Archivo por meses: febrero 2017

Homininos a la carrera

Muy pocos expertos se han ocupado de estudiar las cuestiones evolutivas biomecánicas relacionadas con la carrera en los homininos. Ni tan siquiera estamos seguros de cuando empezamos a correr de manera sistemática. El registro fósil sugiere que somos bípedos desde hace al menos seis millones de años. Esta adaptación tan importante está muy bien contrastada en el género Australopithecus, con datos abundantes y muy fiables, que datan de hace 4,5 millones de años. Éstos y otros homininos de mayor antigüedad caminaban y trepaban pero no eran buenos corredores, como demuestra el estudio de lo poco que nos ha quedado de su esqueleto postcraneal. En el curso de la evolución humana las especies del género Homo perdimos poco a poco nuestras capacidades trepadoras y conseguimos, en cambio, adaptaciones para correr seguramente a mayor velocidad.

Dennis M. Bramble y Daniel E. Lieberman presentaron hace unos años (2004) una síntesis en la revista Nature de cuanto se sabía sobre nuestras capacidades como primates corredores. Su revisión sigue vigente, porque los hallazgos de fósiles del esqueleto postcraneal han sido escasos desde entonces. Tampoco se ha prestado mucha atención a este tema. Como indican los propios autores del trabajo, quizá no hemos dedicado mucho esfuerzo al estudio de la biomecánica de la carrera porque somos corredores mediocres en comparación con otros mamíferos. Nada nos hace especiales. Los deportistas de élite, como Usain Bolt, son capaces de mantener una velocidad de algo más de 10 metros por segundo durante unos 15 segundos. Siendo esto una hazaña para la mayoría de nosotros, no es nada en comparación con los 15-20 metros por segundo alcanzados por caballos, galgos o antílopes durante varios minutos. Además, nuestra carrera es hasta dos veces más costosa desde el punto de vista energético que en esos animales y maniobramos de manera menos eficaz.

Sin embargo, no todo es negativo en nuestra forma de locomoción. Hemos de considerar nuestra considerable resistencia en carreras de menos velocidad, pero durante mucha más distancia. Somos capaces de correr entre 2,3 y 6,5 metros por segundo durante varios kilómetros, dependiendo de nuestra preparación. Llegamos a correr maratones de 42,195 kilómetros en muy poco más de dos horas. Eso si es una hazaña para cualquier primate y comparable a la resistencia de algunos mamíferos. Para conseguir esa proeza la selección natural ha favorecido cambios estructurales y fisiológicos importantes. Disponemos de un metabolismo aeróbico muy eficaz. Nuestra termorregulación es mejor que la de otros primates, incluyendo aspectos como la pérdida de pelo o la circulación sanguínea por la parte exterior del cerebro como forma de oxigenación y refrigeración. Además, hemos reducido notablemente el gasto energético en carrera con respecto a otros primates, como los chimpancés, hemos ganado en estabilidad mediante la modificación de la forma de los canales semicirculares del oído interno y nuestro cuerpo absorbe relativamente bien la energía del impacto de los pies contra el suelo. Si comparamos el esqueleto de Lucy (A. afarensis) con el de un Homo erectus o con el de un humano moderno notaremos cambios sustanciales, que nos permiten movimientos más equilibrados entre diferentes partes del cuerpo, cabeza, tronco, y extremidades.

Los aspectos biomecánicos de la carrera son muy complejos y requieren mucho espacio y notables conocimientos de física. Así que vamos a saltarnos esos aspectos para centrarnos en la pregunta clave: ¿porqué somos tan resistentes a la carrera? Esa es la pregunta final del trabajo de Bramble y Lieberman. Uno espera hipótesis ingeniosas, pero no las hay. El hecho de que las especies del género Homo perdieran la cobertura natural de los bosques de África y les obligara a ganarse la vida en medios abiertos quizá fue decisivo para la adaptación a la carrera de resistencia. Puede que corriéramos detrás de las presas, huyéramos de los predadores o compitiéramos con otros carroñeros por llegar antes a los cadáveres de los animales matados por grandes predadores. Pero para eso necesitábamos ser muy rápidos durante mucho tiempo y no es así. Es probable que la carrera corta a gran velocidad fuera algo casi anecdótico en la vida de nuestros ancestros. La selección natural, en cambio, habría operado para que fuéramos corredores resistentes a las largas caminatas. Bramble y Lieberman piensan que para conseguir la resistencia a la carrera sostenida necesitamos una termorregulación muy eficaz, así como los cambios esqueléticos necesarios para amortiguar la energía que recibimos en cada zancada. Estas adaptaciones habrían ido mejorando y a la postre habríamos conseguido una gran eficacia en la carrera sostenida.

Bramble y Lieberman nos recuerdan que los actuales cazadores y recolectores no consiguen sus alimentos mediante la carrera. Estos grupos minimizan su gasto energético gracias al uso de la tecnología. Los arcos y flechas y otros artilugios les permite conseguir presas sin necesidad de correr. Es posible que la tecnología evite ese gasto energético, que en otro tiempo era necesario para sobrevivir. En la actualidad la carrera (rápida o de resistencia) se practica solo como un entretenimiento o como un deporte de élite. Sus orígenes no están claros, pero no olvidemos que resulta un modo muy saludable de vida.

Fuente: Valencia, ciudad del running.

José María Bermúdez de Castro

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Montmaurin: al otro lado de los Pirineos

En la cara interna de la mandíbula de Montmaurin, celosamente conservada y guardada en el Musée de l´Homme de Paris, puede leerse lo siguiente: 18 June, 1949, R. Cammus. Curiosamente, esta mandíbula fue obtenida de un yacimiento de Francia el día de mi cumpleaños. Solo que yo aún no había nacido. La localidad de Montmaurin se localiza en el sur de Francia, no lejos de los Pirineos. A juzgar por la presencia de una villa galo-romana en esta localidad no cabe duda de que fue un lugar privilegiado para vivir, con extensos campos para desarrollar una agricultura de gran valor.

Hace más de 150.000 años fueron otros los habitantes de la región, que dejaron su testimonio en varias cavidades calizas de la zona. En 1949 Raoul Cammus excavó el yacimiento que rellena una pequeña cueva llamada de “La Niche”. El nombre se debe a su tamaño y forma de nicho funerario. Cammus localizó restos de especies extinguidas, numerosas herramientas de piedra y la mandíbula humana objeto de nuestro interés. Durante más de dos décadas este fue el resto fósil humano más antiguo encontrado en Francia. Tan solo podía compararse con la mandíbula de Mauer, encontrada en 1907 en la localidad alemana de Heildeberg, así como con varios especímenes más modernos de la población Neandertal. Durante muchos años nadie se ocupó de realizar un estudio detallado de este fósil. Raoul Cammus era aficionado a la prehistoria, pero no tenía la capacidad para intentar una interpretación del hallazgo, harto difícil en aquellos tiempos. En los años 1970s se realizaron descubrimientos importantes en el yacimiento de la cueva de Arago, también al norte de los Pirineos y no lejos de Perpignan. Los restos humanos de Arago parecían ser más antiguos que los de Montmaurin, a juzgar por la fauna y la industria lítica. Pero ya había una referencia para aproximarse a la interpretación de la mandíbula de Montmaurin.

Reproducción de la mandíbula humana de Montmaurin.

Los investigadores franceses G. Billy y H. Vallois publicaron en 1977 el primer trabajo detallado de esta mandíbula y sus molares en la revista L´Anthropologie. Además de una descripción anatómica detallada, los autores realizaron una discusión sobre el significado de este ejemplar fósil. Sus referencias europeas eran escasas. Además de los neandertales, contaban con la mandíbula de Mauer y las dos mandíbulas halladas en la cueva de Arago. La primera mandíbula de la Sima de los Huesos de Atapuerca (AT-1) se había recuperado en 1976 y su primera publicación estaba en curso. Así que la discusión de Billy y Vallois, que fue realizada hace 40 años, hoy en día nos parece cuando menos curiosa y muy alejada de lo que sabemos en la actualidad. Los fósiles antiguos formaban un grupo definido por sus caracteres primitivos y se separaban de manera conjunta de los más recientes. No se podía afinar más de lo que hicieron Billy y Vallois en aquella publicación de 1977.

Nuevos estudios de esta mandíbula, de los restos humanos hallados en un yacimiento próximo algo más reciente (Coupe Gorge), así como de la fauna, industria lítica y las primeras dataciones geocronólogicas, serán el inicio de un nuevo proyecto científico en esta zona. Los investigadores franceses Amelie Vialet y Christophe Falguères intentarán reiniciar las excavaciones e investigaciones, con el apoyo de otros colegas franceses y de algunos miembros del Equipo Investigador de Atapuerca. Nuestra colaboración en años pasados es una buena base para este nuevo proyecto, que tropieza en parte con los intereses económicos de una localidad, donde todavía se explotan algunas canteras. La historia es siempre la misma en todos los países. La arqueología, fuente de conocimiento del pasado y, con suerte, fuente de recursos económicos por el turismo, suele tropezar con otros intereses más lucrativos.

Las investigadoras María Martinón Torres (izquierda) y Amelie Vialet durante nuestra última estancia en el Musée de l´Homme de Paris. Foto del autor, tomada el día 8 de febrero de 2017.

Si todo sale como deseamos, podremos realizar una nueva interpretación de estos fósiles tan interesantes a la luz de un registro arqueológico y paleoantropológico mucho más rico, en el que ya contamos con más de 7.000 fósiles de dos especies distintas hallados en la sierra de Atapuerca, al otro lado de los Pirineos.

José María Bermúdez de Castro

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Axlor y los neandertales del País Vasco

 

La cueva de Axlor, situada cerca de la localidad de Dima (Bizkaia) alberga un yacimiento muy interesante del País Vasco en el que hace varias décadas se obtuvieron restos de neandertales. Hace ahora tres años tuve la fortuna de estudiar y fotografiar tres de los cinco dientes que se encontraron en este yacimiento. Otros dos especímenes se perdieron accidentalmente hace algún tiempo. Por fortuna, quedaron las descripciones y fotografías del Profesor José María Basabe, que publicó su estudio en 1973 en una revista española.

Premolares y molares neandertales de Axlor.

La cueva de Axlor contiene un yacimiento del Pleistoceno Superior con industria lítica musteriense, excavado entre 1967 y 1974 por José María de Barandiarán. Los resultados arqueológicos y paleontológicos de aquellas intervenciones fueron publicados por científicos como Jesús Altuna y Amalia Baldeón. Pero la cavidad, que fue utilizada como un abrigo por los neandertales, todavía tiene mucho que ofrecer. Pasaron muchos años hasta que las excavaciones fueron reiniciadas por Jesús González Urquijo. En 2000, con la colaboración de mis actuales compañeros de trabajo Joseba Ríos y Andoni Tarriño, González Urquijo ha vuelto a poner en marcha uno de los yacimientos más prometedores del País Vasco, como muestran publicaciones recientes sobre este lugar.

El yacimiento tiene varios niveles geológicos, en los que se pueden inferir ocupaciones por diferentes poblaciones humanas, especializadas en la caza de distintas especies: ciervos, caballos y bisontes. Pero todos estos humanos pertenecían a la especies Homo neanderthalensis, como demuestran las herramientas obtenidas en la secuencia del yacimiento. Los dientes humanos de Axlor son inconfundibles. Los neandertales tenían dientes con rasgos muy característicos, que se distinguen con gran facilidad de los de otros humanos. Algunos de esos rasgos anatómicos aparecen ya hace 600.000 años en la mandíbula de Mauer y se consolidan en homininos como los de la Sima de los Huesos de Atapuerca. Varios hogares demuestran en uso sistemático del fuego por los neandertales de Axlor.

En esta cueva se encontraron restos humanos, pero se trata de la suerte que todavía no ha sonreído a otros yacimientos de la zona, que cuentan con un registro arqueológico muy importante. El potencial de esta zona es enorme y no dudo del hallazgo de nuevos fósiles humanos a medida que progresan las investigaciones de los colegas que trabajan otras cavidades. Nadie desprecia esa posibilidad, por supuesto, pero las evidencias arqueológicas de Axlor y de otros yacimientos próximos, como Amalda, Isturitz, Arrillor o Lezetxiki (estos dos últimos también con restos humanos), ofrecen datos sumamente interesantes sobre la movilidad, el aprovisionamiento de materias primas, los procedimientos de caza y, en general, sobre el complejo modo de vida de los neandertales de esta región durante el Pleistoceno Superior. Joseba Ríos, por ejemplo, ha realizado un estudio sobre la procedencia de las herramientas de sílex encontradas en uno de los niveles del yacimiento de Axlor, cuya fuente se localiza a distancias superiores a los 25 kilómetros. Evidentemente, el interés por el sílex no es casualidad. Sus propiedades físicas permiten la elaboración de útiles sofisticados, incluyendo las puntas de armas arrojadizas. 

Este mapa muestra la localización de sitios con evidencias arqueológicas propias de los neandertales, que encontraron en esta región uno de los lugares más atractivos de la península Ibérica para desarrollar sus actividades.

Mapa mostrando la localización de yacimientos neandertales del País Vasco

José María Bermúdez de Castro

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