alguna herramienta de piedra. Las características microscópicas de las estrías eran idénticas a las que dejaban nuestro ancestros en los huesos de los animales cazados, cuando cortaban los tendones para separar las masas de carne ¿Por qué los incisivos humanos tenían marcas producidas con instrumentos de piedra? ¿Quizá habían sido realizadas en los dientes de cadáveres? ¿O tal vez se habían producido en vida?

Después de reflexionar sobre estas preguntas y de experimentos curiosos, llegamos a la conclusión de que los humanos de Atapuerca posiblemente sujetaban la carne, la piel o cualquier otro alimento con sus grandes incisivos mientras cortaban trozos con algún cuchillo, tal vez fabricado con sílex. De vez en cuando, el cuchillo podía rozar el esmalte de los incisivos, dejando una marca. Al cabo de tiempo, el esmalte de la superficie bucal de los incisivos estaba totalmente rayado por esa forma tan característica de cortar los alimentos.

Los experimentos se realizaron con prótesis dentales, que simulaban el aspecto de los dientes de los humanos del Pleistoceno Medio. La peculiar anatomía de la cara de estos humanos, que técnicamente se llama “prognatismo medio-facial”, hacía que los incisivos quedaran muy expuestos y ligeramente proyectados hacia delante cuando abrían la boca. A cortar trozos de carne sujetos con esos dientes postizos mediante instrumentos de sílex fabricados por nosotros mismos, se producían estrías muy parecidas a las que podíamos ver en los dientes fósiles. Además, encontramos un paralelismo cultural con los esquimales, que todavía cortan la carne siguiendo pautas similares. Lo interesante de los experimentos y las observaciones es que las estrías tenían un patrón idéntico en todos los dientes, tanto en su inclinación como en su dirección. Las características microscópicas de las estrías permitían saber qué sentido había seguido el cuchillo al cortar la carne. Llegamos a la conclusión de que el material retenido entre los incisivos superiores e inferiores se sujetaba con la mano izquierda, mientras que el cuchillo se manejaba con la derecha. Se trataba así de una evidencia indirecta del uso preferente de la mano derecha. Cuando comparamos con incisivos de un yacimiento neandertal de Francia observamos que uno de los individuos tenía las mismas estrías, pero orientadas de manera opuesta. Tal vez aquel neandertal había sido zurdo.

En un trabajo recién publicado en la misma revista por varios colegas liderados por David W. Frayer (Universidad de Kansas, USA) se describen estrías similares en los incisivos del maxilar OH-65 del yacimiento de Olduvai (Tanzania), y que se atribuye a la especie Homo habilis. La antigüedad de este ejemplar se cifra en 1,8 millones de años. Las estrías de los incisivos de OH-65 tienen un patrón muy similar al de lo dientes de la Sima de los Huesos. Los autores de este trabajo concluyen que Homo habilis ya tenía una habilidad diferencial para manejar sus manos y que el propietario, macho o hembra, del fósil OH-65 pudo ser diestro/a.

Este método puede ser aplicado a otros fósiles más antiguos. Es posible que se encuentren patrones similares, o tal vez no. La fabricación de utensilios complejos pudo ser un motor de la selección natural, favoreciendo la habilidad de los homininos. El uso preferente de una de las manos pudo potenciar la calidad de los instrumentos realizados. Veremos si otros colegas se animan a contrastar estas hipótesis en fósiles de más antigüedad.

José María Bermúdez de Castro

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El Pleistoceno de Grecia: un mundo por descubrir

En septiembre de 1998 tuve la oportunidad de visitar un yacimiento, todavía enigmático, situado en la península griega de Mani, en el sur del Peloponeso. Fui invitado a presentar una ponencia sobre Atapuerca en un congreso internacional sobre la Paleontropología de esta región de Grecia, que organizaban dos instituciones del país, con el apoyo del “Collége de France”, la Universidad de Paris I y el Museo de Historia Natural de Leiden (Holanda). No me cabe duda de que estas últimas tres instituciones promovieron y posibilitaron el encuentro científico, a juzgar por la desastrosa organización. Pero, a pesar de las dificultades para saber cómo y dónde teníamos que estar en cada momento, la experiencia tuvo muchos momentos positivos. Discutir con otros colegas, visitar lugares tan bellos e increíbles como la península de Mani y conocer más sobre la idiosincrasia de una de las cunas de la civilización mediterránea compensó las pequeñas “lagunas” logísticas del viaje y de la estancia. Aún recuerdo la imagen del amable obispo ortodoxo de la localidad dándonos la bienvenida y bendiciendo el acto. Una mezcla de folklore y surrealismo que los asistentes no olvidaremos.

El motivo de organizar un evento científico en aquel lugar era dar a conocer el hallazgo de dos cráneos fósiles, obtenidos de el yacimiento de la llamada cueva de Apidima, nada menos que en 1978. Los cráneos habían permanecido casi olvidados durante veinte años en algún museo local. Querían mostrarnos aquellos tesoros de la paleoantropología. A decir verdad, apenas tuvimos unos minutos para observarlos cuando finalmente se decidieron a enseñarlos. Al menos pudimos ver la entrada de la cueva desde una pequeña embarcación. Ciertamente, la cueva de la cueva del yacimiento de Apidima se localiza en el acantilado de la costa y solo es accesible por barco. Muy posiblemente, como sucede con los yacimientos de Gibraltar, la costa del sur de Peloponeso se ha ido hundiendo durante el Pleistoceno Superior. Los humanos de aquella época tendrían un acceso directo desde tierra; pero en la actualidad solo se puede llegar navegando desde el pequeño puerto de la localidad próxima.

Todos pensamos que había llegado el momento en la que los colegas griegos darían a conocer los dos cráneos a la comunidad científica. Pero no fue así. Durante el largo viaje en autocar desde Atenas tuve ocasión de charlar durante varias horas con la investigadora Katerina Harvati. Su apellido delata su nacionalidad de origen. Katerina era entonces una estudiante de doctorado, que en pocos años ha llegado a la cima del éxito en el ámbito de la paleontropología con sus magníficas aportaciones al estudio de la evolución humana desde instituciones de Estados Unidos y de Alemania.

Portada de la revista Evolutionary Anthropology, en la que se muestran los cráneo de Apidima 2, (abajo a la derecha) y Petralona.

Y ha sido Katerina Harvati quién comenzó a ofrecer algunos datos de uno de los cráneos, Apidima 2, algo mejor conservado que el catalogado con el número 1. Su origen griego y su profesionalidad le abrieron las puertas al estudio de especímenes, sin duda merecedores de mayor atención. No hay dataciones del yacimiento, que se encuentra en una de las cinco cuevas que se abren al mar. Las herramientas y los restos fósiles de algunas especies sugieren que el yacimiento se formó durante el Pleistoceno, pero sin mayor precisión. Algunos arqueólogos presentaron información en revistas de escasa difusión y el yacimiento ha permanecido prácticamente invisible para la comunidad científica. Las investigaciones de Katerina Harvati, apoyada por colegas muy experimentados, como Chris Stringer, sugieren que el cráneo Apidima 2 perteneció a la población neandertal. La imagen que acompaña al texto muestra la portada de la revista “Evolutionary Anthropology” (uno de los números de 2009), en la que se describe el cráneo y se compara, entre otros muchos, con el cráneo de Petralona. Este último, encontrado por un espeleólogo en 1960 en una cueva de Grecia, tampoco cuenta con una datación precisa. En diciembre de 2015 tuve ocasión de escribir sobre este cráneo en este mismo blog.

Verdaderamente, el “paisaje” arqueológico y paleoantropológico del Pleistoceno de la península griega es desolador. No cabe duda de que esta región del sur de Europa posee una riqueza arqueológica de la prehistoria extraordinaria y que los hallazgos podrían ser importantes. Los proyectos de carácter europeo iniciados por Katerina Harvati para conocer la prehistoria de esta península merecen todo nuestro apoyo. Se necesitan equipos experimentados y medios económicos para afrontar excavaciones en lugares tan señalados como Apidima, o en el de Kalamaki (también en la península de Mani), que ya ha proporcionado algunos restos neandertales. Seguiremos con gran interés el curso de estas investigaciones.

José María Bermúdez de Castro

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