Archivo por meses: Junio 2017

La Sima de los Huesos a debate

Hace pocas semanas, una amable lectora comentaba sobre las posibles similitudes entre la cámara de Dinaledi de la cueva de Rising Star, en Sudáfrica y la Sima de los Huesos de la sierra de Atapuerca. En Dinaledi se han obtenido 1.550 restos de la especie Homo naledi, recientemente datados entre 350.000 y 220.000 años. La cronología ha resultado muy sorprendente, dadas las características morfológicas de esta especie. Todos asumíamos que la antigüedad estaría en torno a los dos millones de años, debido a las similitudes de Homo naledi con Homo habilis y los australopitecinos. Lee Berger, líder de las investigaciones en Rising Star, ha hipotetizado una acumulación intencionada de cadáveres en la cámara Dinaledi, apostaría que inspirado en una de las sugerencias propuesta para explicar la acumulación de cadáveres en el yacimiento de la Sima de los Huesos de la sierra de Atapuerca.

Los humanos de la Sima de los Huesos vivieron hace unos 400.000 años en la sierra de Atapuerca. Esta cronología ha sido aceptada de manera unánime, entre otras razones porque cuadra perfectamente con la antigüedad de las especies fósiles halladas en la cavidad. La presencia de un bifaz de cuarcita roja en la Sima de los Huesos también encaja en esa fecha. Hace 400.000 años la tecnología achelense estaba en pleno auge en Europa. El tamaño del cerebro de los homininos de la Sima de los Huesos estaba ya próximo al nuestro, con un promedio de unos 1.200 centímetros cúbicos (c.c.), y un rango de entre 1.050 y 1.400 c.c. La presencia de un número significativo de caracteres compartidos con los neandertales certifica que los homininos de la Sima de los Huesos pueden ser incluidos en el clado Neandertal. En otras palabras, aquellos humanos del Pleistoceno Medio comparten un origen común con los neandertales y tal vez con otros grupos afines (Denisovanos, por ejemplo). Recordemos que los neandertales enterraban a sus muertos.

Uno de los estrechos pasadizos entre la entrada a la Cueva Mayor y la sima de 14 metros de profundidad, donde se encuentra el yacimiento de la Sima de los Huesos. Foto: Javier Trueba.

Como siempre explica mi colega Juan Luis Arsuaga la causa de una acumulación tan excepcional en la Sima de los Huesos requiere una explicación también excepcional. La información para responder a esa pregunta se encuentra tanto en las características del propio yacimiento como en los restos fósiles obtenidos. Las evidencias que se observan en la colección de fósiles humanos conducen a la conclusión de que la acumulación de cadáveres sucedió por algún suceso de tipo catastrófico. La edad de muerte de los individuos oscila entre los diez y los 35-45 años, aunque aproximadamente el 65% de los cadáveres pertenecieron a adolescentes y adultos jóvenes de entre diez y veinte años; es decir, en la Sima de los Huesos aparecen los individuos que se encontraban en plena capacidad reproductora (mortalidad de tipo catastrófico). En un modelo de mortalidad de tipo atricional nos encontraríamos con muchos individuos infantiles y seniles. Sabiendo, además, que se trata de humanos pertenecientes a la misma población biológica, cabe imaginar que su fallecimiento pudo suceder en un lapso de tiempo muy corto. Las claras evidencias de agresión en los cráneos de algunos de ellos permiten plantear la hipótesis de muerte con violencia.

Por otro lado, en la Sima de los Huesos se acumularon cadáveres y no simplemente huesos. De no haber sido por la remoción realizada durante años por quienes destrozaron parte del yacimiento de manera inconsciente y por los eventos geológicos que debieron de suceder en el yacimiento a lo largo de 400.000 años, se podrían haber obtenido los 28 esqueletos casi completos. Se observan algunas mordeduras en los huesos, atribuidas a osos de las cavernas. Puesto que los osos no cazan humanos, las mordeduras pudieron deberse a razones circunstanciales, difíciles de probar.

No se ha encontrado por el momento ninguna entrada próxima a la Sima de los Huesos. El único acceso posible para llegar hasta ese lugar se encuentra a unos 800 metros de distancia, siguiendo un tortuoso camino por las galerías del interior de la Cueva Mayor. Casi se puede asegurar que algún punto de ese camino estuvo cegado hace 400.000 años, en particular el que conecta la llamada Galería del Silo con la Sala de los Cíclopes por un estrecho pasadizo (ver figura). Es por ello que el acceso a la Sima de los Huesos tuvo que realizarse por alguna entrada próxima, hoy en día desaparecida.

La acumulación de cadáveres debida a un evento geológico o natural (derrumbe, riada, etc.) queda descartada, precisamente por la distribución de edades de muerte. De haberse dado esa circunstancia se habrían encontrado individuos de todas las edades. Tampoco existen evidencias geológicas en el yacimiento para proponer esa hipótesis. El agente acumulador no fue una especie depredadora, como Panthera leo, porque se habrían encontrado centenares de dentelladas en los huesos y, muy posiblemente, habrían quedado pocos restos fósiles reconocibles. La caída accidental repetida de seres humanos por una sima abierta en el carst de la sierra tampoco parece una hipótesis razonable. Se conoce un yacimiento en la sierra de Atapuerca de la misma cronología que la Sima de los Huesos, en el que se ha observado una trampa natural. Por ella cayeron algunas docenas de animales, sobre todos caballos y ciervos, y fueron precisamente los humanos los que accedieron a ese lugar para aprovechar la carne de los cadáveres. Mi impresión, por tanto, es que los humanos de aquella época eran demasiado inteligentes como para caerse de manera repetitiva por la cavidad abierta del techo de alguna cueva. Recordemos de nuevo que las edades de muerte apuntan a un evento catastrófico colectivo y no individual.

Así llegamos a la hipótesis de la acumulación intencionada de cadáveres por otros humanos. Y remarco que se trata solo de una hipótesis. Las certezas no existen en la Ciencia. No me canso de repetirlo. Aunque todas las evidencias señalen en la misma dirección y no se hayan encontrado por el momento pruebas en contra de la acumulación intencionada, no quiere decir que se haya llegado a la respuesta definitiva. Quizá algún día la hipótesis de la acumulación intencionada se descarte por algún tipo de evidencia, o tal vez no. Es cuestión de seguir investigando.

José María Bermúdez de Castro

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Atapuerca-2017

Acaba de comenzar un nuevo período de campo en los yacimientos de la sierra de Atapuerca. La pregunta tradicional de los medios de comunicación se repite incansable: ¿qué esperáis encontrar en esta campaña? Puestos a ello prefiero otra pregunta: ¿qué deseáis encontrar? Esta última cuestión encierra una cierta dosis de romanticismo, y se contesta desde el corazón.

En realidad, la pregunta más académica sería: ¿qué respuestas queréis encontrar durante los próximos 40 días de trabajo en la Sierra? En efecto, las excavaciones representan algo así como el experimento que se lleva a cabo en un laboratorio a la espera de encontrar la solución a nuestras preguntas. Los hallazgos que eventualmente se puedan producir permitirán, bien rechazar alguna hipótesis y plantear propuestas alternativas, bien mantener las hipótesis vigentes. Así es como funciona la Ciencia.

Resulta imposible olvidar las emociones vividas durante mi primera campaña de excavación en Atapuerca, allá por el año 1983. Tampoco puedo olvidar las ideas que conformaban el paradigma sobre la evolución humana en Europa en ese tiempo. No cabe duda de que los descubrimientos en los yacimientos de Atapuerca han contribuido a cambiar el paradigma, pero también se han producido acontecimientos muy importantes en otros lugares. Y, pese a lo que pueda parecer, 35 años más tarde de aquel verano de 1983, la preguntas se han multiplicado de manera exponencial. Es una buena señal. Se ha trabajado mucho desde entonces y de un modelo sencillo para entender la evolución humana hemos pasado a otro de una enorme complejidad. La experiencia me dice que por cada pregunta respondida surgirán como mínimo otras dos cuestiones ¿Es que acaso es el cuento de nunca acabar? Pues ciertamente, así parece. Y no se trata de una peculiaridad de la evolución humana. Sucede lo mismo en todos los ámbitos científicos.

Nunca me canso de repetir que las excavaciones en la sierra de Atapuerca forman parte de un programa de investigación que, a su vez, forma parte de un programa universal sobre el estudio de nuestros orígenes. La sierra de Atapuerca y alrededores están repletos de yacimientos de épocas distintas, que cubren el último millón y medio de años. El proyecto trata de abordar cada una de esas épocas, mediante la excavación en una docena de yacimientos. Las respuestas que potencialmente puede ofrecer cada lugar pueden llegar después de muchos años de trabajo.

Pondré un ejemplo. Desde hace tiempo se conoce la existencia de un posible yacimiento, que en la década de 1980 alguien bautizó como Cueva Fantasma. Hace un par de años se decidió investigar en este lugar, tras realizar una primera prospección mediante pruebas geofísicas y un sondeo mecánico. Puesto que los resultados fueron positivos, en 2016 se acometieron las labores de limpieza de lo que fue una antigua cantera. En ese proceso se encontraron algunas herramientas, fósiles de diferentes especies de mamíferos y un parietal humano bastante completo. Ante lo prometedor de esos resultados, este año terminarán las labores de limpieza, que finalmente habrán movido cientos de toneladas de rocas. Desde el punto de vista científico se realizará una inspección preliminar de la estratigrafía de lo ya está a la vista, se tomarán muestras para diversos métodos de datación y se llevarán a cabo nuevas prospecciones geofísicas. En 2018 la Junta de Castilla y León protegerá el yacimiento con una cubierta similar a las que ya cubren otros lugares de interés, y si las obras terminan a tiempo, ese mismo año se podrán iniciar las labores de excavación. De no ser así, tendremos que esperar a 2019. Siendo optimistas, el yacimiento de Cueva Fantasma responderá preguntas durante la tercera década de este siglo. Tendremos paciencia.

Desde 1983 se ha multiplicado exponencialmente la precisión en la obtención y procesado de los datos. Los métodos de datación han progresado de manera espectacular. Las técnicas para trabajar en el laboratorio no dejan de asombrarnos y la profesionalidad de los expertos es ahora mucho mayor. Pero los tiempos de excavación son los que son. Es más, cada vez se progresa más despacio en el trabajo de campo, a medida que sabemos la cantidad de información que se puede perder por las prisas en llegar a determinado nivel.

Si me preguntan por mis deseos para este año no dudaría en responder que me gustaría encontrar un cráneo lo más completo posible de la especie Homo antecessor. Y no solo es un deseo caprichoso, sino la posibilidad de responder a muchas preguntas sobre esta especie. La realidad del trabajo de campo tiene menos glamour de lo que se puede describir en un medio de comunicación. Los grandes hallazgos solo son la punta del iceberg de un trabajo profesional, silencioso y muchas veces agotador. Pero también son la culminación de nuestros deseos legítimos, que nos estimulan a seguir adelante.

Labores de recogida en el yacimiento de la Gran Dolina en 2016. La nueva campaña empieza donde lo dejamos. Fotografía del autor.

En un plano estrictamente profesional, tenemos cientos de preguntas encima de la mesa. Listarlas sería tedioso y aburrido. Así que lo más sencillo y mediático para responder a la pregunta de todos los años es que esperamos encontrar un buen puñado de buenos restos arqueológicos y fósiles, a ser posible de alguna de las especies humanas que ya se conocen en Atapuerca. Como cada año, haré un seguimiento de la campaña de excavación en el blog.

José María Bermúdez de Castro

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Origen y dispersión africana de H. sapiens

Los artículos científicos publicados en las revistas del máximo prestigio llegan a todos los medios de comunicación. Pero no todo lo que potencialmente puede llegar a ser interesante en cualquier ámbito científico se difunde en los medios adecuados. Es el caso de un trabajo liderado por el genetista Mattias Jakobsson y publicado en la revista bioRxiv. Esta revista no tiene intereses comerciales y se publica on-line. No puede competir, por tanto, con el marketing de las grandes editoriales científicas. Curiosamente, el trabajo de Jakobsson y sus colegas se publicó solo dos días antes que los artículos de Nature, que describían los restos humanos y la antigüedad del yacimiento de Jebel Irhoud (Marruecos). Las conclusiones de Mattias Jakobsson y los demás genetistas que firman el trabajo de bioRxiv están muy relacionadas con las obtenidas en Jebel Irhoud.

Jakobsson y su equipo analizaron el ADN de restos esqueléticos de yacimientos de Sudáfrica de cierta antigüedad. Su objetivo consistía en aprender algo más de la historia de estos grupos, sus posibles mestizajes, migraciones, etc. Casi podríamos decir que se trataba de realizar un trabajo ya muy rutinario para los genetistas. Los siete esqueletos estudiados procedían de la localidad de KwaZulu-Natal. Tres de ellos están datados en 2.000 años de antigüedad y pertenecieron a un grupo de cazadores y recolectores relacionados con los actuales bosquimanos. Otros cuatro esqueletos se dataron entre 300 y 500 años de antigüedad. Pertenecieron a granjeros de la región, relacionados con los actuales grupos de bantúes que viven en la mitad sur de África. La comparación del ADN de estos esqueletos con el de la población reciente sugiere mestizajes con otros grupos llegados hace unos 1.000 años de diferentes partes de África, en una historia muy particular de esta región.

Divergencia genética de las poblaciones “sapiens” de África hace unos 300.000 años. Fuente: bioRxiv.

La parte más interesante del trabajo llegó con el análisis del ADN del esqueleto de un niño, que falleció hace unos 2.000 años. Se sabe que el esqueleto es masculino por tener cromosoma Y. El esqueleto procede de un yacimiento de la turística localidad de Ballito Bay. La comparación del ADN del niño de Ballito Bay con el ADN de otros miembros de Homo sapiens demuestra que la divergencia genética de nuestra especie puede llegar más allá de 260.000 años. Estos resultados están en consonancia, no solo con las dataciones del yacimiento de Jebel Irhoud, sino con el de otros yacimientos de Sudáfrica de esa misma época. En el post publicado el 6 de junio en este mismo blog me refería al cráneo de Florisbad, de clasificación taxonómica disputada, pero de claras semejanzas con cualquiera de nosotros.

Quizá, después de todo y a pesar de que los cráneos de los africanos de hace 300.000 años no fueran “sapiens” clásicos, como lo somos en la actualidad, el ADN de estos humanos de la segunda mitad del Pleistoceno Medio difería muy poco del nuestro. Los resultados del estudio del ADN del niño de Ballito Bay sugieren que la divergencia genética de las poblaciones que conocemos hoy en día en África pudo comenzar hace unos 300.000 años, coincidiendo con la fecha asignada a los yacimientos de Jebel Irhoud y Florisbad. Puesto que los dos yacimientos están separados por unos 11.000 kilómetros cabe hipotetizar que el origen de las primeras poblaciones con genoma “sapiens” pueden encontrarse en yacimientos aún más antiguos de 300.000 años, el tiempo necesario para posibilitar una dispersión de Homo sapiens por todo el continente africano. Parece que poco a poco tendremos que ir aceptando que nuestra especie es más antigua de lo que se propuso hace unos años a partir de las primeras estimaciones de los genetistas. Tampoco podemos extrañarnos, porque la divergencia entre las genealogías que dieron lugar a Homo sapiens y Homo neanderthalensis (primero estimada en 400.000 años) se sitúa ya entre 550.000 y 765.000 años, como nos muestra la figura que acompaña al texto.

José María Bermúdez de Castro

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